El corazón me latía tan fuerte que juré que Carlos lo escucharía al otro lado de la puerta. Javier respiró hondo, ajustándose el cinturón con dedos temblorosos mientras yo me pasaba la lengua por los labios hinchados, saboreando aún el regusto salado de su pre-semen. La mirada que nos cruzamos fue suficiente: no íbamos a detenernos. No ahora. No cuando el peligro nos quemaba la piel como un whisky puro.
—Ábrele —susurró Javier, acercándose a mi oído—. Pero no te muevas de aquí.
Sus palabras me encendieron el vello de la nuca. Con un movimiento lento, giré el picaporte y abrí la puerta justo lo suficiente para que Carlos viera mi rostro sonrojado, los labios brillantes, el escote del vestido negro aún desordenado, mostrando más piel de la que debería.
—¿Todo bien? —preguntó Carlos, frunciendo el ceño al vernos tan cerca el uno del otro. Sus ojos saltaron de mí a Javier, que se había apoyado contra la pared con una sonrisa demasiado relajada.
—Solo estábamos… hablando de negocios —mentí, mordiéndome el labio inferior. El mentirle así, con su amigo a medio vestir y mi cuerpo aún caliente por lo que habíamos hecho, me hizo apretar los muslos—. Javier me estaba explicando unos detalles del préstamo.
Carlos asintió, pero sus pupilas se clavaron en el hueco de mi escote, donde un pezón asomaba, duro como una cereza madura.
—Ah. Bueno, si ya terminaron, necesito que revisen unos papeles en el dormitorio. Los dejé sobre la mesa —dijo, dando media vuelta hacia el pasillo.
Fue el momento perfecto. Javier no necesitó más. Su mano se cerró alrededor de mi muñeca y me arrastró tras él, sigilosos como ladrones, siguiendo a Carlos hasta el dormitorio principal. El sonido de la lluvia contra los cristales ahogaba nuestros pasos, pero cada crujido del piso de madera me hacía contener el aliento.
Carlos estaba inclinado sobre la mesa de trabajo, revisando documentos, la espalda hacia nosotros. Javier no perdió tiempo. Con un movimiento rápido, me empujó contra la pared junto a la puerta, su boca sellándose sobre la mía mientras sus dedos buscaban el dobladillo de mi vestido. Lo levantó hasta la cintura, dejando mis nalgas desnudas al aire, y antes de que pudiera gemir, ya sentía la cabeza de su polla rozando mi entrada, húmeda y lista.
—No hagas ruido —gruñó contra mis labios, empujando hacia adentro con un movimiento lento, deliberado, como si quisiera que cada centímetro se sintiera.
Me mordí el labio hasta sangrar. Javier me llenaba por completo, sus embestidas profundas y silenciosas, solo el sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando rompiendo el silencio. Pero lo mejor era la vista: desde donde estaba, podía ver a Carlos, a solo tres metros de nosotros, completamente ajeno a que su amigo me estaba follando contra la pared de su dormitorio. La excitación me quemaba por dentro, haciendo que mis paredes se apretaran alrededor de la polla de Javier como un puño sediento.
—Joder, estás tan apretada —susurró Javier, sus caderas moviéndose en círculos, frotando justo ese punto dentro de mí que me hacía ver estrellas—. Mira a tu marido, puta. Mira cómo no tiene ni idea de que te estoy destrozando el coño.
Obedecí, clavando los ojos en la nuca de Carlos. Él seguía concentrado en los papeles, pero de pronto se enderezó, como si sintiera algo en el aire. Se giró ligeramente, y por un segundo, nuestros ojos se encontraron en el espejo del armario. Vi cómo sus pupilas se dilataban, cómo su garganta se movía al tragar saliva. Lo sabía. O al menos, lo sospechaba.
—¿Todo bien, cariño? —pregunté, mi voz temblorosa pero con un dejo de desafío. Javier no dejó de moverse dentro de mí, sus embestidas ahora más urgentes.
Carlos no respondió de inmediato. En lugar de eso, sus ojos bajaron, recorriendo mi cuerpo: el vestido arrugado, las piernas temblorosas, los dedos de Javier hundidos en mis caderas. Y entonces lo vi. El bulto en sus pantalones, creciendo, traicionándolo.
—Qué coño está pasando aquí —escupió, su voz un gruñido bajo.
Javier no se detuvo. Al contrario, sus movimientos se volvieron más bruscos, como si el peligro lo excitara aún más.
