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04: Dinámica de la manada (Parte 1)




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Compendio III


04: DINÁMICA DE LA MANADA (PARTE 1)

(Nota de Marco: El relato se alargó un poco, por lo que iba terminar cortándolo en 2 partes de cualquier manera. Espero subir la continuación en unas horas más.)

Cuando volví a casa por la tarde, me alegré de ver que teníamos invitados.

> ¡Marco! Has vuelto pronto. - me saludó Sonia desde la tumbona junto a la piscina, bajándose las gafas de sol lo justo para que pudiera ver el brillo juguetón de sus ojos.

04: Dinámica de la manada (Parte 1)

El sol de la tarde reflejaba las gotas de agua en sus hombros bronceados mientras se estiraba, y las tiras de su bikini turquesa se tensaban ligeramente contra su pecho.

Mi buena amiga Sonia, con quien comparto a mi hijo Bastián, vino a visitarnos junto con su pareja, Elena. Mientras caminaba hacia la piscina trasera, las tres hermosas mujeres en bikinis diminutos (mi esposa Marisol, Sonia y Elena) charlaban mientras nuestros hijos chapoteaban en la piscina.

❤️ ¡Papá! ¡Papá! - gritó nuestra pequeña Alicia que salió corriendo de la piscina, con sus piececitos golpeando el cemento mojado.

El agua salpicó en arcos cuando se detuvo derrapando antes de chocar contra mis piernas.

❤️ ¿Has arreglado el problema con el perrito? - me preguntó con sus grandes ojos verdes parpadeando y mechones de pelo mojado pegados a sus mejillas sonrosadas.

Me agaché, con el calor de la tarde presionándome la espalda, y le revolví los rizos empapados.

- Más o menos. - admití, captando la sonrisa divertida de Marisol desde la tumbona.

Alicia no necesitaba detalles, solo la seguridad de que Titan estaba bien. Me dio un abrazo repentino y clorado antes de volver corriendo a la piscina, donde Bastián la esperaba, ya en medio de un salto de bomba. Sus risas salpicaban el patio, mezclándose con el tintineo del hielo en el vaso de Elena mientras daba un sorbo.

Sonia se estiró lánguidamente, arqueando la espalda lo suficiente como para que las tiras de su bikini se clavaran más profundamente en su piel.

> Marisol nos ha dicho que has tenido problemas con ese pendejo de Ethan. - dijo con voz baja y con un tono más agudo que la luz del sol.

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A sus 44 años, se comporta como si supiera exactamente lo que su cuerpo es capaz de hacer: el pelo negro azabache le cae sobre un hombro y las gafas de montura cuadrada brillan cuando inclina la cabeza. La tela turquesa se adhiere a sus curvas, subiendo lo suficiente como para rozar el borde de su cadera.

- Sí. - exhalé, frotándome la nuca, donde el calor se había convertido en un sordo latido. - Su perro mordió sus palos y bolsas de golf. Tengo que arreglarlos, porque de alguna manera es mi responsabilidad.

Las palabras salieron más secas de lo que pretendía, y Elena resopló en su bebida, haciendo tintinear los cubitos de hielo mientras negaba con la cabeza.

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< ¡Odio a ese cabrón lascivo! - espetó Elena, golpeando la mesa con tanta fuerza que la condensación saltó.

A sus 39 años, tenía una forma de hacer que la irritación pareciera elegante: su melena rubia y cardada rebotaba cuando echaba la cabeza hacia atrás y sus labios carnosos se curvaban con disgusto. Su bikini plateado se ceñía a cada curva, y el pezón carnoso se le clavaba en el generoso pecho cuando se inclinaba hacia delante.

< Cada vez que iba a esas reuniones, sentía sus ojos asquerosos sobre mí. - Se estremeció y cruzó las largas piernas con fuerza.

Marisol tamborileó con los dedos contra su muslo, y las tiras de su propio bikini se aflojaron al moverse.

- ¿Cuándo lo conociste? - pregunté, aunque en cuanto las palabras salieron de mi boca, la mirada de Elena me dejó clavado en el sitio.

< ¿No recuerdas que tuve que sustituir a Sonia durante su baja por maternidad? - espetó, quitándose las gafas de sol de ojo de gato con un chasquido seco.

Los lentes reflejaron la luz del sol, brillando intensamente antes de que las tirara sobre la mesita auxiliar.

