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Compendio III
LA JUNTA 31: EXTORSIÓN DEFICIENTE
Era una de esas mañanas en las que el café de la oficina sabía a goma quemada y las luces fluorescentes zumbaban lo suficientemente fuerte como para hacerte preguntarte si realmente las habías apagado la noche anterior. Estaba mirando mi calendario, tachando mentalmente los días que faltaban para poder escaparme a la playa con mi familia, donde mi mayor preocupación sería si pedir tacos o papas fritas (todavía no me gustan los mariscos). Entonces apareció la notificación: sin nombre, solo una cadena de números y letras como remitente, y ese asunto en mayúsculas, como una mala novela de suspenso.
De alguna manera, el cortafuegos de la empresa no se había activado y, como el amenazante asunto era “DETENGA SUS ACCIONES O SI NO...” (STOP YOUR ACTIONS OR ELSE...), hice clic en él.

La primera foto se cargó con una lentitud glacial: Isabella inclinada sobre la mesa de la heladería, con la cuchara cerca de los labios mientras se reía de cualquier chiste terrible que yo acababa de contar. La fecha indicaba que era de hacía unos meses, justo después de que Tim y Alex (los representantes silenciosos de los inversores en nuestra junta directiva y una pareja de recién graduados obsesionados con ligar) me pidieran consejos para salir con ella.

La segunda imagen no era mejor: los ojos brillantes de Ginny fijos en mí, el resplandor neón del letrero rosa chicle de la heladería iluminando su rostro de tal manera que su sonrisa parecía conspiradora. Se me revolvió el estómago. No por las fotos en sí (Marisol sabía de mis citas con las chicas, incluso se burla de mi “harén de la oficina”), sino porque alguien se había tomado la molestia de preparar estas fotos. Los ángulos eran demasiado deliberados, el encuadre demasiado ajustado. Un trabajo aficionado, pero con intención.
Aun así, la calidad de las fotos parecía descuidada: las imágenes podían considerarse tan inocentes como eran. Lo primero que pensé fue que el remitente era uno de los antiguos amigos de Víctor, que intentaba amargarme la vida después de frustrar su intento de infiltrarse en nuestra empresa para sus planes de blanqueo de dinero desde la cárcel. Pero en comparación con esos delincuentes, estas fotos parecían infantiles.
La gente de Víctor habría disparado una bala a través de mi parabrisas con estas fotos pegadas al volante, o al menos habría manipulado las imágenes para mostrar manos donde no las había. ¿Esto? Esto apestaba a desesperación. El lugar de la reunión lo confirmaba: Royal Park, a dos manzanas al oeste de la oficina corporativa, donde la mitad de nuestro personal salía a correr durante el almuerzo. O mi chantajista era estúpido, o quería que lo vieran. Golpeé con los dedos sobre mi escritorio, el zumbido de las luces ahora sincronizado con mi pulso. Lo racional era ignorarlo. Pero la curiosidad siempre ha sido mi talón de Aquiles.
Así que fui al lugar: cita a las 6, justo después del trabajo. Sí, de alguna manera, “mi chantajista” pensó que sería prudente reunirnos en medio del parque, donde la gente podría vernos fácilmente y llamar a las autoridades si lo necesitaba. Sí, fui principalmente para ver qué tipo de idiota me había convocado y no negaré que me sorprendió lo que vi: Kaori, la mano derecha asiática de Inga.

La vi en cuanto pisé el camino de grava: la postura rígida de Kaori la delató, con los hombros cuadrados como si se preparara para una pelea. La tenue luz del sol de diciembre reflejaba el brillo antinatural de sus ojos desiguales, uno como el hielo del Ártico y el otro del verde turbio de un estanque en el bosque. Sujetaba una carpeta de cartón como si fuera un escudo, y su flequillo recto temblaba con cada exhalación. Cuando suspiré, en parte por exasperación y en parte por diversión a regañadientes, sus labios se crisparon en una expresión entre un gruñido y un puchero.
Como dije antes, mi reacción fue involuntaria: para mí, encontrarme con Kaori significa explicarle a Marisol todos sus antecedentes austriacos y cómo ella no tiene ninguna conexión con la cultura japonesa, aparte de la parte paterna de Kaori. Pero para Kaori, de alguna manera, esto fue la ofensa definitiva.
• ¡Eso! - espetó, señalándome con el dedo a la cara. - ¡Eso es exactamente lo que quiero decir! ¡Me miras como si fuera una cucaracha en tu té!

