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46: Revisión ejecutiva (Parte 2 de 3)




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Compendio III


46: REVISIÓN EJECUTIVA (Parte II)

46: Revisión ejecutiva (Parte 2 de 3)

- Así que... ¿Quieres una habitación? - pregunté juguetonamente, rozando con el pulgar el hueco de su garganta donde su pulso aleteaba como un pájaro enjaulado.

Los dedos de Cristina se enroscaron en mi cuello, sus uñas marcando medias lunas en mi piel a través de la tela. El aroma de ella (jazmín) inundó la cabina. Rompió el beso con un sonido húmedo, su respiración desigual.

• ¡Eres insufrible! - murmuró, pero sus caderas se arquearon levemente contra la palanca de cambios.

La lluvia trazaba patrones hipnóticos en el parabrisas. Una farola parpadeó sobre nosotros, iluminando su rostro en luz fragmentada: el filo afilado de su pómulo, el brillo de su labio inferior.

El Hyatt de Melbourne estaba descartado: ese era territorio de Reginald, y lo último que necesitaba era que Celeste me viera cruzando el vestíbulo con la mano de Cristina metida posesivamente en mi bolsillo trasero.

infidelidad consentida

En su lugar, giré la camioneta hacia mi refugio habitual: un hotel de gama media lo suficientemente lejos del centro para que los espías corporativos no nos reconocieran, pero lo bastante cerca como para que las sábanas siempre estuvieran frescas.

Grayson, el gerente, me daba acceso completo. Durante la pandemia, fui uno de sus clientes fieles. Las puertas giratorias del hotel exhalaron una ráfaga de aire acondicionado al entrar: seco y con un leve aroma cítrico, enmascarando el almizcle subyacente de la alfombra vieja. El tacón de Cristina se atascó un momento en la ranura entre los azulejos, su peso inclinándose hacia adelante hasta que mi mano se lanzó a estabilizar su cadera. Su respiración se cortó, cálida contra mi cuello.

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Grayson levantó la vista desde detrás del mostrador de mármol, su rostro arrugado desplegando una sonrisa.

> ¡Sr. Marco! ¡Qué gusto verlo! ¿Su alojamiento habitual, señor? - Sus ojos se deslizaron hacia el escote de Cristina, luego volvieron a mí con un guiño cómplice.

Las uñas de Cristina se clavaron en mi bíceps.

• ¿Habitual? - siseó entre dientes.

polvazo

Le entregué mi tarjeta a Grayson.

- Confío en usted, Grayson. Lo que tenga disponible.

> ¡Me alegra oírlo, señor! —Deslizó la tarjeta magnética sobre el mostrador.

El plástico estaba tibio por su palma, ligeramente deformado por haber sido presionado contra alguna superficie oculta tras el escritorio. La guardé sin revisar el número de habitación.

El ascensor olía a perfume rancio y antiséptico: alguien había intentado enmascarar las indiscreciones de la noche anterior con limpiador industrial. Cristina se apoyó contra la pared de espejos, su reflejo fracturado por una grieta en forma de telaraña. Cruzó los brazos bajo el busto, amplificando el volumen del ya preciso escote.

• Tienes una habitación habitual… - exclamó con un tono plano. No en forma de pregunta, sino una acusación.

- Sí.

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El ascensor se sacudió al subir. Sus pechos se balancearon levemente con el movimiento… un péndulo hipnótico bajo la fina seda de su blusa.

- ¿Qué? ¿Sigues pensando que soy un esposo leal y fiel después de que me acosté con Maddie, tu asistente personal Ingrid, y la jefa de programación de tu departamento, Cassidy, frente a ti en mi oficina? - Hice girar la tarjeta magnética entre mis dedos como el truco de un mago. - ¡Por favor!

• No... pero... - Alzó una mano y suspiró…

El mismo gesto exasperado que usaba en las juntas cuando Horatio sugería otra medida absurda de recorte de gastos. Las luces del ascensor parpadearon, proyectando sombras irregulares sobre sus clavículas.

• Me hace preguntarme a cuántas mujeres has traído a este lugar.

Las puertas se abrieron con un ding que sonaba sospechosamente como una caja registradora. La alfombra del pasillo tragó nuestros pasos por completo, sus fibras borgoñas desgastadas por una década de encuentros ilícitos. El tacón de Cristina se atascó en un hilo suelto, y tropezó de nuevo… esta vez presionando su cuerpo deliberadamente contra el mío. El calor de ella traspasó mi camisa, marcándome con el contorno de sus caderas.

46: Revisión ejecutiva (Parte 2 de 3)

Con la tarjeta magnética en mano, me detuve a la puerta.

