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Compendio III
02: EL ARTE DE LA SUMISIÓN

+ ¡Ah, sí! ¡Ah, sí! - gemía Marisol mientras yo golpeaba su dulce y redondo trasero con mi pene.
Sus enormes pechos, redondos y pesados como melones maduros, se sacudían violentamente con cada embestida, rebotando con un ritmo hipnótico contra las sábanas arrugadas. El aroma de su excitación mezclado con el olor almizclado de nuestro sudor llenaba la habitación, denso y embriagador.
Marisol clavó sus uñas en la cama, y sus gemidos se hicieron más fuertes mientras yo la agarraba con más fuerza por la cintura.
+ ¡Dímelo otra vez! - jadeó, con la voz entrecortada por el deseo. - ¡Dime cómo te miraba Katherine! ¡Cómo te deseaba!
Si fuera por mí, no la engañaría.
Marisol me vuelve loco: sus caderas rozando las mías en la ducha antes de ir al trabajo, su boca y sus labios cálidos mientras duermo y me despierta con la mamada matutina, la forma en que desliza una mano dentro de mis pantalones mientras preparamos la cena solo para sentir cómo me endurezco bajo su tacto. Follamos como conejos, pero nunca es suficiente para ella ni para mí. Cuanto más llego a casa oliendo a perfume de otra mujer, más se aferra a mí, voraz, como si mi infidelidad fuera una especie de afrodisíaco.
Pero ahora, la idea de que yo, eventualmente, me follara a Katherine, hizo que su lujuria se disparara.
- No estoy... no estoy... seguro. - Dudé, con su estrecho ano ardiendo como un increíble agujero negro.
+ ¡Dios!... ¡Mi amor!... Eres tan guapo... y tienes esta verga... agh... ella estará loca por ti... - me animó Marisol.

A pocos metros de nosotros, nuestro Jacinto dormía en su cuna, sin saber que sus padres son unos pervertidos. Esos minutos fueron increíbles: Marisol puede ser tan guarra, pero estábamos fingiendo que me estaba follando a Katherine en lugar de a ella.
+ ¡Dios, Marco! ¡Imagina que es virgen por el culo! - gimió mientras alcanzaba otro clímax.
La idea de que yo deshonrara el culo de una joven veinte años más joven que ella era abrumadora. Y sí, Marisol puede recibirme entero. Pero los pastos más verdes nos alimentan a los dos. Mi pene chorreaba dentro de la colita de Marisol y ella ahogaba sus gemidos bajo la almohada. El intenso pulso de mi eyaculación la hizo apretarse alrededor de mí, con el cuerpo temblando mientras ahogaba otro grito en la tela. Incluso agotado, podía sentir cómo me hinchaba de nuevo dentro de ella, una respuesta posesiva, casi salvaje, a la forma en que sus paredes aún se agitaban a mi alrededor. Nos quedamos allí tumbados, pegajosos y sin aliento, con su espalda presionada contra mi pecho mientras mis manos recorrían su piel sudorosa.
- Sé que lo digo siempre... - suspiré, amasando el pesado peso de sus pechos, pellizcándole los pezones hasta que se arqueó. - Pero no creo que acabemos follando, Marisol.
Ella se rió, sin aliento y maliciosa, guiando mis manos para que apretaran más fuerte.
+ ¡Ay, mi amor! ¡Eres tan lindo! - Su voz era melosa y seductora. - ¡Confía en mí! Eres valiente, encantador, educado... Katherine no tiene ninguna oportunidad contra ti.
Sus caderas se movieron deliciosamente, provocándome otro gemido mientras exprimía lo poco que me quedaba.
Y nos quedamos dormidos. Esa mañana, la extraña tensión eléctrica, la incertidumbre de que hubiera algo o tal vez nada, nos emocionó a ambos. Marisol me chupó la erección con devoción, como si se imaginara a sí misma siendo Katherine y haciendo lo mismo. Y yo estaba indefenso: Marisol es una chupadora de penes increíble. Sus labios se sellaron alrededor de mí con facilidad experta, su lengua girando justo debajo de la cabeza de esa manera que tensaba mis muslos. Ella tarareaba, y la vibración viajaba directamente a mi columna vertebral, y cuando se apartó para arrastrar ligeramente sus dientes a lo largo de mi miembro, yo siseé.

+ Estás pensando en ella. - murmuró, con su aliento caliente contra mi piel, masajeándome a un nivel maquiavélico. - ¿No es así?
No podía mentirle. Al menos, mi cuerpo no podía. Mi pene se estremeció involuntariamente cuando la lengua de Marisol recorrió las venas a lo largo de mi miembro, prueba de que sus palabras habían calado más hondo de lo que quería admitir. Mi cerebro seguía gritando racionalidad, aferrándose a la moral como un hombre que se ahoga a un trozo de madera. Pero la racionalidad no tenía cabida aquí, no cuando los labios de Marisol me envolvían, su garganta trabajando en tragos lentos y deliberados que hacían que mis caderas se sacudieran. No me soltó hasta que me dejó seco, con los dedos presionando insistentemente la base de mi verga como si quisiera exprimir hasta la última gota. Cuando finalmente se apartó, con los labios brillantes, se los lamió con una sonrisa de satisfacción y me dio una palmada en el muslo.
+ ¡Vete ya! ¡Te estará esperando!
El trayecto hasta la casa de Katherine fue una tortura. El asiento de cuero crujía bajo mi peso, el aire acondicionado echaba aire frío que no servía para enfriar el calor que sentía debajo del cinturón. Cada semáforo en rojo se alargaba hasta el infinito, cada mirada a mi reflejo en el espejo retrovisor mostraba el mismo brillo hambriento en mis ojos que Marisol había puesto allí. Y luego estaba esa maldita contracción: mi verga se endurecía intermitentemente, atrapada en los confines de mis pantalones, dolorida al pensar en el ágil cuerpo de Katherine inclinándose sobre la correa de Titan. La forma en que su camiseta se subía, dejando al descubierto la suave curva de su espalda baja. La forma en que esos pantalones cortos se ceñían a su culo como si estuvieran pintados…

