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Compendio III
46: REVISIÓN EJECUTIVA (Final)
Cristina asomó un ojo desde bajo su brazo, el delineador manchado hasta parecer arte abstracto.

• ¿En serio? - Su voz chirrió como bisagra oxidada, las palabras atascándose a mitad de la garganta.
- ¿Te he mentido alguna vez? -Tracé las estrías apenas visibles en su cadera… pálidos afluentes que mapeaban batallas olvidadas bajo piel aún sonrosada por el esfuerzo.
Ella resopló, el sonido interrumpido por el espasmo involuntario de sus muslos.
• No... pero...
Su protesta se disolvió en un estremecimiento cuando mi uña rozó el pliegue sensible donde el muslo se unía a la cadera. Las sábanas estaban tibias donde nuestros cuerpos se habían presionado, la habitación saturada del almizcle del sexo y el aroma ácido de perfume sudado.
Me levanté del colchón, la ausencia repentina de calor haciendo que Cristina se arrodillara instintivamente hacia el residual.
- Ponte en cuatro patas esta vez.
La orden cayó entre nosotros como un guante arrojando un duelo. Su respiración se cortó audiblemente cuando agarré su tobillo y la arrastré al borde de la cama, su piel susurrando contra el lino húmedo.
• Nunca lo hemos hecho en una cama. – obedeció con incredulidad.

La respiración de Cristina se cortó cuando me retiré abruptamente de su lado, volteándola sobre su estómago con una mano entre sus omóplatos. Su trasero se elevó instintivamente, presentándose con un descaro que habría escandalizado a sus colegas de juntas. La tenue luz de la lámpara captó la curva sudorosa de su columna, la tensión de sus escápulas cuando mi palma deslizó para agarrar su cadera. Su piel olía a sal y jabón de hotel ahora (ese aroma genérico a lavanda que bombean por cada ventilación) pero bajo eso persistía el almizcle del sexo, de ella.
Para su shock, yo seguía completamente erecto. Los dedos de Cristina se crisparon hacia mi erección como un imán encontrando el norte verdadero, su manicura corporativa reflejando la lámpara mientras vacilaba. Su respiración se quebró: no de miedo exactamente, sino algo más cercano al asombro bélico ante artillería abrumadora.
• No... me harás el culo esta noche... ¿Verdad? - La voz de Cristina osciló entre desafío de junta directiva y genuina inquietud, sus dedos apretándose alrededor de mi antebrazo como preparándose para un impacto.

La lámpara iluminó el sudor perlándose en su clavícula, su pulso visiblemente acelerado bajo la fina piel de su garganta.
- ¡No me tientes! - Las palabras retumbaron desde mi pecho mientras los dedos de Cristina se cernían cerca de mi erección, su manicura corporativa reflejando la luz como pequeñas bengalas de advertencia.
Pasé mi pulgar por su humedad, pintando estrías brillantes en su muslo interior tembloroso.
- No, hoy solo quiero desgastar tu sexo.
El reloj digital cambió a las 7:38 PM. Marisol debía estar acostando a las niñas a esa hora, nuestro ritual nocturno de cuentos y besos en la frente. Más tarde, se retiraría a nuestro dormitorio con ese vibrador ridículamente caro que le compré en nuestro aniversario. El pensamiento hizo que mi agarre se apretara en la cadera de Cristina, mis dedos hundiéndose en carne aún sonrosada por esfuerzos anteriores.
Cristina siseó cuando tracé sus labios hinchados con la punta de mi erección, sus muslos temblando como caballo de carreras en la salida.
- ¿Lista? - murmuré contra su oreja, saboreando sal y el leve toque químico del laca.
Debajo de nosotros, los resortes del colchón protestaron mientras Cristina se arqueaba hacia arriba, su espalda formando una parábola perfecta bajo la luz de la lámpara.
• ¡No! - Cristina siseó entre dientes apretados mientras su cuerpo se arqueaba contra el colchón como un arco tensado.
Sus codos resbalaron hacia adelante sobre sábanas empapadas de sudor, antebrazos aplastándose contra el algodón egipcio mientras yo empujaba dentro de ella con un slap húmedo que resonó contra los azulejos de mármol del baño. El ángulo penetraba más profundo ahora: su trasero inclinado más alto, su columna curvada hasta que las vértebras se marcaban bajo la piel sonrosada. Cada embestida arrancaba un sonido áspero de su garganta, medio jadeo, medio gemido, mientras su compostura corporativa se hacía añicos contra el martilleo rítmico del cabecero.
Afuera, el agua de lluvia goteaba de la canaleta del balcón en sincronía arrítmica con nuestros cuerpos: plink-plank-plunk contra los bajantes de aluminio, marcando el compás de los gemidos entrecortados de Cristina. El cuadro del velero sacudió su marco barato con cada impacto, su mar embravecido agitándose tan violentamente como la mujer bajo mí. Sus dedos se retorcieron en el edredón como un marinero ahogándose aferrado a las cuerdas, nudillos blanqueándose contra la tela azul marino.
• ¡M-mierda! … ¡Más lento! - suplicó, las palabras quebrándose en mitad de la sílaba cuando me incliné hacia arriba y rocé ese punto que hizo que sus dedos se encogieran contra el colchón.

