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Compendio III

• ¡Ahh! ¡Empuja más fuerte! ¡Empuja más fuerte, Marco! - jadeó Izzie, clavando sus uñas finas en el sofá de cuero mientras la penetraba hasta el fondo por el culo.
El sonido sordo de la piel contra la piel se mezclaba con el crujido de los muebles nuevos de la oficina. Sonreí al ver cómo ella echaba las caderas hacia atrás para encontrarse conmigo.
- ¡Vaya, Izzie, ahora lo aguantas todo! - murmuré, agarrándola con más fuerza por la cintura.
Nadie en la empresa creería que la elegante y refinada Isabella, la creadora y visionaria detrás de la última campaña publicitaria, estuviera inclinada sobre el sofá nuevo de mi oficina como una puta de barrio. Su cabello oscuro se pegaba a sus mejillas sonrojadas, y el labial corrido le daba ese aspecto de bien follada que me encantaba.

Su respiración se cortó un poco cuando me retiré lentamente, solo la punta, antes de volver a penetrarla con fuerza.
• ¡Cielos! - Todo su cuerpo se estremeció. - ¡Dios, me encanta cómo lo haces!
Hace dos años, se habría estremecido ante la mera sugerencia de esto. ¿Ahora? Lo suplicaba. En algún momento entre que yo arruinara su matrimonio y su primer sueldo aquí, se había convertido en mía de todas las formas obscenas posibles.

Cuando nos conocimos, en una reunión accidental de padres y profesores, Izzie era una esposa trofeo afilada como una navaja, llena de sonrisas venenosas y coquetas, vestidos de diseñador y actitud de diva. La corrupción de Víctor era prácticamente un secreto, algo que nadie sospechaba. El enamoramiento de Lily por mi hijo Bastián me dio una excusa para permanecer cerca de Izzie. Ella coqueteaba como si fuera un deporte, acercando sus labios manchados de vino a mi oído y susurrándome cuál de sus amigas quería “probar al súper papá”. Era fácil olvidar que por dentro se estaba marchitando.
Como yo era uno de los pocos que le decía que no a sus encantos, se obsesionó conmigo. Empecé a follar con ella y con sus dos únicas y más íntimas amigas en lo que podría definirse como un “club sexual de madres solteras”. No obstante, cuando arrestaron a Víctor, me aseguré de que Izzie estuviera a salvo.

La Izzie que conocí entonces se habría burlado de la idea de un trabajo de 9 a 5, y mucho menos de responder ante una mujer como Edith. Pero la desesperación cambia a las personas. Al verla ahora, con el sudor brillando entre sus omóplatos mientras la penetro, me cuesta conciliar a esta mujer, que gime como una estrella del porno, con la profesional serena que hizo una impecable presentación corporativa hace unas semanas. ¿La única pista? Ese maldito labial. Siempre carmesí, como si desafiara a alguien a que lo notara.
Mis dedos se clavaron en sus caderas mientras el cuero del sofá crujía bajo nuestro peso.
- ¡Bien, esto ha valido cada céntimo! - le susurré al oído.
Ella se rió (esa risa ronca, postcoital) y movió las caderas en un lento círculo.
• ¡No estoy segura de que, si es mejor que tu silla de escritorio o tu escritorio, pero me lo quedo! - bromeó, refiriéndose a nuestros primeros polvos apurados en mi oficina.
Le respondí mordiéndole el hombro, haciéndola jadear. La dualidad me emociona: la Isabella de la sala de juntas, con sus faldas a medida y sus PowerPoints, frente a esta Izzie, abierta y desvergonzada, cabalgándome como si fuera a morir si se detiene.
• ¡Dios, necesitaba esto! - suspiró, secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano.
Su labial está irremediablemente corrido y el rímel le ha dejado unas rayas ahumadas bajo los ojos. Recorrí con los dedos la curva de su cintura, observando cómo se balanceaban sus enormes pechos mientras recuperaba el aliento.
- ¿El trabajo es tan duro?
Negó con la cabeza, con el pelo oscuro pegado a su piel húmeda.
• ¡No, en lo absoluto! Pero ser madre y empleada a tiempo completo me deja poco tiempo para divertirme.
La palabra “diversión” (fun) se enroscó en su lengua como si la estuviera saboreando.
No pude evitar reírme, y la atraje hacia mí hasta que su espalda se apoyó contra mi pecho.
- ¡No puedo creer que pueda follarme a una belleza como tú, Izzie!
Ella inclinó la cabeza, con ese brillo malicioso en los ojos, el mismo que hacía que los hombres tropezaran en las galas benéficas. Entonces su voz se convirtió en ese ronroneo susurrante de Marilyn Monroe, el que hace que mi agarre se tense.
• ¿Por qué no, cariño? - Sus dedos recorrieron mi muslo, clavándome las uñas lo justo para que me doliera. - ¿Temes no estar a la altura?
- No, Izzie, es solo que estás fuera de mi alcance. - le dije en voz baja. - Eres elegante, sexy... exigente.
Ella se burló, moviéndose contra mí, con el calor de su cuerpo aún pegado al mío.
• ¿Exigente, cariño? ¡Por favor! - Sus labios color carmesí se curvaron en una sonrisa irónica. - Hoy en día, me alegro de poder viajar en autobús y en tren sin que me toquen el culo.