Pero lo cierto es que las feministas y las putas tienen un código de vestimenta similar.
Katherine estaba de pie en la puerta, con las caderas ladeadas hacia un lado, su camiseta corta subida lo suficiente como para dejar al descubierto la delicada curva de su ombligo, un destello de piel en el que no debía detenerme. La tela se ceñía a ella como una segunda piel, delineando el contorno de sus pechos, más pequeños que los de Marisol, pero no menos tentadores, con los pezones marcados bajo el fino material. Sus pantaloncillos eran pecaminosamente cortos, ceñidos a la redondez de su trasero antes de dar paso a unas piernas que parecían estirarse por kilómetros.
• ¡Hola! - saludó Katherine, evitando mi mirada.
Se adelantó hacia el corral de Titan, contoneando las caderas con una gracia deliberada y fluida, como si supiera exactamente dónde estaba clavada mi mirada. La mezclilla de sus pantalones cortos se tensaba con cada paso, enmarcando la suave curva de su trasero de una forma que me aceleraba el pulso. ¿Me estaba poniendo a prueba? ¿Quería comprobar si el bulto que había vislumbrado ayer era real o solo un efecto de la tela?
Mientras seguía su trasero contoneándose, sin prestar apenas atención a sus palabras, me preguntaba quién era el mayor pervertido:

¿Katherine, con su piercing en la nariz y su top ajustado que apenas contenía sus pechos rebotando, pavoneándose descaradamente delante del socio de su padre? ¿O yo, un hombre lo suficientemente mayor como para ser su padre, deslizando mentalmente esos pantalones cortos por sus muslos mientras imaginaba el calor húmedo entre sus piernas? Mi verga se retorció violentamente contra la cremallera al pensarlo, y la tela se tensó obscenamente.
Sin embargo, todo volvió a la normalidad una vez que llegamos al corral de Titan. El husky, que momentos antes había estado gruñendo y lanzándose contra la valla como un lobo salvaje, se quedó paralizado en cuanto me vio. Sus orejas se aplastaron al instante y su cola se encogió tanto que casi desapareció entre sus patas. Un gemido agudo escapó de su garganta, más parecido al llanto de un cachorro que al gruñido bestial que había estado lanzando segundos antes. Katherine jadeó y se llevó los dedos a los labios.
• ¡No puedo creerlo! - Susurró con los ojos verdes muy abiertos por la incredulidad. - Él nunca... ni siquiera con mi padre...

Se interrumpió, pero la implicación era clara: Ethan no podía exigir ese tipo de sumisión.
- ¡Sí! - respondí con un suspiro, sabiendo lo que realmente significaba.
Los dedos de Katherine se crisparon contra el dobladillo de su top corto, clavando las uñas en la tela mientras me veía abrir la puerta del corral con demasiada facilidad. Titan no se abalanzó. No gruñó. El husky se pegó a la pared del fondo, con sus ojos albos mirando de un lado a otro como un conejo acorralado que huele a un lobo.

