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El Secreto de la esposa de mi amigo

 Arrancó  tiempo atras ya, en una de esas charlas de sobremesa que se estiran con las copas. Estábamos con Claudio, entre vino y anécdotas, cuando salió el tema de las escorts. Yo le confesé que me había cogido a un par para probar, pero que no me cerraba mucho la onda de pagar directamente por sexo; era como que le faltaba algo.
Él se sonrió de costado, como quien tiene la posta, y me soltó:
—¿Y nunca fuiste a una masajista erótica?
—Sí, un par de veces —le dije sin darle bola—, pero es lo de siempre: un poco de aceite y nada más.
Ahí fue cuando Claudio bajó la voz y me explicó que el mambo era otro. Me habló de los masajes eróticos de verdad. "Es cuerpo a cuerpo, piel con piel, empapados en aceite. No es sexo, pero el roce es tan constante y fuerte que te dejan más seco que una pasa de uva. Además, pagás por un servicio completo, el masaje está bueno en serio".


Me picó la curiosidad mal. Empecé a meterme en páginas de internet a buscar masajistas por Zona Norte. Había de todo, pero como no era un servicio barato, me lo tomaba con calma e iba una vez por mes para darme el gusto. Hasta que un día, navegando, vi un anuncio que me voló la cabeza. Como casi todas, tenía la cara tapada y solo se le veía el cuerpo, pero lo que se veía era una locura. Le escribí al toque y me dijo que recién para mañana a la noche tenía un hueco, porque arreglaba los turnos con tiempo. No lo dudé: cerramos el horario, me pasó la dirección y me quedé esperando a que llegara el momento.



Llegué a la dirección con el corazón en la garganta. Cuando entro al departamento, me abren la puerta y veo a dos minas tomando algo; se las notaba que ya estaban entonadas, medio en pedo. Apenas clavé la vista en la que estaba sentada, casi me desmayo: era una morochita de 24 años, piel bien blanquita, culona tremenda y con unas tetas hermosas. Era la mujer de mi amigo de la secundaria. Viven juntos, tienen un hijo pequeño y yo la tenía re vista de las fotos que sube él, aunque con ella nos vimos pocas veces me pudo reconocer.
Ella estaba vestida con un shorcito de jean bien corto, unos zapatos negros y un top blanco que dejaba ver que no tenía corpiño. Me miró fijo y se le borro la risa; se puso pálida. El reconocimiento fue mutuo e instantáneo. Se levantó seria y me hizo una seña para que pasara a la pieza.
Ya adentro, ella se quedó mirándome con una cara de "la cagué".
—No puedo hacer esto —me soltó, negando con la cabeza—. Sos amigo de él, esto es un quilombo.
—Escuchame —le dije, acercándome un poco—, ya estoy acá, ya te vi y ya sé en qué andás. Quedate tranquila que esto muere entre nosotros dos, me conviene tanto como a vos. Relajate, tomate el trago y haceme lo que sabés hacer.
Dudó un segundo más, me miró de arriba a abajo y suspiró como aceptando que ya no había vuelta atrás. Se terminó de mandar el último trago de la copa para darse coraje, la apoyó en la mesa de luz y se empezó a bajar el shorcito lento, quedando en una tanga hilo dental negra que se le perdía en el orto. Se sacó el top y quedó ahí, en ropa interior, con toda esa piel blanquita que me estaba volviendo loco.
—Bueno... desnudate y acostate boca abajo —me dijo, ya con otro tono.
Me puse en bolas y me tiré a la cama. Sentí el aceite tibio cayendo en mi espalda y sus manos que empezaron a recorrer cada centímetro. Cuando terminó de aceitarme, sentí todo su peso encima. Se me sentó a caballito arriba de la cola y sentí su concha presionando mis lumbares mientras me pasaba las tetas por la espalda y las piernas. Ahí no aguanté y le agarré esos muslos firmes; empecé a recorrerle los pies, que los tenía impecables. El morbo de estar tocándole las patas a la mujer de mi amigo mientras ella me refregaba el orto contra la cintura, sabiendo los dos quiénes éramos, era una calentura que no  puedo explicar.
—Date vuelta —me susurró al oído, con la respiración que ya se le empezaba a agitar.
Al quedar boca arriba, la poronga me explotaba, estaba al límite. Empezó a pajearme lento con sus manos suaves, mirándome fijo. Ahí la mina se terminó de sacar la tanga, quedó en bolas total, brillando por el aceite.