- ¡Última oportunidad para echarte atrás!

La risa de Cristina fue una daga envuelta en seda.

• ¡Por favor! ¡Como si me fueras a dejar!

Sus dedos trazaron la costura de mi pantalón mientras la cerradura pitó en verde… un sonido como una máquina tragamonedas pagando el premio.

El interior de la habitación era impecable. Aunque soy un infiel serial y Marisol disfruta ser una cornuda consentida, trato a las mujeres con estilo.

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El lugar de Grayson es un hotel funcional que sí recibe huéspedes y visitantes. Pero cada habitación es un universo propio: una sala con sofás que olían levemente a jabón de montura, una cocinita equipada con bebidas y snacks, un baño con pisos de mármol aún humeantes por la reciente esterilización. La puerta del dormitorio estaba entreabierta, revelando una cama king-size con las esquinas ajustadas como en un cuartel, su edredón del color de cielos nublados.

• ¡Estoy... sorprendida! - exclamó Cristina, deslumbrada por el entorno.

Sus dedos recorrieron el respaldo del sofá de cuero, deteniéndose en las costuras como si contara las puntadas de mis secretos. Me estudiaba con esos ojos oscuros que siempre veían demasiado.

- ¿Qué? ¿Pensaste que te llevaría a un motel barato? ¡Por favor!

Destapé una botella de jugo frío (granada, su favorito) y observé cómo sus pupilas se dilataban levemente al recibirla.

- ¡Tienes clase!

La mentira salió más suave que el condensado deslizándose por el vidrio. Tomé una botella de jugo de durazno, mi favorito, y cerré la mini nevera.

Nos sentamos en la sala y bebimos. Aunque queríamos probar la cama, también necesitábamos descansar un poco. El refresco silbó cuando Cristina abrió la lata. El sonido cortó el zumbido silencioso de la habitación… la rejilla del aire acondicionado susurrando sobre nosotros, el ruido lejano de la ciudad amortiguado por las gruesas cortinas. Tomó un sorbo, su garganta moviéndose, luego dejó la lata con un clink suave sobre la mesa de vidrio. El condensado se acumuló debajo, oscureciendo la veta de la madera.

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• ¿Sabes? – dijo en un tono animado, trazando un dedo por el borde. - Todavía no puedo creer que convencieras a Edith de hacer un viaje por carretera.

Sonreí, recostándome en el sofá mullido. El cuero crujió bajo mi peso.

- Ella ya estaba casi decidida. Solo necesitaba que alguien le diera el empujón correcto.

La mirada de Cristina se desvió hacia la puerta del dormitorio… entreabierta, la cama king-size apenas visible en la penumbra. Su tacón golpeó contra la pata de la mesa.

• ¿Y qué hay de nosotros? ¿Cuál es nuestra excusa?

El hielo de mi jugo crujió al agitarlo.

- ¿Acaso alguna vez hemos necesitado una?

No respondió. En cambio, se levantó abruptamente, su falda subiéndose por los muslos al pasar sobre la mesa de centro… deliberadamente lento, su tacón rozando mi rodilla. El aroma de su perfume se intensificó, como tinta derramada sobre papel caro. Su sombra se extendió por la alfombra, alargada por el ángulo de la lámpara de pie, hasta fundirse con la mía en un enredo de miembros e implicaciones.

• ¡Eres imposible! – murmuró fingiendo molestia, pero sus dedos ya trabajaban los botones de su chaqueta con la misma eficiencia despiadada que usaba para desmantelar firewalls.

La tela se abrió para revelar un destello de seda con bordes de encaje debajo… negra como una sala de servidores a medianoche.

Atrapé su muñeca suavemente, sintiendo su pulso tambalear bajo mi pulgar: rápido como un conejo y cálido. Cristina se congeló a mitad del botón, su ceja arqueándose en ese desafío corporativo familiar.

• ¿Algún problema? - preguntó, su voz goteando falsa indiferencia. El borde de su sostén de encaje asomaba por la chaqueta abierta, seda negra contra piel oliva.

- Solo... - Mi agarre se deslizó hasta su codo, guiando en lugar de tirar mientras la atraía hacia mi regazo. Cayó con un “uf” indigno, su trasero acomodándose contra mis muslos de una manera que hizo crujir el sofá de cuero en protesta. - Déjame disfrutar esta parte primero.

Cristina resopló, pero sus caderas se movieron ligeramente, probando mi excitación.

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• ¿Qué parte? ¿La de hablar? – preguntó confundida.

- Sí.

Mi otra mano subió por su pierna cubierta por la media, encontrando la parte superior de encaje de su liga. Su respiración se cortó...