- Ahora me tiene miedo. - murmuré, más para mí que para ella. -No necesitamos eso. No hay nada más inútil que un perro que le tiene miedo a su dueño.
No se me escapó la ironía: lo fácil que era que el dominio se convirtiera en terror. Los gemidos de Titan eran lastimeros, todo su cuerpo temblaba mientras yo me agachaba, bloqueando deliberadamente su ruta de escape. Katherine se quedó detrás de mí, con la respiración agitada.
• ¿Por qué es eso malo? - preguntó, con una voz demasiado débil para la mujer que se había pavoneado delante de mí unos minutos antes mostrando su trasero.
- Porque ante el peligro, se esconderá detrás de ti. ¡Por eso! - respondí con una suave risa, observando cómo las orejas de Titan se movían al oír mi voz.
El husky prácticamente vibraba de tensión, con el pelaje erizado mientras se acurrucaba más en la esquina. Katherine frunció el ceño y entreabrió los labios como para discutir, pero entonces su mirada se posó en la temblorosa figura de Titan y dudó.
Incluso cuando me acerqué a él, Titan estaba molesto. El pobre perro intentó retroceder, comprendiendo mejor que la valla que rodeaba su corral también podía atraparlo. Me reí despacio. Quizás teníamos una oportunidad.
- ¿Tienes alguna golosina? - le pregunté a Katherine, que todavía parecía confundida, retorciendo inconscientemente un mechón de cabello platino alrededor de su oreja.
Los gemidos de Titan se intensificaron, un sonido patético y desesperado, mientras me miraba casi suplicante.
- Ahora me ve como una amenaza. - le expliqué. - Dale una golosina y serás su ángel.
Sus ojos verdes se abrieron ligeramente antes de apresurarse hacia un cajón cercano, con los pantalones cortos subiéndole aún más con cada paso. La forma en que se inclinó, solo ligeramente, para rebuscar en el cajón me provocó una oleada de calor en la entrepierna. El destello de encaje rosa que asomaba por encima de la cintura no ayudó.
• ¡Aquí! - dijo sin aliento, tendiéndome un puñado de tiras de cecina.
Sus dedos rozaron los míos, demorándose un poco más antes de retirarse bruscamente, con las mejillas coloradas.
Para realzar el efecto, cuando Katherine se acercó a él con la golosina, me alejé de ellos.
Los ojos albos de Titan se movían rápidamente entre nosotros, con las orejas temblando, y la incertidumbre se reflejaba en su postura como una corriente. Katherine dudó, con los dedos temblorosos mientras le ofrecía la tira de cecina. El husky olfateó el aire con cautela, arrugando el hocico al percibir la mezcla del aroma de la carne y su perfume. Luego, con un movimiento lento y vacilante, avanzó unos centímetros, moviendo ligeramente la cola.
- ¡Lo estás haciendo muy bien! - Le susurré desde el otro lado del corral, apoyada contra la pared con los brazos cruzados.
Katherine me lanzó una mirada nerviosa, mordiéndose el labio inferior. Pero entonces, Titan sacó la lengua y le quitó la golosina de la palma con tanta suavidad que apenas le rozó la piel. Ella dejó escapar un sonido, mitad risa, mitad jadeo, mientras el husky movía la cola con entusiasmo, golpeando el suelo como un metrónomo que encuentra su ritmo.
A continuación, Titan le acarició la rodilla con el hocico, presionando su húmedo hocico contra su piel desnuda con tímida curiosidad. Los dedos de Katherine temblaban mientras se agachaba y le acariciaba el espeso pelaje.
• ¡Dios mío! - susurró, con voz apagada por el asombro. El perro se inclinó hacia ella, y su terror inicial se disolvió en algo peligrosamente parecido a la confianza. - ¡No lo puedo creer!
- ¿Lo ves? - sonreí, observando cómo Titan movía la cola con impulsos erráticos.
Katherine se rió cuando él le dio un empujoncito en la cadera, presionando su nariz contra la fina tela de sus pantalones cortos, probando, provocando. Ella buscó a tientas otra golosina, con una risa ligera y entrecortada, mientras la lengua de Titan se movía rápidamente, atrapando la tira de carne seca antes de que ella pudiera extenderla por completo. Su cola golpeaba con más fuerza, y sus patas se movían con entusiasmo.
Katherine jadeó cuando su fría nariz chocó contra su vientre desnudo.

• ¡Titan! - chilló, arqueando la espalda, pero el husky la siguió, acariciándola descaradamente con el hocico bajo su top corto.
Sus manos se agitaron, indecisas entre empujarlo y rendirse a su insistencia.
• ¡Para!... ¡Dios mío! ¡Eso me hace cosquillas!... - Sus risitas se disolvieron en un gemido cuando su hocico rozó sus costillas y su cuerpo se retorció instintivamente.
Verla retorcerse, con la camiseta subida hasta dejar al descubierto el suave bulto de su vientre, envió una descarga de calor directamente a mi verga.

- No va a parar. - advertí, con una voz más áspera de lo que pretendía.
Titan movía la cola con furia mientras Katherine sacaba otra golosina del paquete; esta vez, el husky se la arrebató de entre los dedos con un travieso movimiento de lengua. Su victoria duró poco. En cuanto mi sombra cayó sobre ellos, sus orejas se aplastaron al instante. Un gruñido sordo retumbó en su pecho, sin convicción, inseguro, mientras se apretaba contra las piernas de Katherine como si fuera un escudo. Ella se quedó paralizada, con los dedos enredados en su pelaje.
• Marco...
Me reí, a pesar de la mirada furiosa de Titan.
- ¡No pasa nada! Tu perro tiene que respetarte. No temerte. - le aclaré, levantando las manos para demostrarle que no era una amenaza.
Él siguió gruñendo, pero le dio tiempo a Katherine para recomponerse. Me acerqué a él y retrocedió. Supo que algo estaba pasando cuando vio el arnés en mi mano: correas de nailon negro con brillantes hebillas metálicas que hacían un ruido siniestro mientras lo ajustaba. Las fosas nasales de Titan se dilataron y sus ojos blancos se movían rápidamente entre mí y el arnés, como si fuera una serpiente enroscada.
• Marco, ¿Qué estás haciendo? - preguntó Katherine con voz temblorosa.
Sus dedos se aferraron al dobladillo de su top corto y lo estrujaron. Las orejas de Titan se movieron al oír su tono y su gruñido se intensificó, convirtiéndose en algo defensivo. No respondí de inmediato, concentrándome en las correas del arnés: el nylon inflexible contra mis palmas, las frías hebillas haciendo clic como dientes. Titan se abalanzó, con las mandíbulas chasqueando a pocos centímetros de mi muñeca.
- ¡Botiquín de primeros auxilios! - ordené, esquivando otro mordisco. Sus garras arañaban desesperadamente las baldosas. - Esta parte no le va a gustar.
Luchamos durante unos tres minutos para ponerle el arnés. Me mordió cuatro veces. Me arañó. Se retorció. Gruñó. Pero cuando se dio cuenta de que yo no iba a ceder, se rindió.
• ¡Dios mío, Marco! ¡Te ha mordido otra vez! - exclamó Katherine, con la voz quebrada, mientras se apresuraba a acercarse y pasaba los dedos por las marcas rojas que se alzaban en mi antebrazo.
Titan jadeaba con fuerza, con el pecho agitado, pero el arnés se ajustaba perfectamente a su pelaje, inflexible, innegable. Las manos de Katherine temblaban mientras aplicaba antiséptico sobre las mordeduras, con los ojos verdes brillantes por las lágrimas contenidas.
• ¡Estás sangrando! - susurró, pasando el pulgar por una gota de sangre antes de que pudiera resbalar por mi muñeca.
Apenas sentí el pinchazo del alcohol. No cuando sus pechos se presionaban contra mi bíceps con cada respiración temblorosa, no cuando su perfume, algo dulce, joven y floral, me envolvía como una nube embriagadora.