Ahí estaba ella, en bolas total frente a mí, el silencio era puro fuego. Ella me miró fijo, ya entregada a la situación porque el alcohol y la tensión la habían puesto a mil supuse yo.
—¿Cómo me querés? —me preguntó en un susurro jadeante.
—No sé... como quieras vos —le dije, apenas me salía la voz de la excitación que tenía. Estaba tan al límite que no sabía ni qué pedirle.
Se movió con una soltura que me dejó mudo. Se puso en cuatro sobre mí, en posición de hacer un 69 pero bien arriba, dejando su vagina y su culo a centímetros de mi cara. Yo me volví loco; sentía el olor de su piel mezclado con el aceite. Como sabía que no se podía tocar más allá de lo permitido, me limité a apretarle los muslos y a recorrerle los pies con fuerza mientras ella, desde esa posición, me pajeaba con un ritmo que me hacía ver estrellas.
Después se bajó y se puso de frente, pegada a mí. Usó sus pechos empapados en aceite para masajearme todo el pecho y la panza, deslizándose de arriba a abajo. El roce de su vello púbico contra mis muslos era eléctrico, me daban escalofríos. En un momento se me pegó a la cara, sentía sus tetas en mis ojos y me acariciaba la cabeza como a un bebé; era el paraíso. Pero yo quería más, quería lo que había leído en el anuncio.
—En el anuncio decía que hacías el cuerpo a cuerpo con las nalgas... —le solté, cortando el clima un segundo.
Ella se quedó dura, me miró con una mezcla de sorpresa y resistencia. Se notaba que se acordaba de haberlo puesto, pero que hacerlo conmigo, siendo amigo del marido, le daba un último resto de culpa.
—No... eso es mucho, ya estamos haciendo un montón —balbuceó.
—Ya está, ya estamos acá los dos —la corté—. Hacé lo que prometiste.
Suspiró, me miró con esos ojos de borracha entregada y, viendo que no le quedaba otra porque yo ya sabía todo, cedió. Se dio vuelta, se agachó y se sentó de espaldas arriba de mi paquete, atrapando mi verga entre sus nalgas aceitadas. Empezó a frotarse con un ritmo rápido, de arriba a abajo, y el aceite hacía un ruidito de succión cada vez que mi pene se hundía entre su culo. El morbo de verla ahí, sabiendo que era la mujer de mi amigo, sumado a ese roce infernal, fue demasiado.
No aguanté más y exploté. Le pegué una acabada tremenda, llenándole todo el culo de leche. Ella, lejos de frenar, se siguió moviendo con fuerza, refregándose y desparramando todo mi semen por sus nalgas y mis muslos, mezclándolo con el aceite hasta que quedamos los dos empapados.



Después de esa primera acabada, aprovechó que yo estaba liquidado para hacerme unos masajes descontracturantes en la espalda y las piernas. Sentir sus manos fuertes recorriéndome me fue relajando, pero el roce de su cuerpo contra el mío hizo que, a los pocos minutos, la fiera se despertara de nuevo.
Cuando me vio erecto otra vez, se subió de frente, sentándose encima mío y moviendo la cadera con un ritmo lento, cuidando milimétricamente que no hubiera penetración pero haciendo que nuestras pieles aceitadas sacaran chispas. Después se acostó a lo largo sobre mí, pecho con pecho, moviéndose como una gata, haciéndome sentir todo su peso y su calor.
En un momento se sentó más adelante, bien sobre mi vientre, y empezó a tirarse hacia atrás; cada vez que bajaba, rozaba todo mi pene erecto con su intimidad y volvía a subir. El ruidito de succión del aceite entre nosotros me estaba quemando la cabeza. Después jugó un poco apretando mi verga entre sus tetas bañadas en aceite, mientras me miraba fijo a los ojos con esa mirada de borracha perdida, tenía la respiración cortada y los ojos vidriosos, estaba tan prendida fuego como yo o eso creia.
Para el final, se sentó frente a mí con las piernas estiradas. Yo no aguanté más el morbo, le agarré uno de esos pies perfectos y me lo puse en la cara, besándole la planta y los dedos mientras ella me masturbaba muy fuerte y rápido. 
Exploté de una forma que me dejó vacío, mandándole un chorro que le bañó todos los dedos y la muñeca. Me quedé liquidado, temblando en la cama. Ella se quedó unos segundos mirándome, como sellando ese pacto de silencio con la mirada, y se levantó para irse derecho a la ducha. Le hice la transferencia, me vestí como pude con las piernas de trapo y salí al living. La amiga me abrió la puerta con una sonrisita sobradora y salí a la calle procesando que me acababa de garchar con el roce a la mujer de mi amigo.

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