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03: Dueño malo




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Compendio III


Esa tarde, después de volver a casa, hice de padre devoto con mis tres princesitas: Verito, Pamela y Alicia, y abracé a mi pequeño Jacinto. Y por la noche, Marisol y yo disfrutamos de un sexo increíble.

Marisol estaba encantada con la idea de que Clarissa, la esposa de Ethan, me hiciera una mamada y se tragara mi semen, chupándomela ella misma, burlándose de mí preguntándome si la esposa de Ethan lo hacía mejor. Por supuesto que no. Mi esposa tiene años de experiencia. De hecho, mientras la tomaba a lo perrito, me plantó algunas ideas en la cabeza.

+ ¿Vas a... ahh... follar... a la mujer de Ethan... en su cama? - jadeó mi mujer mientras la embestía por detrás.

03: Dueño malo

Francamente, no soy una persona vengativa. Pero Ethan siempre se ha burlado de mí y me ha tratado como una mierda, mucho antes de que yo formara parte de la junta directiva. Así que la idea de follarme a su mujer y a su hija me parecía una venganza justa.

Lo hicimos como animales, con mi mujer apretándome más fuerte con su sexo al pensar que podía dejar embarazadas a ambas mujeres.

Admito que la idea me excitaba... pero la viabilidad falló: me gusta ser padre y la idea de que mis hijos con ellas fueran criados por Ethan no merecía la pena. No obstante, el juego de roles con mi mujer fue increíble y satisfactorio, dejándonos a ambos agotados y con el corazón acelerado.

+ Es solo que... odio que Ethan sea un tarado contigo, mi amor. - dijo mi mujer mientras jadeaba buscando aire. - Siempre se jacta e intenta menospreciarte... y no tiene ni idea de que tienes este gran juguete entre las piernas.

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Se rió mientras apretaba mi verga pegajosa. Yo, en cambio, dudé.

- No estoy seguro. Además, soy veinte años mayor que Katherine. Es imposible que se fije en un viejo como yo.

Marisol se dio la vuelta y me apretó la cara, con sus dedos cálidos contra mi barba incipiente.

+ ¡Ay, cariño! - bromeó, con sus ojos oscuros brillando de diversión. - ¿Cuántas veces has dicho lo mismo y has acabado con la chica en la cama?

Se inclinó hacia mí, con los labios dulces por el jugo que habíamos compartido antes.

+ Además... eres un madurito súper atractivo. Tienes la altura, los músculos, la cara... - Su mano se deslizó por mi pecho, con los dedos trazando los contornos de mis abdominales a través de la camisa. - Y luego está "la atención"...

Exhalé bruscamente, viendo cómo la sonrisa de Marisol se hacía más profunda. Tenía ese brillo, el que siempre aparecía cuando sabía que estaba ganando.

+ A mi papá no le importaba ni una cuarta parte de las cosas que te importan a ti. - refunfuñó, retorciendo un mechón de mi pelo entre sus dedos. - Y Ethan parece cortado por la misma tijera. También, le estás ayudando a domesticar a ese enorme perro. Créeme, tienes más a tu favor de lo que crees.

Los días siguientes, las cosas mejoraron: Titan dejó de lanzarse contra el arnés como si fuera un insulto personal y, en cambio, se quedó quieto —la mayor parte del tiempo— mientras yo le abrochaba las correas, con su gruesa cola golpeando el suelo con lentos y mesurados latidos. También empezó a mover la cola, a gemir y a lamer la cara de Katherine cuando ella entraba conmigo en el corral.

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Sin embargo, Katherine aún no confiaba plenamente en él y era bueno ver a Titan tratando de comportarse como un “buen perro” para ganarse su afecto. Por otro lado, Titan comenzó a resistirse menos a mis tirones cuando lo llevábamos a pasear, empezando a mostrarse más sumiso a mi voluntad. A Katherine le sorprendía que, aunque yo no le daba golosinas, le podía hacer cariño detrás de la oreja y él no intentaba morderme, sino que cambiaba su peso siguiendo los movimientos de mis dedos.

Pero, a nivel personal, Katherine y yo nos acercamos más.

Al principio eran pequeñas cosas: miradas prolongadas, roces accidentales de las manos al pasar la correa de Titan entre nosotros. Luego vinieron las preguntas.

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• ¿Cómo aprendiste a manejar a los perros así? - me preguntó una mañana, con sus ojos verdes llenos de curiosidad mientras Titan mordisqueaba tranquilamente una cuerda a nuestros pies.

Le conté que crecí con unos padres amantes de los perros, que llenaron la casa de canes cuando mis hermanos se casaron, hasta el punto de que yo me encargaba de una manada de nueve.

- Los momentos más difíciles eran cuando las hembras estaban en celo. - le conté con una sonrisa. - Los machos se ponían revoltosos y no hacían caso a mis órdenes, así que teníamos que recurrir a la fuerza física: ellos, con los dientes; yo, con los puños. Pero era divertido y exasperante ver a las hembras levantando el trasero y ofreciéndose a los machos.

Por alguna razón, ese tema hizo que Katherine especialmente se sonrojara...