- ¡Lo sé! - Sonreí, flexionando los dedos a pesar del dolor punzante. - Pero por fin le he puesto el arnés.
Titan gimió, arañando las correas como si estuvieran fundidas. Katherine me miró, con una mezcla de exasperación y asombro, y abrió los labios con incredulidad.
• ¡Estás loco! – Se burló, pero sus dedos se detuvieron en mi piel, trazando el contorno de un arañazo con una presión ligera como una pluma.
El aire entre nosotros se espesó, cargado de algo más caliente que el dolor o la adrenalina. Los gemidos de Titan se desvanecieron en el fondo cuando el pulgar de Katherine rozó mi pulso, y su respiración se agitó al sentir el rápido latido bajo su tacto.
Una vez que detuvo mi sangrado, cogí la correa. Mientras me curaba, nuestra cercanía le dio a Katherine más confianza para tocarme. Sus dedos se detuvieron en mi antebrazo, trazando las marcas frescas de los dientes de Titan con una ternura distraída que me hizo sentir un cosquilleo en la espalda. Entonces, envalentonada, dejó que su mano se deslizara más arriba, con las yemas de los dedos rozando las gruesas venas de mi muñeca y los densos músculos de mi antebrazo. Su respiración se entrecortó cuando llegó a mi bíceps, y sus dedos se flexionaron experimentalmente contra la dureza de ese músculo.
- ¡Esto va a ser interesante! - anuncié mientras ataba la correa al arnés con un tirón brusco.
Titan clavó las patas en el suelo, y sus garras chirriaron contra las baldosas como uñas en una pizarra. Sus ojos albos se movían rápidamente entre Katherine y yo, salvajes y desafiantes. Volví a tirar, con firmeza, pero sin crueldad, y el husky soltó un gemido dramático, dejándose caer de lado como un niño malcriado que se niega a abandonar la sección de juguetes. Katherine se mordió el labio, conteniendo la risa mientras veía a Titan rodar sobre su espalda, con las patas rígidas en el aire.
• ¡No se mueve! - dijo, con voz entretenida por la diversión.
- Es normal. - gruñí, dando otro tirón experimental a la correa.
Titan gruñó, mostrando los dientes, pero sin morder realmente, solo como un niño mimado que pone a prueba los límites.
- Sigue creyendo que él es el perro más grande.
La risa de Katherine era suave y cálida, y sus dedos se movían como si quisiera acercarse y acariciar la tensión de mis hombros.
• Es que... no lo entiendo. - Se le cortó la respiración cuando sonreí con aire burlón, y bajó la mirada hacia mis bíceps, que se flexionaban bajo la tensión de la resistencia de Titan. La correa crujió entre nosotros, tensa como un cable.
Entonces, de repente, Titan se lanzó hacia delante, arañando el suelo con las patas como si finalmente hubiera aceptado lo inevitable. El movimiento fue brusco, torpe, con la cola metida entre las patas como una bandera blanca. Pero se movió. Katherine dio un grito ahogado y aplaudió como una niña viendo fuegos artificiales.
• ¡Lo está haciendo! - chilló, saltando sobre sus pies, hasta que la correa se tensó de nuevo.
La repentina parada de Titan tiró de mi brazo hacia adelante, y las correas del arnés se clavaron en mi palma con tanta fuerza que me hicieron nuevos rasguños. La sangre brotó al instante, caliente y metálica, goteando sobre la grava.
• ¡Oh, no! - gritó Katherine con pánico. Se arrodilló a mi lado, con las manos revoloteando sobre las mías como pájaros frenéticos. Titan se dejó caer sobre su vientre, jadeando, completamente agotado. - Tengo que detener la hemorragia.
Su voz temblaba, pero su agarre era firme mientras tiraba de mi muñeca hacia su pecho. Antes de que pudiera reaccionar, había colocado mi antebrazo entre sus pechos, una suave y lujosa calidez que me envolvía por todos lados.
• ¡Quédate quieto! - ordenó, ajena a cómo su escote engullía mi brazo por completo mientras presionaba una gasa sobre la herida.