Su acento se acentuó con la ira, y las vocales se redondearon en algo claramente vienés.
• Siempre ese suspiro. Siempre ese... - Imitó mi expresión con sorprendente precisión, inclinando la barbilla hacia abajo y bajando los párpados con cansancio.
Apenas registré sus palabras, demasiado ocupado reprimiendo una risa por su atuendo. El cuero chirriaba cuando se movía, la cremallera asimétrica de su chaqueta brillaba bajo las antiguas farolas del parque.
- ¿Así que tú eres mi chantajista? - pregunté lentamente, con un tono más molesto.
Lo peor era que iba vestida como una llamativa espía de película: pantalones y chaqueta de cuero negro, gafas de sol y boina negra, que, aunque le quedaban perfectamente, la hacían destacar como una modelo en una pasarela.
Por supuesto, ella se quedó sin palabras y frustrada. No me sentía intimidado por ella. Estaba molesto.
• ¡Vamos! - le ordené que me siguiera. - Tengo hambre. Vamos a comer algo.
Kaori me siguió como si le hubiera alcanzado un rayo: sus pasos eran vacilantes, luego apresurados, luego vacilantes de nuevo, como si su cuerpo no pudiera decidir si salir corriendo o plantarse. La carpeta de cartón temblaba entre sus manos, con los bordes arrugados bajo sus uñas. No le presté ninguna atención. Toda esta farsa era tan amateur que me dolían los dientes. El chantaje se supone que debe ser sutil, quirúrgico, no este teatro torpe con una mujer vestida como una villana de Bond rechazada.
El letrero de neón de la heladería se encendió justo cuando llegamos, proyectando el mismo brillo de chicle que en las fotos. Mantuve la puerta abierta con exagerada cortesía, observando cómo los ojos desiguales de Kaori se dirigían rápidamente a la mesa exacta donde Isabella había comido su monstruosidad de helado unos meses atrás. Sus labios se separaron, probablemente para protestar, pero yo ya me estaba deslizando en la misma maldita silla, llamando a la camarera antes de que Kaori pudiera hablar.
- Un espresso doble y un croissant. – pedí a la mesera, y luego hice una pausa, mirándola. - A menos que prefieras algo más... dramático. ¿Un martini, tal vez? ¿Agitado, no mezclado?
Se quitó las gafas de sol con un suspiro seco, dejando al descubierto esos ojos preciosos (uno gélido, otro turbulento) que brillaban como los faros de un automóvil en una noche de niebla. A continuación, se quitó la boina, que cayó sobre la mesa con un suave golpe que hizo rebotar su flequillo recto. Y ahí estaba: el rostro del que se murmuraba en voz baja en el departamento de Inga. Una delicada simetría, unos labios carnosos que pedían ser mordidos... y entonces, cuando se inclinó hacia delante para susurrar algo sobre “hombres insufribles”, el escote de su estúpido jersey de cuello de tortuga se desplazó lo suficiente como para revelar el verdadero delito.
Para mi sorpresa y admiración, Kaori escondía dos lunas gemelas bajo ese jersey. Sus pechos eran comparables a los flanes de mi esposa Marisol, tanto en tamaño como en peso.
Sin embargo, su juventud jugaba en su contra: se movió incómoda ante mi mirada, como si el color de sus ojos le avergonzara.
• ¡Vamos, Kaori! ¿Qué quieres? - le pregunté en un tono más cálido, ya que la camarera seguía esperando su pedido. - No quiero comer solo.
Kaori apretó los dedos alrededor del menú, con los nudillos blancos como si intentara estrangularlo, antes de murmurar algo sobre Strudel y té verde. La mesera parpadeó y luego señaló con el pulgar la pizarra laminada de postres que tenía detrás.
o Tenemos tiramisú y tarta de queso. Eso es todo. - Kaori dilató las fosas nasales. Se decidió por el tiramisú.
- ¡Muy bien! ¡Déjame ver esa carpeta que me has traído! - dije una vez que la camarera se marchó, tomándola de su lado de la mesa.