- Nunca hablamos. En las juntas, casi me ladras. Cuando nos vemos en mi oficina, solo follamos. Así que cuéntame algo sincero.

Ella vaciló. El aire acondicionado zumbó. Una sirena sonó en algún lugar lejano, desvaneciéndose en la noche. Afuera, el skyline de Melbourne brillaba a través de las cortinas entreabiertas: frías torres corporativas observándonos como chaperones irritados. Los dedos de Cristina se tensaron contra mi pecho, sus uñas enganchándose en un hilo suelto de mi camisa. Cuando finalmente habló, su voz era más baja de lo que jamás la había escuchado.

• ¡Extrañé esto! - admitió finalmente, voz baja. - No solo el sexo. La forma en que tú actúas.

Su yema trazó el borde de su lata de jugo: círculos lentos y cuidadosos que dejaban el condensado manchando el aluminio como secretos a medias.

Reí, mordisqueando su lóbulo. El aroma de su champú (algo caro y herbal) se mezcló con el sabor agrio de la granada en su aliento.

- ¡Mentirosa! ¡Extrañaste mi boca!

Mis dientes rozaron la piel sensible bajo su oreja, donde su pulso aleteaba como un pájaro atrapado.
Ella se estremeció, sus uñas clavándose en mi hombro a través de la tela.

• ¡Ambas cosas!

Las palabras salieron fracturadas, su dicción usualmente impecable desmoronándose mientras mi mano subía más bajo su falda, encontrando la piel cálida de su muslo interno. El encaje de su liga arañó mis nudillos… deliberadamente áspero, justo como le gustaba.

La puerta del dormitorio crujió cuando una corriente de aire la movió… a medio camino entre invitación y acusación. La cama esperaba como un cómplice paciente, su edredón alisado con precisión militar, las almohadas mullidas como observadores silenciosos. La rodeamos como generales rivales inspeccionando un campo de batalla, despojándonos de la armadura del día pieza por pieza.

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La chaqueta de Cristina se deslizó de sus hombros con un susurro de seda contra piel, amontonándose a sus pies como un disfraz descartado. Enganchó un tacón con los dedos del pie, luego el otro, dejándolos caer con golpes amortiguados que vibraron por las tablas del piso. La luz de la lámpara captó la húmeda concavidad de su garganta mientras alcanzaba detrás de su espalda, sus dedos forcejeando con el cierre del sostén: una vacilación inusual que hizo que mis propios dedos se detuvieran en la hebilla de mi cinturón.

Arrojé mi camisa sobre un sillón, asegurándome de que no se arrugara demasiado. La tormenta afuera pintó sombras fracturadas por relámpagos sobre el torso de Cristina mientras las tiras del sostén se deslizaban por sus brazos, soltándose con un snap sensual. Por un momento suspendido, se quedó allí… recortada por el resplandor de la ciudad a través del vidrio manchado de lluvia… sus pechos pesados y desafiantes, los pezones erectos por el frío del aire o la anticipación.

- ¿Te gusta lo que ves? - se burló, pero su voz tembló levemente… el mismo indicio que tenía durante negociaciones en la sala de juntas cuando las proyecciones trimestrales no cuadraban.

46: Revisión ejecutiva (Parte 2 de 3)

La rejilla del aire acondicionado sobre nosotros siseó, enviando un escalofrío sobre su piel expuesta que no tenía nada que ver con la temperatura.

Avancé, las fibras de la alfombra pinchando mis pies descalzos como electricidad estática.

- ¡Estás nerviosa!

Mi sombra eclipsó la suya contra la pared del dormitorio, nuestras siluetas fusionándose en una parodia grotesca de negociaciones corporativas fallidas.

Su risa fue frágil…el sonido de copas de champán estrellándose contra mármol.

• ¡No te halagues! – protestó melosa y sensual.

(Don’t flatter yourself!)

Pero sus dedos temblaron al engancharse en el cinturón de mis pantalones, las uñas francesas atrapando un hilo suelto. El aroma de ella envolvió a ambos…

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Mis nudillos trazaron la curva de su cadera (lento, disfrutándolo) sintiendo el calor bajo su piel mientras la piel de gallina estallaba a mi paso.

- Primera vez en una cama de verdad conmigo y estás…

• ¡Cállate! — Me interrumpió. Por unos breves segundos, me recordó a mi Pamela, mi “Amazona española”, prima de Marisol y madre de mi segundo hijo fuera del matrimonio, Adrián.

Los dedos de Cristina se cerraron alrededor de la hebilla de mi cinturón con la misma eficiencia despiadada que usaba para callar a pasantes incompetentes. El metal se clavó en mi estómago cuando me jaló hacia ella, su respiración cortándose cuando la línea dura de mi erección presionó su muslo. Su aroma inundó mis sentidos.