Mis pantalones se ajustaron más y sentí que mis mejillas se encendían. La fricción de su top corto de algodón contra mi piel no era nada comparada con el calor que irradiaba su cuerpo. Cada respiración superficial que tomaba hacía que sus tetas se apretaran más contra mí. Entonces, cuando se inclinó hacia atrás para inspeccionar su obra, su mirada se posó en mí y se quedó paralizada. Se le cortó la respiración. No había mentido. Mi verga es tan gruesa como una lata de bebida energética, y la forma en que se tensaba contra mis pantalones no dejaba nada a la imaginación. Katherine abrió los labios en silencio, con el rostro sonrojado. Titan gimió, arañando la correa que aún estaba enredada en mis dedos ensangrentados, pero ella no se movió, solo se quedó mirando, paralizada, el obsceno bulto que se marcaba en mi cremallera.
- ¡Necesito ir al baño! - Balbuceé, liberando mi brazo. Katherine parpadeó rápidamente, saliendo de su aturdimiento. Tragó saliva y sus dedos se crisparon a los lados como si quisiera estirarlos.
• ¡Claro!... Yo... yo encerraré a Titan en su jaula. - dijo con el mismo tono —agudo, sin aliento— como si fuera ella la que hubiera sido sorprendida mirando.
En cuanto doblé la esquina, exhalé bruscamente y me ajusté los pantalones con una mueca de dolor. Carajos. La presión era insoportable. Mi verga palpitaba furiosa contra la mezclilla y la cremallera se clavaba en mi sensible piel con cada paso. Necesitaba aire. Espacio. Liberarme.
Tenía una de esas erecciones estúpidas, duras y rígidas. De esas que hacen que sea casi imposible orinar, ya que no hay forma de doblarla para apuntar al inodoro. Incluso después de desabrocharme el cinturón, dejar que mis pantalones se acumularan alrededor de mis tobillos y bajarme los calzoncillos, el cañón entre mis piernas parecía listo para derribar un avión. Mi pene sobresalía hacia arriba, enrojecido y palpitante, con las venas a lo largo de su longitud en marcado relieve. Agarré la base, tratando de forzarla hacia abajo, pero era como intentar doblar una barra de acero.
Y para empeorar las cosas, la puerta del baño se abrió con un crujido detrás de mí.
o ¡Dios mío! - exclamó una voz femenina suave, más mayor que la de Katherine, pero igual de melodiosa. El aroma a jazmín y a crema hidratante cara inundó el pequeño espacio antes de que pudiera reaccionar. - ¡Lo siento mucho!... ¿Quién eres?
Su tono pasó de apologético a cortante en tres segundos, el tipo de autoridad fulminante que solo la maternidad puede perfeccionar.
Me giré lo justo para verla por encima del hombro, con mi pene todavía sobresaliendo obscenamente. Clarissa se quedó paralizada en la puerta, con una mano agarrando el pomo y la otra flotando cerca de sus labios entreabiertos. El cabello platino perfectamente peinado, los ojos verdes muy abiertos por la sorpresa... y luego algo más oscuro. El reconocimiento parpadeó. Su mirada se deslizó hacia abajo, deteniéndose descaradamente.
o ¿Marco? ¿Eres tú? - La pregunta salió sin aliento, su garganta moviéndose alrededor de las palabras como si fueran algo ilícito.
- Sí... hola, Clarissa... perdona por usar tu baño. - me disculpé.
o Vaya, ¡Qué firme parece! - murmuró en voz baja, con la mirada fija en una zona más baja que mi cara.
El aire entre nosotros crepitaba, en parte por la vergüenza, en parte por algo mucho más peligroso.
o Quiero decir... ¿Por qué estás aquí... en mi casa... sin pantalones... sujetándote la verga con ambas manos?
Su tono cambió a mitad de la frase, y la curiosidad se fundió en algo más denso y cálido. La forma en que se pasó la lengua por el labio inferior no fue accidental. Tampoco lo fue la forma en que apretó los dedos alrededor del marco de la puerta, blanqueando los nudillos.
Exhalé bruscamente, apretando mi verga, no para ocultarla, sino porque su mirada la hacía temblar violentamente.
- Tu hija me llamó. - admití, viendo cómo se dilataban sus pupilas. - Necesitaba ayuda con Titan.
Las palabras me parecieron absurdas incluso a mí, sobre todo con mi verga sobresaliendo entre nosotros como un mástil desquiciado. Clarissa volvió a bajar la mirada, con la respiración acelerada.
o Entiendo... pero... ¿Por qué... no llevas pantalones? —preguntó, tratando de mirarla fijamente. Sus dedos se crisparon contra el marco de la puerta, clavando las uñas en la madera.
- Yo... quería orinar... así que usé el baño. - dije en voz baja, dolorosamente consciente de cómo mi pene palpitaba bajo su escrutinio, con la punta brillando con líquido preseminal.
Los labios de Clarissa esbozaron una lenta y cómplice sonrisa.
o ¡Claro!... pero yo quiero ducharme.

