Mi papá y mi hermano se fueron el viernes por la mañana. Habían planeado ese viaje desde hacía semanas: una salida de pesca con unos primos que viven cerca del lago, a unas cuatro horas de aquí. Mi hermano tenía muchas ganas de ir, y papá aprovechó para tomarse unos días libres del trabajo. Yo me quedé porque no me llaman mucho esas salidas largas, y además tenía que entregar un trabajo para la universidad el lunes. La casa quedó solo para mamá y para mí.
Es una casa de dos pisos en una colonia tranquila. La planta de abajo tiene la sala, el comedor y la cocina que da al patio trasero. Arriba están las tres recámaras: la de mis papás al final del pasillo, la mía justo enfrente, y la de mi hermano al lado. Siempre ha sido una casa silenciosa cuando no está toda la familia.
Mamá tiene 43 años. Es de complexión curvy, con las caderas anchas y el busto abundante que siempre ha tenido. Su cara sigue siendo bonita, de rasgos suaves, y suele andar por la casa con el pelo suelto y ropa cómoda. Ese día llevaba unos jeans viejos y una blusa azul clara. Yo, a mis 19, soy más bien callado de carácter. No soy de los que arman escándalo ni de los que andan buscando problemas. Llevo una vida tranquila, estudio, ayudo en lo que se necesita en casa y punto.

Por la tarde, mientras veíamos televisión, mamá se volteó hacia mí en el sofá y me dijo con naturalidad:
—Oye, ¿sabes qué? Como tu papá y tu hermano no van a estar, la casa se va a sentir muy vacía. A mí no me gusta dormir sola cuando no hay nadie. ¿Te molestaría mucho acostarte conmigo en la recámara grande estos días? Solo para dormir, nada más. Así no me siento tan sola en la noche.
Lo dijo como si fuera algo normal. Como cuando yo era más chico y a veces me metía a su cama cuando había tormenta. Le contesté que sí, sin pensarlo mucho. Mamá sonrió agradecida y siguió viendo la tele.
Pero cuando llegó la hora de acostarnos, algo cambió en mí.
Me puse el short y la playera que uso para dormir y fui a su recámara. Ella ya estaba en la cama, con la lámpara de noche encendida. Se había puesto un blusón rojo cereza que le quedaba corto, apenas le tapaba las nalgas. Debajo no traía sostén; se notaba cómo se movían sus pechos al respirar. Y aunque no lo vi completo, supe que abajo solo traía una tanga porque cuando se acomodó vi cómo la tela se le hundía entre las nalgas.
Me acosté a su lado, sobre la colcha. Apagamos la luz. Quedó solo la luz tenue que entraba desde el pasillo. Mamá se volteó de espaldas a mí y dijo en voz baja:
—Que descanses, hijo.
—Igualmente, mamá.
Al principio estuve tranquilo. Cerré los ojos e intenté dormir. Pero el calor de su cuerpo estaba ahí, a centímetros. El olor de su crema de noche. El sonido de su respiración. Poco a poco empecé a ponerme nervioso. No era algo que hubiera planeado ni que hubiera deseado antes. Simplemente… estaba ahí. Y cuanto más intentaba no pensar en ello, más consciente estaba de que mamá estaba a mi lado, con ese blusón subiéndose cada vez que se movía.
Pasó más de una hora. Mamá ya dormía profundamente. Yo seguía despierto. En un momento ella se giró en la cama y quedó de espaldas a mí. El blusón se le subió bastante. Su culo quedó casi descubierto, solo con el hilo fino de la tanga metido entre las nalgas. La curva de sus caderas, la piel suave… todo estaba ahí, justo frente a mí.
Sentí cómo se me aceleraba el corazón. Mi polla empezó a endurecerse dentro del short sin que yo pudiera controlarlo. Intenté darme la vuelta, pero no lo hice. Me quedé mirando. Con mucho cuidado, extendí la mano y le toqué una nalga. Solo con la yema de los dedos al principio. Estaba caliente. Suave. Apreté un poco más. Mamá siguió dormida, respirando tranquila.
No sé cuánto tiempo estuve así. Empecé a masturbarme despacio por encima del short, sin dejar de tocarla. Después metí la mano dentro y saqué mi polla. Estaba dura, palpitando. Me acerqué más a ella. Con mucho cuidado, pasé mi verga entre sus nalgas, por encima de la tanga. El calor de su piel contra mi glande me hizo cerrar los ojos. Empecé a moverme despacio, solo frotándome entre sus mejillas. No era una penetración, solo rozar. Pero se sentía demasiado bien.
Estaba a punto de correrme cuando mamá se movió.
Se despertó de golpe. Sintió mi polla entre sus nalgas y se tensó toda. Se giró rápido hacia mí, apartándome con la mano en mi pecho. La luz del pasillo le daba en la cara. Tenía los ojos abiertos, sorprendida, y la respiración agitada.
—Hijo… ¿qué estás haciendo? —preguntó en voz baja, pero clara. Se subió el blusón con una mano, aunque ya no servía de mucho.
Me quedé sin saber qué decir. Mi polla seguía afuera, dura, brillando un poco.
—Mamá… yo… no podía dormir. Tú te giraste y… se te subió el blusón. No sé qué me pasó. Perdón.
Ella se quedó callada un momento, mirándome. Luego bajó la vista y vio mi polla. Se quedó viéndola unos segundos antes de apartar la mirada.
—Esto… esto no está bien —dijo, pero su voz no sonaba enfadada. Sonaba nerviosa, como la mía—. Soy tu madre. Tú eres mi hijo. No deberías… no deberías estar así conmigo.