Kaori me miró sorprendida, con los dedos temblando en el aire como si la hubieran pillado robando galletas en lugar de organizando espionaje corporativo. Hojeé el contenido: más fotos borrosas, ampliadas a tamaños cómicamente grandes, como si el mero tamaño pudiera compensar su falta de pruebas concluyentes.
Una mostraba a Isabella ajustándome la corbata, con los nudillos rozando mi clavícula. En otra, Ginny estaba acurrucada bajo mi brazo después de tropezar con esos ridículos tacones de aguja que insistía en llevar al trabajo. Chasqueé la lengua.
- Sí. Todavía demasiado novata para el chantaje. - Sus ojos se crisparon. - Los chantajistas profesionales al menos habrían photoshopeado mis manos en sus traseros.
Kaori emitió un sonido como el de una tetera hirviendo: agudo, tenso y peligrosamente cercano al estallido de cristales.

• ¡Tú... tú, insufrible...! - Golpeó la mesa con las palmas de las manos, haciendo vibrar los cubiertos. - ¡Esto no es una broma! ¿Crees que no se las enviaré a tu esposa?
El movimiento provocó efectos fascinantes en el escote de su jersey, pero mantuve la mirada fija en su rostro furioso.
• ¡Sé dónde trabaja! - exclamó con el orgullo de un niño que acaba de aprender a ir al baño. La sonrisa encantada de alguien que aplasta un insecto.
Suspiré una vez más, preguntándome por qué tardaba tanto la camarera en traerme el espresso y el croissant. Mientras tanto, Kaori se inclinó hacia delante, con los pechos apoyados en el borde de la mesa, lo que habría sido una distracción si no estuviera vibrando de un triunfo fuera de lugar.
• La señorita Marisol, profesora de historia de quinto a duodécimo curso en su academia para chicas. - articuló lentamente, como si estuviera hablando con un idiota. - Apuesto a que montará un buen espectáculo en su academia cuando reciba estas imágenes si no sigues mis órdenes.

Me pellizqué el puente de la nariz. La chaqueta de cuero crujió cuando se movió, esperando claramente que me derrumbara. En cambio, saqué mi teléfono y busqué entre mis contactos de emergencia: justo ahí, debajo del número de móvil de Marisol, estaba la dirección completa de la academia en la que trabaja.
- ¿Sabes que he puesto su dirección del trabajo como mi segundo contacto de emergencia… verdad? - le pregunté, acabando con su entusiasmo.
Sus labios se separaron ligeramente, un movimiento pequeño y vulnerable, antes de endurecerse de nuevo.

- ¡Mira! No sé si es la primera vez que haces esto, pero déjame darte algunos consejos antes de que te embriagues con tu poder. En primer lugar, como eres la chantajista, se supone que debes elegir el lugar y ceñirte a él.
• ¡Pero dijiste que tenías hambre! – balbuceó protestando, al ver que no me hacía gracia.
- Sí. - respondí, dando un golpecito a la carpeta con el dedo índice. - Pero tú eres la que se supone que debe controlar la situación.
Los dedos de Kaori se movieron hacia la boina que había tirado, como si quisiera una armadura. Llegó el espresso, espeso, amargo, perfecto, y di un sorbo deliberado mientras observaba cómo se movía su garganta.
- Segundo. - continué, dejando la taza con un suave tintineo. - No has comprobado si llevaba dispositivos de grabación.
Sus ojos desiguales se posaron en los bolsillos de mi chaqueta. Demasiado tarde. Señalé la cámara de seguridad situada encima del mostrador de helados, cuya luz roja parpadeaba como un ojo vago.
- ¿Lo ves? El dueño es amigo mío. Para conseguir las imágenes bastaría con una llamada telefónica.
Mi espresso sabía amargo, probablemente por el trabajo chapucero de Kaori.
- ¡Está bien! ¿Qué quieres? - pregunté, revisando las fotos una vez más, frustrado porque este chantaje parecía tan poco convincente.
• Quiero... queremos... - tartamudeó y se corrigió. - Que dejes de presionar al departamento de planificación por el tema del software financiero. Mi señora y yo resolveremos el problema a nuestro ritmo. Si no cumples... filtraremos estas fotos... en el lugar de trabajo de tu esposa.
Mientras pronunciaba su pequeño discurso, se desinfló como un globo, al ver que sus amenazas no significaban nada para mí.
Kaori se movió en su asiento, y sus pantalones de cuero chirriaron contra el vinilo de la cabina. La forma en que enfatizó “mi señora” (My lady) hizo que pareciera que estuviéramos en una serie de época colonial en lugar de un chantaje corporativo. Suspiré de nuevo y me reí suavemente.
- Kaori, ¿Estás hablando por ti misma o en nombre de Inga? - le pregunté, mientras ella me miraba desconcertada. - Porque sé lo astuta que puede ser Inga... y, francamente, esto me parece una travesura infantil.