Las palabras me impactaron más de lo esperado. Me aparté lentamente, demasiado despacio, a juzgar por el gemido de necesidad que intentó reprimir, y la giré para que me mirara. Tenía el rímel corrido y el pelo revuelto, pero esa sonrisa se desvaneció cuando vio mi expresión.
- ¿Tan dura ha sido la vida después del divorcio?
Ella parpadeó y luego se rió, con ese sonido gutural y ensayado que utilizaba cuando los hombres en las galas le hacían preguntas indiscretas. Pero sus dedos recorrieron mi pecho, deteniéndose sobre mi corazón.

• Bueno... no tan mal, si soy sincera. - La luz del techo reflejaba el sudor en sus clavículas, la forma en que sus pechos se elevaban con cada respiración. - ¿Echo de menos el dinero de Víctor? ¡Por supuesto que sí! (Sus uñas rozaron ligeramente mi estómago.) ¿Si echo de menos a ese cabrón infiel? ¡Ni de broma! (Entonces su mano se deslizó más abajo, agarrándome con determinación.) ¿Si disfruto escapándome para follar contigo de vez en cuando? (Se inclinó y me rozó la oreja con los labios.) Sí. Me haces sentir viva.
Gemí cuando me acarició lentamente, pasando el pulgar por la punta.
- Pero...
Su agarre se hizo más fuerte, interrumpiéndome.
• Quiero decir, si soy realmente sincera contigo, Marco, a veces echo de menos mi antigua vida. - dijo con voz más suave. - Los vestidos elegantes, las joyas, los restaurantes caros... pero ahora tengo a Lily... y sí, me esclavizo para pagar su colegio e intento mantener las apariencias, pero es maravilloso. Mi pequeña está creciendo de verdad, Marco. Y ahora sé que no lo habría hecho si Víctor y yo hubiéramos seguido con esa vida aburrida y vacía.
Exhalé bruscamente, moviendo las caderas contra su puño.
- ¿Y qué hay de tener un auto? ¿Te facilitaría la vida? - pregunté, moviéndome incómodo, todavía desnudo bajo su tacto.
El sofá de cuero se pegaba a mis muslos cuando me movía. Ella sonrió, pero era una sonrisa que no llegaba a sus ojos, una sonrisa pulida y ensayada.
• ¡Marco, tener un auto ahora mismo es una quimera! - Sus dedos se ralentizaron, recorriendo distraídamente la vena a lo largo de mi pene. - Con el dinero que gano en mi trabajo y lo que pago por la escuela de Lily, apenas me queda para ayudar a Emma con la compra del mes.

El nombre de su mejor amiga se le escapó con un suspiro: Emma, la madre soltera que había sido su salvavidas desde el divorcio (y, en otros tiempos, la rival más feroz de Izzie).
• Y preferiría morir antes que cambiar a Lily a una escuela más barata. Mi pequeño rayo de sol es feliz. - murmuró, acariciando mi glande con el pulgar. - Y está enamorada de tu pequeño y valiente Bastián, de todas las personas.
- Sí... entonces eso me pone en una situación incómoda. - comenté con indiferencia y un suspiro. Izzie se limitó a reír mientras jugaba con mi verga en su boca.