—Lo sé —contesté. Mi voz salió ronca—. Pero… estabas dormida y… te vi así y no pude evitarlo. Siento mucho haberte despertado.
Mamá se acomodó un poco mejor en la almohada, pero no se alejó. Seguía cerca. El blusón se le había abierto un poco por delante y se le veía parte de un pecho. Su pezón estaba duro.
—Hijo… —dijo más bajito—. Cuando sentí… cuando sentí tu cosa entre mis nalgas… me desperté de golpe. Al principio no entendí qué pasaba. Luego me di cuenta de que eras tú. Y… no sé. Mi cuerpo reaccionó solo. No debería haber pasado.
No contesté con palabras. En cambio, puse la mano otra vez en su muslo, despacio. Ella no la quitó. La subí un poco más. Mamá tragó saliva.
—Hijo… —repitió, pero esta vez su voz sonó diferente. Más suave.
Le acerqué la cara. Ella no se apartó. Nuestros labios se rozaron primero, casi sin intención. Fue un roce. Luego otro. Hasta que nos besamos de verdad. Mamá correspondió el beso, aunque al principio fue lento, como si todavía estuviera decidiendo. Pero no se detuvo. Su boca se abrió un poco y yo metí la lengua. Ella gimió bajito dentro del beso y me agarró del brazo.
Cuando nos separamos, estaba respirando más fuerte.
—Esto está mal —susurró contra mi boca—. Muy mal. Pero… no puedo dejar de besarte ahora.
La besé otra vez. Esta vez más profundo. Mientras la besaba, le subí el blusón con las manos. Sus tetas quedaron al aire. Eran grandes, pesadas, con los pezones duros. Le toqué una con cuidado. Mamá arqueó un poco la espalda y soltó otro gemido.
—Hijo… ay… —gimió, y luego, más bajito—: No pares.
Le bajé la tanga. Ella levantó un poco las caderas para ayudarme. Cuando se la quité del todo, abrió las piernas sin que yo se lo pidiera. Mi polla rozaba su entrada. Estaba caliente y mojada. Se sentía en la cabeza de mi verga.
Mamá me miró a los ojos. Tenía la cara roja, el pelo un poco revuelto.
—Hijo… —dijo con voz temblorosa, pero ya sin resistencia—. Hazlo despacio. Por favor.
Empujé. Entré en ella centímetro a centímetro. Mamá soltó un gemido largo y cerró los ojos. Cuando estuve completamente dentro, se quedó quieta un momento, respirando agitada.
—Dios… —susurró—. Eres mi hijo… y estás dentro de mí.
No contesté. Empecé a moverme despacio. Mamá me agarró de la cintura con las dos manos y me jaló hacia ella, como queriendo que entrara más profundo. Sus gemidos se volvieron más constantes.
En algún momento, sin darme cuenta, mi forma de tocarla cambió. Ya no era solo nervioso ni vacilante. Le agarré una cadera con más fuerza. Le besé el cuello con más intensidad. Y cuando ella volvió a gemir mi nombre, le susurré al oído con una voz que ni yo mismo reconocí del todo:
—Quédate quieta, mamá… déjame.
Ella abrió más las piernas y me clavó las uñas en la espalda.
Y seguimos.
Seguí moviéndome dentro de ella despacio, casi sin fuerza al principio. Mamá tenía las piernas abiertas y las manos agarradas a mis brazos, como si no supiera si empujarme o jal me hacia ella. Su coño estaba caliente y muy apretado. Cada vez que entraba completo, ella soltaba un gemido bajito y cerraba los ojos.
—Hijo… espera… —dijo con la voz entrecortada—. Esto… esto está mal. Deberíamos parar ahora que aún podemos.
No me detuve del todo, pero bajé el ritmo hasta casi quedarme quieto, solo con la punta adentro. La miré a la cara. Tenía las mejillas muy rojas y el blusón todavía enredado arriba de sus tetas.
—Mamá… ¿quieres que me salga? —pregunté en voz baja. Mi polla seguía palpitando dentro de ella.
Ella tragó saliva y movió las caderas un poco, sin querer. Eso hizo que entrara un centímetro más.
—No sé… —contestó, casi susurrando—. Siento… siento todo. Está adentro y no debería estarlo. Eres mi hijo… Dios, eres mi hijo y te tengo dentro.
Empecé a moverme otra vez, muy lento. Mamá soltó un gemido más largo esta vez y arqueó un poco la espalda. Sus tetas se movieron con el movimiento. Le puse las manos en la cintura para sujetarla mejor.
—Se siente… muy rico —confesó ella bajito, como si le avergonzara decirlo—. Pero no deberíamos. Si tu papá se entera… si alguien se entera…
—Nadie se va a enterar —le contesté, y esta vez mi voz salió un poco más firme. Le apreté un poco más la cintura y empujé más profundo. Mamá abrió la boca sin emitir sonido.
Seguimos así un buen rato. Lento. Torpe al principio. A veces me salía un poco y tenía que volver a buscar la entrada. Mamá me ayudaba abriendo más las piernas, pero cada vez que lo hacía, volvía a dudar.
—Hijo… para un momento —me pidió después de varios minutos—. Déjame pensar. Esto nos va a arrepentir. Soy tu madre… no puedo estar follando con mi propio hijo.
Me detuve, pero no me salí. Mi polla estaba completamente adentro, latiendo contra sus paredes. Mamá respiraba agitada. Tenía una mano en mi pecho, como queriendo mantenerme a distancia, pero los dedos no empujaban con fuerza.
—Se siente bien… —volvió a decir, más bajito esta vez—. Muy bien. Y eso me da más miedo todavía.
Le besé el cuello. Ella inclinó la cabeza para darme más espacio. Empecé a moverme otra vez, un poco más rápido que antes. Mamá gimió y me agarró del pelo.