El colchón crujió al empujarla sobre él, los resortes protestando cuando aterrizó con un rebote. Su cabello se esparció por la almohada como tinta derramada, seda negra sobre algodón blanco. Me arrodillé entre sus piernas, mis dedos enganchando la parte superior de encaje de su media. El nylon siseó al deslizarla hacia abajo (un centímetro agonizante a la vez) revelando la piel de gallina debajo. El pecho de Cristina se elevó bruscamente, sus pezones erectos hasta el punto de doler.

Cristina arqueó la espalda cuando mi boca encontró la parte interna de su rodilla. Su pantorrilla se tensó bajo mi lengua… un cable a punto de romperse.

• ¡Mierda!

La palabra se disolvió en una exhalación temblorosa placentera mientras trazaba las delicadas venas azules detrás de su rodilla con mis labios, probando sal y el rastro de su crema matutina.

La lluvia se intensificó afuera, golpeando el cristal en ráfagas erráticas que reflejaban su respiración. Una alarma de auto sonó tres calles más allá (imaginé el BMW de algún ejecutivo protestando contra la tormenta) y se detuvo abruptamente a mitad del grito, dejando solo el chapoteo húmedo de mi lengua sobre su piel y las uñas de Cristina marcando líneas paralelas en mis hombros.

Arrastré sus bragas hacia abajo con mis dientes, el encaje negro atascándose un momento en el filo de mi colmillo antes de ceder con un susurro de elástico. Ella jadeó, sus muslos apretándose alrededor de mi cabeza como una prensa, el calor de ella irradiando a través de la delgada tela aún enredada en su tobillo. Su aroma aquí era abrumador: almizclado y dulce, como fruta madura dejada al sol, con un tono más oscuro, terroso, que hacía que mi pulso martillara en mis sienes.

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- ¡Sabes costosa! - murmuré contra su piel, arrastrando mis labios por el encaje húmedo aún enredado en su tobillo.

Ella agarró un puñado de mi pelo, tirando lo suficiente para que mi cuero cabelludo ardiera.

• ¡Habla menos! ¡Lame más!

(Talk less! Lick more!)

Sus muslos se cerraron más fuerte alrededor de mi cabeza, los músculos flexionándose como si quisieran aplastarme.

Reí, mi aliento rozando sus pliegues.

- ¡Oblígame! - La hostigué, mi lengua saliendo para trazar su línea (lenta, provocadora) justo lo suficiente para hacer que sus caderas se sacudieran del colchón.

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La primera lamida la hizo arquearse como un cable electrificado. Las sábanas se arrugaron en sus puños, la tela rasgándose audiblemente bajo sus uñas. Abajo, el ascensor sonó… un timbre alegre que contrastaba con la respiración entrecortada de Cristina. Alguien rió en el pasillo, el sonido amortiguado por la puerta. Una puerta se cerró de golpe. La máquina de hielo retumbó en algún lugar del corredor.

El gemido de Cristina fue ahogado por la almohada que se metió en la boca: la misma almohada que aún olía ligeramente a detergente de hotel y al perfume de alguien más. Sus muslos temblaron como servidores sobrecargados a punto de colapsar mientras mi lengua trazaba círculos lentos y cuidadosos, saboreando el sabor salado-dulce de su excitación. La almohada solo amortiguaba el volumen, no la desesperación; sus quejidos vibraban a través de la tela como código Morse. Sus dedos se apretaron en mi pelo: no guiando, solo aferrándose como si yo fuera el único ancla en su mundo de algoritmos sobrecargados.

• ¡Eres bueno en esto! - Las palabras escaparon entre jadeos, su acento australiano espesándose con cada sílaba.

Lo sabía. Practico cada sábado por la mañana con el sexo de Marisol mientras las niñas duermen antes de pedir desayuno: nuestra pequeña rutina marital tan predecible como su sonrisa burlona cuando llegaba a casa con perfume de otra mujer.

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Un relámpago iluminó la habitación, blanqueando todo por un instante… justo lo suficiente para ver el momento exacto en que el autocontrol de Cristina se quebró. Su espalda se arqueó fuera del colchón, la almohada cayendo al suelo mientras su boca se abría.

• ¡Marco…!

Mi nombre se quebró a media sílaba, su precisión corporativa obliterada por el orgasmo que la atravesaba. La tormenta exterior reflejó su clímax; la lluvia golpeó los cristales con fuerza suficiente para hacer vibrar las botellas del minibar mientras el trueno sacudía los cimientos del edificio.