Y, a su vez, ella comenzó a compartir detalles de su vida con sus padres. Resulta que no siempre había sido rebelde. Ethan y Clarissa eran pésimos padres, ya que le prestaban poca o ninguna atención. Así que Katherine no tardó en comprender que ellos reaccionaban cuando ella se portaba mal, lo que a veces la llevaba a situaciones desagradables y a tomar decisiones a las que tenía que atenerse para mantener la atención de sus padres. Esto mantenía la relación extremadamente tensa, ya que estaban constantemente en desacuerdo.

Sin embargo, eso no me impedía, después de cada encuentro, excusarme de Katherine para ir al baño, donde una ansiosa Clarissa me esperaba para hacerme una mamada.

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Como era de esperar, a pesar de tener una esposa sexy, Ethan mantenía a Clarissa hambrienta de sexo. Así que, a medida que se acostumbraba a mi mayor tamaño y grosor en comparación con el de su marido y a mi autocontrol, Clarissa comenzó a explorar otras vías, como tocarse mientras me chupaba, algo que solía hacer después de follarme las tetas durante un rato.

Por la forma en que me miraba, tenía claro que quería sentirme dentro de ella, llenándola, y era solo cuestión de tiempo que me lo pidiera.

Pero todo se vino abajo una noche. Mi teléfono vibró violentamente contra la encimera de la cocina, donde Marisol estaba cortando verduras para la cena. El nombre de Ethan apareció en la pantalla, lo que nunca es buena señal. Respondí, preparándome para lo peor.

> ¡Incompetente de mierda! - Su voz era como una cuchilla afilada que atravesaba la calma de mi hogar. - ¡Ese maldito perro acaba de destrozar mi juego Callaway Apex! ¿Tienes idea de lo que cuestan?

Incluso Marisol pudo escuchar su tono malhumorado y me miró desconcertada.

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- ¿Por qué me culpas a mí? ¡Es tu perro, Ethan! - le grité de vuelta.

Mis hijas me miraron y les pedí disculpas inmediatamente, ya que nunca me habían visto hacer algo así. Miré a Marisol y ella asintió con la cabeza mientras salía con el teléfono al jardín.

> ¡Porque tú lo entrenaste! - ladró. - ¡Por eso odio a los callejeros! ¡Debería haber comprado un maldito poodle!

Gritó. Los ladridos de fondo sugerían que Titan se había dado cuenta de que su dueño estaba enfadado y defendía a Katherine.

03: Dueño malo

- ¡Sí, pero tú lo compraste, Ethan! ¿No recuerdas tu pequeño discurso en aquella cena en tu casa? - le respondí. - Dijiste que era un perro de raza pura, un campeón, bla, bla, bla, pero cuando se trataba de saber cómo manejarlo, ¡No tenías ni idea y me mordió! ¡Por eso tu hija se puso en contacto conmigo! ¡Porque como dueño de un perro, eres un pedazo de mierda!

Ethan se quedó en silencio un momento, probablemente porque yo tenía razón, antes de continuar con un tono más bajo.

> Solo... arregla esta mierda, Marco. O si no, yo...

Y me lancé por él. Era mi oportunidad de contraatacar, con toda la frustración acumulada.

- ¿No decías que eras Ricky Ricón? - me burlé. - ¿Me estás diciendo que no tienes dinero para arreglarlos? ¡Creía que eras más rico que Rico Mcpato!

> Marco... son palos de edición limitada... - replicó, apenas conteniéndose.

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- ¡Está bien! ¡Mañana iré a recogerlos para arreglarlos! - respondí, ya que era imposible razonar con él. - Pero ten en cuenta que voy a arreglar tus palos porque no has sido capaz de controlar a tu propio perro. ¿Entendido?

Le colgué y me froté las sienes. Después de eso, mi estado de ánimo empeoró.

Lo que pasa cuando vives con una manada de perros es que empiezas a entender sus acciones. Titan no había destrozado los palos de Ethan por malicia, sino porque estaba aburrido, se sentía abandonado y probablemente estaba reaccionando a la tensión que se respiraba en esa casa. Ethan lo trataba como un accesorio, no como un ser vivo con necesidades. Y lo que es peor: Titan no lo reconocía en absoluto como su dueño. Aun así, yo estaba enfadado con Ethan por ser un tarado y, por desgracia, se me notaba.

Cuando volví a entrar, la cena fue sombría. Normalmente, nuestra cocina bullía con risas y las charlas de las niñas, pero esa noche, incluso el balbuceo de Jacinto parecía más tranquilo. Marisol me miró mientras removía la olla, arqueando las cejas en una pregunta silenciosa.

<3<3 ❤️ Papá, ¿Estás enfadado con el perrito? ¿Se ha portado mal? -preguntó Alicia, nuestra hija de seis años, con sus diminutos dedos agarrando el tenedor como si fuera un cetro.

- No, lo siento, repollito. - respondí, revolviéndole el pelo.

Ella quería un apodo, igual que sus hermanas. Verito es fresca como una lechuga. Pamelita es ácida y analítica como un limón. Marisol es la sal que nos da sabor a todos y yo soy el aceite que nos mantiene unidos. Eso la hizo reír.

