El aire en la sala olía a whisky barato y al perfume cítrico que me había echado esa tarde, el que mi esposo siempre decía que le recordaba a las noches de verano en la playa. Pero esa noche no era verano, ni estábamos en la playa. Estábamos en nuestro apartamento del centro, con las luces tenues y el sonido de la lluvia golpeando los cristales como un susurro constante. Yo llevaba puesto ese vestido negro que se ceñía a mis caderas como una segunda piel, el que siempre hacía que los hombres se quedaran mirando un segundo más de la cuenta. No era corto, pero el escote era un pecado—profundo, casi obsceno, dejando poco a la imaginación sobre el peso de mis tetas, esas que a mis cuarenta años seguían firmes, redondas, como si el tiempo no hubiera pasado por ellas. El corpiño las apretaba justo lo suficiente para que el valle entre ellas fuera una invitación, y el tejido delgado se pegaba a mis pezones cada vez que el aire acondicionado soplaba un poco más fuerte.
Mi esposo, Carlos, estaba sentado en el sofá de cuero, con las piernas abiertas y un vaso de whisky en la mano, riendo de algo que su amigo Javier había dicho. Javier. Ese nombre me había estado quemando en la mente desde que llegó. Lo conocía de antes, claro—había sido compañero de trabajo de Carlos años atrás, pero ahora estaba diferente. Más alto, o quizá era solo la forma en que llenaba la camisa blanca, los hombros anchos estirando la tela, los antebrazos vasculares cuando movía las manos al hablar. Y esa barba de tres días, la que le daba un aire de hombre que no se andaba con tonterías. Cada vez que reía, sus ojos verdes brillaban bajo la luz amarilla de la lámpara, y yo sentía cómo se me secaba la boca.
—Oye, mi amor, ¿no vas a servirte otra copa? —me preguntó Carlos, levantando su vaso vacío hacia mí con una sonrisa perezosa. Su voz ya arrastraba ese tono pastoso del alcohol, el que siempre me decía que la noche iba a alargarse.
—Claro —respondí, levantándome del sillón donde había estado fingiendo interés por la conversación. El vestido se ajustó a mis muslos al moverme, y por el rabillo del ojo vi cómo Javier seguía el movimiento con la mirada, rápido, como si no quisiera que nadie lo notara. Me acerqué a la mesa donde estaba la botella, sabiendo que sus ojos estarían en mi culo, redondo y apretado bajo la tela fina. No llevaba nada debajo. Nada. Solo la sensación del aire rozando mi piel cada vez que me agachaba un poco más de lo necesario para alcanzar el hielo en el cubo.
—Javier, ¿otra para ti? —pregunté, girándome hacia él con el vaso en la mano, dejando que mis tetas se balancearan un poco con el movimiento. Sus pupilas se dilataron, solo un instante, antes de que apartara la vista hacia Carlos, como si buscara permiso.
—Eh… sí, gracias —murmuró, aclarándose la garganta. Su voz sonó más gruesa de repente.
Cuando me incliné para servirle el whisky, dejé que mi pecho rozara su hombro, accidental, claro. O eso diría después. El contacto fue breve, pero suficiente para sentir el calor de su cuerpo a través de la camisa, para oír cómo su respiración se cortaba por un segundo. El olor a colonia masculina y sudor limpio me llegó fuerte, y tuve que morderme el labio inferior para no gemir. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que un hombre que no fuera mi esposo me había hecho sentir así? Demasiado.
Carlos seguía hablando de no sé qué, algo sobre el trabajo, pero yo ya no escuchaba. Mis dedos temblaron un poco al pasar el vaso a Javier, y cuando nuestros dedos se rozaron, él no apartó la mano de inmediato. Sus yemas eran ásperas, callosas, como las de un hombre que trabajaba con las manos. Me imaginé esas manos en mi piel, apretando, marcando.
—Estás muy callada, cariño —dijo Carlos, interrumpiendo mis pensamientos. Su voz sonaba lejana, como si estuviera bajo el agua—. ¿Todo bien?
—Todo perfecto —respondí, sonriendo mientras me sentaba de nuevo, pero esta vez más cerca de Javier. Mis muslos rozaron los suyos al cruzar las piernas, y no me moví. El calor de su cuerpo era una quemadura lenta, deliberada. Solo disfrutando de la compañía.
Javier tomó un trago largo de su whisky, y cuando bajó el vaso, sus labios brillaban por el líquido. Me quedé mirando su boca, imaginando cómo se sentirían esos labios en mi cuello, en mis pechos, entre mis piernas. El deseo me subía por la garganta como el humo de un cigarrillo, espeso, ahogador.