Sus muslos temblaron como diapasones, los músculos palpándose visiblemente bajo la piel sudorosa. Observé, hipnotizado, mientras una gota de sudor rodaba por el valle entre sus omóplatos antes de desaparecer bajo la cintura de sus medias arruinadas.
El carrito de la mucama traqueteó frente a nuestra puerta: botellas de vidrio tintineando como campanillas tras el grito sofocado de Cristina. Volvió la cabeza contra las sábanas, labios entreabiertos mientras un hilo plateado de saliva la conectaba a la tela. El reloj digital marcaba las 7:42 PM, su resplandor iluminando el pulso frenético en su garganta donde antes colgaba el collar de perlas de las juntas.
- ¡Mírate! – la hostigué mientras arremetía sin descanso, deslizando mi palma por su columna sudorosa. Su piel ardía bajo mis dedos, los músculos temblando como cables electrificados. - ¡Tan recatada en la sala de juntas, mientras que en una cama te pones así!
Su gemido fue medio gruñido, su dicción corporativa irreconocible.
• ¡Asno! …¡Ahhh!… sabes que odio… ¡ngh!... cuando hablas… ¡Dios!
(Asshole! … Ahh!... you know I hate it… ngh!... when you talk… and fuck!)

La protesta murió en su garganta cuando giré mis caderas con precisión, el cabecero golpeando la pared con fuerza suficiente para desprender un directorio de hotel enmarcado. Cayó boca abajo sobre la alfombra con un golpe sordo.
La estructura de la cama chirrió como animal herido al tirarla más fuerte contra mí, mis dedos hundiéndose en sus caderas hasta dejar marcas. Los brazos de Cristina cedieron abruptamente (sin teatro, solo rendición neuromuscular) su pecho golpeando el colchón con fuerza suficiente para expulsar el aire de sus pulmones. El nuevo ángulo la hizo gritar, un sonido corto y quebrado que se disolvió en jadeos mientras su mejilla se arrastraba contra las sábanas húmedas. Sus pechos se aplanaron contra el lino, pezones endurecidos e hipersensibles por el contacto anterior.
Abajo, el ascensor entonó su melodía de tres notas. Voces apagadas se acercaron (alguna reunión post-conferencia por los fragmentos llenos de jerga) y luego se desvanecieron al pasar nuestra puerta. Cristina parecía no notarlo. Toda su atención se había reducido al punto donde estábamos unidos, su cuerpo apretándome en pulsos erráticos que sentían como una prensa hidráulica fallando. Una gota de sudor resbaló de mi sien a su omóplato, siguiendo el mismo camino que mi lengua había recorrido cuarenta y tres minutos atrás, cuando aún llevaba su chaqueta.
Me incliné sobre ella, apoyando una mano junto a su hombro. La otra subió por su espina, sintiendo cada vértebra temblar bajo mi palma como fichas de dominó a punto de caer. Mis labios rozaron su oreja.

- ¿Vas a venirte otra vez?
La cabeza de Cristina se sacudió violentamente, mechones oscuros pegados a sus sienes como pintura de guerra.
• ¡No!... ¡No puedo! … ¡Ahhh!... ¡Demasiado!...
(No!... I can’t!... Ahhh!... It’s too much!...)
El timbre australiano se escapó involuntario, su acento espesándose con la desesperación. Sus muslos temblaron como patas de insecto moribundo cuando mis dedos encontraron su clítoris hinchado, presionando círculos despiadados que enviaban ondas de choque por su columna.
El orgasmo llegó como el derrumbe de una mina: lento al principio, luego aplastante. Su espalda se arqueó violentamente, omóplatos sobresaliendo como alas fracturadas bajo piel sudorosa. Cada músculo se tensó perfectamente antes de deshacerse en oleadas de temblores. Seguí empujando dentro de ella, cada embestida prolongando las convulsiones hasta que sus gemidos se disolvieron en quejidos sin palabras.

