

Bianca ajustó el escote de su vestido de diseñador frente al espejo del vestidor. A sus 38 años, seguía siendo una mujer imponente de curvas generosas: Voluptuosa y curvilínea, con unos pechos enormes, pesados y muy pronunciados, que se veían aún más impresionantes gracias a los escotes que los realzaban. Cintura marcada pero con curvas generosas en caderas y glúteos. Piernas gruesas y fuertes.
Sus rasgos maduros eran atractivos. Ojos con mirada calculadora y seductora, labios carnosos. Expresión confiada, casi arrogante, con una ligera sonrisa de quien sabe que controla la situación.
Se había casado con Gerson hacía seis meses. El empresario de 52 años era todo lo que necesitaba: cuentas bancarias sólidas, diversas propiedades y un estilo de vida que le permitía no volver a preocuparse por el dinero. Pero el maldito testamento lo cambiaba todo.
Esa misma tarde, después de una cena de negocios, revisó los documentos que su abogado había conseguido. Todo iría a Diego, el hijo de 18 años de Gerson. Nada para ella. Pero Bianca no era ninguna pendeja.
—Desirée, ven aquí —llamó con voz suave.
Su hija entró al dormitorio. Desirée tenía 22 años, el cuerpo de una provocadora, extremadamente voluptuoso. Senos gigantes, redondos y firmes (claramente más juveniles y altos que los de su madre), cintura muy estrecha y abdomen plano con ligera definición. Caderas redondeadas y glúteos prominentes. Piel más clara y tersa, y sus labios carnosos siempre parecían estar pidiendo ser besados.
—¿Sí, mamá?
—Tenemos que hablar de algo importante. Siéntate.
Bianca le explicó el plan con detalle. Desirée escuchó en silencio, mordiéndose el labio inferior. Al principio dudó, pero su madre sabía exactamente qué botones tocar: lujo, seguridad, un futuro sin preocupaciones. Y, sobre todo, el placer.
—Diego es virgen, de seguro lo es... maldito escuincle mimado. Un chico guapo, pero tímido, con hormonas a mil. Solo tienes que seducirlo. Déjalo que te coja como quiera. Que se dé el gusto. Y cuando estés embarazada… todo esto será nuestro.
Desirée, sin sopesar demasiado tal situación, sonrió lentamente.
—Está bien, mamá. Lo haré.
Los primeros encuentros fueron en la mansión, cuando Gerson estaba de viaje.
Diego, flacucho y paliducho, estaba en la piscina. Desirée apareció en bikini blanco, el tejido tan fino que se le marcaban los pezones.—Hola, hermanastro… —ronroneó, sentándose a su lado en la tumbona.
—No me llames así —murmuró Diego, pero sus ojos ya recorrían el cuerpo de ella.
Desirée se inclinó hacia adelante, dejando que sus tetas casi se salieran del bikini.
—¿Por qué? ¿Te molesta… o te excita?
En menos de diez minutos lo tenía en su habitación. Diego temblaba de deseo cuando Desirée se arrodilló frente a él y sacó su verga dura. Tenía la cabeza hinchada y palpitante.
—Mmm… qué rica la tienes —susurró antes de metérsela entera en la boca.
Diego gimió fuerte, sujetándole la cabeza mientras ella chupaba con hambre, saliva corriendo por su barbilla. Lo masturbaba con una mano y le lamía los huevos con la lengua.
—¡¡¡Desirée… no pares…!!!
Ella se levantó, se quitó el bikini y se tumbó en la cama abriendo las piernas.—Ven. Cógeme. Quiero sentirte dentro.
Diego se lanzó sobre ella. Empujó su pene de un solo golpe hasta el fondo de la experta vulva de Desirée. Ambos gritaron.
—¡Sí! ¡Más fuerte! —exigía ella, clavándole las uñas en la espalda.
Diego la embestía como un animal, sus huevos golpeando contra su culo. La cama crujía. Desirée tenía las tetas rebotando con cada estocada.
—Estás tan apretada… Dios… me voy a …—¡Sí, vente dentro! Lléname toda —le ordenó ella, rodeándole la cintura con las piernas.
Diego rugió y descargó chorros espesos de semen caliente en lo más profundo de su útero. Desirée se corrió con él, apretando su coño alrededor de la polla palpitante.
Esa solo fue la primera de varias cópulas. Hubo muchas más: en la ducha, contra la pared del gimnasio, en el jacuzzi, por la noche. Diego se volvió adicto. La fornicaba cada vez que podía, cada vez más duro, más tiempo. Le corría adentro siempre, sin protección.
Tres meses después, la prueba de embarazo dio positivo.
Bianca había preparado el escenario perfecto.
Gerson había vuelto de un viaje de negocios. Bianca lo recibió con una copa de vino y una sonrisa.
—Cariño, subamos a la segunda planta. Quiero enseñarte algo.
Lo llevó hasta la habitación de Diego. La puerta estaba entreabierta. Los gemidos se escuchaban claramente.
—Ahhh… sí, Diego… ¡más profundo! ¡Así! ¡Me estás partiendo Diego!
Gerson frunció el ceño y empujó la puerta.
La escena era brutalmente explícita.
Desirée estaba a cuatro patas sobre la cama, completamente desnuda, el culo en su máximo esplendor. Diego la culeaba por detrás con fuerza, sujetándola de las caderas. Su pene entraba y salía del coño brillante de crema y semen. Las tetas de Desirée se balanceaban pesadamente. Tenía la cara roja, la boca abierta, gimiendo como una puta, como la puta que era.
—¡Sí! ¡Vente otra vez dentro! ¡Lléname el útero!
Diego ni pensaba en las palabras o el propósito de su compañera de trabazón. Solamente gruñía, sudando, dándole nalgadas fuertes mientras la penetraba hasta los huevos.
—¿Qué carajos es esto? —rugió Gerson.
Bianca fingió sorpresa, llevándose la mano a la boca.
—¡Dios mío! ¡Desirée! —exclamó, más falsa que una actriz de telenovela.
Diego se quedó congelado, su pene aún dentro de Desirée, palpitando. Un hilo de semen ya escapaba alrededor de su grosor.
Desirée giró la cabeza, miró a su madre y a Gerson, y sonrió con descaro.
—Papá… —dijo con voz entrecortada por el placer—, ya es tarde. Estoy embarazada de tu hijo.
Bianca sacó del bolsillo de su bata el resultado del laboratorio y se lo entregó a Gerson.
—Pruebas. El bebé es de Diego. Ahora… somos una familia de verdad. Y tú, querido, tendrás que replantearte ese testamento. Porque ahora hay un nieto en camino… y mi hija lleva la sangre de tu heredero.
Gerson se quedó pálido, mirando cómo Diego, aún excitado, daba una última lenta embestida dentro de Desirée, quien gemía bajito, disfrutando... quizás más de la situación que de la metida en sí.
Bianca se acercó a su marido y le susurró al oído:
—Ahora los cuatro estamos unidos… para siempre.
Desirée miró a su madre con complicidad y empujó el culo hacia atrás, tragándose otra vez la verga de Diego hasta el fondo.
—¿Quieres ver cómo me coge otra vez, papá? —preguntó con voz inocente y perversa—. Se le da muy bien…
Gerson sintió una punzada en el miembro que, sin poderlo evitar, se erecto inmediatamente.
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