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Ese «Sí... estoy bien» de Dani quedó flotando en el living, pesado como el aire espeso que nos rodeaba. Yo me quedé parado al lado de la mesa, con la verga todavía semidura y el corazón golpeándome las costillas, mirando cómo él se limpiaba la mano con un pañuelo descartable tras haberse acabado. Intentaba leerle la cara, buscar algún rastro de arrepentimiento o de bronca reprimida, pero Dani era una incognita.
En la cabeza de Dani, sin embargo, se estaba librando una batalla campal. Por un lado, la realización de su fantasía más oscura había sido un éxito rotundo: ver a su novia de años totalmente sometida, gimiendo de placer por la verga de su mejor amigo de la infancia, lo había excitado a un nivel que nunca creyó posible. Había alcanzado el clímax devorando con los ojos cada embestida, cada nalgada y escuchando cómo ella le confesaba lo grande que la sentía. Pero ahora que la adrenalina empezaba a abandonar su cuerpo, el vacío del post-orgasmo traía consigo las primeras preguntas venenosas. Miraba el hilo de semen que corría por el muslo de Elena y el contraste era brutal: la fragilidad de su piba de 1.60m comparada con mi contextura robusta y musculosa. Dani se preguntaba, con una punzada de inseguridad, si después de esto Elena podría volver a conformarse con él, sabiendo que yo la llenaba por completo y la hacía acabar de una manera que él mismo solía dejar a medias. El miedo a haber abierto una puerta que ya no iba a poder cerrar empezaba a filtrarse en su mente, aunque intentara camuflarlo con su habitual tranquilidad.
Elena seguía apoyada en la mesa, con las piernas todavía temblando y la respiración recuperándose de a poco. Su mente era un caos absoluto de dopamina, culpa y una extraña sensación de triunfo. Por un lado, se sentía la mujer más deseada del mundo; había cumplido su fantasía más sucia: ser poseída con fuerza por un tipo gigante en su propia mesa y delante del hombre que amaba, quien se pajeaba mirándola. Recordar el sonido de mis huevos chocando contra su culo y las nalgadas fuertes que le había dado adelante de Dani le hacía latir la concha de puro morbo. Pero al levantar la mirada y cruzarse con los ojos de su novio, la culpa le pegó un viaje frío en el estómago. Elena necesitaba desesperadamente que Dani la abrazara, que le dijera que todo seguía igual entre ellos, que el arreglo de la relación abierta no se había roto por esto. Sentía el semen caliente dentro de ella, una marca física de mi posesión, y temía haber cruzado una línea de la que no hubiera retorno. Además, una sombra se proyectaba en su mente: Lorena. Su mejor amiga había dejado claro que quería estar presente o enterarse de todos los detalles sucios, y Elena sabía que la discreción en ese grupo de estudio ya era una utopía.
—Tomá, Elenita —dijo Dani, rompiendo el silencio con una voz extrañamente suave mientras le alcanzaba una toalla limpia.
Elena la agarró sin mirarlo directamente a los ojos, tapándose con timidez, una timidez absurda después de lo que acababa de pasar en esa misma habitación. Se empezó a limpiar despacio, sentada en el borde de la mesa.
—Gracias, amor —murmuró ella, con la voz todavía ronca por los gemidos. Miró de reojo hacia donde yo estaba—. Estás... ¿seguro de que estás bien, Dani?
Dani forzó una sonrisa, caminó hacia ella y le dio un beso corto en la frente.
—Sí, en serio. Fue fuerte, no te lo voy a negar. Verlo en vivo cambia la perspectiva de los chats de toda la semana —admitió él, mirándome de reojo—. Pero era lo que queríamos, ¿no? Cumplimos.
Yo empecé a ponerme los pantalones, sintiendo una mezcla rara de orgullo animal y la incomodidad lógica de la situación.
—Che, Dani... si sienten que esto complica las cosas entre nosotros, lo dejamos acá —dije, tratando de sonar maduro, aunque por dentro la idea de no volver a tocar a Elena me daba una bronca bárbara.
—No, loco, tranquilo —respondió Dani, aunque sus ojos no se despegaban de la mesa donde minutos antes yo había estado dándole duro a su novia—. Al contrario. Creo que esto nos va a hacer hablar de un montón de cosas que teníamos guardadas. Pero por hoy ya fue suficiente.
Elena se levantó de la mesa, envolviéndose en la toalla. El desorden del living le hizo acordar a la mañana anterior cuando fuimos a la farmacia y nos encontramos a Lorena. Sabía que el secreto compartía ahora una nueva capa de peligro. Me miró fijamente con esos ojos verdes atrapantes, y en esa mirada no había culpa; había una promesa silenciosa de que esto no iba a terminar acá.
—Voy a bañarme —dijo Elena, caminando hacia el baño con pasos todavía un poco torpes por el cansancio físico y la intensidad de lo vivido.
Dani y yo nos quedamos solos en el living. El nudo en mi estómago no había desaparecido; al contrario, se sentía más complejo. Sabía que la cabeza de Dani estaba procesando el impacto de la imagen real, y que la de Elena estaba dividida entre la sumisión que tanto la calentaba y el pánico a que su relación se desmoronara. Y por encima de todo eso, el fantasma de Lorena y su morbo, esperando el próximo mensaje de WhatsApp.