En algún lugar más allá de las ventanas manchadas de lluvia, una alarma de auto sonó: tres chillidos electrónicos agudos antes de callarse abruptamente. El repentino silencio amplificó los jadeos de Cristina, sus dedos retorciendo las sábanas en nudos desesperados. Cuando pasó el último temblor, colapsó boca abajo contra el colchón, su caja torácica expandiéndose visiblemente con cada inhalación quebrada. Una sola gota de sudor trazó la curva de su espina antes de desaparecer bajo el desastre retorcido de su entrepierna.
Reduje mis embestidas a movimientos más lentos y profundos, observando su cuerpo palpitar con hipersensibilidad. La lámpara de la mesita parpadeó de nuevo (una, dos veces) proyectando sombras estroboscópicas sobre los restos de su compostura. Sus muslos aún temblaban cuando arrastré un dedo por su muslo interno, el músculo saltando como un pura sangre asustado.
• ¡Demasiado! – arrastró sus palabras en un jadeo intenso contra las sábanas, su acento australiano espesándose con el agotamiento. Las palabras apenas se escuchaban sobre el siseo mecánico del aire acondicionado.

Cuando el último temblor cedió, Cristina quedó flácida como un muñeco de trapo, su frente hundida en el colchón como pecadora en un altar. Mi pene, pulsando cálido y profundo en su interior, nos ascendió al más delicioso nirvana. La habitación olía a sexo, espeso con sudor. Su respiración era entrecortada, sus costillas expandiéndose visiblemente con cada inhalación. Afuera, la lluvia golpeaba la ventana en ráfagas irregulares, las réplicas de la tormenta.
Disminuí el ritmo, alargando cada empujón hasta que sus caderas se estremecieron por hipersensibilidad, asegurándome que cada gota de mi corrida se alojara dentro de ella.
- ¿Sigues conmigo?
Emitió un sonido entre gemido y risa.
• Apenas...
(Barely…)

El reloj digital en la mesita cambió a 7:45 PM. Tres minutos nunca se habían sentido tan largos. La habitación olía a nosotros: a sudor, sexo y el leve aroma del jabón de bergamota del baño del hotel.
El estómago de Cristina gruñó de nuevo, más fuerte esta vez.
Reí, mordisqueando su hombro.
- ¿Todavía con hambre?
Giró la cabeza lo suficiente para fulminarme con la mirada, su delineador manchado en algo que parecía arte abstracto: mitad reina guerrera, mitad mapache ahogado.
• ¡Muerta de hambre! - repitió, arrastrando las palabras como el último pedido de un condenado.
(Starving!)
- ¡Bien! -Me retiré lentamente, viéndole fruncir el ceño… sus muslos temblando como adicta en abstinencia. Gotas de agua se aferraban a sus pestañas inferiores, magnificando el agotamiento en sus ojos oscuros. - Porque estoy atrasado. Una vez más en la ducha y luego compro algo para el camino.
Sus ojos se dilataron… sorpresa genuina cortando la neblina postcoital.
• ¿Qué? ¡Marco, no! - Retrocedió sobre las sábanas húmedas, sus palmas resbalando. - ¡No puedo más!... ¡Mis piernas!... ¡Jesús!
Pero ya la levantaba, sus rodillas flaqueando mientras la guiaba al baño. Las protestas de Cristina se convirtieron en un jadeo al clavarla contra los azulejos, su espalda arqueándose cuando el primer chorro de agua hirviendo golpeó sus omóplatos. El vapor nos envolvió, enroscando su cabello despeinado en rizos más apretados contra sus mejillas enrojecidas.
• ¡Marco!...¡Ahh!... ¡Basta! – suplicó en una protesta melodiosa, sus uñas clavando medias lunas en mis bíceps mientras la levantaba sin esfuerzo.

Sus piernas se cerraron alrededor de mi cintura, el nuevo ángulo arrancándole un jadeo contra mi clavícula. Meses de frustración acumulada ardieron bajo mi piel: su calor húmedo, cómo sus pechos presionaban mi pecho con cada respiración entrecortada, el excitante sonido que hacía al empujar…
La cabeza de Cristina cayó contra los azulejos con un golpe, su garganta conteniendo gemidos silenciosos mientras el agua corría entre nuestros cuerpos. Sus dedos se enredaron en mi cabello, manteniendo mi boca contra la suya en un beso que sabía a sudor y rendición. El calor de la ducha enrojeció su piel en segundos, gotas aferrándose a sus pestañas como diamantes fracturados cuando me miró.
- ¡Tú me arrastraste aquí! - protesté contra su garganta, probando cloro y su sal.
El jabón industrial del hotel persistía bajo su sudor… algo químico y floral que nunca se enjuagaría por completo.
Su risa se quebró cuando mi rodilla se deslizó entre sus muslos.
• ¡Para hablar con Edith!

