Nunca entendí por qué me calentaba tanto imaginarla con otros. No eran celos exactamente. Era otra cosa. Algo más crudo. Más difícil de admitir.
Ella es de Bernal Oeste. De esas calles donde todos se conocen, donde los rumores caminan más rápido que las personas. Siempre tuvo esa mezcla de chica de barrio y mujer que guarda secretos. Y después de que cortamos, cada tanto nos seguíamos viendo. Como si ninguno de los dos quisiera cerrar del todo la puerta.
Yo insistía con el tema. Siempre.
—Contame alguna de cuando estabas sola.
Se hacía la difícil. Me decía que no me convenía saber. Que después no iba a poder dejar de pensarlo. Y yo, cuanto más me advertía, más quería escucharlo.
Esa noche, por fin, habló.
Me dijo que no había sido en la costa. Que había sido ahí mismo. En el barrio. Con alguien que también era de Bernal Oeste. Alguien que ella cruzaba de vez en cuando en el almacén, en la plaza, en esas tardes pesadas de verano.
Eso me pegó distinto.
No era un desconocido lejano. Era alguien que caminaba las mismas veredas. Que respiraba el mismo aire que nosotros. Me contó que empezó con miradas. Con esa tensión muda que se arma cuando dos personas saben que están jugando a algo que no deberían.
Una noche coincidieron en una reunión. Pocas personas. Música baja. Calor. Me lo narraba despacio, mirándome fijo, midiendo cada palabra.
Dijo que lo que más la excitó fue la sensación de riesgo. Saber que podían cruzarse al día siguiente como si nada. Que nadie tenía que enterarse. Que era un secreto que quedaba encerrado entre esas paredes… y después en su cuerpo.
Yo la escuchaba con la mandíbula tensa.
Me habló de cómo él la buscó con decisión. De cómo ella no se hizo rogar tanto como pensaba. De la adrenalina de estar con alguien que la conocía “de vista” pero no de verdad. De sentirse observada, deseada, tomada en serio como mujer y no como “la novia de”.
No entraba en detalles explícitos, pero no hacía falta. El modo en que lo contaba era suficiente. Su voz bajando apenas, su sonrisa ladeada cuando notaba mi respiración cambiar.
Y lo que más me desarmó fue cuando dijo:
—Lo mejor era saber que después me lo podía cruzar en la esquina y nadie sospechaba nada.
Sentí esa mezcla imposible de explicar. Orgullo. Celos. Morbo. Deseo. Imaginarla volviendo a su casa, a pocas cuadras de la mía, con esa experiencia todavía latiendo… me atravesaba.
Cuando terminó, quedó el silencio.
—¿Te arrepentís de haber insistido? —me preguntó.
Negué con la cabeza.
Porque lo que me calentaba no era el tipo. Era verla a ella en esa versión libre, intensa, sin explicaciones. Saber que había partes suyas que yo no conocía. Que otros habían tocado desde un lugar distinto.
Y mientras me sostenía la mirada, entendí algo más.
Esa no había sido la única historia.
Lo dijo sin decirlo. Con esa sonrisa que guarda capítulos enteros.
Y desde entonces, cada vez que la miro, no puedo evitar preguntarme cuántas más hay.
Ella es de Bernal Oeste. De esas calles donde todos se conocen, donde los rumores caminan más rápido que las personas. Siempre tuvo esa mezcla de chica de barrio y mujer que guarda secretos. Y después de que cortamos, cada tanto nos seguíamos viendo. Como si ninguno de los dos quisiera cerrar del todo la puerta.
Yo insistía con el tema. Siempre.
—Contame alguna de cuando estabas sola.
Se hacía la difícil. Me decía que no me convenía saber. Que después no iba a poder dejar de pensarlo. Y yo, cuanto más me advertía, más quería escucharlo.
Esa noche, por fin, habló.
Me dijo que no había sido en la costa. Que había sido ahí mismo. En el barrio. Con alguien que también era de Bernal Oeste. Alguien que ella cruzaba de vez en cuando en el almacén, en la plaza, en esas tardes pesadas de verano.
Eso me pegó distinto.
No era un desconocido lejano. Era alguien que caminaba las mismas veredas. Que respiraba el mismo aire que nosotros. Me contó que empezó con miradas. Con esa tensión muda que se arma cuando dos personas saben que están jugando a algo que no deberían.
Una noche coincidieron en una reunión. Pocas personas. Música baja. Calor. Me lo narraba despacio, mirándome fijo, midiendo cada palabra.
Dijo que lo que más la excitó fue la sensación de riesgo. Saber que podían cruzarse al día siguiente como si nada. Que nadie tenía que enterarse. Que era un secreto que quedaba encerrado entre esas paredes… y después en su cuerpo.
Yo la escuchaba con la mandíbula tensa.
Me habló de cómo él la buscó con decisión. De cómo ella no se hizo rogar tanto como pensaba. De la adrenalina de estar con alguien que la conocía “de vista” pero no de verdad. De sentirse observada, deseada, tomada en serio como mujer y no como “la novia de”.
No entraba en detalles explícitos, pero no hacía falta. El modo en que lo contaba era suficiente. Su voz bajando apenas, su sonrisa ladeada cuando notaba mi respiración cambiar.
Y lo que más me desarmó fue cuando dijo:
—Lo mejor era saber que después me lo podía cruzar en la esquina y nadie sospechaba nada.
Sentí esa mezcla imposible de explicar. Orgullo. Celos. Morbo. Deseo. Imaginarla volviendo a su casa, a pocas cuadras de la mía, con esa experiencia todavía latiendo… me atravesaba.
Cuando terminó, quedó el silencio.
—¿Te arrepentís de haber insistido? —me preguntó.
Negué con la cabeza.
Porque lo que me calentaba no era el tipo. Era verla a ella en esa versión libre, intensa, sin explicaciones. Saber que había partes suyas que yo no conocía. Que otros habían tocado desde un lugar distinto.
Y mientras me sostenía la mirada, entendí algo más.
Esa no había sido la única historia.
Lo dijo sin decirlo. Con esa sonrisa que guarda capítulos enteros.
Y desde entonces, cada vez que la miro, no puedo evitar preguntarme cuántas más hay.
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