—Oye, Carlos, ¿no era que tenías que revisar esos papeles del banco? —preguntó Javier de repente, su voz más baja, más íntima. Sus ojos no se apartaban de los míos.
Carlos frunció el ceño, confundido.
—Ah, sí, mierda. Se me había olvidado —murmuró, levantándose con torpeza. El alcohol lo había relajado demasiado—. Bueno, no tardaré. No se vayan a aburrir sin mí —dijo, guiñándome un ojo antes de salir de la sala.
El silencio que dejó fue eléctrico. Javier no apartó la vista de mí, ni yo de él. El sonido de la lluvia se hizo más fuerte, como si el mundo entero se hubiera reducido a ese momento, a ese sofá, a la distancia de medio metro que nos separaba.
—No deberíamos —dijo él, pero su voz no sonaba convencida. Al contrario, estaba llena de algo oscuro, de necesidad.
—No —asentí, acercándome un poco más. Mis pechos rozaron su brazo, y esta vez no fue un accidente. Pero vamos a hacerlo.
No esperé a que respondiera. Me incliné hacia él, lentamente, dando tiempo a que se apartara si quería. Pero no lo hizo. Sus labios estaban calientes cuando los míos los encontraron, más duros de lo que había imaginado, con el sabor amargo del whisky y algo más, algo que era solo él. Gemí contra su boca, un sonido bajo, desesperado, y sus manos se clavaron en mis caderas al instante, apretando con una fuerza que me hizo arquear la espalda. Una de sus manos subió, rozando el costado de mi teta, y sentí cómo mi pezón se endurecía al instante, dolorosamente sensible bajo el vestido.
—Joder —murmuró contra mis labios, su aliento caliente—. Carlos está a dos pasos.
—Lo sé —susurré, mordiéndole el labio inferior—. Por eso es tan excitante.
No me dio tiempo a decir más. Me agarró de la nuca y me atrajo hacia él de nuevo, esta vez con más urgencia, su lengua invadiendo mi boca como si no pudiera esperar. Mis manos se enredaron en su cabello, tirando un poco, sintiendo cómo se endurecía contra mi muslo. Sí, estaba duro. Duro y grande, presionando a través del pantalón como una promesa.
—Quiero chupártela —le dije directamente, separándome solo lo suficiente para que mis palabras llegaran claras a sus oídos. Mis dedos ya bajaban por su pecho, desabotonando su camisa con torpeza, impaciente—. Quiero sentirla en mi boca antes de que vuelva.
Javier jadeó, sus caderas levantándose un poco del sofá cuando mis dedos rozaron el bulto de su entrepierna.
—No podemos… aquí —logró decir, pero su voz era un gemido, no una negación.
—Tú preocupate por no hacer ruido —le ordené, levantándome y agarrándolo de la mano para tirarlo hacia el pasillo. No había tiempo para juegos. No con el riesgo de que Carlos saliera en cualquier momento.
La habitación de invitados estaba al final del corredor, la puerta entreabierta. Lo empujé dentro y cerré con llave antes de que pudiera protestar. La luz de la luna entraba por la ventana, dibujando franjas plateadas sobre la cama. Javier respiraba fuerte, su pecho subiendo y bajando bajo la camisa abierta. No esperé. Me arrodillé frente a él, mis manos yendo directo a su cinturón, desabrochándolo con movimientos rápidos, expertos. El sonido del metal al soltar la hebilla resonó en el silencio.
—Santa mierda —susurró cuando saqué su pija de los boxers. Era gruesa, más de lo que había imaginado, con las venas marcadas y la cabeza roja, brillando con una gota de pre-semen. El olor a hombre, a sudor y piel, me llegó fuerte, haciendo que se me hiciera la boca agua.
—No hables —le dije, agarrándolo por la base y acercando mi boca. Mi lengua salió, lenta, lamiendo esa gota antes de trazar un círculo alrededor de la cabeza. Javier gimió, sus dedos enredándose en mi cabello al instante, tirando con fuerza—. Solo disfruta.
Y entonces lo hice. Abrí la boca todo lo que pude y lo engullí, sintiendo cómo se hundía en mi garganta, grueso y caliente. Saliva se me escapó por las comisuras de los labios, resbalando por mi mentón, pero no me importó. Lo único que importaba era el sabor de él, la forma en que su respiración se cortaba cada vez que bajaba más, hasta que mi nariz rozaba su piel. Sus muslos temblaron cuando empecé a mover la cabeza, subiendo y bajando con un ritmo constante, mis labios apretados alrededor de su grosor, mi mano masajeando sus bolas, pesadas y llenas.
