
María Isabel ajustó el escote de su vestido azul oscuro antes de entrar a la oficina. Era uno de esos vestidos que le quedaban perfectos: tela ligera pero elegante, largo hasta media pierna, con un corte que insinuaba sin enseñar demasiado. El pequeño escote dejaba ver justo lo suficiente para que alguien con buena vista pudiera imaginar el resto. Llevaba tacones discretos, el cabello recogido en un moño bajo y unos aretes pequeños que brillaban cada vez que movía la cabeza. Era la imagen misma de la profesionalidad… con un toque que no pasaba desapercibido.
Esa tarde el doctor Salazar, su jefe, estaba reunido con el doctor Vargas, un colega que venía de visita desde Quito. Habían cerrado la puerta, pero no con llave. María Isabel escuchó su nombre desde el pasillo.
—María Isabel, ¿puedes pasar un momento, por favor?
Entró con la carpeta que llevaba en la mano, aunque en realidad no había ningún asunto urgente. Solo era la excusa que siempre usaba su jefe cuando quería que estuviera cerca un rato más de lo necesario.
Los dos hombres estaban sentados en los sillones de cuero frente al escritorio. Solo llevaban camisa y corbata aflojada. Las mangas recogidas dejaban ver los antebrazos fuertes. Salazar, de unos cuarenta y pocos, moreno, mirada intensa. Vargas, un poco más joven, rubio cenizo, sonrisa fácil y manos grandes.
—Pasa, pasa —dijo Salazar con esa voz grave que siempre le provocaba un cosquilleo en la nuca.
Ella se detuvo frente a ellos, a un metro y medio del escritorio, con las manos cruzadas delante del pubis como si estuviera esperando instrucciones. Los miró a los dos. Sonrieron. Ella también sonrió, nerviosa, educada.
Y entonces todo cambió.
No hubo palabras. No hubo advertencia.
Salazar se levantó primero. Vargas lo siguió casi al instante. Se acercaron despacio, uno por delante, otro por detrás. Ella sintió el calor de sus cuerpos antes que el primer roce. Un dedo de Salazar le recorrió la clavícula, bajó hasta el borde del escote. Vargas, desde atrás, le apartó el cabello del cuello y posó los labios justo donde latía su pulso.
María Isabel cerró los ojos. No dijo nada. No podía. Solo respiró hondo.
Las manos de Salazar encontraron los botones laterales del vestido. Los fueron soltando uno a uno mientras Vargas bajaba el cierre de la espalda. La tela cedió como si estuviera esperando ese momento toda la tarde. El vestido cayó a sus pies en un susurro azul. Quedó en ropa interior negra de encaje: corpiño de media copa, tanga diminuta y liguero con medias transparentes.
Salazar se inclinó y besó la piel justo encima del encaje del corpiño. Su lengua trazó el borde de la areola que asomaba. Vargas, detrás, le bajó la tanga despacio, dejándolas caer hasta los tobillos. Luego le separó ligeramente las nalgas y pasó la lengua por la hendidura, lenta, húmeda, deliberada.
Ella soltó un gemido pequeño, casi inaudible.
Las manos de ambos la guiaron hasta que quedó de rodillas sobre la alfombra gruesa. Dos cremalleras bajaron casi al unísono. Dos penes erectos aparecieron frente a ella. Salazar era más grueso, Vargas más largo. María Isabel los tomó con ambas manos, primero con timidez, luego con más seguridad. Abrió la boca y empezó por Salazar, metiéndoselo profundo mientras con la mano derecha masturbaba a Vargas.
Cambió. Ahora Vargas en su boca, profundo hasta la garganta, mientras Salazar le acariciaba los pezones con los pulgares y le susurraba al oído palabras sucias que la hicieron estremecerse.
La levantaron y la llevaron al sofá de tres cuerpos que estaba contra la pared. Salazar se sentó primero, abrió las piernas. La acomodaron a horcajadas sobre él. La penetró de un solo movimiento lento pero firme. Ella jadeó fuerte. Vargas se puso de pie frente a ella. María Isabel, sin que se lo pidieran, volvió a abrir la boca y lo recibió mientras Salazar la embestía desde abajo, profundo, rítmico.
Después de varios minutos Salazar la levantó un poco, le separó las nalgas y colocó la punta en su ano. Entró despacio, centímetro a centímetro, hasta que estuvo completamente dentro. Ella gimió con la boca llena de Vargas. El dolor inicial se convirtió rápido en placer oscuro.
Vargas tomó el turno. La puso a cuatro patas sobre el sofá. Salazar se sentó frente a ella para que siguiera chupándolo. Vargas la penetró analmente con más fuerza, más ritmo. Ella temblaba entera.
Finalmente los dos se colocaron. Salazar debajo, en su vagina. Vargas detrás, en su ano. Doble penetración lenta al principio, luego más intensa. Los dos dentro de ella al mismo tiempo, moviéndose en contrapunto. María Isabel ya no podía ni gemir con claridad, solo jadeaba y se aferraba a los hombros de Salazar mientras sentía cómo la llenaban por completo.
Cuando terminaron, uno dentro de su vagina, el otro en su ano, los tres quedaron quietos un instante, respirando agitados.
Salazar fue el primero en hablar, con voz todavía ronca:
—María Isabel… ¿estás bien?
Ella parpadeó.
El vestido azul oscuro seguía puesto. El corpiño en su lugar. Las tangas no se habían movido. Estaba de pie exactamente donde había entrado, frente a los dos hombres que seguían sentados en los sillones, mirándola con preocupación.
—¿María Isabel? —repitió Vargas—. Te quedaste como ida un momento. ¿Te sientes mal?
Ella sintió cómo el calor le subía por el cuello hasta las orejas. Su entrepierna estaba húmeda, palpitante. Las piernas le temblaban ligeramente.
—No… no, doctor. Perdón. Solo… me distraje un segundo.
Salazar sonrió con esa media sonrisa que ella conocía tan bien.
—Seguro que sí. ¿Segura que estás bien?
Ella asintió rápido, bajó la mirada.
—Sí, doctor. Todo bien.
— Bueno, guarda este expediente y pídenos el almuerzo, ya sabes que.
María Isabel tomó el expediente y se dio la vuelta para salir. Al dar el primer paso sintió cómo la humedad se deslizaba entre sus muslos.
Cerró la puerta con suavidad.
Y en el pasillo, sola, apoyó la espalda contra la pared, cerró los ojos y dejó escapar un suspiro largo.
Porque sabía que, tarde o temprano, su imaginación volvería a arrastrarla al mismo lugar.
Y que la próxima vez quizás no sería solo imaginación.
1 comentarios - María Isabel y sus fantasías (I)