Las uñas corporativas de Cristina arañaron los azulejos en busca de apoyo, haciendo clic contra la cerámica. El vapor había soltado su cabello en mechones húmedos que se pegaban a su clavícula como manchas de tinta.
El chorro golpeó mis hombros, marcando un ritmo irregular por mi columna. Los pezones de Cristina se endurecieron bajo el asalto del agua caliente y el aire frío donde la cortina se abría. Observé una gota aferrarse a la punta de su pecho izquierdo antes de que la gravedad ganara: el agua siguiendo el mismo camino que mi lengua había recorrido antes sobre sus estrías.
• ¡Eres imposible! - jadeó cuando mi boca cubrió ese mismo pezón. Sus pechos, maleables y flexibles, al punto que probablemente ella misma podía probarlos
Sus caderas se sacudieron hacia adelante, buscando fricción. El azulejo chirrió bajo su peso cambiante, sus músculos temblando donde presionaban contra los míos. El aroma de su excitación se mezcló con vapor y champú barato… algo afrutado que hizo que mis dientes dolieran.

Solté sus muñecas para agarrar su cintura, girándonos para que el agua corriera por su espalda. Cristina jadeó por el cambio repentino de temperatura… luego gimió abiertamente cuando me arrodillé, mis pulgares abriéndola bajo el chorro. Sus muslos se tensaron al instante, los músculos palpando bajo mis palmas mientras el agua tibia caía entre ellos.
Su sabor era distinto aquí: más limpio, diluido por el agua, pero igual de embriagador. Sus dedos se enredaron en mi pelo, tirando bruscamente cuando mi lengua rodeó su clítoris.
• ¡Mierda…!

La barra de la ducha tembló cuando se apoyó contra ella. Un bote de acondicionador cayó en la bañera con un clonk hueco. El muslo de Cristina tembló contra mi hombro, los músculos de su pantorrilla flexionándose mientras intentaba mantener el equilibrio. El vapor empañó la puerta de la ducha, convirtiendo el baño en una sauna donde cada jadeo resonaba húmedo contra los azulejos.
- ¡Mírate! - murmuré contra su piel, mordisqueando el interior blando de su muslo. - ¡Todas esas reuniones de directorio donde te sentabas tan discreta!...
Mis dedos trazaron los pocos rizos húmedos que se aferraban a su pubis, resbaladizos con algo más que agua.
Su empuje contra mi boca fue francamente obsceno. El agua caía sobre sus hombros, corriendo por el valle entre sus pechos. El aroma del jabón del hotel no podía enmascarar del todo el almizcle de su excitación: algo primitivo bajo el bergamota artificial. Sabía como al océano en marea alta, sal y calor y algo más oscuro bajo la superficie.
Cuando mis dedos reemplazaron mi lengua, gritó: el sonido rebotando en los azulejos. Sus rodillas flaquearon. La atrapé sin esfuerzo, clavándola contra la pared con mi cuerpo mientras dos dedos se curvaban dentro de ella. Sus caderas se sacudieron en círculos erráticos, buscando fricción mientras el agua corría entre nuestros cuerpos. El cabezal de la ducha pulsaba contra mi espalda como un segundo latido.
• ¡Marco! … ¡Ya no puedo!...
Su frente cayó sobre mi hombro, su respiración entrecortada. El calor de la ducha había vuelto su piel resbaladiza y maleable bajo mis manos.
- Puedes. -corregí, girando mi muñeca justo así. Todo su cuerpo se tensó como un arco.
Fuera del vidrio esmerilado, un carrito de limpieza chirrió al pasar. El murmullo de español y el tintineo de llaves se desvanecieron tan rápido como llegaron. Cristina no lo notó…demasiado perdida en el arrastre de mis dedos, el ocasional roce de dientes contra su cuello.
Su orgasmo se construyó lentamente esta vez, alcanzando picos en olas que la dejaron jadeando. Observé su rostro: cómo sus labios se abrieron en silencio, el aleteo de su pulso en la garganta. Cuando llegó, sus uñas marcaron mi espalda con fuerza suficiente para arder bajo el agua.
El chorro de la ducha se había vuelto tibio cuando recuperó la coherencia. Sus dedos trazaron las marcas rojas que dejó en mis hombros.
- ...Bien. Ahora sí tengo verdadero hambre…- Le dije aliviado cuando me estaba vaciando dentro de ella una vez más.
Apagué el agua con una mano, alcanzando una toalla junto a ella.
- Es buena hora. Porque son las 8:12 PM.
Parpadeó, gotas aferrándose a sus pestañas.