—Creo que tu esposa y yo estábamos… negociando en términos más personales —dijo Javier, sacando su polla de mí con un sonido obsceno. Me giró hacia Carlos, exhibiéndome: el vestido subido, el coño brillante por mis jugos, sus dedos aún marcando mi piel.
Carlos respiró hondo, sus puños apretándose.
—¿En serio, joder? —Su voz temblaba, pero no era solo ira lo que escuchaba. Era algo más oscuro, más caliente—. ¿En mi casa?
—No podíamos resistirnos —dije, deslizando una mano entre mis piernas, frotando mi clítoris hinchado sin pudor—. Y tú ni cuenta te dabas.
Carlos dio un paso hacia nosotros, luego otro. Sus ojos ardían.
—Sois unos cabrones —masculló, pero su mano ya estaba en su cinturón, desabrochándolo con movimientos torpes—. Los dos.
No hubo más palabras. Carlos se abalanzó sobre mí, sus labios chocando contra los míos con una furia que saboreaba a posesión, a celos, a lujuria pura. Sentí cómo Javier se acercaba por detrás, sus dedos separando mis nalgas mientras Carlos me levantaba el vestido por completo, dejando mi cuerpo al descubierto.
—Vas a pagar por esto —gruñó Carlos contra mi boca, pero sus dedos ya estaban hundidos en mi carne, su polla liberada, dura como el acero.
—No me importa —gemí, arqueándome cuando Javier escupió entre mis nalgas y comenzó a frotar su cabeza contra mi ano—. Solo folladme. Los dos. Ahora.
Carlos no necesitó más. Me empujó hacia la cama, haciendo que cayera sobre el colchón con un bote. Antes de que pudiera reaccionar, ya estaba sobre mí, sus muslos abriendo los míos, su polla rozando mi entrada. Pero entonces Javier intervino, agarrando la base del miembro de Carlos y guiándolo hacia mis tetas.
—Primero así —ordenó Javier, su voz ronca—. Quiero ver cómo se frota entre estas tetas gigantes.
Carlos no discutió. Con un gruñido, colocó su polla entre mis senos, apretándolos alrededor de su grosor con ambas manos. El calor de su carne contra la mía me hizo gemir, y cuando Javier se colocó a mi lado, su polla ya lista, supe lo que venía.
—Joder, sí —murmuré, llevando mis manos a mis tetas, apretándolas alrededor de las dos pollas que ahora se rozaban entre ellas.
Carlos y Javier comenzaron a moverse al unísono, sus vergas deslizándose entre el valle de mis pechos, sus cabezas rozándose, pre-semen goteando sobre mi piel. Cada embestida hacia adelante hacía que sus glandes chocarán contra mi barbilla, salpicándome la cara con su excitación.
—Así, puta —gruñó Javier, agarrando mi cabello y tirando hacia atrás para que ambos me vieran mejor—. Apretarlas. Que sientas cómo se frotan por ti.
Obedecí, apretando mis tetas con fuerza, creando un túnel húmedo y caliente para sus pollas. El sonido de sus respiraciones entrecortadas, el olor a sexo y sudor, la vista de sus cuerpos tensos sobre mí… era demasiado. Mis caderas se movían solas, frotando mi coño vacío contra el aire, deseando ser llenado.
—No aguanto más —jadeó Carlos, sus embestidas volviéndose erráticas—. Me voy a venir, joder.
—Yo también —gruñó Javier, sus dedos apretando mi cuello con justo la presión necesaria para hacerme gemir.
Y entonces lo hicieron. Casi al mismo tiempo, sus cuerpos se tensaron, sus pollas palpitando entre mis tetas mientras chorros espesos de semen brotaban, salpicándome el pecho, el cuello, la barbilla. El primer chorro de Carlos fue tan fuerte que me llegó hasta los labios, y sin pensarlo, saqué la lengua para probarlo, saboreando su salado amargor.
Pero no terminaron ahí. Javier tomó la polla de Carlos, aún semidura, y la frotó contra la suya, usando el semen como lubricante para seguir deslizándose entre mis tetas. Cada movimiento dejaba más rastro blanco sobre mi piel, marcándome, reclamándome.
—Dios, sois unos cerdos —gemí, pero mis manos seguían apretando, mis caderas seguían levantándose, suplicando por más.
Carlos bajó la cabeza, lamiendo una gota de semen que colgaba de mi pezón.