—Hijo… ay… despacio… todavía me duele un poco… pero no pares del todo.
Pasó más tiempo. No sé exactamente cuánto. La luz del pasillo seguía encendida y se filtraba por la puerta entreabierta. Mamá ya no pedía que parara tan seguido. Ahora decía cosas como:
—Quédate así… profundo… Dios, qué profundo estás.
Otras veces volvía a dudar:
—Esto está mal… muy mal. Pero no puedo dejar de moverme contigo.
Yo también estaba nervioso. Las manos me temblaban un poco cuando le tocaba las tetas. Pero cada vez que ella gemía mi nombre o apretaba su coño alrededor de mi polla, algo en mí se ponía más seguro. Le agarré las caderas con más fuerza y empecé a empujar con un ritmo más constante. Mamá soltó un gemido más alto y me clavó las uñas en los hombros.
—Hijo… así… no tan rápido todavía… pero así… qué rico.
Le subí las piernas y las puse sobre mis hombros. La posición hizo que entrara más profundo. Mamá abrió mucho los ojos y soltó un gemido largo.
—Ay… ahí… ahí se siente todo —dijo con la voz entrecortada—. Hijo… tu polla… Dios, tu polla está muy adentro.
Empecé a follarla con más ganas. Todavía no era brutal, pero ya no era tan lento ni tan torpe. Mamá ya no intentaba apartarme. Al contrario, movía las caderas hacia mí cada vez que yo empujaba. Sus tetas rebotaban con el movimiento. El blusón rojo cereza estaba completamente arrugado y subido hasta el cuello.
En un momento la volteé. Quedó de cuatro. Le agarré las caderas y volví a meterla desde atrás. Mamá bajó la cabeza hacia la almohada y soltó un gemido ahogado.
—Desde atrás… también se siente muy rico —dijo con la voz amortiguada—. Hijo… no pares… por favor no pares ahora.
Le di una nalgada suave. Ella se tensó y luego empujó el culo hacia atrás, buscando más.
—Otra vez… —pidió bajito.
Le di otra nalgada, un poco más fuerte. Mamá gimió y movió las caderas más rápido.
—Hijo… esto ya no tiene sentido seguir diciendo que está mal —dijo de repente, casi riéndose nerviosa entre gemidos—. Ya te tengo adentro… ya te estoy dejando que me des nalgadas… ya estoy moviéndome como… como si fuera tuya.
Le agarré el pelo con una mano y tiré un poco hacia atrás mientras la follaba. Mamá arqueó la espalda y gimió más fuerte.
—Dilo otra vez —le ordené, y mi voz ya no sonaba nerviosa.
Ella dudó un segundo, pero luego lo dijo:
—Como si fuera tuya… —repitió, más bajito—. Como si ya no fuera solo tu madre.
Seguí follándola desde atrás, cada vez más rápido. Mamá ya no pedía que parara. Ahora gemía sin control y movía el culo contra mí. En un momento metí el pulgar en su boca. Ella lo chupó sin que yo se lo pidiera.
Cuando la volteé otra vez y la puse en misionero, ya eran más de las tres de la mañana. Las sábanas estaban revueltas y húmedas. Mamá tenía el pelo pegado a la frente de sudor. Le abrí las piernas bien abiertas y volví a metérmela de un solo empujón. Ella soltó un gemido largo y me miró con los ojos vidriosos.
—Hijo… ya no sé qué soy —dijo con la voz ronca—. Ya no sé si soy tu madre o… o qué carajos soy ahora.
Le agarré la cara con una mano y la besé profundo mientras la follaba sin parar. Mamá me correspondió el beso con lengua y todo, gimiendo dentro de mi boca.
—Eres mía esta noche —le contesté contra sus labios, y ya no me temblaba la voz.
Ella me miró un segundo, como procesando lo que acababa de decir. Luego asintió despacio, casi sin darse cuenta.
—Sí… —susurró—. Esta noche… soy tuya.
Ya no había más pedidos de parar. Ya no había más “esto está mal”. Mamá solo gemía, me arañaba la espalda y abría más las piernas cada vez que yo empujaba más fuerte. Yo ya no dudaba. Le daba nalgadas, le tiraba del pelo, le decía cosas que nunca imaginé decirle a mi madre.
Y ella las recibía todas, moviéndose debajo de mí como si ya no le importara nada más que sentirme adentro.
La noche seguía avanzando. Y nosotros ya no nos deteníamos.
Esa noche ya no quedó nada de la duda inicial. Después de las tres de la mañana, los dos habíamos cruzado una línea de la que ya no queríamos volver. Mamá ya no pedía que parara. Al contrario, me pedía más. Y yo ya no era el hijo nervioso que apenas se atrevía a tocarla. Ahora la trataba como lo que se había convertido: mi puta. Mi mascota.
La puse a cuatro patas otra vez, pero esta vez le abrí las nalgas con las manos y le escupí en el culo. Ella se tensó, pero no se apartó.
—Hijo… ¿qué vas a hacer? —preguntó con la voz ronca.
Le metí el pulgar despacio en el ano mientras la follaba el coño. Mamá gimió fuerte y bajó la cabeza hacia la almohada.
—Tu madre tiene el culo virgen… y tú ya le estás metiendo el dedo —dijo ella misma, como si le excitara escucharse decirlo—. Qué hijo tan sucio tengo… follándome el coño y abriéndome el culo al mismo tiempo.
Le saqué el dedo y le metí dos. Ella soltó un gemido largo y empujó el culo hacia atrás.
—Duele… pero no pares —gimió—. Fóllame más fuerte mientras me abres el culo, hijo. Quiero que me uses los dos agujeros.
