Capítulo 1:
La noche de ese sábado se sentía extraña. Laura estaba sentada frente al tocador, desmaquillándose con la misma calma de todos los días. Yo la observaba desde la cama, devorándola con la mirada. Llevábamos diez años de casados y la amaba con locura, pero en los últimos meses una idea fija se había instalado en mi cabeza. Una obsesión que ya no me dejaba dormir: quería ver a mi esposa, tan pulcra, reservada y mía, entregada a otro hombre mientras yo lo presenciaba todo desde la sombra. Cabe recalcar que Laura era una mujer en sueño, la mujer que cualquier hombre quisiera tener.

Me levanté de la cama en silencio, me acerqué a ella por la espalda y le rodeé los hombros, besando su cuello. Sentí cómo se relajaba, pero yo estaba temblando por dentro. Era el momento de soltarlo.
Ángel: Amor, ¿alguna vez has pensado en hacer algo completamente diferente? Algo que rompa con la rutina de verdad.
Laura: (Volteando un poco la cabeza, extrañada) ¿A qué te refieres con diferente, Ángel? Viajamos el mes pasado, cambiamos los muebles... Creo que no nos falta dinamismo.
Ángel: No me refiero a las cosas de la casa o a las vacaciones. Hablo de nosotros. De nuestra intimidad. Llevo meses con una imagen en la cabeza que no me deja en paz... y te involucra a ti, pero de una forma en la que nunca te he visto.
Laura: (Dejando el algodón sobre la mesa, mirándome fijamente a los ojos a través del espejo) Me estás asustando un poco. Sabes que no me gustan los rodeos. Dime qué pasa.
Ángel: (Tomando aire, con el corazón a mil por hora) Quiero verte con alguien más, Laura. Quiero verte entregada a otro hombre, ver cómo te toca, cómo te desea... y estar ahí, en la oscuridad, siendo el único testigo de tu placer absoluto.
El silencio que siguió fue sepulcral. Laura se soltó de mis manos de inmediato y se puso de pie. Su rostro reflejaba una mezcla de desconcierto y profunda ofensa. Me dolió verla así, pero la excitación y la urgencia de mi fantasía eran más fuertes.
Laura: (Con la voz temblorosa pero firme) ¿Te estás volviendo loco? Ángel, por Dios, soy tu esposa. No soy un objeto de exhibición ni una actriz de tus fantasías de internet. ¿Cómo puedes pedirme que me acueste con un extraño? Eso es infidelidad, se mire por donde se mire.
Ángel: ¡No, mi vida, escúchame! No es infidelidad si los dos estamos de acuerdo, si es parte de nuestro juego. No hay secretos, no hay engaños. Al contrario, es la confianza más pura que puede existir entre nosotros. Yo no te amo menos, te amo tanto que quiero ver tu sensualidad al máximo.
Laura: (Cruzando los brazos, visiblemente molesta) ¡No me disfraces de 'confianza' algo que va en contra de todo lo que soy! Yo soy reservada, Ángel. A mí me da pena cambiarme frente a las ventanas abiertas, ¿y tú quieres que meta a un tercero a nuestra cama? No. Olvídalo. No me lo vuelvas a mencionar.
La presión de los días
Durante las semanas siguientes no insistí con palabras, pero dejé que mi actitud hablara por mí. Me volví más distante. No lo hacía por castigarla, de verdad que no, pero mi frustración era evidente. En la cama, cuando hacíamos el amor, yo ya no estaba completamente ahí; la mente se me iba al escenario que ella me había negado. Laura lo notaba. Notaba que algo se estaba rompiendo entre nosotros, y supe que la culpa y el miedo a perder nuestra chispa empezaron a ganarle terreno a su timidez.
Una noche, mientras cenábamos en la terraza, escuchamos los golpes de las herramientas abajo. Pedro, el albañil que contratamos para remodelar la biblioteca, se había quedado tarde. Era un tipo joven, robusto, con los brazos marcados por el trabajo y siempre muy respetuoso. Miré hacia abajo, observando su silueta bajo el reflector, y luego miré a Laura. No hizo falta que dijera nada; ella leyó mis ojos de inmediato. Supe que la idea ya estaba sembrada.
La capitulación
Más tarde, en la habitación, Laura se quedó mirando por la ventana. Parecía cansada, derrotada por la presión que ella misma se estaba metiendo para hacerme feliz.