Sus muslos aún temblaban cuando me arrastré sobre su cuerpo, mi erección rozando su muslo interno… ardiente, insistente. Cristina contuvo el aliento mientras me cernía sobre ella, sus enormes pechos elevándose y cayendo con cada inhalación entrecortada, pezones erectos y sonrojados. Eran irresistibles, balanceándose levemente con las secuelas de su clímax, y dejé que mi rostro fuera atraído como un planeta en órbita.

• ¡Por favor! - susurró, los dedos enredándose en mi pelo. - ¡Sé gentil!

46: Revisión ejecutiva (Parte 2 de 3)

No fue una súplica por moderación, no una orden para detenerme… solo una petición de cuidado. Sus caderas se elevaron un poco, invitándome…

Avancé lentamente, saboreando cómo su cuerpo cedía y resistía en igual medida. Su sexo aún palpitaba por su orgasmo, húmedo y estrecho, y Cristina dejó escapar un gemido suave y tembloroso que vibró contra mi clavícula. Sus uñas arañaron mi espalda, dejando estelas de calor a su paso.

• ¿Sabes? – murmuró despacio, el aliento cortándose cuando llegué hasta el fondo dentro de ella, llenándola completamente. - Hace años, Maddie y yo queríamos follarte…

Su confesión surgió entre jadeos, sus caderas moviéndose levemente para tomar más de mí…

• Hacíamos apuestas sobre quién de las dos te tendría primero. - Una risa escapó de ella, sin aliento y cruda. - Ella juraba que te tendría doblado sobre tu escritorio antes de que terminara el tercer trimestre.

- ¿En serio? - pregunté, moviéndome lentamente dentro de ella.

• ¡Sí! ¡Eras tan misterioso! En cada fiesta corporativa, te escapabas con tu esposa para tener sexo en tu oficina. Madeleine y yo estábamos verdes de envidia… - Lo compartió con una risa suave.

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El colchón crujió bajo nuestro peso mientras las piernas de Cristina se enroscaban alrededor de mi cintura, sus pantorrillas presionando la parte baja de mi espalda. Me balanceé dentro de ella con lentitud delicada.

- ¿Tan verdes como para planear algo? - susurré contra su clavícula, saboreando el amargor tenue de su perfume mezclado con sudor.

Ella resopló una risa que se convirtió en un jadeo cuando me incliné más hondo.

• Maddie… ¡Ahh!... quería "sorprenderlos en el acto". Le dije que eso sería patético. - Sus uñas marcaron mi columna mientras sus caderas se alzaban para encontrarse con mi siguiente embestida. El cabecero golpeó la pared al ritmo de nuestra respiración.

La lámpara de noche proyectaba sombras vacilantes… sus pechos balanceándose con cada movimiento, el hueco de su garganta brillando. Una gota de sudor rodó por mi sien y aterrizó entre sus clavículas.

- ¿Entonces qué hicieron? - pregunté, disminuyendo el ritmo lo suficiente para hacerla gemir.

El aliento de Cristina se cortó cuando me retiré casi por completo.

companera de trabajo

• ¡Ahh! - gimió entre dientes apretados. - ¿Qué podíamos hacer?... tú simplemente nos ignorabas... así que Madeleine y yo... comenzamos a jugar juntas.

Reí con picardía, empujando mis caderas hacia adelante con suficiente fuerza para hacerla gritar.

- ¡Niñas traviesas!

(Naughty girls!)

• ¡No teníamos... ahh... idea de que... nghh... nos saldría el tiro por la culata! – jadeó en un delicioso quejido, arqueándose bajo mí. Las sábanas estaban húmedas donde su espalda se hundía en ellas. - ¡Nunca supimos… ¡oh dios!... que tu propia esposa… ¡Ahh!... nos había pillado con las manos en la masa!

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Yo desconocía ese lado de la historia. Me costaba creer el relato de Marisol sobre dos mujeres frotándose por mí en el baño, porque Maddie y Cristina son... bueno... como estrellas porno en traje corporativo. Besé la frustración de sus labios. Su lengua estaba caliente e insistente. El sabor de ella (refresco y lápiz labial) inundó mis sentidos.

La lluvia afuera se había suavizado a un murmullo contra los cristales cuando los dedos de Cristina de repente se aferraron a mis hombros. Sus muslos se cerraron alrededor de mí como una abrazadera (sin guiar, solo aferrándose) mientras su respiración se entrecortaba contra mi clavícula. El reloj digital marcó las 6:49PM, su tenue brillo captando el hueco sudoroso de su garganta.