La follé con fuerza. El sonido de piel contra piel llenaba la recámara. Mamá gemía sin control, repitiendo mi nombre entrecortado. En un momento la saqué del coño, le levanté las caderas y le metí la polla directamente en el culo. Entró despacio, pero entró. Mamá soltó un grito ahogado y se agarró fuerte a las sábanas.
—Ay… Dios… tu polla en mi culo… —gimió—. Mi propio hijo me está follando el culo… y me gusta. Me gusta demasiado.
La follé el culo despacio al principio, luego más rápido. Mamá se corrió así, con mi polla en el ano y dos dedos en el coño. Se le puso la cara roja, la lengua afuera y los ojos en blanco. Cuando se recuperó un poco, se volteó, me empujó contra la cama y se montó encima de mí.
Ahora era ella la que se movía. Cabalgaba mi polla con fuerza, las tetas rebotando, el pelo suelto y pegado al sudor. Me miraba a los ojos mientras se bajaba hasta el fondo.
—Mírame —me dijo—. Mírame mientras tu madre te monta la polla. Mírame mientras me follo a mi propio hijo.
Le agarré las caderas y la obligué a bajar más rápido. Mamá se inclinó hacia adelante y me besó con lengua mientras seguía moviéndose.
—Eres mi dueño esta noche —susurró contra mi boca—. Úsame como quieras. Fóllame la boca, el coño, el culo… todo es tuyo.
La bajé de encima, la puse de rodillas al lado de la cama y le metí la polla en la boca hasta el fondo. Mamá se atragantó, pero no se apartó. Le agarré la cabeza con las dos manos y empecé a follarle la garganta. Ella babeaba, le corrían las lágrimas por las mejillas y seguía chupando con ganas.
—Buena mamá puta —le dije mientras le follaba la boca—. Mira cómo tragas la polla de tu hijo. Qué vergüenza… y qué rico se siente.
Ella sacó la polla un segundo para hablar, con saliva colgando de los labios:
—Más… fóllame más la garganta. Quiero que me uses hasta que no pueda hablar.
La tiré otra vez a la cama, le abrí las piernas y la follé en misionero profundo, con sus piernas casi pegadas a su cabeza. En esa posición la follé hasta que se corrió otra vez, temblando toda. Luego la volteé, la puse contra la pared del pasillo (salimos de la recámara porque ya no nos importaba nada) y la follé de pie, de espaldas a mí. Le tapé la boca con una mano mientras le metía la polla en el coño y en el culo alternando. Mamá gemía contra mi mano, babeando.
—Eres mi mascota ahora —le susurré al oído mientras la follaba contra la pared—. Mi puta personal. Mi madre convertida en mi perra.
Ella asintió con la cabeza, incapaz de hablar porque yo seguía tapándole la boca. Cuando la solté, gimió:
—Sí… soy tu perra… soy la perra de mi hijo… y me encanta.
Volvimos a la cama. Probamos de todo. La puse en vaquera invertida, la follé mientras le metía los dedos en la boca, la hice chupar mi polla después de haberla tenido en su culo, le corrí en la cara y ella se la untó con los dedos y se la metió en la boca. Le corrí dentro del coño varias veces y ella se quedó con las piernas abiertas, dejando que se le saliera la leche mientras me miraba.
—Mi hijo me está dejando preñada… —dijo en un momento, con la voz rota de tanto gemir—. Y me gusta. Quiero que me dejes llena de tu leche toda la noche.
Cerca de las seis de la mañana ya no teníamos fuerzas. Mamá estaba tendida boca abajo, con el culo rojo de las nalgadas, el coño y el ano hinchados y llenos de semen. Yo me acosté a su lado, sudado y exhausto. Ella giró la cabeza hacia mí, con la cara todavía sucia de saliva y semen, y me sonrió débilmente.
—Ya no sé quién soy —susurró—. Pero esta noche… fui tuya completamente.
Nos dormimos así, pegados, sin fuerzas para más.
Desperté solo.
Eran más de las dos de la tarde cuando abrí los ojos. La cama estaba vacía y las sábanas revueltas y con manchas. Me levanté despacio. El cuerpo me dolía un poco. Bajé las escaleras en short y playera, todavía con el olor de mamá en la piel.
La encontré en la cocina. Tenía puesto el mismo blusón rojo cereza de la noche anterior, pero ahora estaba un poco arrugado y le llegaba apenas a la mitad del culo. Estaba de espaldas a mí, preparando café. Cuando escuchó mis pasos, se tensó.
No se volteó.
—Buenos días… —dijo en voz baja, casi tímida. Su tono era completamente diferente al de la noche anterior.
Me quedé en la entrada de la cocina, viéndola. El blusón se le subía un poco cuando se movía y se le veía parte de las nalgas. Tenía moretones leves en los muslos y en las caderas. Marcas mías.
—Mamá —dije.
Ella se movió un poco, pero siguió sin voltearse. Agarró una taza con las dos manos, como si necesitara sostenerse de algo.
—Anoche… —empezó a decir, pero la voz se le cortó. Se quedó callada un momento—. Anoche pasó algo que no debería haber pasado.
Seguía sin mirarme. Noté que sus manos temblaban un poco.
Yo me quedé ahí, apoyado contra el marco de la puerta, y de repente recordé algo que me había pasado por alto en medio de todo lo que pasó.
Papá y mi hermano no regresaban hasta el domingo por la noche.
Todavía nos quedaban dos días completos solos en la casa.
Mamá finalmente se volteó un poco, solo lo suficiente para que pudiera ver su perfil. Tenía la cara roja y no lograba sostenerme la mirada por más de dos segundos.