Laura: (Sin voltear a verme, con la voz apagada) ¿De verdad esto es tan importante para ti? ¿Tanto que sientes que nuestro matrimonio se está estancando por mi culpa?
Ángel: (Me acerqué rápido y le tomé las manos, sintiendo una oleada de adrenalina) No es tu culpa, mi amor, jamás. Pero sí... es algo que necesito vivir contigo. No quiero morir con el deseo de haber visto a la mujer que idolatro en su estado más primitivo. Si lo haces, te prometo que nunca más te pediré nada igual. Será nuestro secreto eterno.
Laura: (Soltando un largo suspiro, mirándome con miedo) Es una locura... Es peligroso, Ángel. Además, ¿con quién? No podemos meter a un desconocido de la calle a la casa.
Ángel: (Bajando la voz, arrastrándola conmigo a mi obsesión) No tiene que ser un desconocido. Tenemos a alguien aquí mismo. Alguien que te mira con respeto pero que es evidente que te encuentra atractiva. Pedro. Está aquí todos los días, nadie sospecharía nada, y cuando termine la obra, se irá.
Laura: (Abriendo los ojos de par en par) ¿Pedro? ¡Es nuestro empleado, Ángel! Dios mío, esto está escalando demasiado rápido... Él jamás se atrevería, es muy serio.
Ángel: (Acariciándole la mejilla, dándole el último empujón) Los hombres somos hombres, Laura. Si una mujer como tú le da una entrada, aunque sea pequeña, él no se va a negar. Solo tienes que empezar a provocarlo. Un café, una mirada más larga de lo normal, un roce 'accidental'. Solo inténtalo. Si ves que es imposible, lo dejamos ir. Pero inténtalo por mí. Por nosotros.
Laura me miró a los ojos, buscando una salida que no encontró. Vio mi súplica, mi egoísmo y la pasión que me quemaba por dentro. Finalmente, con el pecho agitado, asintió con la cabeza. Había aceptado.
Laura: (Con la voz apenas audible) Está bien... Lo intentaré. Mañana empezaré a hablar con él. Pero si algo sale mal, tú asumes las consecuencias.
La noche de ese sábado se sentía extraña. Laura estaba sentada frente al tocador, desmaquillándose con la misma calma de todos los días. Yo la observaba desde la cama, devorándola con la mirada. Llevábamos diez años de casados y la amaba con locura, pero en los últimos meses una idea fija se había instalado en mi cabeza. Una obsesión que ya no me dejaba dormir: quería ver a mi esposa, tan pulcra, reservada y mía, entregada a otro hombre mientras yo lo presenciaba todo desde la sombra. Cabe recalcar que Laura era una mujer en sueño, la mujer que cualquier hombre quisiera tener.

Me levanté de la cama en silencio, me acerqué a ella por la espalda y le rodeé los hombros, besando su cuello. Sentí cómo se relajaba, pero yo estaba temblando por dentro. Era el momento de soltarlo.
Ángel: Amor, ¿alguna vez has pensado en hacer algo completamente diferente? Algo que rompa con la rutina de verdad.
Laura: (Volteando un poco la cabeza, extrañada) ¿A qué te refieres con diferente, Ángel? Viajamos el mes pasado, cambiamos los muebles... Creo que no nos falta dinamismo.
Ángel: No me refiero a las cosas de la casa o a las vacaciones. Hablo de nosotros. De nuestra intimidad. Llevo meses con una imagen en la cabeza que no me deja en paz... y te involucra a ti, pero de una forma en la que nunca te he visto.
Laura: (Dejando el algodón sobre la mesa, mirándome fijamente a los ojos a través del espejo) Me estás asustando un poco. Sabes que no me gustan los rodeos. Dime qué pasa.
Ángel: (Tomando aire, con el corazón a mil por hora) Quiero verte con alguien más, Laura. Quiero verte entregada a otro hombre, ver cómo te toca, cómo te desea... y estar ahí, en la oscuridad, siendo el único testigo de tu placer absoluto.
El silencio que siguió fue sepulcral. Laura se soltó de mis manos de inmediato y se puso de pie. Su rostro reflejaba una mezcla de desconcierto y profunda ofensa. Me dolió verla así, pero la excitación y la urgencia de mi fantasía eran más fuertes.