Esto literalmente destrozó a Kaori, ya que vi inmediatamente sus intenciones.
Sus ojos heterocromáticos parpadearon (el azul gélido, el verde tormentoso) antes de sacar la barbilla.
• ¡No, es verdad! - respondió, manteniéndose firme y desafiante. - ¡Enviaré estas fotos a tu esposa si no paras!
Ahí estaba: la venganza personal de Kaori. No pude contener una suave risa. Darle estas “fotos comprometedoras” a Marisol sería como regalarle bombones: mi esposa colecciona pruebas de mis “romances” como otras mujeres coleccionan bolsos vintage. Es un verdadero placer para el ego de Marisol.
Kaori se estremeció ante mi diversión, apretando los dedos alrededor de su postre intacto. El plato tembló ligeramente, delatando su nerviosismo. Me incliné hacia delante y bajé la voz lo suficiente como para que ella también se inclinara, una reacción instintiva de la que se arrepintió inmediatamente.
- ¿Has pensado en enviar copias a nuestra CEO, Edith, o a Maddie, la jefa de Recursos Humanos? - le pregunté, dando unos golpecitos en el borde de la carpeta de cartón. - Porque estas imágenes ni siquiera son lo suficientemente buenas como para activar las políticas de confraternización.

Era divertido verla parpadear rápidamente, como un gato atrapado en los faros de un coche. Abrió los labios y luego los cerró.
• Yo... no lo había pensado. - admitió débilmente, dándose cuenta de que yo era aún mejor que ella chantajeándome a mí mismo.
Removí un poco mi taza, tomé un sorbo y mordí mi croissant, solo para dejar que Kaori respirara un poco.
El crujido del pastel era satisfactoriamente crujiente, y las migas se esparcían por la mesa como confeti de una celebración fallida. Kaori las observaba caer con una intensidad que normalmente se reserva a los técnicos en explosivos que deciden qué cable cortar. Sus ojos desiguales se movían rápidamente entre las migas y mi cara, buscando... ¿Qué? ¿Debilidad? ¿Burla? Masticaba lentamente, saboreando las capas mantecosas, dándole tiempo para que se cocinara en silencio. El ruido ambiental de la cafetería (el tintineo de la vajilla, las conversaciones murmuradas, el silbido ocasional de la máquina de café expreso) llenaba el espacio entre nosotros como la espuma de un mal café con leche.
Una vez que me sentí mejor, le pregunté directamente:
- ¿Por qué te sientes tan amenazada por mis acciones en la junta? Creo que he dejado bastante claro que no me interesaba formar parte de ella y que he intentado salir muchas veces. Además, sabes que tengo razón en lo que respecta al software financiero y que Inga ha estado descuidando su trabajo en lo que respecta a las actualizaciones del sistema.
Kaori apretó los puños y sus nudillos se pusieron blancos contra la mesa. La luz del techo de la cafetería reflejó el borde irregular de su esmalte de uñas desconchado, de color burdeos, como sangre seca.
• ¡Esto no es problema tuyo! - siseó, con una voz tan baja que la pareja de la mesa de al lado ni siquiera se giró. - Y mis acciones son solo mías... por cómo me has tratado en el pasado.
La amargura en su tono no provenía solo del té verde sin tocar que se enfriaba entre nosotros.
Parpadeé.
- Espera, ¿Estás haciendo esto porque crees que yo... qué? ¿Te desprecio por tus ojos? - Lo absurdo de la situación me hizo exhalar bruscamente, lo que solo profundizó el pliegue entre sus cejas. - ¡Por Dios, Kaori! ¡Tu heterocromía es el aspecto menos interesante que hay en ti!
Sus labios se separaron, no sé si para protestar o para jadear, pero yo ya estaba hojeando la carpeta de nuevo, abanicando las fotos como si fueran una mala mano de póquer.
- ¿Ves? ¡No hay fotos de mi casa! ¡No hay vigilancia! Si te hubieras molestado en acosarme como es debido, te habrías fijado en el cerezo que hay en mi jardín delantero.
• ¿Y qué? —preguntó desafiante.
- Mi esposa, Marisol, es una gran admiradora de la cultura japonesa. De hecho, los dos somos otakus y cada vez que te veo, suspiro porque sé que no sientes ningún apego por tus raíces japonesas. -le expliqué. - Así que, cuando te veo, me pregunto cómo voy a hacerle entender a mi esposa que no te interesa en absoluto la cultura japonesa. ¡Es así de sencillo!