Ese «Sí... estoy bien» de Dani quedó flotando en el living, pesado como el aire espeso que nos rodeaba. Yo me quedé parado al lado de la mesa, con la verga todavía semidura y el corazón golpeándome las costillas, mirando cómo él se limpiaba la mano con un pañuelo descartable tras haberse acabado. Intentaba leerle la cara, buscar algún rastro de arrepentimiento o de bronca reprimida, pero Dani era una incognita.
En la cabeza de Dani, sin embargo, se estaba librando una batalla campal. Por un lado, la realización de su fantasía más oscura había sido un éxito rotundo: ver a su novia de años totalmente sometida, gimiendo de placer por la verga de su mejor amigo de la infancia, lo había excitado a un nivel que nunca creyó posible. Había alcanzado el clímax devorando con los ojos cada embestida, cada nalgada y escuchando cómo ella le confesaba lo grande que la sentía. Pero ahora que la adrenalina empezaba a abandonar su cuerpo, el vacío del post-orgasmo traía consigo las primeras preguntas venenosas. Miraba el hilo de semen que corría por el muslo de Elena y el contraste era brutal: la fragilidad de su piba de 1.60m comparada con mi contextura robusta y musculosa. Dani se preguntaba, con una punzada de inseguridad, si después de esto Elena podría volver a conformarse con él, sabiendo que yo la llenaba por completo y la hacía acabar de una manera que él mismo solía dejar a medias. El miedo a haber abierto una puerta que ya no iba a poder cerrar empezaba a filtrarse en su mente, aunque intentara camuflarlo con su habitual tranquilidad.
Elena seguía apoyada en la mesa, con las piernas todavía temblando y la respiración recuperándose de a poco. Su mente era un caos absoluto de dopamina, culpa y una extraña sensación de triunfo. Por un lado, se sentía la mujer más deseada del mundo; había cumplido su fantasía más sucia: ser poseída con fuerza por un tipo gigante en su propia mesa y delante del hombre que amaba, quien se pajeaba mirándola. Recordar el sonido de mis huevos chocando contra su culo y las nalgadas fuertes que le había dado adelante de Dani le hacía latir la concha de puro morbo. Pero al levantar la mirada y cruzarse con los ojos de su novio, la culpa le pegó un viaje frío en el estómago. Elena necesitaba desesperadamente que Dani la abrazara, que le dijera que todo seguía igual entre ellos, que el arreglo de la relación abierta no se había roto por esto. Sentía el semen caliente dentro de ella, una marca física de mi posesión, y temía haber cruzado una línea de la que no hubiera retorno. Además, una sombra se proyectaba en su mente: Lorena. Su mejor amiga había dejado claro que quería estar presente o enterarse de todos los detalles sucios, y Elena sabía que la discreción en ese grupo de estudio ya era una utopía.
—Tomá, Elenita —dijo Dani, rompiendo el silencio con una voz extrañamente suave mientras le alcanzaba una toalla limpia.
Elena la agarró sin mirarlo directamente a los ojos, tapándose con timidez, una timidez absurda después de lo que acababa de pasar en esa misma habitación. Se empezó a limpiar despacio, sentada en el borde de la mesa.
—Gracias, amor —murmuró ella, con la voz todavía ronca por los gemidos. Miró de reojo hacia donde yo estaba—. Estás... ¿seguro de que estás bien, Dani?
Dani forzó una sonrisa, caminó hacia ella y le dio un beso corto en la frente.
—Sí, en serio. Fue fuerte, no te lo voy a negar. Verlo en vivo cambia la perspectiva de los chats de toda la semana —admitió él, mirándome de reojo—. Pero era lo que queríamos, ¿no? Cumplimos.
Yo empecé a ponerme los pantalones, sintiendo una mezcla rara de orgullo animal y la incomodidad lógica de la situación.
—Che, Dani... si sienten que esto complica las cosas entre nosotros, lo dejamos acá —dije, tratando de sonar maduro, aunque por dentro la idea de no volver a tocar a Elena me daba una bronca bárbara.
—No, loco, tranquilo —respondió Dani, aunque sus ojos no se despegaban de la mesa donde minutos antes yo había estado dándole duro a su novia—. Al contrario. Creo que esto nos va a hacer hablar de un montón de cosas que teníamos guardadas. Pero por hoy ya fue suficiente.
Elena se levantó de la mesa, envolviéndose en la toalla. El desorden del living le hizo acordar a la mañana anterior cuando fuimos a la farmacia y nos encontramos a Lorena. Sabía que el secreto compartía ahora una nueva capa de peligro. Me miró fijamente con esos ojos verdes atrapantes, y en esa mirada no había culpa; había una promesa silenciosa de que esto no iba a terminar acá.
—Voy a bañarme —dijo Elena, caminando hacia el baño con pasos todavía un poco torpes por el cansancio físico y la intensidad de lo vivido.
Dani y yo nos quedamos solos en el living. El nudo en mi estómago no había desaparecido; al contrario, se sentía más complejo. Sabía que la cabeza de Dani estaba procesando el impacto de la imagen real, y que la de Elena estaba dividida entre la sumisión que tanto la calentaba y el pánico a que su relación se desmoronara. Y por encima de todo eso, el fantasma de Lorena y su morbo, esperando el próximo mensaje de WhatsApp.
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