Con deliberada elegancia, entró en el cuarto de baño y cerró la puerta tras de sí. El camisón de seda blanca se ceñía a cada curva, y la tela se tensaba sobre sus copas D como si intentaran escapar, como sandías apenas contenidas por un hilo de gasa. Sus pezones, duros y protuberantes, se presionaban contra el tejido transparente, de color rosa oscuro sobre el blanco. No se molestó en cruzar los brazos para cubrirse. En cambio, inclinó las caderas, dejando que el dobladillo se subiera lo suficiente como para revelar la sombra de sus muslos.
Y mi verga se volvió loca. Quiero decir, Katherine me excita, pero Clarissa es simplemente obscena.
o ¡Dios mío! ¡Es incluso más grande que la de Ethan! - exclamó mientras la miraba fijamente.
- Sí... el médico dijo que estoy un poco por encima de la media. - Intenté parecer modesto.
o Quiero decir... sí... claro... claro... porque... bueno... es bastante gruesa... y dura también...- Empezó a balbucear tonterías.
Mi verga se estremeció violentamente, con gotas de líquido preseminal en la punta. Las fosas nasales de Clarissa se dilataron y sus pupilas se tragaron el verde de sus iris.
o No estás un poco por encima de la media. - ronroneó, acercándose.
El aroma a jazmín se intensificó, mezclándose con el almizcle de mi excitación. Sus dedos cuidados flotaban a pocos centímetros de mi miembro, temblando.
o La de Ethan parece una pajita de cóctel al lado de esta.
Sin invitación, probablemente sin siquiera pensarlo, se acercó y la tocó.
Sus dedos se cerraron alrededor de mi miembro, al principio con timidez, pero luego con más firmeza al sentir la rigidez bajo su agarre. Un grito ahogado escapó de sus labios.

o Bueno... eso... - Su pulgar rozó la punta húmeda, untando el líquido preseminal en un círculo lento y deliberado. - ... parece doloroso.
Su voz había bajado una octava, áspera y discreta como el whiskey vertido sobre hielo molido. Jadeó al sentir mi dureza. Empezó a masturbarme.
o Parece tan duro...
Me quedé literalmente sin palabras.
o¿ Por qué no te ayudo? - preguntó, acelerando el ritmo. - Quiero decir... los dos somos adultos... y esto no es engañar... solo estoy ayudando... al amigo de mi marido.
En ese momento, mi verga se retorcía inquieta.

Me atraganté con el aire cuando su palma se deslizó por mi longitud, apretando con los dedos de forma experimental.
o Dios...
La exclamación se disolvió en un gemido cuando su pulgar presionó la vena palpitante que había debajo. Clarissa exhaló bruscamente por la nariz, con la mirada fija en mi verga, como hipnotizada por la forma en que se sacudía entre sus manos.
o Está tan dura... - murmuró, casi para sí misma, antes de acelerar el ritmo de sus caricias, no con rudeza, sino con determinación, girando la muñeca en el movimiento ascendente tal y como me gustaba.
Y entonces, las cosas se intensificaron aún más:
Su lengua volvió a asomar, humedeciendo sus labios con un movimiento lento y deliberado, como si estuviera saboreando la idea antes de comprometerse.
o Bueno... No puedo dejar que ensucies nuestros suelos con tu semen... - Su voz era temblorosa, irregular, como si estuviera convenciéndose a sí misma tanto como a mí. - Así que no tengo más remedio que usar mi boca...

Y entonces se hundió, separando los labios a mi alrededor con un suave y estremecido jadeo.
Al principio fue descuidado: su boca se estiró obscenamente, sus dientes rozaron la parte inferior de una manera que me hizo silbar. Se retiró, jadeando, con el rímel corrido por el esfuerzo.
o Wow, eres un poco más grande que Ethan... - murmuró, agarrando la base con ambas manos como si la midiera.

Luego, con una determinación que hizo que el calor me recorriera las entrañas, se inclinó de nuevo, esta vez aplastando la lengua contra el tallo, lamiendo hacia arriba en una larga y desordenada franja, como si fuera algo que debiera devorar.
o Pero tu grosor... - Su voz se quebró cuando volvió a meter la cabeza en la boca, chupando con tanta fuerza que me hicieron flaquear las rodillas. - Ahora entiendo por qué tu mujer abrió tu matrimonio.
Ella se movía más rápido, con las manos trabajando en tándem: una retorciendo la base mientras la otra me acariciaba los testículos, amasándolos suavemente. Los sonidos húmedos eran obscenos y resonaban en el estrecho cuarto de baño. El líquido preseminal le goteaba por la barbilla, mezclándose con su saliva mientras chupaba la punta como si fuera un polo derretido. Entonces, inesperadamente, se apartó por completo, jadeando.
o Espera... - Sus dedos se apretaron a mi alrededor, con el pulgar deslizándose sobre la cabeza hinchada. - ¿Aún no estás cerca?
Su voz era incrédula, su pecho se agitaba.

o ¡Vaya! ¡Nunca me costó tanto hacer que Ethan se corriera! - compartió, hipnotizada por mi verga. - Probablemente se correría con una o tres lamidas y se acabaría... pero tú... (sonrió)... me duele el cuello y tú no estás ni cerca de correrte.
- Eh... ¿Puedes envolverla entre tus pechos? - le pregunté, mirándolos con ansia.
Clarissa dio un pequeño paso atrás.
o ¿Qué? - preguntó, con los dedos aun acariciando mi miembro.
- Sí... ¿Puedes envolverlo entre tus pechos... y ya sabes... lamerlo?
Casi se me caía la baba solo de pensarlo. La forma en que su camisón de seda se tensaba contra esas curvas imposibles... Ethan era un tonto por descuidar esto.
o Yo... nunca lo he probado... con Ethan. - admitió, sonrojándose ligeramente.