—Dios, así… justo así —jadeó, su voz un susurro roto. Sus caderas empezaron a moverse al compás de mis movimientos, empujando un poco más profundo cada vez, como si no pudiera evitarlo. Yo lo dejé. Lo quería así, desesperado, fuera de control.
Mis tetas colgaban pesadas mientras me movía, el escote del vestido ahora completamente abierto, dejando mis pezones al aire. Me los pellizqué con la mano libre, gemiendo alrededor de su pija al sentir el dolor placentero. Javier lo vio y gruñó, sus dedos apretando mi cabello con más fuerza.
—Eres una puta zorra —me dijo, su voz gutural, casi un gruñido—. Chupas como una profesional.
El insulto me excitó más de lo que debería. Un calor líquido se extendió entre mis piernas, y sentí cómo mi tanga—si es que podía llamarse así a ese trozo de encaje—se empapaba. Me hundí más en él, relajando la garganta para tomarlo todo, hasta que mis labios rozaron su piel y sentí cómo se tensaba, a punto de explotar.
—No te corras en mi boca —le ordené, separándome con un sonido húmedo. Su pija brillaba con mi saliva, roja y palpitante—. Quiero que me la metas.
Javier me miró como si hubiera perdido la cabeza, pero entonces escuchamos el sonido de pasos acercándose por el pasillo. Los ojos de ambos se encontraron, llenos de pánico y lujuria a partes iguales.
—Mierda —susurró, metiendo su pija de nuevo en los pantalones con torpeza mientras yo me levantaba, ajustándome el vestido lo mejor que pude. Mis labios estaban hinchados, mi mentón brillante por la saliva, pero no había tiempo para arreglarme.
Alguien golpeó la puerta.
—¿Todo bien ahí dentro? —preguntó Carlos, su voz amortiguada por la madera.
—S-sí, solo… buscando algo —respondió Javier, aclarándose la garganta—. Ya salimos.
Me miré en el espejo rápido: el pelo revuelto, los labios rojos e hinchados, las tetas casi fuera del vestido. Pero mis ojos… mis ojos brillaban de una manera que no había visto en años. Con una sonrisa lenta, me pasé la lengua por los labios, saboreando lo que quedaba de él.
—Esto no ha terminado —le susurré a Javier antes de abrir la puerta, dejando que el aire frío del pasillo me recordara que, en cualquier momento, esto podría salirse de control. Y Dios, cómo lo deseaba.
Mi esposo, Carlos, estaba sentado en el sofá de cuero, con las piernas abiertas y un vaso de whisky en la mano, riendo de algo que su amigo Javier había dicho. Javier. Ese nombre me había estado quemando en la mente desde que llegó. Lo conocía de antes, claro—había sido compañero de trabajo de Carlos años atrás, pero ahora estaba diferente. Más alto, o quizá era solo la forma en que llenaba la camisa blanca, los hombros anchos estirando la tela, los antebrazos vasculares cuando movía las manos al hablar. Y esa barba de tres días, la que le daba un aire de hombre que no se andaba con tonterías. Cada vez que reía, sus ojos verdes brillaban bajo la luz amarilla de la lámpara, y yo sentía cómo se me secaba la boca.
—Oye, mi amor, ¿no vas a servirte otra copa? —me preguntó Carlos, levantando su vaso vacío hacia mí con una sonrisa perezosa. Su voz ya arrastraba ese tono pastoso del alcohol, el que siempre me decía que la noche iba a alargarse.
—Claro —respondí, levantándome del sillón donde había estado fingiendo interés por la conversación. El vestido se ajustó a mis muslos al moverme, y por el rabillo del ojo vi cómo Javier seguía el movimiento con la mirada, rápido, como si no quisiera que nadie lo notara. Me acerqué a la mesa donde estaba la botella, sabiendo que sus ojos estarían en mi culo, redondo y apretado bajo la tela fina. No llevaba nada debajo. Nada. Solo la sensación del aire rozando mi piel cada vez que me agachaba un poco más de lo necesario para alcanzar el hielo en el cubo.
—Javier, ¿otra para ti? —pregunté, girándome hacia él con el vaso en la mano, dejando que mis tetas se balancearan un poco con el movimiento. Sus pupilas se dilataron, solo un instante, antes de que apartara la vista hacia Carlos, como si buscara permiso.