—Hijo… —dijo bajito—. Yo… no sé qué vamos a hacer ahora.
Pero ninguno de los dos dijo nada más durante un rato. Solo se escuchaba el sonido del café cayendo en la taza.
Y yo seguía pensando en que todavía teníamos dos días enteros.
Es una casa de dos pisos en una colonia tranquila. La planta de abajo tiene la sala, el comedor y la cocina que da al patio trasero. Arriba están las tres recámaras: la de mis papás al final del pasillo, la mía justo enfrente, y la de mi hermano al lado. Siempre ha sido una casa silenciosa cuando no está toda la familia.
Mamá tiene 43 años. Es de complexión curvy, con las caderas anchas y el busto abundante que siempre ha tenido. Su cara sigue siendo bonita, de rasgos suaves, y suele andar por la casa con el pelo suelto y ropa cómoda. Ese día llevaba unos jeans viejos y una blusa azul clara. Yo, a mis 19, soy más bien callado de carácter. No soy de los que arman escándalo ni de los que andan buscando problemas. Llevo una vida tranquila, estudio, ayudo en lo que se necesita en casa y punto.

Por la tarde, mientras veíamos televisión, mamá se volteó hacia mí en el sofá y me dijo con naturalidad:
—Oye, ¿sabes qué? Como tu papá y tu hermano no van a estar, la casa se va a sentir muy vacía. A mí no me gusta dormir sola cuando no hay nadie. ¿Te molestaría mucho acostarte conmigo en la recámara grande estos días? Solo para dormir, nada más. Así no me siento tan sola en la noche.
Lo dijo como si fuera algo normal. Como cuando yo era más chico y a veces me metía a su cama cuando había tormenta. Le contesté que sí, sin pensarlo mucho. Mamá sonrió agradecida y siguió viendo la tele.
Pero cuando llegó la hora de acostarnos, algo cambió en mí.
Me puse el short y la playera que uso para dormir y fui a su recámara. Ella ya estaba en la cama, con la lámpara de noche encendida. Se había puesto un blusón rojo cereza que le quedaba corto, apenas le tapaba las nalgas. Debajo no traía sostén; se notaba cómo se movían sus pechos al respirar. Y aunque no lo vi completo, supe que abajo solo traía una tanga porque cuando se acomodó vi cómo la tela se le hundía entre las nalgas.
Me acosté a su lado, sobre la colcha. Apagamos la luz. Quedó solo la luz tenue que entraba desde el pasillo. Mamá se volteó de espaldas a mí y dijo en voz baja:
—Que descanses, hijo.
—Igualmente, mamá.
Al principio estuve tranquilo. Cerré los ojos e intenté dormir. Pero el calor de su cuerpo estaba ahí, a centímetros. El olor de su crema de noche. El sonido de su respiración. Poco a poco empecé a ponerme nervioso. No era algo que hubiera planeado ni que hubiera deseado antes. Simplemente… estaba ahí. Y cuanto más intentaba no pensar en ello, más consciente estaba de que mamá estaba a mi lado, con ese blusón subiéndose cada vez que se movía.
Pasó más de una hora. Mamá ya dormía profundamente. Yo seguía despierto. En un momento ella se giró en la cama y quedó de espaldas a mí. El blusón se le subió bastante. Su culo quedó casi descubierto, solo con el hilo fino de la tanga metido entre las nalgas. La curva de sus caderas, la piel suave… todo estaba ahí, justo frente a mí.
Sentí cómo se me aceleraba el corazón. Mi polla empezó a endurecerse dentro del short sin que yo pudiera controlarlo. Intenté darme la vuelta, pero no lo hice. Me quedé mirando. Con mucho cuidado, extendí la mano y le toqué una nalga. Solo con la yema de los dedos al principio. Estaba caliente. Suave. Apreté un poco más. Mamá siguió dormida, respirando tranquila.
No sé cuánto tiempo estuve así. Empecé a masturbarme despacio por encima del short, sin dejar de tocarla. Después metí la mano dentro y saqué mi polla. Estaba dura, palpitando. Me acerqué más a ella. Con mucho cuidado, pasé mi verga entre sus nalgas, por encima de la tanga. El calor de su piel contra mi glande me hizo cerrar los ojos. Empecé a moverme despacio, solo frotándome entre sus mejillas. No era una penetración, solo rozar. Pero se sentía demasiado bien.
Estaba a punto de correrme cuando mamá se movió.
Se despertó de golpe. Sintió mi polla entre sus nalgas y se tensó toda. Se giró rápido hacia mí, apartándome con la mano en mi pecho. La luz del pasillo le daba en la cara. Tenía los ojos abiertos, sorprendida, y la respiración agitada.
—Hijo… ¿qué estás haciendo? —preguntó en voz baja, pero clara. Se subió el blusón con una mano, aunque ya no servía de mucho.
Me quedé sin saber qué decir. Mi polla seguía afuera, dura, brillando un poco.
—Mamá… yo… no podía dormir. Tú te giraste y… se te subió el blusón. No sé qué me pasó. Perdón.
Ella se quedó callada un momento, mirándome. Luego bajó la vista y vio mi polla. Se quedó viéndola unos segundos antes de apartar la mirada.
—Esto… esto no está bien —dijo, pero su voz no sonaba enfadada. Sonaba nerviosa, como la mía—. Soy tu madre. Tú eres mi hijo. No deberías… no deberías estar así conmigo.
—Lo sé —contesté. Mi voz salió ronca—. Pero… estabas dormida y… te vi así y no pude evitarlo. Siento mucho haberte despertado.
Mamá se acomodó un poco mejor en la almohada, pero no se alejó. Seguía cerca. El blusón se le había abierto un poco por delante y se le veía parte de un pecho. Su pezón estaba duro.