- No estoy enfadado con el perrito. Estoy enfadado con el dueño.

La confesión quedó suspendida en el aire. Marisol se detuvo a mitad de remover y las gemelas intercambiaron miradas de ojos atentos.

- Verán, niñas, algunos dueños tienen perros porque son elegantes, caros o los ven como juguetes. - les expliqué.

Las gemelas se inclinaron hacia delante, olvidándose de la cena. Incluso Jacinto golpeó con las palmas de las manos la bandeja de su trona, sintiendo el cambio en la conversación.

- Pero como ustedes ya tuvieron uno, también saben que un dueño tiene que sacarlo a pasear, jugar con él y acariciarlo. Por eso estoy enfadado con el dueño, el padre de la niña, no solo porque hizo llorar a la niña, sino también porque nunca ha hecho esas cosas con el perro y ahora está enfadado porque el perrito le ha roto sus cosas y cree que soy un mal adiestrador. ¿Lo entienden ahora?

Verito, nuestra llamativa hija de diez años, se rió en voz baja, haciendo tintinear el tenedor contra el plato.

❤️ ❤️ Entonces, ¿El dueño es un "dueño malo", papá? - preguntó risueña, con las esmeraldas de sus ojos brillando.

Pamela, siempre la gemela más perspicaz, cruzó los brazos y declaró:

❤️ ¡Entonces deberías regañarlo a él! - Su voz tenía el peso de un juez dictando sentencia.

Alicia, pequeña pero ferozmente leal, asintió con la cabeza.

<3<3<3 ¡Sí, papá! ¡Porque no es justo que haga llorar a su hija!

La sonrisa burlona de Marisol se hizo más profunda mientras servía sopa humeante en los tazones. Su silencio gritaba más fuerte que las palabras: Te lo dije. Incluso Jacinto, felizmente ajeno a la tensión, golpeó con las palmas de las manos la bandeja de su trona en señal de acuerdo. Lo absurdo de todo aquello —mis hijas apoyándome contra Ethan— hizo que la opresión en mi pecho se aliviara.

- No se preocupen, niñas. - les susurré, besándoles la frente a cada una. - Yo me encargo. Y perdónenme otra vez por haber levantado la voz.

<3<3 ¡No, papá! - me consoló Verito. - ¡Lo entendemos!

Pamela asintió y me tomó de la mano.

<3<3<3 ¡Ya somos niñas grandes! - añadió Alicia con una sonrisa orgullosa.

Incluso Jacinto balbuceó algo en señal de apoyo. Y después de eso, la cena volvió a la normalidad, o tan normal como podía ser con los dedos de Marisol apretándome el muslo bajo la mesa, su sonrisa prometiendo más tarde.

Más tarde llegó. Después de acostar a los niños, Marisol me empujó sobre nuestra cama, balanceando las caderas mientras se quitaba la bata.

+ Has estado tan bien con ellas. - murmuró, arrastrándose sobre mí. - Paciente. Amable. Todo lo que Ethan no es.

Sus labios recorrieron mi pecho, sus dientes rozándome lo suficiente como para hacerme gemir. Luego se sentó a horcajadas sobre mí, hundiéndose en mí con un suspiro, su cuerpo cálido y resbaladizo.

+ Por eso, te mereces esto. - susurró, moviendo sus caderas en círculos lentos y deliberados. Justo como sabe que me gusta.

Después de hacer el amor y abrazarnos, conmigo todavía dentro de mi esposa, Marisol compartió sus pensamientos.

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+ Sigo pensando que deberías follarte a su mujer, mi amor. - Su voz estaba llena de convicción. -Mi papá solía ser un gran imbécil como él, así que es justo que reciba su merecido.

Sonreí, tratando de comprender su dolor pasado, y le acaricié la cabeza.

- ¡Lo sé! Pero tu enfoque... me parece demasiado extremo. - Le respondí.

+ ¿Por qué? - me desafió, apoyándose en un codo. - ¡Tiene una esposa sexy a la que apenas toca, una hija a la que no presta ninguna atención y ahora está enfadado contigo porque su propio perro le ha roto los palos de golf! ¡Explícame cómo tiene sentido eso, por favor!

Al día siguiente, después de la siempre refrescante mamada matutina de Marisol, fui a casa de Ethan. Me encontré a Katherine llorando y saludándome.

• ¡Lo siento mucho, Marco! ¡Fue culpa mía! - Lloró en mis brazos mientras me abrazaba. Sus suaves y cálidos pechos se sentían increíbles contra mis costillas. - ¡Te prometo que te reembolsaré el coste!

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- ¡No te preocupes! - La abracé, con las manos tentadas de agarrarle el culo.

Una vez más, no iba vestida como una feminista combativa, sino más bien como una joven en verano, con una falda corta y una camiseta que dejaba ver mucho escote. Peor aún, su perfume olía a flores caras. Y a pesar de la mamada de Marisol, tener a Katherine entre mis brazos hizo que mi cuerpo reaccionara. Al parecer, Katherine se dio cuenta y se frotó contra él a propósito, fingiendo ocultar sus lágrimas. Sin embargo, sus manos también vagaron cerca de mi propio culo. Fue uno de esos momentos románticos con connotaciones sexuales.