—Ahora te vamos a follar de verdad —prometió, sus ojos oscuros como la noche—. Los dos a la vez. Y esta vez, no te vamos a dejar irte sin que los dos te hayamos llenado de leche. Por todas partes.
—Ábrele —susurró Javier, acercándose a mi oído—. Pero no te muevas de aquí.
Sus palabras me encendieron el vello de la nuca. Con un movimiento lento, giré el picaporte y abrí la puerta justo lo suficiente para que Carlos viera mi rostro sonrojado, los labios brillantes, el escote del vestido negro aún desordenado, mostrando más piel de la que debería.
—¿Todo bien? —preguntó Carlos, frunciendo el ceño al vernos tan cerca el uno del otro. Sus ojos saltaron de mí a Javier, que se había apoyado contra la pared con una sonrisa demasiado relajada.
—Solo estábamos… hablando de negocios —mentí, mordiéndome el labio inferior. El mentirle así, con su amigo a medio vestir y mi cuerpo aún caliente por lo que habíamos hecho, me hizo apretar los muslos—. Javier me estaba explicando unos detalles del préstamo.
Carlos asintió, pero sus pupilas se clavaron en el hueco de mi escote, donde un pezón asomaba, duro como una cereza madura.
—Ah. Bueno, si ya terminaron, necesito que revisen unos papeles en el dormitorio. Los dejé sobre la mesa —dijo, dando media vuelta hacia el pasillo.
Fue el momento perfecto. Javier no necesitó más. Su mano se cerró alrededor de mi muñeca y me arrastró tras él, sigilosos como ladrones, siguiendo a Carlos hasta el dormitorio principal. El sonido de la lluvia contra los cristales ahogaba nuestros pasos, pero cada crujido del piso de madera me hacía contener el aliento.
Carlos estaba inclinado sobre la mesa de trabajo, revisando documentos, la espalda hacia nosotros. Javier no perdió tiempo. Con un movimiento rápido, me empujó contra la pared junto a la puerta, su boca sellándose sobre la mía mientras sus dedos buscaban el dobladillo de mi vestido. Lo levantó hasta la cintura, dejando mis nalgas desnudas al aire, y antes de que pudiera gemir, ya sentía la cabeza de su polla rozando mi entrada, húmeda y lista.
—No hagas ruido —gruñó contra mis labios, empujando hacia adentro con un movimiento lento, deliberado, como si quisiera que cada centímetro se sintiera.
Me mordí el labio hasta sangrar. Javier me llenaba por completo, sus embestidas profundas y silenciosas, solo el sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando rompiendo el silencio. Pero lo mejor era la vista: desde donde estaba, podía ver a Carlos, a solo tres metros de nosotros, completamente ajeno a que su amigo me estaba follando contra la pared de su dormitorio. La excitación me quemaba por dentro, haciendo que mis paredes se apretaran alrededor de la polla de Javier como un puño sediento.
—Joder, estás tan apretada —susurró Javier, sus caderas moviéndose en círculos, frotando justo ese punto dentro de mí que me hacía ver estrellas—. Mira a tu marido, puta. Mira cómo no tiene ni idea de que te estoy destrozando el coño.
Obedecí, clavando los ojos en la nuca de Carlos. Él seguía concentrado en los papeles, pero de pronto se enderezó, como si sintiera algo en el aire. Se giró ligeramente, y por un segundo, nuestros ojos se encontraron en el espejo del armario. Vi cómo sus pupilas se dilataban, cómo su garganta se movía al tragar saliva. Lo sabía. O al menos, lo sospechaba.
—¿Todo bien, cariño? —pregunté, mi voz temblorosa pero con un dejo de desafío. Javier no dejó de moverse dentro de mí, sus embestidas ahora más urgentes.
Carlos no respondió de inmediato. En lugar de eso, sus ojos bajaron, recorriendo mi cuerpo: el vestido arrugado, las piernas temblorosas, los dedos de Javier hundidos en mis caderas. Y entonces lo vi. El bulto en sus pantalones, creciendo, traicionándolo.
—Qué coño está pasando aquí —escupió, su voz un gruñido bajo.
Javier no se detuvo. Al contrario, sus movimientos se volvieron más bruscos, como si el peligro lo excitara aún más.
—Creo que tu esposa y yo estábamos… negociando en términos más personales —dijo Javier, sacando su polla de mí con un sonido obsceno. Me giró hacia Carlos, exhibiéndome: el vestido subido, el coño brillante por mis jugos, sus dedos aún marcando mi piel.