—Hijo… —dijo más bajito—. Cuando sentí… cuando sentí tu cosa entre mis nalgas… me desperté de golpe. Al principio no entendí qué pasaba. Luego me di cuenta de que eras tú. Y… no sé. Mi cuerpo reaccionó solo. No debería haber pasado.
No contesté con palabras. En cambio, puse la mano otra vez en su muslo, despacio. Ella no la quitó. La subí un poco más. Mamá tragó saliva.
—Hijo… —repitió, pero esta vez su voz sonó diferente. Más suave.
Le acerqué la cara. Ella no se apartó. Nuestros labios se rozaron primero, casi sin intención. Fue un roce. Luego otro. Hasta que nos besamos de verdad. Mamá correspondió el beso, aunque al principio fue lento, como si todavía estuviera decidiendo. Pero no se detuvo. Su boca se abrió un poco y yo metí la lengua. Ella gimió bajito dentro del beso y me agarró del brazo.
Cuando nos separamos, estaba respirando más fuerte.
—Esto está mal —susurró contra mi boca—. Muy mal. Pero… no puedo dejar de besarte ahora.
La besé otra vez. Esta vez más profundo. Mientras la besaba, le subí el blusón con las manos. Sus tetas quedaron al aire. Eran grandes, pesadas, con los pezones duros. Le toqué una con cuidado. Mamá arqueó un poco la espalda y soltó otro gemido.
—Hijo… ay… —gimió, y luego, más bajito—: No pares.
Le bajé la tanga. Ella levantó un poco las caderas para ayudarme. Cuando se la quité del todo, abrió las piernas sin que yo se lo pidiera. Mi polla rozaba su entrada. Estaba caliente y mojada. Se sentía en la cabeza de mi verga.
Mamá me miró a los ojos. Tenía la cara roja, el pelo un poco revuelto.
—Hijo… —dijo con voz temblorosa, pero ya sin resistencia—. Hazlo despacio. Por favor.
Empujé. Entré en ella centímetro a centímetro. Mamá soltó un gemido largo y cerró los ojos. Cuando estuve completamente dentro, se quedó quieta un momento, respirando agitada.
—Dios… —susurró—. Eres mi hijo… y estás dentro de mí.
No contesté. Empecé a moverme despacio. Mamá me agarró de la cintura con las dos manos y me jaló hacia ella, como queriendo que entrara más profundo. Sus gemidos se volvieron más constantes.
En algún momento, sin darme cuenta, mi forma de tocarla cambió. Ya no era solo nervioso ni vacilante. Le agarré una cadera con más fuerza. Le besé el cuello con más intensidad. Y cuando ella volvió a gemir mi nombre, le susurré al oído con una voz que ni yo mismo reconocí del todo:
—Quédate quieta, mamá… déjame.
Ella abrió más las piernas y me clavó las uñas en la espalda.
Y seguimos.
Seguí moviéndome dentro de ella despacio, casi sin fuerza al principio. Mamá tenía las piernas abiertas y las manos agarradas a mis brazos, como si no supiera si empujarme o jal me hacia ella. Su coño estaba caliente y muy apretado. Cada vez que entraba completo, ella soltaba un gemido bajito y cerraba los ojos.
—Hijo… espera… —dijo con la voz entrecortada—. Esto… esto está mal. Deberíamos parar ahora que aún podemos.
No me detuve del todo, pero bajé el ritmo hasta casi quedarme quieto, solo con la punta adentro. La miré a la cara. Tenía las mejillas muy rojas y el blusón todavía enredado arriba de sus tetas.
—Mamá… ¿quieres que me salga? —pregunté en voz baja. Mi polla seguía palpitando dentro de ella.
Ella tragó saliva y movió las caderas un poco, sin querer. Eso hizo que entrara un centímetro más.
—No sé… —contestó, casi susurrando—. Siento… siento todo. Está adentro y no debería estarlo. Eres mi hijo… Dios, eres mi hijo y te tengo dentro.
Empecé a moverme otra vez, muy lento. Mamá soltó un gemido más largo esta vez y arqueó un poco la espalda. Sus tetas se movieron con el movimiento. Le puse las manos en la cintura para sujetarla mejor.
—Se siente… muy rico —confesó ella bajito, como si le avergonzara decirlo—. Pero no deberíamos. Si tu papá se entera… si alguien se entera…
—Nadie se va a enterar —le contesté, y esta vez mi voz salió un poco más firme. Le apreté un poco más la cintura y empujé más profundo. Mamá abrió la boca sin emitir sonido.
Seguimos así un buen rato. Lento. Torpe al principio. A veces me salía un poco y tenía que volver a buscar la entrada. Mamá me ayudaba abriendo más las piernas, pero cada vez que lo hacía, volvía a dudar.
—Hijo… para un momento —me pidió después de varios minutos—. Déjame pensar. Esto nos va a arrepentir. Soy tu madre… no puedo estar follando con mi propio hijo.
Me detuve, pero no me salí. Mi polla estaba completamente adentro, latiendo contra sus paredes. Mamá respiraba agitada. Tenía una mano en mi pecho, como queriendo mantenerme a distancia, pero los dedos no empujaban con fuerza.
—Se siente bien… —volvió a decir, más bajito esta vez—. Muy bien. Y eso me da más miedo todavía.
Le besé el cuello. Ella inclinó la cabeza para darme más espacio. Empecé a moverme otra vez, un poco más rápido que antes. Mamá gimió y me agarró del pelo.
—Hijo… ay… despacio… todavía me duele un poco… pero no pares del todo.