- Entonces... ¿Me puedes enseñar los palos? - le pregunté, recuperando el sentido cuando mi punta casi le llegaba a la altura del ombligo.

• Sí... claro. - respondió ella retrocediendo, pero mirando con asombro el bulto dentro de mis pantalones.

Mantuvimos una conversación sencilla y Katherine me contó lo que había pasado la noche anterior.

- ¡Espera! ¿Me estás diciendo que Titan solo mordió un poco su bolsa de golf y la funda de uno de sus palos? ¿Eso es todo? - pregunté frustrado.

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• Sí. - respondió avergonzada. - Cuando descubrí hasta dónde había llegado Titan, mi padre ya estaba gritando. ¡Lo siento mucho!

Me eché a reír.

- ¡No pasa nada! ¡Los perros hacen eso! ¡Yo acabé tirando muchos zapatos por eso! - compartí mis propias experiencias.

Revisé los palos y ni siquiera las costuras de la bolsa estaban desgastadas. Ethan había comprado una bolsa de buena calidad y eso se notaba. Luego, revisé la funda del palo. El cuero parecía mordido y el palo tenía una pequeña marca de dientes, pero todo lo demás parecía estar bien.

Suspiré y Katherine me miró preocupada.

- Para serte sincero, no sé cuánto cuestan los palos de golf, pero a mí me parece que el daño es mínimo. - le dije a Katherine, cuyo rostro se iluminó. - Así que los llevaré a algún sitio donde los puedan arreglar, le enseñaré una factura considerable a tu padre, ya que parece que es lo único que le importa, y listo. ¿Te parece bien?

Ella asintió con entusiasmo y me abrazó de nuevo, apretándose una vez más contra mi bulto.

• ¡Gracias, Marco! - dijo frotándose contra mí mientras se apartaba, con las mejillas sonrojadas.

Luego, caminamos hacia la jaula de Titan. El husky parecía avergonzado, como si se hubiera dado cuenta de que había cometido un error y volviera a evitarme.

- ¡Hola, he oído que has tenido una noche bastante dura, campeón! - le saludé con tono alegre.

Me miró intrigado y le ofrecí la palma de la mano para que oliera mis intenciones.

- ¡Sí, ahora ya sabes que no puedes alejarte sin tu dueña y morder todo lo que huele raro! - le dije mientras le rascaba la cabeza y él gemía de placer. - ¡Si sigues haciendo eso, harás llorar a tu chica!

De hecho, Katherine estaba llorando al verme jugar y Titan, preocupado por ella, movía la cola y le lamía la cara.

• ¡Oh, Titan! ¡No! - Ella se rió, pero el perro estaba empeñado en lamerle la cara.

Sin embargo, a medida que su lengua le hacía cosquillas, sus protestas sonaban cada vez más excitantes.

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Después de atar a Titan, le limpié las lágrimas y nos fuimos a dar un paseo. Esta vez, él estaba más dispuesto a seguirme.

- Entonces... ¿Tu nombre completo es Katherine Madison Marie? - le pregunté, tratando de romper el silencio.

• ¿Qué? - preguntó ella desconcertada, sonrojándose al instante.

- Sí, así es como te llamó tu madre en aquella cena en tu casa. Katherine Madison Marie.

• Sí... ese es mi nombre completo. - respondió encogiéndose de hombros, algo cansada.

- Entonces... ¿Te llaman «Kat»?»

• Sí, mis amigos me llaman Kat.

- ¿Y «Mad Kat»? ¿Alguien te llama así? - le pregunté en tono burlón.

• ¿Qué? ¡No! ¡Nadie me llama así! - comentó, haciendo un leve mohín de ofendida.

- ¿Puedo llamarte «Mad Kat»?

Ella se echó a reír.

• ¿Qué? ¿Por qué quieres llamarme «Mad Kat»?

Me encogí de hombros.

- Bueno, porque eres feminista... así que la gente podría pensar que estás loca...

(una forma de decir “loco” en inglés es “mad”.)

Me miró con fingida frustración.

- Y te llamas Kat. Así que puedo llamarte «gata loca», ¿No?

(Mad Kat = Gata loca)

Ella se rió.

• ¡Estás loco! - Empezó a darme golpecitos, intentando hacerme cosquillas.

- Además, es gracioso porque eres una «gata loca» paseando a un perro, ¿No?

Esto la hizo reír hasta llorar.

- Y si alguna vez cambias de actitud, podré llamarte «Good Kat», aunque nunca he visto un gato que sea realmente bueno.

Entonces, de repente, me agarró por la cintura y me miró con ojos risueños.

• ¡Está bien!... ¿Y qué tengo que hacer para convertirme en una «gata buena»? - bromeó, sin darse cuenta de que estaba coqueteando.

- ¡No lo sé! - admití, suspirando ante el rebote bajo su escote. -Quizás... tengas que demostrarme lo buena que eres.