Kaori abrió los labios, solo un poco, como si le hubieran dado una bofetada. Sus ojos desiguales parpadearon, el azul se congeló y el verde se oscureció con algo crudo y desprotegido. El murmullo de las conversaciones en la cafetería se desvaneció en un ruido de fondo cuando sus dedos se movieron hacia la boina que había dejado tirada y luego se quedaron quietos.
• ¿Eso es... eso es todo? - susurró desconcertada. Su voz se quebró en la última sílaba, y el acento vienés volvió a aparecer en sus vocales. - ¿Suspiras porque no soy... lo suficientemente japonesa?
Me irrité en el acto.
- No es una cuestión racial. - dije, pensando ya que ella iría al otro extremo. - Mi mejor amigo en mi país era un tipo chino que nunca entró en contacto con sus raíces, pero que abrazó plenamente mi cultura. En pocas palabras, mi esposa cambiaría con gusto su vida por ser una mujer japonesa y conocerte le haría preguntarse por qué estás desperdiciando tu privilegio.
Kaori se rió suavemente, un sonido delicado, casi musical, que me pilló desprevenido. No era la risa amarga y burlona que esperaba, sino algo más ligero, más genuino. Por primera vez, la vi como una mujer de verdad y no solo como la sombra silenciosa de Inga. La tensión de sus hombros se relajó ligeramente y, distraídamente, se colocó un mechón de pelo negro detrás de la oreja, dejando al descubierto la delicada curva de su lóbulo.
• Entonces, ¿Me estás diciendo que tu esposa me odiaría... por no ser lo suficientemente japonesa? - murmuró, con un tono de diversión en la voz.
Contuve la respiración. Kaori se sonrojó y estaba preciosa.
- No, en lo absoluto. - dije con voz suave. - Mi esposa es una de las mujeres más honestas, comprensivas y modestas que puedas conocer. Pero en mi caso, siento curiosidad por ti. ¿Qué clase de padres te dieron unos ojos tan hermosos?

Creo que mis palabras sonaron coquetas, ya que las mejillas de Kaori se sonrojaron aún más, pero ella me contó que su padre era hijo de un diplomático japonés, mientras que su madre era la heredera de un dignatario austriaco.
Nuestra breve tregua se disipó rápidamente.
• Pero no puedo creer que estés diciendo la verdad. - Sus dedos se crisparon contra la taza de té, haciendo que la porcelana vibrara ligeramente. - Debe haber alguna intención oculta por la que vas tras mi señora y tras mí.
La forma en que dijo “mi señora” hacía parecer que Inga la había nombrado caballero en alguna ceremonia secreta celebrada a medianoche. Me eché a reír, un sonido agudo y dolorido que sobresaltó a la camarera que estaba limpiando la barra.
- ¡Por favor, no me digas que llamas a Inga “mi señora” en frente de ella! - me burlé, viendo cómo Kaori fruncía los labios indignada.
Pero entonces, contra todo pronóstico, la comisura de su boca se curvó hacia arriba. Una pequeña victoria.
- Pero por eso creo que eres una espía pésima. Aunque has recopilado mucha información sobre mí, no logras comprender el razonamiento que hay detrás de las acciones de las personas. - le dije directamente a la cara.
La taza de té verde de Kaori se detuvo a medio camino de sus labios, y el líquido que contenía temblaba como la aguja de un sismógrafo. Sus ojos cautivantes (uno glacial, otro tormentoso) se abrieron lo suficiente como para que pudiera ver un tenue anillo dorado alrededor de sus pupilas. El murmullo ambiental de la cafetería se desvaneció en un ruido blanco mientras su garganta se movía en silencio, su nuez se movía una vez antes de que lograra articular:
• ¿Qué... qué quieres decir?
Me incliné hacia delante, proyectando mi sombra sobre su tiramisú intacto.
- ¿Recuerdas cuando, hace unos meses, intentaste destapar el secreto de Izzie como antigua miembro de la alta sociedad? Hackeaste los archivos privados del personal, desenterraste la licencia de matrimonio de Izzie con Víctor e incluso encontraste esas ridículas fotos de sociedad de su época de debutante. - Mi dedo trazó un círculo húmedo que había dejado su taza en la mesa. - Pero nunca comprobaste si tenía personas a su cargo. (Kaori contuvo el aliento, emitiendo un pequeño sonido de dolor.) Lily acaba de cumplir nueve años. Es el único bien valioso que Izzie consiguió tras su divorcio y la razón por la que necesitaba un trabajo. ¿Y usar el pasado de Izzie para atacarme? Esperaba más de ti.
Kaori parecía avergonzada, sopesando el impacto de sus decisiones y mis palabras.