Pasó más tiempo. No sé exactamente cuánto. La luz del pasillo seguía encendida y se filtraba por la puerta entreabierta. Mamá ya no pedía que parara tan seguido. Ahora decía cosas como:
—Quédate así… profundo… Dios, qué profundo estás.
Otras veces volvía a dudar:
—Esto está mal… muy mal. Pero no puedo dejar de moverme contigo.
Yo también estaba nervioso. Las manos me temblaban un poco cuando le tocaba las tetas. Pero cada vez que ella gemía mi nombre o apretaba su coño alrededor de mi polla, algo en mí se ponía más seguro. Le agarré las caderas con más fuerza y empecé a empujar con un ritmo más constante. Mamá soltó un gemido más alto y me clavó las uñas en los hombros.
—Hijo… así… no tan rápido todavía… pero así… qué rico.
Le subí las piernas y las puse sobre mis hombros. La posición hizo que entrara más profundo. Mamá abrió mucho los ojos y soltó un gemido largo.
—Ay… ahí… ahí se siente todo —dijo con la voz entrecortada—. Hijo… tu polla… Dios, tu polla está muy adentro.
Empecé a follarla con más ganas. Todavía no era brutal, pero ya no era tan lento ni tan torpe. Mamá ya no intentaba apartarme. Al contrario, movía las caderas hacia mí cada vez que yo empujaba. Sus tetas rebotaban con el movimiento. El blusón rojo cereza estaba completamente arrugado y subido hasta el cuello.
En un momento la volteé. Quedó de cuatro. Le agarré las caderas y volví a meterla desde atrás. Mamá bajó la cabeza hacia la almohada y soltó un gemido ahogado.
—Desde atrás… también se siente muy rico —dijo con la voz amortiguada—. Hijo… no pares… por favor no pares ahora.
Le di una nalgada suave. Ella se tensó y luego empujó el culo hacia atrás, buscando más.
—Otra vez… —pidió bajito.
Le di otra nalgada, un poco más fuerte. Mamá gimió y movió las caderas más rápido.
—Hijo… esto ya no tiene sentido seguir diciendo que está mal —dijo de repente, casi riéndose nerviosa entre gemidos—. Ya te tengo adentro… ya te estoy dejando que me des nalgadas… ya estoy moviéndome como… como si fuera tuya.
Le agarré el pelo con una mano y tiré un poco hacia atrás mientras la follaba. Mamá arqueó la espalda y gimió más fuerte.
—Dilo otra vez —le ordené, y mi voz ya no sonaba nerviosa.
Ella dudó un segundo, pero luego lo dijo:
—Como si fuera tuya… —repitió, más bajito—. Como si ya no fuera solo tu madre.
Seguí follándola desde atrás, cada vez más rápido. Mamá ya no pedía que parara. Ahora gemía sin control y movía el culo contra mí. En un momento metí el pulgar en su boca. Ella lo chupó sin que yo se lo pidiera.
Cuando la volteé otra vez y la puse en misionero, ya eran más de las tres de la mañana. Las sábanas estaban revueltas y húmedas. Mamá tenía el pelo pegado a la frente de sudor. Le abrí las piernas bien abiertas y volví a metérmela de un solo empujón. Ella soltó un gemido largo y me miró con los ojos vidriosos.
—Hijo… ya no sé qué soy —dijo con la voz ronca—. Ya no sé si soy tu madre o… o qué carajos soy ahora.
Le agarré la cara con una mano y la besé profundo mientras la follaba sin parar. Mamá me correspondió el beso con lengua y todo, gimiendo dentro de mi boca.
—Eres mía esta noche —le contesté contra sus labios, y ya no me temblaba la voz.
Ella me miró un segundo, como procesando lo que acababa de decir. Luego asintió despacio, casi sin darse cuenta.
—Sí… —susurró—. Esta noche… soy tuya.
Ya no había más pedidos de parar. Ya no había más “esto está mal”. Mamá solo gemía, me arañaba la espalda y abría más las piernas cada vez que yo empujaba más fuerte. Yo ya no dudaba. Le daba nalgadas, le tiraba del pelo, le decía cosas que nunca imaginé decirle a mi madre.
Y ella las recibía todas, moviéndose debajo de mí como si ya no le importara nada más que sentirme adentro.
La noche seguía avanzando. Y nosotros ya no nos deteníamos.
Esa noche ya no quedó nada de la duda inicial. Después de las tres de la mañana, los dos habíamos cruzado una línea de la que ya no queríamos volver. Mamá ya no pedía que parara. Al contrario, me pedía más. Y yo ya no era el hijo nervioso que apenas se atrevía a tocarla. Ahora la trataba como lo que se había convertido: mi puta. Mi mascota.
La puse a cuatro patas otra vez, pero esta vez le abrí las nalgas con las manos y le escupí en el culo. Ella se tensó, pero no se apartó.
—Hijo… ¿qué vas a hacer? —preguntó con la voz ronca.
Le metí el pulgar despacio en el ano mientras la follaba el coño. Mamá gimió fuerte y bajó la cabeza hacia la almohada.
—Tu madre tiene el culo virgen… y tú ya le estás metiendo el dedo —dijo ella misma, como si le excitara escucharse decirlo—. Qué hijo tan sucio tengo… follándome el coño y abriéndome el culo al mismo tiempo.
Le saqué el dedo y le metí dos. Ella soltó un gemido largo y empujó el culo hacia atrás.
—Duele… pero no pares —gimió—. Fóllame más fuerte mientras me abres el culo, hijo. Quiero que me uses los dos agujeros.
La follé con fuerza. El sonido de piel contra piel llenaba la recámara. Mamá gemía sin control, repitiendo mi nombre entrecortado. En un momento la saqué del coño, le levanté las caderas y le metí la polla directamente en el culo. Entró despacio, pero entró. Mamá soltó un grito ahogado y se agarró fuerte a las sábanas.