Luego, con una pequeña sonrisa pícara, se quitó los tirantes de los hombros. La tela se deslizó por su torso, acumulándose en su cintura como nieve derretida. Sus pechos quedaron al descubierto, increíblemente llenos, con los pezones rígidos y de un rosa oscuro.
o ¡Pero lo intentaré!
Y lo hizo... y fue celestial. Quiero decir, Marisol ahora puede hacerlo después de sus embarazos, porque cuando tenía el pecho plano era imposible. Pero sentir la lengua de Clarissa lamiéndolo con tierna adoración no tenía precio.
Los apretó juntos, envolviendo mi verga en un valle de suave y mullida calidez. El contraste era eléctrico: su piel increíblemente suave, su lengua saliendo para provocar la punta cada vez que apretaba más fuerte.
o ¡Oh, Dios mío! - gimió, viendo cómo su propio escote me tragaba por completo.
Su lengua volvió a salir disparada, girando alrededor de la cabeza con rápidos lametones felinos antes de hundir la cara más profundamente, acariciando el tallo como si fuera algo precioso. El líquido preseminal se esparció por su barbilla, brillando bajo las luces del baño.

Gemí, con las caderas sacudiéndose hacia adelante involuntariamente. Clarissa jadeó, clavando los dedos en su propia carne para mantenerme encajado entre sus pechos.
o ¡Tranquilo, tigre! - ronroneó, con la voz amortiguada contra mi piel.
Ajustó su agarre, levantando sus tetas más alto hasta que acunaron la base, sus labios sellando la punta con un húmedo pop. La succión fue brutal: sus mejillas se hundieron mientras chupaba con fuerza, su lengua revoloteando contra la hendidura como si intentara sacar hasta la última gota antes de que me corriera.
El líquido preseminal le humedeció la barbilla, formando hilos brillantes que conectaban sus labios con mi pene cuando se apartó lo justo para respirar.
o ¡Salado! - murmuró aturdida, antes de volver a sumergirse con renovado apetito.
Su ritmo era hipnótico: arriba y abajo, sus pechos rebotaban con cada movimiento de su cabeza, la fricción era casi insoportable. Agarré con fuerza su cabello platino, no para guiarla, sino para sujetarme mientras me tomaba más adentro, con su garganta convulsionando alrededor de la intrusión.
Ella se atragantó una vez, con un sonido húmedo y ahogado, pero no se detuvo. En cambio, sus dedos se clavaron en mis muslos para hacer palanca, sus uñas dejando marcas en forma de medialuna en mi piel. Entre sorbos y jadeos, se las arregló para gemir:
o ¡Dios, me llenas! - con la voz destrozada, reverente. Su mano libre vagó más abajo, amasando mis testículos con una posesividad que me hizo arquear la columna.

La saliva goteaba de su barbilla sobre sus tetas, dejándolas resbaladizas por la saliva y el líquido preseminal. El obsceno chasquido de sus labios deslizándose arriba y abajo por mi miembro llenaba el cuarto de baño, más fuerte que nuestra respiración agitada. Las pestañas de Clarissa parpadeaban, no por incomodidad, sino por una especie de felicidad aturdida, como si hubiera dado con su nuevo pasatiempo favorito. De vez en cuando, se detenía solo para acariciar con la mejilla mi miembro, inhalando profundamente, como si memorizara el aroma.
Me di cuenta de que le gustaba tener la punta de mi pene dentro de su boca. Los labios de Clarissa se cerraron alrededor de la punta con un sonido húmedo y posesivo, mientras su lengua giraba en pequeños círculos, como si degustara mi sabor. Mantuvo sus pechos apretados contra mi miembro, creando una deliciosa fricción, pero movía la cabeza con determinación, balanceándola lo justo para mantener la corona hinchada profundamente en su boca mientras sus manos trabajaban el resto de mi cuerpo. Un zumbido grave y gutural vibró contra mi piel cuando se apartó lo justo para murmurar:
o ¡Vaya! ¡Estás delicioso! - antes de volver a sumergirse con el entusiasmo de alguien que descubre un postre por primera vez.
Pero yo ya había pasado el punto de la provocación. Mis testículos se tensaron, el calor se enroscó en mis entrañas como un resorte a punto de romperse. Sin pensar, mis dedos se enredaron en su cabello platino, no con rudeza, sino con firmeza, guiándola hacia abajo mientras mis caderas se sacudían hacia adelante.
- ¡Trágatelo! - La orden salió de mí, descontrolada y gutural, cuando la primera pulsación espesa se disparó por su garganta.

Los ojos de Clarissa se abrieron de par en par, no por pánico, sino por sorpresa, al sentir el volumen. Intentó retroceder, estirando los labios alrededor del grosor mientras se atragantaba, pero yo la mantuve firme, follándole la boca con embestidas superficiales y desesperadas.
- ¡Trágatelo todo!