- Entiendo que tú y yo estemos en extremos opuestos debido a la lealtad hacia tu señora. - dije, tomando un sorbo de espresso y saboreando el lento ardor en mi garganta. Al otro lado de la mesa, los dedos de Kaori se apretaron, ahora no por ira, sino por algo más parecido a la inquietud. Sus ojos desiguales se posaron en la carpeta que había entre nosotros y luego volvieron a mi rostro. - Pero sé que puedes hacerlo mejor.
Ella parpadeó.
• ¿Qué quieres decir? - Su voz era ahora más suave, con los bordes afilados atenuados por la confusión.
Removí los restos de mi espresso antes de responder.
- Este no es tu mejor trabajo. - La taza tintineó contra el platillo. - Sé que puedes profundizar más. Investiga mi vida privada. Quizás incluso coloca algunos micrófonos ocultos. Averigua por qué me estoy acercando a los otros jefes de departamento.
La cuchara de Kaori chocó contra su tiramisú intacto. Sus ojos se entrecerraron (el azul calculador, el verde receloso) como si hubiera cambiado de idioma en mitad de la conversación.
• ¿Me estás... retando a chantajearte mejor? - Su voz oscilaba entre la indignación y la fascinación.
El letrero de neón de la cafetería parpadeaba en el exterior, proyectando una luz rosa irregular sobre su garganta, donde el pulso latía de forma errática.
Lamí la espuma del espresso de mi labio superior deliberadamente despacio, observando cómo se dilataban sus pupilas.
- Sí. - El asiento de cuero crujió cuando me incliné hacia ella, lo suficientemente cerca como para percibir el aroma cítrico de su perfume mezclado con algo metálico, tal vez sudor de miedo. - ¿Quieres jugar a ser espía corporativa? Bien. Pero al menos comprométete con el papel.
Se quedó sin palabras cuando golpeé con la incriminatoria carpeta su clavícula, justo donde su jersey se hundía peligrosamente.
- ¡Esto es de aficionados! ¿Dónde están los archivos de audio? ¿Mis amantes secretos? No voy a andarme con miramientos solo por ti y, si esto es lo mejor que sabes hacer, te daré una paliza.
Los dedos de Kaori temblaban alrededor de la cucharilla, doblando el metal barato. El ruido hizo que la pareja de ancianos de la mesa de al lado mirara hacia allí antes de fingir rápidamente estar absortos en sus postres.

• Tú eres... - su voz se quebró, y el acento vienés volvió a aparecer en sus consonantes. – Tú no tienes miedo.
La comprensión se reflejó en su rostro como un lento amanecer, iluminando todas las suposiciones erróneas a las que se había aferrado.
Exhalé bruscamente por la nariz, hinchando las mejillas como un toro para darle un toque cómico, un hábito que siempre hacía reír a Marisol.
- ¡Por supuesto que no!
Le arrebaté la carpeta de las manos y la abrí para mostrar la foto más incriminatoria: Ginny dándome de comer tiramisú con su tenedor en esa misma mesa.