—Ay… Dios… tu polla en mi culo… —gimió—. Mi propio hijo me está follando el culo… y me gusta. Me gusta demasiado.
La follé el culo despacio al principio, luego más rápido. Mamá se corrió así, con mi polla en el ano y dos dedos en el coño. Se le puso la cara roja, la lengua afuera y los ojos en blanco. Cuando se recuperó un poco, se volteó, me empujó contra la cama y se montó encima de mí.
Ahora era ella la que se movía. Cabalgaba mi polla con fuerza, las tetas rebotando, el pelo suelto y pegado al sudor. Me miraba a los ojos mientras se bajaba hasta el fondo.
—Mírame —me dijo—. Mírame mientras tu madre te monta la polla. Mírame mientras me follo a mi propio hijo.
Le agarré las caderas y la obligué a bajar más rápido. Mamá se inclinó hacia adelante y me besó con lengua mientras seguía moviéndose.
—Eres mi dueño esta noche —susurró contra mi boca—. Úsame como quieras. Fóllame la boca, el coño, el culo… todo es tuyo.
La bajé de encima, la puse de rodillas al lado de la cama y le metí la polla en la boca hasta el fondo. Mamá se atragantó, pero no se apartó. Le agarré la cabeza con las dos manos y empecé a follarle la garganta. Ella babeaba, le corrían las lágrimas por las mejillas y seguía chupando con ganas.
—Buena mamá puta —le dije mientras le follaba la boca—. Mira cómo tragas la polla de tu hijo. Qué vergüenza… y qué rico se siente.
Ella sacó la polla un segundo para hablar, con saliva colgando de los labios:
—Más… fóllame más la garganta. Quiero que me uses hasta que no pueda hablar.
La tiré otra vez a la cama, le abrí las piernas y la follé en misionero profundo, con sus piernas casi pegadas a su cabeza. En esa posición la follé hasta que se corrió otra vez, temblando toda. Luego la volteé, la puse contra la pared del pasillo (salimos de la recámara porque ya no nos importaba nada) y la follé de pie, de espaldas a mí. Le tapé la boca con una mano mientras le metía la polla en el coño y en el culo alternando. Mamá gemía contra mi mano, babeando.
—Eres mi mascota ahora —le susurré al oído mientras la follaba contra la pared—. Mi puta personal. Mi madre convertida en mi perra.
Ella asintió con la cabeza, incapaz de hablar porque yo seguía tapándole la boca. Cuando la solté, gimió:
—Sí… soy tu perra… soy la perra de mi hijo… y me encanta.
Volvimos a la cama. Probamos de todo. La puse en vaquera invertida, la follé mientras le metía los dedos en la boca, la hice chupar mi polla después de haberla tenido en su culo, le corrí en la cara y ella se la untó con los dedos y se la metió en la boca. Le corrí dentro del coño varias veces y ella se quedó con las piernas abiertas, dejando que se le saliera la leche mientras me miraba.
—Mi hijo me está dejando preñada… —dijo en un momento, con la voz rota de tanto gemir—. Y me gusta. Quiero que me dejes llena de tu leche toda la noche.
Cerca de las seis de la mañana ya no teníamos fuerzas. Mamá estaba tendida boca abajo, con el culo rojo de las nalgadas, el coño y el ano hinchados y llenos de semen. Yo me acosté a su lado, sudado y exhausto. Ella giró la cabeza hacia mí, con la cara todavía sucia de saliva y semen, y me sonrió débilmente.
—Ya no sé quién soy —susurró—. Pero esta noche… fui tuya completamente.
Nos dormimos así, pegados, sin fuerzas para más.
Desperté solo.
Eran más de las dos de la tarde cuando abrí los ojos. La cama estaba vacía y las sábanas revueltas y con manchas. Me levanté despacio. El cuerpo me dolía un poco. Bajé las escaleras en short y playera, todavía con el olor de mamá en la piel.
La encontré en la cocina. Tenía puesto el mismo blusón rojo cereza de la noche anterior, pero ahora estaba un poco arrugado y le llegaba apenas a la mitad del culo. Estaba de espaldas a mí, preparando café. Cuando escuchó mis pasos, se tensó.
No se volteó.
—Buenos días… —dijo en voz baja, casi tímida. Su tono era completamente diferente al de la noche anterior.
Me quedé en la entrada de la cocina, viéndola. El blusón se le subía un poco cuando se movía y se le veía parte de las nalgas. Tenía moretones leves en los muslos y en las caderas. Marcas mías.
—Mamá —dije.
Ella se movió un poco, pero siguió sin voltearse. Agarró una taza con las dos manos, como si necesitara sostenerse de algo.
—Anoche… —empezó a decir, pero la voz se le cortó. Se quedó callada un momento—. Anoche pasó algo que no debería haber pasado.
Seguía sin mirarme. Noté que sus manos temblaban un poco.
Yo me quedé ahí, apoyado contra el marco de la puerta, y de repente recordé algo que me había pasado por alto en medio de todo lo que pasó.
Papá y mi hermano no regresaban hasta el domingo por la noche.
Todavía nos quedaban dos días completos solos en la casa.
Mamá finalmente se volteó un poco, solo lo suficiente para que pudiera ver su perfil. Tenía la cara roja y no lograba sostenerme la mirada por más de dos segundos.
—Hijo… —dijo bajito—. Yo… no sé qué vamos a hacer ahora.
Pero ninguno de los dos dijo nada más durante un rato. Solo se escuchaba el sonido del café cayendo en la taza.
Y yo seguía pensando en que todavía teníamos dos días enteros.
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