Laura: (Con la voz temblorosa pero firme) ¿Te estás volviendo loco? Ángel, por Dios, soy tu esposa. No soy un objeto de exhibición ni una actriz de tus fantasías de internet. ¿Cómo puedes pedirme que me acueste con un extraño? Eso es infidelidad, se mire por donde se mire.
Ángel: ¡No, mi vida, escúchame! No es infidelidad si los dos estamos de acuerdo, si es parte de nuestro juego. No hay secretos, no hay engaños. Al contrario, es la confianza más pura que puede existir entre nosotros. Yo no te amo menos, te amo tanto que quiero ver tu sensualidad al máximo.
Laura: (Cruzando los brazos, visiblemente molesta) ¡No me disfraces de 'confianza' algo que va en contra de todo lo que soy! Yo soy reservada, Ángel. A mí me da pena cambiarme frente a las ventanas abiertas, ¿y tú quieres que meta a un tercero a nuestra cama? No. Olvídalo. No me lo vuelvas a mencionar.
La presión de los días
Durante las semanas siguientes no insistí con palabras, pero dejé que mi actitud hablara por mí. Me volví más distante. No lo hacía por castigarla, de verdad que no, pero mi frustración era evidente. En la cama, cuando hacíamos el amor, yo ya no estaba completamente ahí; la mente se me iba al escenario que ella me había negado. Laura lo notaba. Notaba que algo se estaba rompiendo entre nosotros, y supe que la culpa y el miedo a perder nuestra chispa empezaron a ganarle terreno a su timidez.
Una noche, mientras cenábamos en la terraza, escuchamos los golpes de las herramientas abajo. Pedro, el albañil que contratamos para remodelar la biblioteca, se había quedado tarde. Era un tipo joven, robusto, con los brazos marcados por el trabajo y siempre muy respetuoso. Miré hacia abajo, observando su silueta bajo el reflector, y luego miré a Laura. No hizo falta que dijera nada; ella leyó mis ojos de inmediato. Supe que la idea ya estaba sembrada.
La capitulación
Más tarde, en la habitación, Laura se quedó mirando por la ventana. Parecía cansada, derrotada por la presión que ella misma se estaba metiendo para hacerme feliz.
Laura: (Sin voltear a verme, con la voz apagada) ¿De verdad esto es tan importante para ti? ¿Tanto que sientes que nuestro matrimonio se está estancando por mi culpa?
Ángel: (Me acerqué rápido y le tomé las manos, sintiendo una oleada de adrenalina) No es tu culpa, mi amor, jamás. Pero sí... es algo que necesito vivir contigo. No quiero morir con el deseo de haber visto a la mujer que idolatro en su estado más primitivo. Si lo haces, te prometo que nunca más te pediré nada igual. Será nuestro secreto eterno.
Laura: (Soltando un largo suspiro, mirándome con miedo) Es una locura... Es peligroso, Ángel. Además, ¿con quién? No podemos meter a un desconocido de la calle a la casa.
Ángel: (Bajando la voz, arrastrándola conmigo a mi obsesión) No tiene que ser un desconocido. Tenemos a alguien aquí mismo. Alguien que te mira con respeto pero que es evidente que te encuentra atractiva. Pedro. Está aquí todos los días, nadie sospecharía nada, y cuando termine la obra, se irá.
Laura: (Abriendo los ojos de par en par) ¿Pedro? ¡Es nuestro empleado, Ángel! Dios mío, esto está escalando demasiado rápido... Él jamás se atrevería, es muy serio.
Ángel: (Acariciándole la mejilla, dándole el último empujón) Los hombres somos hombres, Laura. Si una mujer como tú le da una entrada, aunque sea pequeña, él no se va a negar. Solo tienes que empezar a provocarlo. Un café, una mirada más larga de lo normal, un roce 'accidental'. Solo inténtalo. Si ves que es imposible, lo dejamos ir. Pero inténtalo por mí. Por nosotros.
Laura me miró a los ojos, buscando una salida que no encontró. Vio mi súplica, mi egoísmo y la pasión que me quemaba por dentro. Finalmente, con el pecho agitado, asintió con la cabeza. Había aceptado.
Laura: (Con la voz apenas audible) Está bien... Lo intentaré. Mañana empezaré a hablar con él. Pero si algo sale mal, tú asumes las consecuencias.
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