Titan gimió, ya que habíamos dejado de caminar. Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que las cosas se estaban descontrolando entre nosotros.

Titan olfateaba a su alrededor, moviendo la cola, claramente más feliz ahora que Katherine estaba relajada. Encontramos un banco tranquilo bajo un roble, cuyas ramas proyectaban sombras moteadas sobre nosotros.

- Verás, los perros no muerden cosas sin motivo. - le conté, rascándole detrás de las orejas a Titan mientras él se inclinaba hacia mi mano. - Titan mordió esos palos porque olían a Ethan, un tipo al que apenas conoce. Para él, Ethan es solo un extraño ruidoso que grita. Así no se construye la confianza.

Katherine asintió con la cabeza, pasando los dedos por el borde del banco.

03: Dueño malo

• Entonces... ¿No ve a papá como parte de la familia? - preguntó con voz más suave ahora.

- Todavía no. - admití. - Pero a ti sí te ve así. La forma en que te lame y te sigue... eso es su forma de decir: «¡*Eres mía*!»

Exhaló, relajando los hombros, pero entonces su mirada se posó en mí, solo por un segundo, antes de apartarla. Y luego otra vez. Y otra vez. Cada vez, sus ojos se detenían un poco más, y sus labios se entreabrían como si quisiera decir algo. Titan gimió, empujándole la rodilla con su húmedo hocico, como si percibiera su inquieta energía.

- ¿Qué? - le tomé el pelo, recostándome contra el banco. - No dejas de mirarme como si tuviera pasta de dientes en la cara.

• Eh... no. - Se sonrojó. - Es solo que... es increíble lo mucho que sabes sobre perros.

Le agarré la rodilla mientras estábamos sentados.

- ¿Has pensado en trabajar en el refugio de animales? - le pregunté, al darme cuenta de que parecía mucho más feliz. - Es evidente que disfrutas con Titan y que él te quiere, y probablemente te interesarán más los animales... o los chicos o chicas de tu edad.

Entonces ocurrió algo extraño: se sonrojó y se enfadó al mismo tiempo.

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• ¿Crees que me gustan las chicas? - preguntó con mirada fulminante.

- No lo sé. Eres feminista. Puedo esperar cualquier cosa de ti.

• Bueno, para que lo sepas, me gustan los chicos.

- ¿Los chicos como yo? - bromeé. Se sonrojó al instante... - Quiero decir, los chicos como yo, pero más cercanos a tu edad. - aclaré.

• No estoy segura. – respondió con un suspiro.

Katherine retorció los dedos sobre su regazo.

• Es solo que... tú no eres como los demás chicos. - Su voz era apenas un susurro. - La mayoría de los hombres que conozco se habrían reído cuando yo lloraba. O peor aún, me habrían dicho que dejara de ser tan dramática.

Hizo gestos con los dedos para simular comillas en el aire y puso los ojos en blanco, pero bajo el sarcasmo se escondía una crudeza.

• Pero tú... te diste cuenta. Incluso me secaste las lágrimas. - Se acarició distraídamente la mejilla con el pulgar, como si estuviera siguiendo el rastro de mi caricia.

- Sí, pero porque lo necesitabas. Y porque estabas preciosa. - respondí encogiéndome de hombros.

Mientras caminábamos por el parque, ella parecía tensa.

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• Entonces... ¿Crees que soy preciosa? - preguntó, buscando atención, intentando parecer juguetona.

- ¡Sí! - respondí con una sonrisa. - ¡Porque eres una “preciosa gata loca”!

Volvió a reírse.

• ¡Cállate! – Se reía divertida.

Titan volvió a quejarse, dejándose caer a sus pies con un suspiro dramático. Su peso, cálido y sólido, parecía anclarla.

• Pues sí. - admitió, golpeando mi rodilla con la suya. - Quizás sí parezco preciosa cuando lloro. Pero no te acostumbres.

Su intento de sonrisa se desvaneció cuando captó mi mirada, persistente, sin defensas.

- ¡Sabes que no te convertiré en una “gatita linda que llora locamente”, Kat! – bromeé jugando con su nombre, pero ella contuvo el aliento.

(You know I won't make you a mad crying cute cat, Kat.)

• ¡Marco, eres tan tonto! - exclamó sonrojándose.

El aire entre nosotros se volvió denso. Katherine tragó saliva con dificultad, con el pulso acelerado y visible en la cavidad de su garganta. Titan, siempre oportunista, aprovechó el momento para meter el hocico bajo su mano, exigiendo caricias. Ella se rió, con un sonido nervioso e inquieto, pero sus dedos temblaban mientras se hundían en su pelaje.

- Tengo que ir al baño. – Le dije, leyendo el ambiente.

Clarissa ya estaría paseándose junto al lavabo, con los muslos húmedos por la anticipación. Pero Katherine me agarró de la manga y me detuvo a mitad de camino en el banco donde nos sentamos.

• Espera... - Sus dedos se clavaron en la tela y luego se retiraron como si se hubieran quemado. - ¿Te volveré a ver mañana?