• ¡No pares! - jadeó Cristina, su voz áspera y desconocida.

puta tetona

La precisión corporativa había sido borrada de sus sílabas horas atrás. Sus caderas se arquearon hacia arriba, encontrando mi siguiente embestida con un chapoteo húmedo que resonó contra los azulejos de mármol del baño. El cabecero protestó de nuevo, esparciendo otra lluvia de escamas de pintura sobre la mesita de noche. Una aterrizó en su lata de jugo abandonada con un plink casi inaudible.

En algún momento, su sostén se había deslizado hasta sus codos, las tiras de encaje clavándose en sus bíceps mientras se arqueaba bajo mí. La luz de la lámpara captó las estrías en la parte inferior de sus pechos: líneas plateadas que usualmente escondía bajo blazers estructurados. Tracé una con mi lengua, saboreando sal y el rastro de su perfume de jazmín, y sentí su temblor desde la coronilla hasta los talones.

Al final del pasillo, un ascensor sonó… tres timbres alegres que chocaron con el gemido ahogado de Cristina. Aferró las sábanas con una mano mientras la otra buscaba apoyo en mi espalda resbaladiza de sudor, su manicura francesa dejando medias lunas en mi piel.

• ¡Estoy cerca! - advirtió, o quizás amenazó, su voz deshilachándose como cuerda gastada.

Disminuí deliberadamente, retirándome casi por completo, observando cómo su rostro se contraía en protesta.

- Aún no.

Mis labios rozaron su oreja mientras sus muslos se cerraban alrededor de mis caderas en represalia. La tormenta se había alejado hacia la bahía, dejando la habitación cargada de humedad y el olor a sexo… almizclado y empalagoso, como fruta dejada a fermentar al sol.

• ¡Marco!... - su voz se quebró cuando mi pulgar encontró su clítoris, moviéndose al ritmo de mis caderas. - ¡Mierda… mierda…!

La lámpara de noche parpadeó una vez, proyectando sombras irregulares sobre su torso… sus pechos balanceándose con cada embestida interrumpida, los tirantes de encaje de su sostén clavándose en sus hombros. Una alarma de auto sonó seis pisos más abajo, el sonido amortiguado por los vidrios empañados de lluvia. El talón de Cristina se enganchó detrás de mi rodilla, arrastrándome de vuelta hacia ella con un chapoteo húmedo que resonó contra los azulejos de mármol del baño.

Su espalda se arqueó fuera del colchón, las sábanas rasgándose bajo sus uñas mientras llegaba al clímax con un sonido que era mitad sollozo, mitad grito. Observé cómo su garganta se movía al gemir, los tendones marcándose con claridad. Sus pezones rozaron mi pecho con cada movimiento, erectos y sensibles.

El sonido de la sirena se disolvió en estática más allá de las ventanas termales del hotel, su grito de tres notas tragado por la tormenta justo cuando el tercer orgasmo de Cristina alcanzó su punto máximo. Sus omóplatos presionaron el colchón de nuevo, todo su cuerpo temblando como una cuerda de guitarra vibrante: muy estimulada, pero aun vibrando con placer residual. El sudor brillaba en sus clavículas, acumulándose en el hueco entre sus pechos donde mi pulgar ahora trazaba círculos delicados.

• ¡Estoy cerca! – jadeó suplicante, sus caderas titubeando. - ¡No pares! … ¡Por favor!

46: Revisión ejecutiva (Parte 2 de 3)

No me detuve (no podría haberlo hecho, aunque hubiese querido) y el mundo se redujo al calor húmedo de ella alrededor de mí, el chapoteo rítmico de piel contra piel ahogando el zumbido ambiental del hotel. El cuarto orgasmo de Cristina llegó antes de que el tercero hubiera terminado, este más profundo, recorriéndola como temblores sísmicos que hicieron que sus dedos se enroscaran contra mis pantorrillas. Sus uñas tallaron medias lunas en mis hombros mientras gemía mi nombre como una acusación, su voz irreconociblemente gastada.

Seguí empujando, más fuerte, más hondo. Sus pechos se sacudían frenéticamente. Aunque en algún momento Cristina pudo haber sido una zorra, supongo que menos de un puñado la habían visto tan extasiada durante el sexo. Su quinto clímax fue brutal: este fue más agudo, más brillante, su cuerpo arqueándose con tal violencia que sus omóplatos se levantaron por completo del colchón. El sonido que hizo fue crudo, casi herido, como si lo hubiera arrancado de su pecho.

• ¡Marco!

Sus dedos arañaron las sábanas, retorciendo la tela en nudos. Las venas de su cuello sobresalían como cables.

infidelidad consentida

Podía sentir sus pulsaciones alrededor de mí, el apretón rítmico de sus músculos internos atrayéndome más profundo. El aire olía a sexo y sudor, el toque cítrico de su perfume ahogado por el almizcle de nuestros cuerpos. La tormenta afuera se había calmado, dejando la habitación cargada de humedad y el sonido de la respiración entrecortada de Cristina… inhalaciones cortantes interrumpidas por gemidos suaves y quebrados cuando movía mis caderas en el ángulo preciso.