• ¿Eso es todo? ¿Simplemente te…?
- Vistes. – Le interrumpí, arrojándole una segunda toalla, viéndola atraparla contra su pecho. - A menos que quieras explicarle a mi esposa por qué llego tarde y con el pelo mojado.
Su expresión horrorizada valió cada segundo. Mientras salía de la ducha, admiré el balanceo de sus caderas… cómo la toalla se pegaba a la piel húmeda de sus magníficos pechos.
-+-+-+-+-+-
En mi defensa, lo que siguió después fue culpa mía. Mi mente ya estaba haciendo planes de pendientes. No niego que tener sexo con Cristina es excepcional. Pero mentalmente seguía una lista de chequeo con todas las cosas que debía hacer antes de volver a casa, incluyendo entregarle un anticonceptivo a Cristina.
Sin embargo, ella no lo vio así. Dos días después, cuando pasó su enojo y pudimos conversar más tranquilos, Cristina vio mis acciones como frías e insensibles.
Pero en esos momentos en el baño, yo no vislumbraba la tormenta que se avecinaba entre nosotros…
+-+-+-+-+-+
El espejo del baño estaba empañado excepto donde Cristina se había apoyado antes. Su silueta permanecía… una impresión fugaz a punto de evaporarse. Limpié el vidrio con el antebrazo, revelando el reflejo de Cristina mientras enrollaba la toalla alrededor de su torso. Sus movimientos eran bruscos, torpes: nada que ver con la precisión que usaba en las salas de juntas. Una gota de agua resbaló desde su clavícula hasta el valle entre sus pechos, desapareciendo bajo el tejido.
- ¿Quieres que te compre Plan B? - pregunté mientras abrochaba mi camisa.
• ¿Qué? - Emitió un chillido, secándose la cara frenéticamente, sus pechos balanceándose bajo la toalla.

La luz fluorescente del baño capturó las gotas en sus clavículas, amplificando el rápido subir y bajar de su pecho: no sabía si por esfuerzo o puro shock.
- ¿Estás usando anticonceptivos? ¡Meh! Igual quiero comprarte Plan B... – decidí, encogiéndome de hombros mientras metía la camisa en el pantalón.
La luz resaltó la expresión atónita de Cristina: labios entreabiertos, rímel corrido bajo ojos desorbitados.
- ¡Me vine adentro tres veces seguidas, Cristina! Y aunque el sexo fue espectacular, coparentalidad contigo suena como una fusión corporativa infernal.
La toalla se deslizó de sus dedos, aterrizando con un plaf húmedo en el mármol. Su magnánimo pecho subía y bajaba rápido, gotas deslizándose entre sus pechos como mercurio.
• ¿Estás…? - Su garganta hizo un clic audible, con el mismo timbre de irritación de cuando le dije que no había visto a Edith desde que la llevamos al hospital. - ¿Hablas en serio?
(Are you… serious?)
Ajusté mi reloj, observando cómo su reflejo se distorsionaba en el espejo empañado.
- ¿Evitar la paternidad contigo? ¡Mortalmente serio! - La loción de del afeitar ardía en mi mandíbula donde ella lo había arañado antes. - A menos que hayas estado secretamente tomando anticonceptivos entre reuniones de la junta.
Sus dedos hacia su camisa abandonada.
• Yo... no. No he tomado. - La admisión sonó quebradiza, como hielo delgado sobre aguas oscuras.