Las palabras salieron demasiado rápido, sus ojos verdes se movían rápidamente de mi cara a la cola que movía Titan, como si no pudiera decidir qué era más seguro mirar.

Arqueé una ceja.

- ¿Me estás pidiendo una cita, gatita loca?

Se desplomó contra el banco, retorciendo los dedos en el pelaje de Titan.

• No lo sé. ¿Quieres? - El tono de su voz, medio en broma, medio en serio, me aceleró el pulso.

Titan gimió suavemente, sintiendo el cambio en su olor.

- ¡Por supuesto! - respondí, rozando su rodilla con la mía. - Eres adorable cuando te pones nerviosa.

La luz del sol del mediodía reflejó las motas doradas de sus ojos verdes al abrirse. Sus labios se separaron, no en señal de protesta, sino con una vacilación silenciosa y hambrienta que me provocó un calor en las entrañas.

De vuelta en casa, Clarissa ya estaba paseándose cerca del baño de invitados cuando entré.

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o ¡Llegas tarde! - siseó, arañándome el cinturón con sus uñas pintadas antes de que pudiera siquiera cerrar la puerta con llave. El aroma floral de su perfume chocaba con el olor más fuerte de su impaciencia.

- ¡Y tu marido es un estúpido! - murmuré mientras me bajaba los pantalones.

Ella no se detuvo, simplemente me introdujo en su boca con un hábil movimiento de lengua, hasta que mis palabras calaron en ella. Sus labios se separaron con un sonido obscenamente húmedo.

o ¡Lo sé! - confesó, con su aliento caliente contra mi piel. Sus ojos verdes, tan parecidos a los de Katherine, pero endurecidos por años de resentimiento, se posaron en los míos. - Para ser sincera, me alegré de que Titan rompiera esos estúpidos palos. Ethan pasa más tiempo puliéndolos que follándome.

Me quedé paralizado, con la mano enredada en su cabello platino.

- ¿Qué?

Esa confesión me hizo sentir como si estuviera entrando en el hueco de un ascensor: una repentina e impávida incredulidad. Clarissa se sentó sobre los talones, con la sedosa bata subiéndosele por los muslos.

o Sí. - escupió, con el rímel corrido por la rabia silenciosa que la había llevado hasta allí. - Ethan juega al golf todos los sábados y me folla una vez al mes, si tengo suerte. ¿Qué me dices de eso?

Su risa era amarga, pero sus dedos recorrieron mi miembro con caricias deliberadas y posesivas.

- ¡Espera, espera! - la detuve. - Sé que Ethan es un idiota... pero, en serio, ¿No follarse a una mujer como tú? ¿Está loco?

Clarissa se sonrojó.

o Bueno... tampoco era el más hábil en la cama. - confesó en voz baja. - Cinco o seis embestidas como mucho y ya se había corrido. Siempre decía que yo le agobiaba demasiado por querer más... así que dejamos de follar.

Hasta cierto punto, lo entendía: Clarissa está buenísima y, claro, aguantarse para no correrse rápido debe de ser todo un reto.

- Entonces... ¿Tuviste alguna aventura? -le pregunté.

o ¡Claro que tuve a Marco! ¿Crees que soy una monja o una idiota? - siseó. - Estaba Julio, el masajista; Jake, el mecánico; Otis, mi entrenador del gimnasio... y muchos otros. Y ahora estás tú.

Las baldosas del baño estaban frías contra mi espalda mientras procesaba la información. ¿Ethan, con su maldito Rolex y su esposa trofeo, ni siquiera podía satisfacerla? Era casi patético. Los labios de Clarissa se curvaron y sus dientes rozaron mi punta.

o Julio duró cuarenta y cinco minutos la primera vez. - ronroneó, moviendo la lengua. - ¿Jake? Dos rondas seguidas en su garaje.

Los nombres brotaban de ella como confesiones, cada uno de ellos apretando el nudo en mi estómago.

o Ahora me pregunto si mereces mi tiempo. - Me apretó suavemente, con el pulgar rodeando la cabeza. - Hasta ahora... me has demostrado que eres un "chico grande" ... y sí, tu semen es sabroso y saciante... (Sus labios se estrellaron contra los míos, el sabor ácido de mi propio semen mezclándose con su aliento a menta.) Pero quiero probar un poco más.

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Se apartó lo justo para dejar que la bata se deslizara por sus hombros, dejando al descubierto sus pechos, más llenos y pesados que los de Katherine.

o Quiero ver si lo que dijiste en nuestra cena era solo palabrería o qué... - Sus uñas me arañaron el pecho. - Si tu mujer realmente te deja tontear porque eres demasiado para ella.

Sonreí con aire burlón.

- Clarissa, déjame devolverte el favor y mostrarte de lo que soy capaz. - La besé, empujándola contra la encimera.

Ella jadeó, sin saber si iba a follarla o no. Se sorprendió cuando me arrodillé y le abrí la bata.

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o ¡Oh, Dios mío! - susurró, al notar mi cálido aliento cerca de su húmeda y excitada almeja.

Deslicé mi lengua y ella dejó escapar un grito de agradecimiento.

o Ahh... Yo... Nunca... Me han tratado... Así. – confesó.