• ¿Por qué? - preguntó, con los labios aún húmedos por la saliva y mis fluidos.
Exhalé bruscamente, agarrándome a los brazos del sofá mientras sus dedos se cerraban alrededor de mi miembro. La luz del techo reflejaba el brillo de las pestañas de Izzie, manchadas de rímel, muy abiertas por la incredulidad.
- Bueno... - mi voz se entrecortó cuando su pulgar rozó mi glande. - Después de que Víctor intentara espiar mi ordenador de la empresa, lo demandé. Junto con la empresa. (Su agarre se hizo más fuerte.) Nuestro equipo legal congeló sus cuentas, pero mi abogada personal... consiguió un pequeño acuerdo.
Su respiración se cortó, un sonido que casi se ahogó con el suave deslizamiento de su lengua por mi glande.
• Marco... - dijo con voz temblorosa, separando los labios alrededor de mi pene. - ¿Qué estás diciendo?

Sonreí con aire burlón, pasando los dedos por su cabello enmarañado.
- Estoy diciendo que la paranoia de Víctor ha dado sus frutos. - Ella frunció el ceño, pero no la dejé apartarse. - ¿Ese acuerdo? Es suficiente para un Audi nuevo que sé que te gustaría... (Mi pulgar recorrió su labio inferior, manchándolo de carmín.) Y la buena noticia es que sobra suficiente para mimar a Emma y a su pequeña Karen por aguantarlas a las dos, y quizá comprarle a Lily ese peluche de poni que siempre dibuja en su cuaderno.
Izzie se quedó inmóvil, sin siquiera respirar, y de repente se llevó las manos a la boca, con los ojos ya llenos de lágrimas.
• Marco, ¿Hablas en serio? - Las palabras salieron amortiguadas contra sus palmas.
- ¡Por supuesto que sí! - Le aparté un mechón de pelo sudado de la frente. - ¿Cuándo te he mentido?
El aliento de Izzie se estremeció contra mi muslo antes de que ella se levantara de un salto y estrellara sus labios contra los míos en un beso que sabía a sal y labial manchado. Sus dedos se clavaron en mis hombros mientras se sentaba a horcajadas sobre mí, todavía húmeda y abierta por lo de antes.
• ¡Eres un magnífico bastardo! - susurró contra mi boca, con las caderas ya moviéndose de esa forma lenta y enloquecedora que hacía que mi verga se retorciera entre nosotros.
Luego se fue, deslizándose por mi cuerpo con un hambre que me provocó un escalofrío.
• ¡Eres un chico tan malo!
(You’re such a bad boy!)
Las palabras vibraron contra mi piel mientras su lengua giraba alrededor de la punta, chupando con tanta fuerza que me hizo curvar los dedos de los pies. Sus dedos, aún con manicura, aún profesionales, se clavaron en mis muslos mientras se movía frenéticamente, como si tuviera una misión.

• ¡Siempre me haces llorar!...
(You always make me cry!...)
Cada palabra estaba puntuada por un sorbo húmedo y desesperado, y sus ojos oscuros se alzaban hacia los míos a través de sus pestañas apelmazadas por el rímel.
• Siempre... siempre... siempre...
Su garganta se abrió con un jadeo mientras me tomaba hasta la base, con la nariz presionando mi abdomen. El calor húmedo de su boca era casi demasiado, especialmente cuando su mano libre se deslizó entre sus propias piernas, con los dedos trabajando furiosamente.
Luego se apartó con un obsceno *pop*, los labios hinchados por la saliva y el esfuerzo.
• ¡No puedo más! ¡Necesito que me folles! - La exigencia explotó en ella, cruda y desgarrada.