< Esos seis meses fueron un infierno. Ese cabrón no perdía ocasión de rozarme «accidentalmente» cada vez que podía. - Su voz rezumaba veneno, pero sus manos temblaban solo ligeramente mientras se enrollaba un mechón de su melena cardada alrededor de un dedo.

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La tela plateada de su bikini se tensaba con cada respiración agitada, y el pezón se le marcaba más profundo en la piel.

> Bueno, no puedo culparlo. - bromeó Sonia, estirando los brazos por encima de la cabeza con una sonrisa lánguida. Las tiras turquesas de su bikini se clavaban en la suave piel de sus hombros mientras arqueaba la espalda, llamando deliberadamente la atención sobre el contorno de su pecho. - ¡Tienes un cuerpo estupendo, primor!

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Elena resopló y puso los ojos en blanco con tanta fuerza que se le cayeron las gafas de sol. Las atrapó con una mano refinada, mientras con la otra hacía un gesto vago en mi dirección.

< Quiero decir, mira a Marco. - La luz de la tarde se reflejó en las lentejuelas plateadas de su bikini cuando se inclinó hacia delante, con el escote presionando contra la tela tensa. - Todas sabemos que es un pervertido por los pechos... (Su voz se redujo a un susurro conspirador, aunque se oía perfectamente en todo el patio.) Sin embargo, nunca me molestó por eso.

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Me alegré de que nuestros hijos estuvieran chapoteando en la piscina.

+ ¡Pero por eso he estado intentando convencerlo de que se folle a la mujer y a la hija de Ethan! - intervino Marisol, con su voz resonando por encima de los chapoteos rítmicos de Alicia y Bastián, que jugaban al pillarse.

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Se estiró perezosamente en la tumbona, con la tela verde esmeralda de su bikini tensándose contra sus pechos redondos y rebotantes mientras arqueaba la espalda. La luz del sol se reflejó en los mechones castaños de su cabello, haciéndolos brillar como caramelo mientras me sonreía con aire burlón.

+ Imagina su cara cuando descubra que su preciosa esposa y su pequeña princesa han estado gritando el nombre de Marco toda la noche. - Sus dedos trazaban círculos en su propio muslo, sus ojos verdes brillando con picardía.

> No te cansas, ¿Verdad, Marisol? - Sonia estalló en carcajadas.

04: Dinámica de la manada (Parte 1)

Elena se atragantó con su bebida y, al toser, salpicó gotas de vodka con tónica. El hielo de su vaso tintineó violentamente antes de que lograra dejarlo sobre la mesa, y sus dedos refinados dejaron marcas húmedas en la superficie resbaladiza por la condensación.

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< ¡Por Dios, Marisol! - jadeó, secándose la barbilla con el dorso de la mano. Las lentejuelas plateadas de su bikini brillaban acusadoramente bajo la luz del sol. - ¿Primero dejas que se coma a la mitad de las mujeres de la junta directiva como si fuera un Casanova corporativo y ahora le encargas que profane todo el linaje de Ethan? ¡Estás completamente loca!

Marisol se encogió de hombros, con las tiras esmeralda de su bikini clavándose en sus hombros mientras se estiraba.

+ ¿Y qué? ¡Él tiene resistencia! - exclamó simplemente, como si estuviera hablando del clima en lugar de mi hipotética conquista de la familia de mi rival en el trabajo.

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Sus dedos se curvaron contra el cálido hormigón, dejando formas húmedas en forma de medialuna donde el agua de la piscina aún se aferraba a su piel.

+ ¡Vale la pena! ¡Míralo! - insistió Marisol.

Elena se limitó a reír, pero Sonia asintió pensativa, ajustándose las gafas con un dedo.

> Bueno... es hábil. - Señaló, recorriendo mi cuerpo con una mirada evaluadora que me hizo sentir un escalofrío a pesar del calor de la tarde. - Y tiene la… herramienta.

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La pausa antes de la última palabra fue deliberada, y sus labios se curvaron mientras la dejaba flotar en el aire como el aroma del protector solar y el cloro.

< ¡Sonia! - protestó Elena, lanzándole una servilleta de cóctel a su compañera.

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Esta cayó inútilmente al suelo, aterrizando cerca de la tumbona de Sonia. Sonia se limitó a sonreír con aire burlón, ajustándose el tirante de su bikini turquesa con deliberada lentitud.