Chupé su clítoris con entusiasmo y sonreí.

- ¡Bien! ¡Ahora verás cómo le devuelvo a mi mujer cada mamada que me hace los sábados!

03: Dueño malo

Los dedos de Clarissa se enredaron en mi pelo, sus muslos temblaban mientras yo la trabajaba, con lametones largos y lentos intercalados con chupadas bruscas en su clítoris hinchado. Sus caderas se sacudieron cuando deslice dos dedos dentro de ella, curvándolos justo en el punto adecuado.

o Oh, Dios... Marco, maldición... - exclamó con voz desgarrada.

Sí, Marisol cree que no es justo que le coma el sexo durante casi tres o cuatro horas seguidas. Es justo, ya que ella me hace una mamada cada mañana. Pero la verdad es que me gusta: me gusta ver a Marisol jadeando, con los pechos levantados, el cuerpo retorciéndose y la mano sobre mi pelo, guiándome hacia donde necesita que la complazca. Y parecía que Clarissa también lo necesitaba.

o ¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios! ¡Tus dedos! - dijo cuando empecé a masturbarla con ellos. -¡Sí!

Y volví a su clítoris.

La encimera del lavabo se clavaba en su culo desnudo mientras ella se arqueaba, con la respiración agitada. Podía saborear la diferencia: mientras que Marisol era sal y almizcle, Clarissa tenía un sabor casi dulce, mezclado con aceites de baño caros y resentimiento. Cada gemido que reprimía era una confesión: Ethan nunca se había tomado su tiempo, nunca se había molestado en conocer su cuerpo. Sus uñas me arañaron el cuero cabelludo cuando añadí un tercer dedo, y sus paredes internas se agitaban a su alrededor.

o Vas a... hnng... vas a hacer que... – me trató de advertir.

Sí, se corrió en mi cara, pero eso no me detuvo.

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Sus muslos se apretaron alrededor de mis orejas cuando llegó el primer orgasmo, y un calor húmedo me goteó por la barbilla. Me reí contra su clítoris, con un sonido grave y vibrante, y ella se estremeció, sacudiendo las caderas como una marioneta a la que le hubieran cortado los hilos.

o Oh, rayos... Marco... - la voz de Clarissa se quebró y sus dedos se enredaron en mi pelo con tanta fuerza que me dolía.

Pero no la dejé. Deslicé mi lengua lenta y suavemente por sus pliegues, saboreando la forma en que sus músculos se estremecían, y luego rodeé su clítoris hinchado con una precisión provocadora. Su respiración se aceleró y sus dedos se curvaron contra mi espalda.

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o Espera... espera... - jadeó, pero su cuerpo se arqueó hacia mí, traicionándola. El segundo clímax llegó más rápido, y su grito quedó amortiguado por su propio antebrazo al morderlo.

Para el tercero, temblaba, con las piernas abiertas y los talones enganchados en mis hombros.

o Estás... ¡ah! ¡Estás intentando matarme! - jadeó, con el pecho agitado.

Curvé los dedos dentro de ella, presionando contra ese punto esponjoso, y vi cómo echaba la cabeza hacia atrás.

- No. - murmuré, mordisqueándole el interior del muslo. - Solo me aseguro de que recuerdes quién es el dueño de este sexo ahora.

Su gemido era medio sollozo cuando volvió a correrse, con su sexo palpitando alrededor de mis dedos. El baño olía a sexo y a jabón caro, su propio aroma empalagoso en el aire húmedo.

Cuando deslicé mis tres dedos profundamente dentro de ella, le advertí:

- Cuando haya terminado contigo, serás mi puta personal y todos tus agujeros serán exclusivamente míos.

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Ayudó que mi comentario llegara justo cuando ella volvía a correrse.

o ¡Sí! ¡Sí! ¡Lo haré! ¡Ahhh! - jadeó, apretando mis muñecas con sus muslos mientras yo curvaba los dedos contra ese punto dulce en lo más profundo de ella.

Su sexo palpitaba a mi alrededor, caliente y resbaladizo, y yo no aflojé, ni siquiera cuando sus uñas me clavaron medias lunas en los hombros. El baño olía a sexo y desesperación, su perfume hacía tiempo que había sido ahogado por el sudor y la excitación.

Cuando finalmente retiré mis dedos, Clarissa se desplomó contra el mostrador, con el pecho agitado. Pero mi verga seguía dura, sobresaliendo entre nosotros como una exigencia. Sus ojos verdes y nublados se posaron en ella y luego se abrieron.

- ¡Es hora de devolver el favor, puta! - gruñí, agarrándome la base.

Ella tragó saliva, pero no dudó. Sus dedos temblaban mientras se acercaba a mí, sus labios se separaron con una reverencia que Ethan nunca se había ganado.

o ¡Sí, señor! - susurró, y entonces su boca se posó sobre mí, caliente, húmeda y hambrienta.