Mi cerebro tartamudeó: Izzie no *suplicaba*. Parpadeé.
- ¿Necesitas que te folle? - Las palabras salieron de mi boca como si nunca antes hubiera construido una frase.
Los ojos de Izzie se entrecerraron al instante, ese rápido y letal cambio de suplicante a enfadada que siempre hacía que mi pulso se acelerara.
• ¡SÍ! - gruñó prácticamente, empujándome contra el sofá con una fuerza sorprendente. - ¡NECESITO TU GRAN VERGA PROFUNDAMENTE DENTRO DE MI SEXO, CABRÓN INSENSIBLE!
Apenas tuve tiempo de reírme antes de que ella se sentara a horcajadas sobre mí, golpeándome con un jadeo que se convirtió en un gemido ahogado. Sus uñas arañaron mi pecho mientras se balanceaba, salvaje, indómita, con sus rizos rebotando mientras echaba la cabeza hacia atrás.
• ¡Dios mío, Dios mío, Dios mío! - El canto brotó de sus labios entre jadeos, con los muslos temblando a mi alrededor. - ¿Por qué también la tienes tan grande?

Su voz se quebró a mitad de la frase, cabalgándome con una desesperación que rayaba en la violencia.
Como de costumbre, la sentí estrecha y esos pechos... la forma en que se sacudían. Era difícil creer que fueran naturales... y que me hubiera asegurado de ello varias veces.
• ¡Ay! ¡Estoy tan enfadada contigo, Marco! - protestó, una vez que se acomodó hasta el fondo. Sus uñas color carmesí se clavaron en mi pecho como si quisiera grabar su nombre en mi piel. - ¡Te juro que estoy a punto de darte un puñetazo en la nariz porque ahora no puedes dejarme embarazada!
Las palabras me golpearon como una bofetada, cruda y cortante, mientras sus caderas se movían en círculos lentos y deliberados, exprimiéndome más profundamente. Su cabello oscuro se pegaba a su frente húmeda, sus labios se separaban entre jadeos. Tragué saliva.
- Izzie, sabes...
•¡SILENCIO! - La orden resonó en el aire como un latigazo, con su mano tapándome la boca.
Sus muslos temblaban a mi alrededor, cálidos y resbaladizos, mientras se inclinaba hasta que sus pechos rozaron mi pecho.
• ¡Lo sé! - Su aliento era caliente contra mi oreja, su voz se redujo a un susurro venenoso. - ¡Estás casado! Tienes hijos y no hay forma de que los dejes... (Sus dientes rozaron mi lóbulo de la oreja, afilados, castigadores.) ¡Así que cállate la boca y fóllame como es debido!
Y empezamos a follar, pero era más bien como “sexo furioso”: ella me mordía el labio inferior, yo la sujetaba por la cintura, como si estuviéramos teniendo sexo por venganza, pero al nivel 15. Sus pechos rebotaban como pompones de una animadora enloquecida, golpeando mi pecho con cada embestida frenética. Sus gemidos no eran susurros, eran declaraciones guturales y entrecortadas que me revolvían el alma.
• ¡Dios! ¡No puedo creerlo, cielos! - jadeó, cabalgándome como una vaquera en el último rodeo de su vida. - ¡Eres tan sexy, me follas tan bien y no puedo tener un hijo tuyo!

Sus caderas se sacudieron, sus muslos me apretaron con fuerza, como si pudiera fusionarnos con su sola voluntad. Entonces, de repente, su boca se estrelló contra la mía, su lengua se hundió como si quisiera robarme el aliento, la cordura, mi maldito ADN.
• Sabes que quiero tener un hijo tuyo, ¿Verdad? - siseó contra mis labios, retorciendo mis cabellos con los dedos.

Su voz se quebró, revelando algo crudo y desesperado bajo el veneno.
• ¿Sabes que estoy a punto de tirar mis pastillas por el retrete por tu culpa? - Cada palabra iba acompañada de un brusco movimiento de caderas. - ¿Que si mi sueldo no fuera una miseria, te llamaría ahora mismo para que me ayudaras a darle un hermano a Lily?... (Sus uñas arañaron mi pecho, sin juego ni burla, provocando fuego.) ¡Y tú...! (Se sentó con tanta fuerza que el sofá crujió.) ¿Tú tienes el descaro de decir que “no estás a mi nivel”?
Su orgasmo fue como una detonación: tenso, violento, eléctrico. Su sexo se apretó alrededor de mí con una fuerza que me dejó sin aliento, y su grito se ahogó contra mi hombro, donde me mordió. Sus muslos temblaban como cables eléctricos, sus caderas se movían en círculos erráticos mientras oleada tras oleada la atravesaba.