—Eh… sí, gracias —murmuró, aclarándose la garganta. Su voz sonó más gruesa de repente.
Cuando me incliné para servirle el whisky, dejé que mi pecho rozara su hombro, accidental, claro. O eso diría después. El contacto fue breve, pero suficiente para sentir el calor de su cuerpo a través de la camisa, para oír cómo su respiración se cortaba por un segundo. El olor a colonia masculina y sudor limpio me llegó fuerte, y tuve que morderme el labio inferior para no gemir. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que un hombre que no fuera mi esposo me había hecho sentir así? Demasiado.
Carlos seguía hablando de no sé qué, algo sobre el trabajo, pero yo ya no escuchaba. Mis dedos temblaron un poco al pasar el vaso a Javier, y cuando nuestros dedos se rozaron, él no apartó la mano de inmediato. Sus yemas eran ásperas, callosas, como las de un hombre que trabajaba con las manos. Me imaginé esas manos en mi piel, apretando, marcando.
—Estás muy callada, cariño —dijo Carlos, interrumpiendo mis pensamientos. Su voz sonaba lejana, como si estuviera bajo el agua—. ¿Todo bien?
—Todo perfecto —respondí, sonriendo mientras me sentaba de nuevo, pero esta vez más cerca de Javier. Mis muslos rozaron los suyos al cruzar las piernas, y no me moví. El calor de su cuerpo era una quemadura lenta, deliberada. Solo disfrutando de la compañía.
Javier tomó un trago largo de su whisky, y cuando bajó el vaso, sus labios brillaban por el líquido. Me quedé mirando su boca, imaginando cómo se sentirían esos labios en mi cuello, en mis pechos, entre mis piernas. El deseo me subía por la garganta como el humo de un cigarrillo, espeso, ahogador.
—Oye, Carlos, ¿no era que tenías que revisar esos papeles del banco? —preguntó Javier de repente, su voz más baja, más íntima. Sus ojos no se apartaban de los míos.
Carlos frunció el ceño, confundido.
—Ah, sí, mierda. Se me había olvidado —murmuró, levantándose con torpeza. El alcohol lo había relajado demasiado—. Bueno, no tardaré. No se vayan a aburrir sin mí —dijo, guiñándome un ojo antes de salir de la sala.
El silencio que dejó fue eléctrico. Javier no apartó la vista de mí, ni yo de él. El sonido de la lluvia se hizo más fuerte, como si el mundo entero se hubiera reducido a ese momento, a ese sofá, a la distancia de medio metro que nos separaba.
—No deberíamos —dijo él, pero su voz no sonaba convencida. Al contrario, estaba llena de algo oscuro, de necesidad.
—No —asentí, acercándome un poco más. Mis pechos rozaron su brazo, y esta vez no fue un accidente. Pero vamos a hacerlo.
No esperé a que respondiera. Me incliné hacia él, lentamente, dando tiempo a que se apartara si quería. Pero no lo hizo. Sus labios estaban calientes cuando los míos los encontraron, más duros de lo que había imaginado, con el sabor amargo del whisky y algo más, algo que era solo él. Gemí contra su boca, un sonido bajo, desesperado, y sus manos se clavaron en mis caderas al instante, apretando con una fuerza que me hizo arquear la espalda. Una de sus manos subió, rozando el costado de mi teta, y sentí cómo mi pezón se endurecía al instante, dolorosamente sensible bajo el vestido.
—Joder —murmuró contra mis labios, su aliento caliente—. Carlos está a dos pasos.
—Lo sé —susurré, mordiéndole el labio inferior—. Por eso es tan excitante.
No me dio tiempo a decir más. Me agarró de la nuca y me atrajo hacia él de nuevo, esta vez con más urgencia, su lengua invadiendo mi boca como si no pudiera esperar. Mis manos se enredaron en su cabello, tirando un poco, sintiendo cómo se endurecía contra mi muslo. Sí, estaba duro. Duro y grande, presionando a través del pantalón como una promesa.
—Quiero chupártela —le dije directamente, separándome solo lo suficiente para que mis palabras llegaran claras a sus oídos. Mis dedos ya bajaban por su pecho, desabotonando su camisa con torpeza, impaciente—. Quiero sentirla en mi boca antes de que vuelva.
Javier jadeó, sus caderas levantándose un poco del sofá cuando mis dedos rozaron el bulto de su entrepierna.