La primera pasada de su lengua casi me hizo maldecir. Clarissa no solo estaba chupando, estaba reclamando, con sus labios sellados firmemente alrededor de mi miembro mientras movía la cabeza. Le agarré el pelo con fuerza, obligándola a profundizar, y el sonido húmedo que vibraba en su garganta solo me estimuló más. Su nariz se presionó contra mi pelvis, con el rímel corrido por las lágrimas anteriores, no de tristeza, sino de alivio. Como si hubiera estado hambrienta de esto. La saliva goteaba por mis testículos mientras ella se retiraba, jadeando, pero no la dejé descansar. Volví a empujar, viendo cómo su garganta se hinchaba obscenamente a mi alrededor.

- ¡Tómalo! - le ordené con voz ronca.

Sus uñas se clavaron en mis muslos, pero no me empujó, solo gimió alrededor de mi miembro, con los ojos cerrados.

El segundo orgasmo la golpeó cuando tiré de su cabeza hacia adelante, clavándole mi verga en la garganta. Su sexo se apretó con fuerza, empapando la peluda alfombra debajo de ella, y supe que se estaba corriendo sin que la tocara, solo por la sofocante plenitud, el ritmo brutal. Me reí, con una risa grave y áspera.

- ¡Mírate! - murmuré, tirándole del pelo para obligarla a levantar la mirada. Las lágrimas le surcaban las mejillas, sus labios estaban rosados e hinchados. - ¿Ethan te ha follado la cara así alguna vez?

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Ella negó con la cabeza, o lo intentó, inmovilizada como estaba, y la necesidad descarnada de sus ojos era mejor respuesta que cualquier otra.

Su garganta se convulsionó a mi alrededor, su reflujo superado hacía tiempo por la pura desesperación. Podía sentir cómo tragaba alrededor de mi punta, los latidos agitados de su esófago ordeñándome más profundo. La saliva goteaba de su barbilla, su rímel se corrió formando ojeras de mapache, pero ella no se apartó. Ni siquiera cuando gruñí:

- ¡Trágatelo todo! - y me corrí con gruesas y espesas corridas por su garganta.

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Sus fosas nasales se dilataron —demasiado, demasiado rápido— pero siguió tragando, con la garganta trabajando frenéticamente hasta que el primer chorro cremoso se le escapó por la nariz.

Clarissa se derrumbó contra el piso, jadeando, con los labios brillantes por el exceso. Parecía destrozada: su cabello platino pegado a la frente húmeda, la bata abierta, los muslos aún temblando por las réplicas. Pero cuando levantó la barbilla, sus ojos verdes ardían con algo más feroz que la satisfacción: propiedad.

o Sabes mejor que Julio. - dijo con voz ronca, lamiéndose los labios. Sacó la lengua para atrapar una gota perdida en la comisura de la boca. - Y follas mejor que Jake.

- ¡No digas eso todavía! - bromeé, mirando sus pechos desnudos, más pesados que los de Katherine, con los pezones aún endurecidos por mi boca. - ¡No me has sentido entre tus piernas!

Clarissa se levantó bruscamente, con la bata arremangada a sus pies. Me besó con fuerza, reclamando mi lengua con el mismo apetito que había mostrado unos minutos antes. Su sabor —a menta, sal y a mí— hizo que mi pulso se acelerara.

o Tengo que ducharme. - jadeó contra mis labios. - Katherine está a punto de volver de su paseo. (Sus dedos recorrieron mi pecho, deteniéndose justo por encima del cinturón.) ¿A menos que quieras que nos encuentre así?

03: Dueño malo

La idea de que Katherine entrara, con esos ojos verdes estupefactos y los labios entreabiertos, me provocó una sacudida. Pero di un paso atrás, ajustándome con una risa áspera.

- La próxima vez. - prometí, viendo cómo la sonrisa de Clarissa se hacía más profunda mientras se dirigía a la ducha.

El vapor se enroscaba alrededor de su silueta mientras se metía bajo el chorro, con el culo desnudo brillando en la penumbra.

Antes de salir de la casa, revisé los palos una vez más. Realmente no podía creer que Ethan hubiera armado tanto alboroto por nada. Pero cuando cerré la puerta, me encontré con Katherine y Titan en el jardín delantero.

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• ¡Oh, todavía estás aquí! – exclamó Katherine, sorprendida, mientras Titan movía la cola con entusiasmo.

Estaba sonrojada por la caminata, con el cabello platino ligeramente húmedo en las sienes y los ojos verdes muy abiertos.

- Sí... estaba comprobando los palos. - mentí con naturalidad, aunque mi pulso se aceleró cuando su mirada se desvió hacia la casa.

• ¡Oh! - exclamó, apretando con fuerza la correa de Titan. - Se me olvidó decírtelo: mi madre se levanta a esta hora... así que, si te la encuentras... (Dudó, mordiéndose el labio.) ¡Por favor, no te asustes!

Me reí despacio y le revolví el pelaje a Titan cuando me dio un empujoncito en la rodilla.

- ¡No te preocupes, gatita loca! No lo haré.

Antes de que pudiera darle demasiadas vueltas al asunto, me incliné y le di un beso en la mejilla, deteniéndome un segundo más de lo necesario para captar el ligero sobresalto en su respiración...


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