Afuera, un claxon sonó tres pisos más abajo: breves ráfagas impacientes que coincidían con la respiración de Cristina. El sonido cortó el aire como una banda elástica estirada al límite.
Arrojé mi billetera sobre el lavabo. Resbaló hasta detenerse junto a su cadera con un plaf que resonó en el baño de azulejos.
- Hay una farmacia 24 horas a dos cuadras al oeste. Iremos juntos.
Ella miró el cuero negro como si pudiera morderla. La toalla resbaló peligrosamente bajo cuando retrocedió.
• ¿Quieres que...? ¿Ahora? - Su voz subió medio tono, deshilachándose en los bordes.
Una gota resbaló desde su cabello mojado hasta la sien… demasiado lenta para ser sudor.
- ¡Cuanto antes, mejor! – insistí, vistiéndome mecánicamente, mirando mi reloj.
8:20. Las niñas estarían en pijama ahora, la voz cálida y cariñosa de Marisol al pasar páginas de “Donde viven los monstruos”.
- La efectividad disminuye después de 72 horas. - El gemelo de mi camisa reflejó la luz al ajustar la manga, el destello momentáneo haciéndola parpadear.
Su risa sonó hueca.
• ¡Cínico! - Se envolvió más fuerte en la toalla, la tela crujiendo bajo la presión de sus pechos. - ¿En serio vas a ...darme dinero e irte caminando?
(Are you seriously… giving me money and walk away?)
Sus dedos marcaban un ritmo frustrado en el mármol del lavabo (meñique a índice en la izquierda, índice a meñique en la derecha), el mismo tic nervioso de su presentación trimestral.
Una gota de agua recorrió la curva de su espalda antes de perderse en la toalla. Atrapé su muñeca antes de que pudiera girarse.
- ¡Mírame!
Resistió tres segundos (conté exactamente tres) antes de alzar la vista. Su delineador se había corrido en círculos de mapache, dándole un aire juvenil. Vulnerable.
- ¡Me ofendes! ¡No te estoy abandonando! - dije despacio, el pulgar rozando su pulso. - Pero ¿En serio quieres arriesgarte a tener un hijo conmigo? O sea, me siento honrado. Pero también soy un hombre casado y padre de cuatro.
Los labios de Cristina se abrieron…luego se comprimieron en una línea delgada. Sus ojos vidriosos brillaban frágiles. La humedad del baño rizaba mechones rebeldes en sus sienes. Miró la billetera un latido más antes de arrebatarla del lavabo con fuerza innecesaria.
• ¡Eres insoportable! - masculló, marchándose hacia la ducha donde su ropa yacía en un montón húmedo.
La toalla se deslizó al suelo a mitad del paso, revelando las marcas rojas que mis dedos habían dejado en sus caderas.

La observé vestirse: la manera deliberada en que sacudía su blazer, el tirón frustrado al abotonar su falda. Sus movimientos eran lo suficientemente bruscos como para sacar sangre. Cuando se inclinó por las medias, sus muslos temblaron levemente… señal inequívoca de irritación. La vista me secó la boca.
El silencio se extendió como la condensación en el espejo… opaco, distorsionado. Afuera, la maquinaria del ascensor gimió al ascender, sus cables quejándose bajo el peso de ocupantes invisibles. El reflejo de Cristina se difuminó en el vidrio empañado, sus dedos trabajando mecánicamente para recoger su pelo húmedo en un moño severo asegurado por un bolígrafo de su blazer arruinado.
Finalmente, habló sin girarse:
• ¿Sabes que la pastilla del día después te pone violentamente enferma si la tomas con el estómago vacío?

Las palabras salieron planas, despojadas de su precisión habitual. Una gota resbaló desde su nuca por las vértebras marcadas antes de desaparecer bajo el cuello.
Ajusté los gemelos, observando el juego de tendones en su antebrazo mientras escurría las medias.
- Por ende, cenaremos primero. -El metal hizo un clic suave, una puntuación muda en el aire húmedo.
Ella resopló, el sonido cortante como un papel cortado.
• ¡Por ende! ... ¡Dios! ¡Suenas como un maldito manual! - La manga de su blazer se levantó al alcanzar los tacones, revelando el leve grabado de mis dedos alrededor de su muñeca como una marca.
- ¿Preferirías que gruñera y señalara? - Me agaché por el pasador de pelo abandonado… el que había resbalado por los azulejos cuando se aferró a la pared de la ducha. El metal aún estaba tibio.
Su mirada podría haber derretido acero.
• ¡Preferiría que lo hubieras pensado antes de vaciarte tres veces en mí como un universitario borracho!
La acusación quedó suspendida entre nosotros, densa. La bombilla del baño parpadeó un par de veces antes de estabilizarse…
Me acerqué, atrapando su mentón. Su pulso saltó bajo mis dedos.
- Si recuerdo bien… —murmuré mirándola a los ojos. - tú suplicaste la tercera.
Las fosas nasales de Cristina se abrieron. Olía a jabón de hotel y sexo: un aroma incongruentemente inocente dadas las circunstancias.
Intenté calmarla.
- ¡Por favor, Cristina! ¡Esto no es solo sexo casual para mí! —dije, invitándola a sentarse sobre el excusado, pero estaba demasiado molesta para hacerlo. - Honestamente, quiero seguir haciéndolo. Pero también estoy siendo responsable. Trabajamos juntos. Me odias en público. Nos follamos hasta los sesos en privado... y eso es genial. Pero ahora elegiste traerme a casa de Edith, me tentaste... tuvimos nuestro momento y aquí estamos. ¿Entonces por qué te quejas? ¿De verdad quieres un hijo conmigo?
Los dedos de Cristina se aferraron al dobladillo húmedo de su falda. El pasador que sujetaba su pelo se resbaló, enviando una cascada oscura sobre sus hombros. Afuera, la lluvia retomó su ritmo contra el vidrio esmerilado: lenta al principio, luego más rápida, como un pulso frenético.
• ¡No me estoy quejando! - siseó entre dientes apretados. Las palabras temblaron… - Es solo que…
Su garganta se movió. El vapor se había disipado, dejando el aire entre nosotros cargado y frágil.
Alcancé su muñeca. Su piel ardía como fiebre, su pulso rápido como un conejo bajo mi pulgar.
- ¿Solo qué…? – le pedí que continuara.
Se liberó con fuerza suficiente para enviar su tacón deslizándose por los azulejos.