+ ¿Qué? ¡Es la verdad! - ronroneó, estirando sus largas piernas. La luz del sol reflejó el brillo de su esmalte de uñas, de un rojo intenso y peligroso. - Entre las mujeres, Elena, tú eres la mejor... pero Marisol, (giró la cabeza, con sus ojos oscuros brillando detrás de las gafas.) si alguna vez decides separarte, estaré justo en tu puerta.

Marisol fingió ofenderse y se llevó la mano al pecho de forma dramática. La tela esmeralda de su bikini se tensó contra su generoso busto cuando se incorporó bruscamente.

+ ¡Sonia! ¡Traidora! - se quejó, aunque la sonrisa que se dibujaba en sus labios delataba su entretenimiento.

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Una sola gota de mojito virgen se deslizó por el valle entre sus pechos, brillando como un secreto a la luz de la tarde.

Elena puso los ojos en blanco con tanta fuerza que su peinado bouffant se tambaleó.

< ¡Por Dios, Sonia! - exclamó, recogiendo la servilleta tirada en el suelo y arrugándola en su puño.

Pero ni siquiera ella pudo ocultar el rubor que se le subía por el cuello: de repente, su bikini plateado le quedaba dos tallas pequeño. El pezón se le destacaba de la piel mientras se movía, cruzando sus largas piernas con más fuerza.

> Pero ahora, hablando en serio, Marco, deberías intentarlo. - Sonia me miró. - Marisol tiene razón: eres divertido y no eres un pendejo como Ethan. No rompes corazones y eres bastante honesto. Así que... sí, inténtalo.

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Marisol aplaudió, pero el sonido quedó amortiguado por la humedad que aún se aferraba a sus palmas por la piscina. La parte superior de su bikini esmeralda se desplazó peligrosamente con el movimiento, y una tira se le deslizó completamente del hombro mientras sonreía.

+ ¡Exacto! ¡Enséñale a Ethan lo que pasa cuando se mete con *nuestra* familia! - ronroneó, alargando la palabra como si fuera caramelo.

Más tarde, por la noche, después de que nuestros hijos se durmieran y nuestros invitados se marcharan, Marisol y yo hicimos el amor apasionadamente. La idea de que Clarissa ya me deseara excitaba mucho a Marisol.

+ Entonces... ¿Le has comido el sexo... hoy? - gimió mientras la embestía por detrás, con su colita golpeando mis caderas con cada embestida.

El dormitorio estaba a oscuras, salvo por la luz de la luna que se colaba por las persianas, dibujando rayas en su espalda sudorosa. Sus dedos arañaban las sábanas, retorciendo la tela mientras se arqueaba contra mí.

- Sí. Me dijo que Ethan era un desastre en la cama y que seguía acostándose con otros. - gruñí, agarrándola con más fuerza por las caderas, con tanta fuerza que al día siguiente le dejaría moretones.

04: Dinámica de la manada (Parte 1)

Marisol gimió, con los muslos temblando mientras se empujaba contra mí, haciéndome penetrarla más a fondo. Ella jadeó cuando de repente la puse boca arriba, con sus piernas enganchadas instintivamente alrededor de mi cintura. El deseo salvaje en sus ojos reflejaba el mío mientras se mordía el labio inferior y sus uñas arañaban mi pecho.

+ ¡Imagina que soy ella! - jadeó, con la voz cargada de lujuria. - Dime, dime cómo empezarías a arruinarla.

Mis embestidas se volvieron castigadoras, el marco de la cama golpeaba contra la pared con un ritmo que habría despertado a los niños si no fuera por el zumbido de la máquina de ruido blanco en el pasillo.

- Primero, la inmovilizaría así. - siseé, frotándome lentamente contra ella, observando cómo se le dilataban las pupilas. - La haría suplicar después de provocarla todo el día, igual que hizo Katherine.

+ ¡Oh, Dios! - gimió Marisol. - ¡Hazlo! ¡No me lo digas! ¡Sorpréndeme!

Y yo obedecí. Marisol se convirtió en una marioneta. Una marioneta sexual para mis fantasías más perversas. No quería que fuera apasionado. Al menos, no de la forma tradicional. Quería que la viera como una muñeca sexual. No con amor, sino de forma extremadamente sexual. Es difícil de explicar.

Era como plastilina en mis manos. Sus gemidos me rogaban que le amasara los pechos, que le follara el sexo con fuerza, que la agarrara con firmeza por la cintura y le diera verga (más precisamente, que le diera verga a Clarissa) de una forma que nunca antes había sentido.