—No podemos… aquí —logró decir, pero su voz era un gemido, no una negación.
—Tú preocupate por no hacer ruido —le ordené, levantándome y agarrándolo de la mano para tirarlo hacia el pasillo. No había tiempo para juegos. No con el riesgo de que Carlos saliera en cualquier momento.
La habitación de invitados estaba al final del corredor, la puerta entreabierta. Lo empujé dentro y cerré con llave antes de que pudiera protestar. La luz de la luna entraba por la ventana, dibujando franjas plateadas sobre la cama. Javier respiraba fuerte, su pecho subiendo y bajando bajo la camisa abierta. No esperé. Me arrodillé frente a él, mis manos yendo directo a su cinturón, desabrochándolo con movimientos rápidos, expertos. El sonido del metal al soltar la hebilla resonó en el silencio.
—Santa mierda —susurró cuando saqué su pija de los boxers. Era gruesa, más de lo que había imaginado, con las venas marcadas y la cabeza roja, brillando con una gota de pre-semen. El olor a hombre, a sudor y piel, me llegó fuerte, haciendo que se me hiciera la boca agua.
—No hables —le dije, agarrándolo por la base y acercando mi boca. Mi lengua salió, lenta, lamiendo esa gota antes de trazar un círculo alrededor de la cabeza. Javier gimió, sus dedos enredándose en mi cabello al instante, tirando con fuerza—. Solo disfruta.
Y entonces lo hice. Abrí la boca todo lo que pude y lo engullí, sintiendo cómo se hundía en mi garganta, grueso y caliente. Saliva se me escapó por las comisuras de los labios, resbalando por mi mentón, pero no me importó. Lo único que importaba era el sabor de él, la forma en que su respiración se cortaba cada vez que bajaba más, hasta que mi nariz rozaba su piel. Sus muslos temblaron cuando empecé a mover la cabeza, subiendo y bajando con un ritmo constante, mis labios apretados alrededor de su grosor, mi mano masajeando sus bolas, pesadas y llenas.
—Dios, así… justo así —jadeó, su voz un susurro roto. Sus caderas empezaron a moverse al compás de mis movimientos, empujando un poco más profundo cada vez, como si no pudiera evitarlo. Yo lo dejé. Lo quería así, desesperado, fuera de control.
Mis tetas colgaban pesadas mientras me movía, el escote del vestido ahora completamente abierto, dejando mis pezones al aire. Me los pellizqué con la mano libre, gemiendo alrededor de su pija al sentir el dolor placentero. Javier lo vio y gruñó, sus dedos apretando mi cabello con más fuerza.
—Eres una puta zorra —me dijo, su voz gutural, casi un gruñido—. Chupas como una profesional.
El insulto me excitó más de lo que debería. Un calor líquido se extendió entre mis piernas, y sentí cómo mi tanga—si es que podía llamarse así a ese trozo de encaje—se empapaba. Me hundí más en él, relajando la garganta para tomarlo todo, hasta que mis labios rozaron su piel y sentí cómo se tensaba, a punto de explotar.
—No te corras en mi boca —le ordené, separándome con un sonido húmedo. Su pija brillaba con mi saliva, roja y palpitante—. Quiero que me la metas.
Javier me miró como si hubiera perdido la cabeza, pero entonces escuchamos el sonido de pasos acercándose por el pasillo. Los ojos de ambos se encontraron, llenos de pánico y lujuria a partes iguales.
—Mierda —susurró, metiendo su pija de nuevo en los pantalones con torpeza mientras yo me levantaba, ajustándome el vestido lo mejor que pude. Mis labios estaban hinchados, mi mentón brillante por la saliva, pero no había tiempo para arreglarme.
Alguien golpeó la puerta.
—¿Todo bien ahí dentro? —preguntó Carlos, su voz amortiguada por la madera.
—S-sí, solo… buscando algo —respondió Javier, aclarándose la garganta—. Ya salimos.
Me miré en el espejo rápido: el pelo revuelto, los labios rojos e hinchados, las tetas casi fuera del vestido. Pero mis ojos… mis ojos brillaban de una manera que no había visto en años. Con una sonrisa lenta, me pasé la lengua por los labios, saboreando lo que quedaba de él.
—Esto no ha terminado —le susurré a Javier antes de abrir la puerta, dejando que el aire frío del pasillo me recordara que, en cualquier momento, esto podría salirse de control. Y Dios, cómo lo deseaba.
1 comentarios - Le chupé la pija al amigo de mi esposo