La lámpara de noche parpadeó un par de veces, proyectando sombras entrecortadas sobre el rostro de Cristina. Sus labios entreabiertos jadeaban en respiraciones superficiales. Un mechón de cabello se adhería a su frente húmeda, oscuro como tinta contra su piel enrojecida. Su rímel se había corrido, dejando tenues manchas de carbón bajo sus ojos que la hacían verse casi vulnerable: lejos de la jefa de TI afilada como navaja que alguna vez amenazó con borrar mis discos duros con una sonrisa.

Afuera, la lluvia había disminuido a una llovizna. El agua goteaba de los aleros en un constante plink-plink-plink contra el alféizar. Una puerta de auto se cerró en el estacionamiento, seguida del murmullo lejano de voces… alguna reunión nocturna disolviéndose en risas ebrias. El reloj digital en la mesita marcó las 7:12 PM, su tenue resplandor iluminando el hueco sudoroso de la garganta de Cristina al tragar con fuerza.

Las piernas de Cristina temblaron cuando cambié de posición, elevando sus caderas más alto. El nuevo ángulo arrancó un gemido de su garganta… que se convirtió en un quejido cuando volví a empujar dentro. Sus manos buscaron apoyo, clavándose en mis antebrazos con fuerza suficiente para dejar medias lunas.

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• ¡No…ahh…pares! - jadeó, su voz deshilachada.

Sus pechos se balanceaban con cada movimiento, la luz de la lámpara captando el brillo del sudor entre ellos.

• Tú…ahhh.. ni siquiera estás cerca, ¿Verdad? - preguntó jadeando, su voz ronca y desesperada a la vez.

(You’re… ahh… not even… close… right?)

Sonreí, moviendo mis caderas en un círculo lento y deliberado que hizo que sus dedos se enroscaran contra las sábanas húmedas.

- Ni un poco. - La admisión salió más áspera de lo planeado, mis cuerdas vocales rasgadas por las uñas de Cristina que ahora tallaban afluentes en mi espalda.

Ella gimió, su cabeza cayendo contra la almohada con fuerza suficiente para desprender una pluma que flotó entre nosotros como bandera de rendición.

• ¡Mierda...!

polvazo

Sus dedos retorcieron las sábanas (las mismas que había ridiculizado antes por su número de hilos) ahora desgarradas donde su desesperación la había superado.

La respiración de Cristina se cortó cuando me retiré abruptamente. La tenue luz de la lámpara captó la curva sudorosa de sus pechos, la tensión de sus hombros cuando mi palma deslizó para agarrar su cadera. Su piel olía a sal y jabón de hotel ahora (ese aroma genérico a lavanda que bombean por cada ventilación), pero bajo eso persistía el almizcle del sexo, de ella.

El elevador sonó de nuevo afuera, más cerca esta vez. El reloj digital cambió a las 7:17 PM. Los dedos de Cristina se retorcieron en las sábanas mientras entraba en ella con todo, su gemido ahogado tragado por la almohada que había arrastrado sobre su rostro. El ángulo era más profundo ahora, su cuerpo cediendo de maneras que hacían temblar sus pechos contra mi tórax. Observé cómo se abría de piernas, cómo sus labios se mordían hasta ponerse rojos, su rostro haciendo una súplica silenciosa a la cabecera de la cama, mientras que sus manos me abrazaban codiciosa por encima de los hombros.

puta tetona

La primera embestida le arrancó el aire de los pulmones. Sus dedos buscaron desesperadamente el cabecero, los nudillos blanqueándose al apoyarse. La madera crujió bajo su agarre (caoba real, no esa mierda de aglomerado) y por un instante me pregunté si Grayson me cobraría por los daños. Luego Cristina arqueó la espalda como un arco y todo pensamiento coherente se evaporó.

• ¡Más fuerte! - exigió, la palabra medio ahogada por la embestida.

La orden carecía de su precisión habitual de sala de juntas: gutural, deshilachada, más súplica que mandato.

46: Revisión ejecutiva (Parte 2 de 3)

Accedí. El marco de la cama golpeó la pared con fuerza ahora, el paff-paff-paff rítmico interrumpido por los jadeos ahogados de Cristina. El espejo sobre el tocador vibró con cada impacto, reflejando el destrozo de su compostura: cabello pegado a su frente húmeda, labios mordidos hasta sangrar, los tendones de su cuello marcados con crudeza. Un tubo de lápiz labial rodó de la mesilla y cayó sobre la alfombra con un thump sordo.