Carlos respiró hondo, sus puños apretándose.
—¿En serio, joder? —Su voz temblaba, pero no era solo ira lo que escuchaba. Era algo más oscuro, más caliente—. ¿En mi casa?
—No podíamos resistirnos —dije, deslizando una mano entre mis piernas, frotando mi clítoris hinchado sin pudor—. Y tú ni cuenta te dabas.
Carlos dio un paso hacia nosotros, luego otro. Sus ojos ardían.
—Sois unos cabrones —masculló, pero su mano ya estaba en su cinturón, desabrochándolo con movimientos torpes—. Los dos.
No hubo más palabras. Carlos se abalanzó sobre mí, sus labios chocando contra los míos con una furia que saboreaba a posesión, a celos, a lujuria pura. Sentí cómo Javier se acercaba por detrás, sus dedos separando mis nalgas mientras Carlos me levantaba el vestido por completo, dejando mi cuerpo al descubierto.
—Vas a pagar por esto —gruñó Carlos contra mi boca, pero sus dedos ya estaban hundidos en mi carne, su polla liberada, dura como el acero.
—No me importa —gemí, arqueándome cuando Javier escupió entre mis nalgas y comenzó a frotar su cabeza contra mi ano—. Solo folladme. Los dos. Ahora.
Carlos no necesitó más. Me empujó hacia la cama, haciendo que cayera sobre el colchón con un bote. Antes de que pudiera reaccionar, ya estaba sobre mí, sus muslos abriendo los míos, su polla rozando mi entrada. Pero entonces Javier intervino, agarrando la base del miembro de Carlos y guiándolo hacia mis tetas.
—Primero así —ordenó Javier, su voz ronca—. Quiero ver cómo se frota entre estas tetas gigantes.
Carlos no discutió. Con un gruñido, colocó su polla entre mis senos, apretándolos alrededor de su grosor con ambas manos. El calor de su carne contra la mía me hizo gemir, y cuando Javier se colocó a mi lado, su polla ya lista, supe lo que venía.
—Joder, sí —murmuré, llevando mis manos a mis tetas, apretándolas alrededor de las dos pollas que ahora se rozaban entre ellas.
Carlos y Javier comenzaron a moverse al unísono, sus vergas deslizándose entre el valle de mis pechos, sus cabezas rozándose, pre-semen goteando sobre mi piel. Cada embestida hacia adelante hacía que sus glandes chocarán contra mi barbilla, salpicándome la cara con su excitación.
—Así, puta —gruñó Javier, agarrando mi cabello y tirando hacia atrás para que ambos me vieran mejor—. Apretarlas. Que sientas cómo se frotan por ti.
Obedecí, apretando mis tetas con fuerza, creando un túnel húmedo y caliente para sus pollas. El sonido de sus respiraciones entrecortadas, el olor a sexo y sudor, la vista de sus cuerpos tensos sobre mí… era demasiado. Mis caderas se movían solas, frotando mi coño vacío contra el aire, deseando ser llenado.
—No aguanto más —jadeó Carlos, sus embestidas volviéndose erráticas—. Me voy a venir, joder.
—Yo también —gruñó Javier, sus dedos apretando mi cuello con justo la presión necesaria para hacerme gemir.
Y entonces lo hicieron. Casi al mismo tiempo, sus cuerpos se tensaron, sus pollas palpitando entre mis tetas mientras chorros espesos de semen brotaban, salpicándome el pecho, el cuello, la barbilla. El primer chorro de Carlos fue tan fuerte que me llegó hasta los labios, y sin pensarlo, saqué la lengua para probarlo, saboreando su salado amargor.
Pero no terminaron ahí. Javier tomó la polla de Carlos, aún semidura, y la frotó contra la suya, usando el semen como lubricante para seguir deslizándose entre mis tetas. Cada movimiento dejaba más rastro blanco sobre mi piel, marcándome, reclamándome.
—Dios, sois unos cerdos —gemí, pero mis manos seguían apretando, mis caderas seguían levantándose, suplicando por más.
Carlos bajó la cabeza, lamiendo una gota de semen que colgaba de mi pezón.
—Ahora te vamos a follar de verdad —prometió, sus ojos oscuros como la noche—. Los dos a la vez. Y esta vez, no te vamos a dejar irte sin que los dos te hayamos llenado de leche. Por todas partes.
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