Marisol se arqueó contra mí, levantando la espalda del colchón mientras yo la penetraba con embestidas lentas y deliberadas, cada una más profunda que la anterior. Sus dedos se retorcían en las sábanas, con los nudillos blancos, mientras sus piernas temblaban alrededor de mis caderas. La luz de la luna reflejaba el sudor que brillaba entre sus pechos, y el rápido subir y bajar de su pecho delataba lo cerca que estaba ya.

+ ¡S-sí! - jadeó, con la voz quebrada mientras echaba la cabeza hacia atrás. - ¡Así! ¡ Exactamente así! ¡Fóllala como si fuera tuya!

Es curioso pensarlo, pero mi mujer, al igual que yo, tiene mucha imaginación, por lo que le gusta fingir que es otra mujer y se mete de lleno en el papel.

Los gemidos de Marisol se convirtieron en sollozos entrecortados cuando le inmovilicé las muñecas por encima de la cabeza y empujé con mis caderas con implacable precisión. Sus muslos temblaban contra los míos, resbaladizos por el sudor, y su respiración se entrecortaba mientras se arqueaba debajo de mí.

+ ¡Muéstrame, muéstrame cómo la romperías, por favor! - suplicó con voz ronca y las pupilas dilatadas por la lujuria.

La luz de la luna reflejaba el brillo de las lágrimas en el rabillo de sus ojos, no por el dolor, sino por la intensidad de todo aquello.

No respondí. En cambio, le levanté las caderas, inclinando su cuerpo para que cada embestida fuera más profunda, más fuerte. Marisol arqueó la espalda sobre el colchón, curvando los dedos de los pies mientras un grito ahogado se le escapaba de la garganta. Sus uñas me arañaron los antebrazos, dejándome marcas rojas, pero no bajé el ritmo. No podía. No cuando ella se retorcía debajo de mí de esa manera, con su cuerpo apretándome con pulsaciones fuertes y desesperadas.

+ ¡La tomarías así! - gruñó, con la voz ronca por el esfuerzo. - ¡La harías olvidar que Ethan existió alguna vez!

Era hermoso, crudo e intenso porque a Marisol le encantaba. Mi esposa no quería que le hiciera el amor con ternura. No, solo quería sexo crudo, sin sentido, animal. Y, sorprendentemente, eso me excitaba y ella se dio cuenta. Porque cuando empecé a amasar sus pechos, imaginé los pechos de Clarissa. Mientras su sexo me ordeñaba, imaginé el sexo de Clarissa apretándome con fuerza, y así sucesivamente, hasta el punto de que no estaba haciendo el amor con mi esposa, sino convirtiendo a Clarissa en mi puta personal, y a Marisol le encantaba.

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Ella gimió más fuerte cuando le puse las piernas sobre mis hombros y la penetré con profundas y castigadoras embestidas que hacían que el cabecero golpeara contra la pared. Sus dedos se retorcían en las sábanas, su espalda se arqueaba sobre el colchón mientras jadeaba:

+ ¡Sí! ¡Oh, Dios! ¡Sí! ¡Rómpela! ¡Destrúyela así!

Su voz estaba destrozada, sus muslos temblaban alrededor de mis caderas mientras me tomaba cada centímetro, su cuerpo convulsionando con cada embestida.

Para cuando estaba follando a mi esposa con los movimientos de una máquina de coser, Marisol estaba casi llorando. Ella se corría una y otra vez y yo no paraba. Era implacable. A diferencia de Ethan, no soy un «inútil de cinco empujes». Me gusta follar. Lo disfruto y trato de que dure. Además, mi grosor ayuda, ya que todas las mujeres con las que he estado dicen que las termino llenando mejor que cualquier otro hombre antes que yo. Por supuesto, a veces pienso que es solo el capricho del momento, pero sus cuerpos me dicen lo contrario y, por lo general, terminan quedándose a mi lado después, esperando otra buena follada.

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Marisol gritaba. Gritaba de verdad. Estaba imaginando el estrecho sexo de Clarissa siendo estirado por mí y eso la volvía loca. Sus pechos rebotaban al unísono con mis embestidas y su cuerpo estaba cubierto de sudor. Su piel brillaba bajo la luz de la luna que se filtraba a través de las persianas. Sus piernas se enroscaban con fuerza alrededor de mi cintura, tratando de atraerme más profundamente dentro de ella.