Al final del pasillo, una puerta se abrió… sin duda alguien asomándose para ver el alboroto. No me importó. Tampoco a Cristina, si la forma en que empujaba contra mí era indicio. Sus caderas encontraban cada embestida con fuerza violenta, su trasero enrojeciendo donde mis dedos se clavaban. La tormenta había pasado afuera, pero la habitación aún olía a ozono y sexo, el aire acondicionado luchando contra el calor que generábamos.

infidelidad consentida

Su tercer orgasmo la abordó sigilosamente, luego la arrasó de golpe. Todo el cuerpo de Cristina se tensó, su espalda arqueándose como un arco hasta que los tendones de su cuello se marcaron bajo la piel sudorosa. Vino con un grito silencioso (boca abierta, pero sin aire) antes de desplomarse sobre sus antebrazos, sus omóplatos temblando como alas fracturadas. Solo entonces me solté, mi propio clímax llegando como un tren de carga. Mis dedos se hundieron en la piel de los hoyuelos de sus caderas con fuerza suficiente para dejar moretones en forma de medialuna mientras me vaciaba dentro de ella con un gemido que vibró desde el diafragma hasta los dientes.

Por once segundos (contados por el implacable resplandor del reloj digital), los únicos sonidos fueron nuestra respiración entrecortada y el drip-drip-drip arrítmico del agua deslizándose del barandal del balcón afuera. La tormenta había pasado, dejando la habitación cargada de humedad y el aroma del sexo: almizclado y empalagoso, como duraznos demasiado maduros al sol. Cristina se desplomó agotada sobre el colchón con un gemido ahogado, sus extremidades extendidas como una estrella de mar varada en sábanas de algodón.

• ¡Oh, mierda!... ¡Oh, mierda! - masculló tras mi oreja, abrazándome como un salvavidas o como su peluche de la infancia favorito, su acento australiano espesándose con el agotamiento.

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Una sola gota de sudor recorrió bajo su mentón hasta su cuello antes de desaparecer sobre la sábana mojada.

La abracé por la cintura resoplando, mi corazón martilleando en los oídos como una batería alejándose en la distancia, sus pechos deliciosos enterrándose en mis costillas. El ventilador de techo giraba lentamente arriba, sus aspas cortando el aire húmedo en ráfagas desiguales que erizaban los vellos de mi antebrazo.

La respiración de Cristina se calmó primero… los jadeos superficiales cediendo a inhalaciones profundas que hacían sus pechos elevarse y caer contra el edredón arrugado. Su mano derecha se movió hacia mí a ciegas, los dedos rozando mi muslo en silencioso reconocimiento antes de retirarse como una marea retrocediendo de la orilla.

El reloj cambió a las 7:27 PM.

En algún lugar del edificio, un teléfono sonó. El sonido era tenue, apenas audible a través de las paredes, pero suficiente para hacer a Cristina moverse.

Ella giró la cabeza para mirarme, su cabello pegado a la frente sudorosa.

• ¡Estás loco! - me informó, su voz ronca y fingiendo molestia.

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Sonreí, alcanzando a apartar un mechón rebelde detrás de su oreja.

- ¡No necesitas agradecer!

Me golpeó el pecho débilmente, pero sin fuerza real. Sus dedos se demoraron en mi piel, trazando la forma de mis abdominales. El aire acondicionado cobró vida con un gemido metálico, enviando una corriente de aire frío sobre nuestros cuerpos sudorosos. Cristina se estremeció, la piel de gallina erizándose en sus muslos (aún temblorosos por el esfuerzo) mientras se apretaba más contra mí.

Afuera, la tormenta había pasado. Algunas gotas rezagadas caían en una canaleta: una marcha lenta contando los segundos desde que los muslos de Cristina se cerraron por última vez alrededor de mis caderas. El plink-plink rítmico contra el bajante de aluminio coincidía con el pulso desvaneciéndose detrás de mis párpados.

El estómago de Cristina rugió tan fuerte que asustó a una paloma del barandal del balcón.

Me reí, el sonido rasgando mi garganta irritada.

- ¿Tienes hambre?

Gimió, dejando caer un brazo sobre sus ojos como una adolescente evitando la luz matutina. El movimiento hizo que sus pechos se movieran contra las sábanas húmedas…aún sonrosados por donde mi barba los había rozado antes.

• ¿Tú no? - Su voz sonaba destrozada, las sílabas desmoronándose como galletas quemadas.

Besé su hombro, saboreando sal y el fantasma de su champú de jazmín.

- Todavía tengo hambre de ti, si eso cuenta.

(I’m still hungry for you, if that counts…) 


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