- Además. - dije, tocando la superficie brillante. - Marisol podría incluso enmarcar esta. Probablemente pensará que quedará bien en el “álbum secreto de aventuras” que ha estado preparando para mí.
Kaori abrió los labios en silencio, con el rímel apelmazado en las comisuras, mientras sus ojos se movían rápidamente entre la prueba y mi cara. No sabía si me estaba burlando de ella, bromeando o diciendo la verdad. Esto la asustó.
Su taza de té verde chocó contra el platillo cuando se echó hacia atrás.
• ¿Se lo... se lo has contado? - Las palabras salieron a trompicones, con el acento de Viena acentuándose en su angustia.
La comprensión la golpeó como un golpe físico: toda su influencia era una farsa, la información que había recopilado con tanto esfuerzo no valía nada. Mi sonrisa se amplió al ver cómo sus engranajes mentales se detenían.
- ¿Por qué no iba a hacerlo? Es mi mejor amiga. - La verdad salió sin esfuerzo, hasta el punto de que era indistinguible de una mentira.
La tolerancia divertida y la confianza de Marisol en mis escapadas es, sin duda, más extraña que la ficción, hasta el punto de que ni siquiera yo misma puedo entenderla. Kaori dilató las fosas nasales mientras procesaba esto, y sus delgados dedos se curvaron alrededor del borde de la mesa como si fuera a volcarla. Entonces, de forma increíble, sus hombros se hundieron. La lucha se desvaneció de su postura, dejando tras de sí algo casi vulnerable.
Por fin lo comprendió: mi mundo era mucho más amplio que su estrecho pasillo de rencores corporativos y las órdenes susurradas de Inga. Su trampa no solo era defectuosa, sino que se basaba en suposiciones tan inestables como la mesa tambaleante de la cafetería. Vi cómo la comprensión se reflejaba en su rostro: el ojo azul se agrandó, mientras que el verde se oscureció con algo parecido al respeto.
- Así que sí. No me importa que vengas por mí. - Mis palabras quedaron suspendidas entre nosotros como el humo de mi espresso, persistentes, embriagadoras.
Los ojos de Kaori siguieron mis movimientos mientras me recostaba, y el cuero de la cabina crujió bajo mi peso. Sus dedos, que aún sostenían la cucharilla doblada, se crisparon como la cola de un gato antes de saltar. Las luces del té verde reflejaron la delicada cadena de oro que rodeaba su muñeca, haciéndola brillar como la mira de un francotirador en la oscuridad.
- De hecho, no me importan en absoluto los intereses de tu señora. - dije, golpeando el debilitado ego de Kaori. - Pero si vas a atacar, hazlo con seriedad y profesionalidad. No con chismes a medias en los pasillos ni campañas para avergonzar a mis amigos. Ven por mí... y te estaré esperando.
Kaori parecía atónita, paralizada, al borde de un ataque de pánico. Sus dedos se tensaron contra el tiramisú intacto, y la cuchara se dobló aún más bajo su agarre. El letrero de neón de la cafetería proyectaba una luz rosa sobre su garganta, donde una vena palpitaba visiblemente. Ella pensaba que estaba luchando contra un gatito y descubrió que yo era un tigre dientes de sable adulto, uno que le había permitido perezosamente tirar de su cola todo este tiempo. Sus ojos desiguales se posaron en la carpeta, luego en mi cara y luego en la salida. Calculando. Recalculando. La máquina de café espresso silbó como una advertencia.
Me levanté con una sonrisa, dejándola procesar todo. Las luces del café reflejaban el sudor que perlaba su frente mientras yo dejaba los billetes en la barra sin contarlos, asintiendo a la mesera que había estado fingiendo no escuchar.
La última imagen que le di antes de irme fue la de Kaori mirándome con algo parecido al respeto. Su silenciosa reflexión sobre si era prudente para ella (y, por asociación, para “su señora”) meterse con alguien como yo.
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Esto fue lo último que pasó en la junta antes de salir de vacaciones. Ahora, estoy descansando en casa… y bueno, entrenando al perro de Ethan, junto con su esposa e hija. Pero creo que hablaré de eso más adelante.

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