+ ¡Oh, Dios! ¡Marco! - gritó, con la voz ronca de tanto gemir y gritar. - ¡Fóllala! ¡Fóllala más fuerte! ¡Hazla tuya!

Podía sentir a Jacinto moviéndose en su cuna a unos metros de distancia, pero sabía que no se despertaría. El niño dormía como un tronco, gracias a Dios, porque sus padres eran unos degenerados absolutos. Las uñas de Marisol se clavaban en mi espalda mientras arqueaba su cuerpo contra el mío, moviendo las caderas salvajemente para recibir mis embestidas.

+ ¡No pares! ¡No pares! - suplicaba, con la voz quebrada por la desesperación.

Luego estaba todo el tema de correrme dentro de ella: si me estuviera follando a Clarissa, lo haría sin protección, pero correrme dentro de ella podría significar que quedara embarazada.

Solo pensar en ello me provocó una oleada de satisfacción primitiva: la idea de llenar a la esposa de Ethan con mi semilla, dejándola temblorosa y llena, sabiendo que existía la posibilidad de que llevara a mi hijo mientras él seguía sin darse cuenta. Marisol debió de notar el cambio en mi ritmo porque de repente se arqueó debajo de mí, clavándome los dedos en los bíceps.

+ ¡No, no, no la saques! - jadeó con voz desesperada. Sus piernas se cerraron alrededor de mi cintura como una prensa, con los talones presionando la parte baja de mi espalda. - ¡Llénala! ¡Hazla tuya!

No hubiese podido aunque quisiera, y Marisol lo sabía, lo que de alguna manera contribuía a esta «dualidad Clarissa/Marisol»: una vez que me corro, mi pene se hincha y permanezco atrapado dentro de la mujer con la que estoy durante diez o quince minutos, lo que me da tiempo suficiente para recuperarme y volver a empezar. Pero en ese momento, la dualidad era perfecta: Marisol era el recipiente, pero Clarissa era el objetivo.

+ ¡Llénala!... ¡Hazla tuya!... - jadeó Marisol, agarrando con los dedos mi espalda empapada en sudor mientras me hundía hasta el fondo, con mi verga retorciéndose violentamente dentro de ella.

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La primera descarga golpeó su cérvix como un ariete, y su cuerpo se convulsionó debajo de mí, su sexo apretando con pulsaciones rítmicas como si intentara extraer hasta la última gota. La segunda descarga fue más caliente, más espesa, inundando su útero mientras ella gemía, no en protesta, sino en rendición. Para la tercera, sus muslos temblaban incontrolablemente, sus uñas tallando medias lunas en mis hombros.

+ ¡Oh, Dios!... ¡Oh, Dios! ¡Es demasiado rico! - sollozó, con la voz quebrada mientras mi cuarta y quinta descarga pulsaban dentro de ella, cada una más profunda que la anterior.

Me corrí con cinco explosiones. Y me refiero a explosiones, porque mi verga parecía estar disparando fuegos artificiales dentro de mi esposa. Marisol, por su parte, sintió una cálida inundación de casi medio litro de leche derramándose dentro de ella, limpiándola. Llenándola. Una vez que ambos terminamos, estábamos resbaladizos y cubiertos de sudor.

+ ¡Oh, Dios!... si le haces... eso... ella será... tuya para siempre... mi amor... - jadeo con voz ronca mientras recuperaba el aliento.

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Me reí, sin que realmente me importara. A pesar de la belleza de Clarissa, amo a mi esposa y no la cambiaría por nadie. Así que la abracé, rodeando su cintura con mis brazos y sintiendo los cálidos y acogedores pechos de Marisol en mis manos. Después de eso, nos quedamos dormidos.

A la mañana siguiente, nos despertamos con el cuerpo cansado. Marisol, mi pequeña traviesa y siempre cariñosa, ya estaba dedicada a ordeñar mi erección matutina con la boca.

+ ¡Sabes mejor cuando tienes mis jugos encima! - me saludó cuando por fin me desperté.

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Siguió chupando y chupando hasta que me corrí en sus labios y se lo tragó todo.

- ¿Sabes? Clarissa todavía tiene problemas para tragar mis corridas.

Marisol se rió despacio y satisfecha.

+ ¡Aficionada!

Me levanté. Me di una ducha y la dejé descansar en la cama.

+ ¡Espero que también disfrutes de Katherine, mi amor! - Mi esposa me deseó lo mejor cuando me fui. Me sonrojé, sintiendo cómo se me agitaba la verga.


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