Su garganta trabajaba frenéticamente, sus dedos se clavaban en mis muslos mientras luchaba por seguir el ritmo. El semen se derramaba por sus labios, gotas blancas caían sobre su barbilla y sus pechos, pero ella no se detuvo. En cambio, gimió —un sonido ahogado y necesitado— y tragó con más fuerza, su lengua lamía la parte inferior como si persiguiera cada gota. Cuando el último espasmo me abandonó, ella no me soltó. Sus labios permanecieron sellados a mi alrededor, su lengua girando perezosamente para sacar los últimos restos, sus pestañas revoloteando con algo parecido a la reverencia.
Aflojé mi agarre en su cabello, jadeando, observando cómo se retiraba lo suficiente para lamerse los labios.
o Vaya... tu semen también es sabroso. - murmuró con voz ronca.
Un hilo de saliva y semen aún conectaba su labio inferior con mi pene, que se estaba ablandando, brillando bajo la intensa luz del baño. No lo limpió. En cambio, se inclinó de nuevo, acariciando con la mejilla toda la longitud como un gato que marca su territorio, inhalando profundamente.
o Salado. Grumoso. Adictivo. - Las palabras salieron cortadas, entre la admiración y el asombro.
Cambié mi peso, con los muslos temblando, pero mi verga se movió contra su barbilla, todavía obstinadamente dura. Clarissa se dio cuenta al instante. Sus ojos verdes bajaron la mirada y luego volvieron a subir a los míos, con una lenta y maliciosa sonrisa curvando sus labios.
o Oh, Dios mío... ¿Todavía estás duro?
Sus dedos recorrieron mi miembro, apretándolo experimentalmente. Cuando siseé entre dientes, ella se rió, un sonido femenino y encantado que no debería haber sido posible en una mujer que acababa de tragarse toda mi carga.
o Dios, eres insaciable.
- ¡Gracias! ¡Eso ayudó mucho! - dije, finalmente capaz de moverlo alrededor de mis calzoncillos.
Los dedos de Clarissa se detuvieron en mi muñeca, sin apretar, solo trazando las venas con el pulgar, como si no pudiera soportar romper el contacto por completo. Sus labios brillaban, todavía hinchados por el esfuerzo, y cuando tragó, vi un leve movimiento en su garganta.
o Cuando quieras... - murmuró, pero su mirada volvió a posarse en mi entrepierna, observando cómo mi pene se retorcía contra la tela mientras lo guardaba. Una lenta y hambrienta sonrisa curvó sus labios. - Quizás... podríamos vernos a esta hora.
El aire entre nosotros se espesó con promesas tácitas. Me aclaré la garganta y me ajusté el cinturón con deliberada lentitud para saborear cómo se dilataban sus pupilas.
- ¿Qué quieres decir? - pregunté, haciéndome el tonto solo para oírla decirlo de nuevo.
Clarissa se apoyó contra el lavabo, dejando que su bata se abriera aún más y revelando la piel sonrojada de la parte interna de sus muslos.
o Bueno… - dijo lentamente, golpeando suavemente su labio inferior con una uña bien cuidada. - ya que estás ayudando a mi hija con Titan... (Sacó la lengua para recoger una gota de semen que se le había escapado por la comisura de la boca.) Considéralo... un gesto de gratitud.
La forma en que enfatizó gratitud hizo que mi verga se estremeciera contra la cremallera.
Tragué saliva con dificultad, observando cómo sus dedos bajaban por su garganta, siguiendo el camino que había tomado mi eyaculación momentos antes. Su respiración se entrecortó cuando sus dedos rozaron un punto especialmente sensible, y sus ojos verdes se oscurecieron.
o Sabes aún mejor que Ethan. - admitió con voz ronca. - Y me encanta lo mucho que produces.
Sus muslos se apretaron sutilmente, la seda de su bata se enganchó en su piel húmeda.
- ¡Sí, me parece una idea estupenda!
Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas, mi pulso se aceleró cuando la bata de Clarissa cayó a sus pies, revelando cada centímetro de sus proporciones caricaturescas. Sus pechos hinchados brillaban con restos de mi semen, sus pezones aún rígidos por el esfuerzo. Más abajo, los rizos platino recortados entre sus muslos brillaban con una excitación inconfundible, sus labios internos enrojecidos y separados como si ya hubiera imaginado la segunda ronda. Mi verga se retorció violentamente contra la cremallera, todavía medio dura y dolorida.

o ¡Genial! - exclamó, girando el torso lo justo para que sus tetas se balancearan obscenamente. Su sonrisa era pura picardía mientras observaba cómo mi mirada recorría su cuerpo. - ¡Nos vemos mañana, entonces!
La despedida fue juguetona, con los dedos revoloteando hacia la puerta mientras sus caderas se balanceaban en un círculo lento y provocador. Tragué saliva con dificultad, memorizando la forma en que los labios de su sexo se aferraban con deseo resbaladizo, prueba de que no había sido una paja por lástima. Ella también se había excitado.
De vuelta afuera, me encontré con Katherine de nuevo.
- Llegué justo a tiempo. - dije, ajustándome la cintura de los pantalones, donde la saliva de Clarissa había dejado una mancha húmeda.
La mirada de Katherine se desvió hacia abajo, no hacia mi cara, sino hacia el contorno inconfundible que aún se marcaba contra la mezclilla. Sus dedos se crisparon alrededor de la correa de Titan, como si quisiera alargar la mano y tocarlo.
• Bien... entonces... ¿Mañana a la misma hora? —Su voz se quebró a mitad de la frase, sin apartar sus ojos verdes de mi cintura.

- ¡Claro! - respondí demasiado rápido, observando cómo se le endurecían los pezones bajo la fina camiseta de algodón.
El silencio se prolongó entre nosotros, cargado de todo lo que no se había dicho: el sabor de su madre aún en mi lengua, su propia excitación empapando sus bragas.
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