• ¡No lo sé! - La admisión salió cruda, su voz quebrándose en la última sílaba. El sonido pareció sorprenderla…se llevó una mano a la boca como si pudiera empujarlo de vuelta.
El silencio que siguió solo fue interrumpido por el grifo goteando y el zumbido lejano del aire acondicionado. Una gota de agua recorrió su clavícula antes de desaparecer bajo la blusa aún húmeda.
Exhalé por la nariz. El jabón con aroma a bergamota se había desvanecido, dejando solo el almizcle de sudor y sexo… y debajo, algo más agudo. Miedo. Los hombros de Cristina se sacudían con cada respiración superficial, la tela de su blusa tensándose sobre su espalda.
Me agaché por su zapato. El cuero aún conservaba el calor de su piel, el tacón de aguja descansando entre mis dedos como un arma cargada.
- ¡Siéntate! - insistí, empujándola hacia la tapa del inodoro.
Ella resistió otro tres segundos (los conté) antes de hundirse en el asiento cerrado con un tembloroso suspiro. Sus rodillas se apretaron, sus pies en medias apoyados en el frío azulejo como si se preparara para un impacto. El agua goteaba de su cabello al mármol entre sus pies, cada gota amplificando los temblores que recorrían sus muslos.
Me arrodillé frente a ella, deslizando el tacón sobre su pie. Sus uñas pintadas de un carmesí descascarado: una esquina desprendida donde había pateado la pared de la ducha durante su tercer orgasmo. El detalle era extrañamente íntimo… esta pequeña imperfección en una mujer que planchaba su ropa interior y organizaba su calendario por colores.
- ¡Tienes razón! - reconocí, abrochando la correa del tobillo. Mi pulgar rozó el hueso delicado bajo su media. - ¡Debí preguntar antes! (La hebilla hizo un clic suave… un punto final en el aire húmedo.) Pero tú tampoco me detuviste.

Su respiración se cortó… un sonido húmedo, entrecortado.
• ¡No pensé…!
- ¡Exacto! - Atrapé su otro pie, mi pulgar acariciando el arco, mis ojos enfocados en los suyos. Ella se estremeció. - ¡No estábamos pensando! ¡Ahora sí!
El segundo zapato se deslizó con menos resistencia. Afuera, las puertas del ascensor sonaron… un timbre alegre que contrastaba con la tensión espesando el aire. Los dedos de Cristina retorcieron su falda de nuevo, la tela arrugándose bajo su agarre.
Me levanté, ofreciendo una mano. Ella la miró como si pudiera morder.
- ¡Vamos! -Moví los dedos, acariciando los suyos levemente. - ¿Te gusta la comida tailandés? Hay un lugar aquí cerca con unos fideos borrachos increíbles.
Su risa sonó hueca, pero mucho más comprensiva.
•¡Dios! ¡Estás loco!
- Probablemente. - Me encogí de hombros. - Pero igual necesitamos comer. Y tú estás temblando.
Ella miró sus manos (efectivamente temblorosas) y tragó con fuerza. Cuando finalmente tomó mi mano, su palma estaba húmeda.
La levanté, sujetándola cuando se tambaleó. Su frente rozó mi hombro brevemente antes de que se apartara brusca, como escaldada.
El espejo del baño se había aclarado lo suficiente para reflejar nuestras imágenes fracturadas: su maquillaje corrido y mi camisa arrugada, los chupetones morados en su cuello. Cristina desvió la mirada.
Recuperé mi billetera del lavabo. El cuero aún estaba húmedo.
- ¡Mírame! – insistí.
No lo hizo.
Atrapé su mentón, inclinando su rostro hacia arriba. Sus pupilas estaban dilatadas, los iris casi devorados por el negro.
- Lo que sea que pase… - le dije lentamente. - lo manejaremos. Juntos. ¿Entendido?
(Whatever happens, we’ll handle it. Together. Understood?)
Su garganta se movió. Por un instante, pensé que me discutiría otra vez. Entonces, (milagrosamente) asintió.