• ¡Cielos, cielos, cielos! - Cada palabra salía entre jadeos, con todo su cuerpo temblando mientras sus uñas clavaban medias lunas en mi piel.
Entonces, antes de que las réplicas se desvanecieran, se levantó de un salto, con los ojos desorbitados, los labios hinchados por los besos y manchados de carmesí, y me agarró la cara con ambas manos.
• ¡Otra vez! - exigió, con la voz rota y áspera. Sus caderas se movían en un vaivén obsceno y deliberado, arrastrando mi verga contra sus resbaladizas paredes. - ¡Haz que duela esta vez!
Su segundo orgasmo la golpeó como un tren de carga, violento e implacable, mientras me cabalgaba con un frenesí que rayaba en la posesión. El sofá crujía bajo nosotros, el cuero chirriaba bajo sus uñas mientras ella arqueaba la espalda, su grito amortiguado solo por sus propios dientes hundiéndose en mi hombro. Su sexo se apretaba en pulsaciones rítmicas, cada contracción arrancándome otro gemido de la garganta.
Y entonces, ella comenzó a moverse más frenéticamente, sus besos se volvieron más salvajes, sus brazos se aferraron a mí como si no quisiera que la soltara.

Su furioso orgasmo la embistió como un tsunami. Su sexo me apretó como un agujero negro y su gemido era incluso poético. El sonido no era solo placer, era algo crudo y gutural, arrancado de su garganta como si la estuvieran desgarrando. Sus caderas se movían contra las mías con un abandono temerario, sus uñas arañaban mi espalda como si quisiera fusionar nuestra piel.
• ¡Dios, Marco! ¡Hazme correrme! ¡Hazme correrme! ¡Hazme correrme como nadie antes! - cantaba con una desesperación implacable, su cintura golpeando una y otra vez, follándose a sí misma con mi verga como si intentara grabar su nombre en mí.

Y cuando mi punta llegó a su útero, el tiempo pareció detenerse. Todo su cuerpo se congeló, solo por un instante, con los ojos muy abiertos y la respiración entrecortada. Algo primitivo brilló en su mirada oscura, con las pupilas tan dilatadas que se tragaban el marrón. Entonces jadeó, agudo, como un puñetazo, y sus caderas se tambalearon antes de golpear con más fuerza, más rápido, con los dedos enredados en mi pelo.
• ¡Oh, cielos! ¡Oh, cielos! ¡Eso es...! - Su voz se quebró mientras se frotaba contra mí, moviendo las caderas en círculos lentos y obscenos, como si intentara ordeñarme hasta dejarme seco. - ¡Sí! ¡Ahí! ¡Dame a tus chicos, Marco! ¡Cuidaré bien de ellos!

Su súplica era mitad risa, mitad sollozo, y su cuerpo se movía de repente con un propósito frenético, como si pudiera forzar al destino con su sola fuerza de voluntad.
Su orgasmo la golpeó como una réplica: violento, recorriendo su cuerpo en oleadas que le hacían temblar los muslos. Me apretó con tanta fuerza que casi me dolió, y sus gemidos se ahogaron contra mi clavícula, donde me mordió con tanta fuerza que me dejó un moratón. La repentina succión de sus paredes me arrancó el clímax como un maldito exorcismo: cuatro pulsaciones espesas y ardientes que la dejaron jadeando, con las uñas clavándose en mis hombros.
• ¡Dios mío!... - jadeó, apretando los dedos en mi cabello mientras yo me vaciaba dentro de ella. - ¡Sí! ¡Así! ¡Eso es... ah! ¡Son míos!