La alfombra del pasillo amortiguó nuestros pasos al salir. Más allá, una aspiradora gemía. Las puertas del ascensor se abrieron con un suave timbre, revelando a una pareja mayor con bolsas de compras. Una mirada al estado despeinado de Cristina (la blusa arrugada faltándole botones, el cabello húmedo pegado a su cuello) y desviaron la vista con eficiencia británica.
Apreté el botón del lobby. Cristina se apoyó contra la pared de espejos, sus brazos cruzados con fuerza sobre el pecho. El ascensor olía a desinfectante de limón y cigarrillos viejos: un aroma que chocaba violentamente con el bergamota aún adherido a su piel. Su reflejo la observaba, fracturado por el pasamanos de latón que dividía el espejo.
- ¿Estás bien? - pregunté, mi pulgar rozando la parte interna de su muñeca donde su pulso aún corría.
Ella miró los números descendentes del piso, sus nudillos blancos alrededor de la correa de su bolso.
• Define 'bien'. - Las palabras salieron planas… no con la precisión afilada habitual de Cristina, sino algo desafilado y exhausto.

El ascensor sonó. Las puertas se abrieron revelando a Grayson apoyado en el mostrador de recepción, puliendo un vaso de whiskey completamente despreocupado. Su sonrisa se amplió al notar el estado de Cristina: el cabello húmedo enrulándose salvajemente en sus sienes, los botones faltantes del blazer mostrando un fragmento de sostén de encaje, las medias ligeramente caídas en las rodillas...
> ¿Todo estuvo bien, señor? - preguntó Grayson con una sonrisa que decía que sabía exactamente cuán bien había estado.
El vaso capturó la luz del candelabro al girarlo, proyectando puntos prismáticos sobre la clavícula de Cristina.
- Sí, Grayson. Maravilloso como siempre. - Ajusté los gemelos de mi camisa, observando el reflejo de Cristina en los espejos art déco del lobby.
Su postura era perfecta (espalda recta, mentón elevado), pero sus dedos no dejaban de rozar el chupetón asomando sobre su cuello. El orgullo se enroscó cálido en mi pecho. Había reducido a la Reina de Hielo de IT a esto: una mujer que no podía dejar de tocar donde la había marcado.
El motor de la camioneta rugió al encenderse, vibrando bajo mis palmas mientras Cristina jaló su cinturón de seguridad como si la hubiera ofendido personalmente. El letrero de neón de la farmacia pintó su perfil en rosa chillón y blanco, resaltando cómo sus dientes mordisqueaban su labio inferior.
Aparqué y rompí el silencio:
- Una parada en la farmacia, unos fideos para ti para el camino, te llevo de vuelta a la oficina y luego volveré con mi encantadora esposa. - Compartí mis planes con una sonrisa.
• ¿Lo dices en serio? - masculló, mirando el reloj del tablero (8:37PM) como si me pudiera combustionar de forma espontánea—. ¿Simplemente... qué? ¿Follarme hasta dejarme sin sentido? ¿Parada en la farmacia? ¿Luego ir a casa a follar a tu esposa?
Sus uñas delicadas marcaron un ritmo errático contra su muslo.
• ¿No te queda nada de sangre en el cerebro? – exclamó con un suspiro molesto que, de nuevo, me recordó a mi “Amazona española”.

Cambié de marcha, disfrutando cómo el movimiento tensionaba sus muslos.
- Me sobra. - Los faros de la camioneta barrieron el pavimento mojado al incorporarme. - Solo no dónde estás pensando.
Sonreí divertido al contemplar su rostro atónito antes de salir.
- Bueno, Cristina, en los matrimonios hay un concepto llamado 'deberes conyugales'...
• ¡Oh dios! - Se cubrió el rostro con ambas manos, sus orejas enrojeciendo bajo mechones húmedos de cabello, ignorando mis tonterías.
- Y entre esos deberes… - continué irritándola, conduciendo con una mano mientras la otra le apartaba la muñeca de la cara. - Es mi responsabilidad dejar a mi esposa sexualmente satisfecha. (Mi pulgar trazó el punto de pulso acelerado bajo su piel...) Diariamente.
La respiración de Cristina se cortó audiblemente. Sus muslos se apretaron bajo la falda lápiz arruinada, el nylon rozando contra nylon. Las luces del tablero captaron cómo sus dientes mordisqueaban su labio inferior… el mismo que había mordido hasta sangrar cuando la inmovilicé contra los azulejos de la ducha.
Los ojos de Cristina se abrieron aún más...
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