Sus palabras eran ininteligibles, sus caderas se movían erráticamente mientras perseguía hasta la última gota, cabalgándome a través de las réplicas con una desesperación que rayaba en la adoración.
Permanecimos enredados así, sudorosos y temblorosos, con su frente presionada contra la mía mientras nuestras respiraciones se estabilizaban lentamente.
• Entonces... - dijo con voz ronca, pasando el pulgar por mi labio inferior, donde me había mordido hasta dejarlo en carne viva. - Me has comprado un auto, Marco, ¿Verdad? ¿No es una broma? ¿No es una broma?
El tono maníaco de su voz me hizo sonreír, en parte por la euforia y en parte por la advertencia.
- ¡Sí, Izzie! ¡Te he comprado un auto! - Mis dedos recorrieron perezosamente su espina dorsal, sintiendo cómo se le erizaba la piel bajo mi tacto. - De hecho, si me das tu cuenta, te transferiré lo que queda.
Su respiración se cortó, y luego se quebró por completo, mientras rompía a llorar y su rostro se hundía contra mi pecho.
• ¡Dios, Marco! Porque si me estás mintiendo… - sollozó, apretando los puños contra mi pecho. - ¡Te juro que te cortaré los huevos!
Me reí y le di un beso en la sien húmeda.
- ¡Está bien, Izzie! Te he comprado un auto urbano muy elegante. No te dejará sin sueldo por gasolina.
Entonces empezó a llorar desconsoladamente, sin tapujos, con el cuerpo temblando contra el mío.
• ¡Oh, Marco! - lloró entre jadeos. - Ojalá pudiera tener un hijo tuyo...
Su confesión quedó suspendida entre nosotros, cruda como una herida abierta. Permanecimos así durante unos minutos, ella aferrada a mí, mis dedos peinando su cabello enmarañado, hasta que finalmente me separé de ella con un suave gemido.
Izzie se derrumbó en el sofá a mi lado, con las extremidades extendidas como una marioneta abandonada. La luz del techo reflejaba el sudor que brillaba entre sus pechos y la mancha de labial corrido en su mejilla.
• ¿Sabes?... - preguntó con voz ronca, mientras sus dedos acariciando cariñosamente mi muslo. - Si mi contrato dijera que tengo que chupártela de 9 a 5, seguiría pensando que es el mejor trabajo del mundo.

La declaración, pronunciada con su habitual estilo teatral, me hizo resoplar mientras me subía los calzoncillos.
Sonreí y la atraje hacia mí.
- ¡Sí, lo sé! - Mi pulgar recorrió la marca de mordisco que ella había dejado en mi clavícula. - Pero también sabes que, si me la chuparas de 9 a 5, no haría nada de trabajo.
Nuestras risas se entremezclaron antes de fundirse en un beso cariñoso.
Izzie se apartó lo justo para susurrarme al oído:
• ¡Emma te echa de menos!

El nombre me golpeó como un puñetazo en el estómago. Emma. Su mejor amiga, mi antigua amante, la mujer que una vez me la chupó en la estrecha cocina de su casa mientras nuestros hijos dormían en la habitación de su hija. Los dedos de Izzie se enredaron en mis cabellos, posesivos.
• Ha estado saliendo con un tal Michael... - Arrugó la nariz. - No está a tu altura. Ahora que lo pienso, nadie lo está.
La confesión flotó entre nosotros, densa como el aroma del sexo y el perfume derramado. Emma, la madre soltera con actitud modesta, boca de estrella porno y apetito sexual de una puta, todavía pensaba en mí. Darme cuenta de eso hizo que un calor peligroso floreciera en lo más profundo de mis entrañas. La sonrisa burlona de Izzie se agudizó; sabía exactamente en qué estaba pensando.
• ¡Pensé que debías saberlo! - ronroneó, deslizando una uña por mi esternón.
Después de asegurarme de que Izzie estuviera tan impecable como fuera posible, intercambiamos miradas una vez más.
Ella sabía que esto no era “solo lujuria”. Sabía que esto no era “solo una fantasía”. Sabía que lo que sentía por ella era real, tan real como lo que sentía por Emma y tan real como lo que siento por mi esposa. Y que lo que podía darle era tan real como podía ser.
Y por eso, lo único que le quedaba era salir de mi oficina.

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