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01: El encantador de perras




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Compendio III


01: EL ENCANTADOR DE PERRAS

Estaba relajándome en casa, quedándome despierto hasta tarde, disfrutando de mis vacaciones de verano leyendo un libro en el salón de mi esposa y yo, cuando me interrumpió mi teléfono móvil.

La interrupción fue brusca, rompiendo el silencio del salón, donde yo estaba tumbado en el sofá de cuero, con un brazo sobre los ojos para bloquear la tenue luz de la lámpara. El libro, una novela de suspenso olvidable, se me había resbalado del pecho y cayó al suelo con un golpe sordo mientras buscaba a tientas el teléfono que vibraba.

• Hola... ¿Eres... Marco? - preguntó tímidamente una voz de mujer joven al teléfono.

- Sí. ¿Con quién hablo? - Mi voz sonó más áspera de lo que pretendía, todavía medio perdido en el mundo ficticio de asesinos y diamantes robados.

• ¡Hola! ¡Hola! ¡Hola! - La voz al otro lado del teléfono era de repente demasiado alegre, muy entusiasta, como si alguien hubiera subido su entusiasmo al máximo tras la vacilación inicial.

Prácticamente podía oírla saltar sobre las puntas de los pies. El cambio fue discordante.

• Quizá no me recuerdes. Nos conocimos hace unos meses. Me llamo Katherine. - Ahí estaba, ese sutil tono ascendente al final, el tácito por supuesto que sabes quién soy.

01: El encantador de perras

No lo sabía. El silencio se prolongó un segundo más de la cuenta antes de que ella resoplara, y pude imaginarla poniendo los ojos en blanco, probablemente echándose hacia atrás su melena rebelde de pelo dorado por encima del hombro.

• ¿Soy la hija de tu compañero de trabajo Ethan?

Un golpe instantáneo en el estómago. Ethan, jefe de Logística, miembro de la junta directiva y un tarado integral que pulía más su Rolex que su personalidad. El tipo de persona que aparca su Porsche en diagonal ocupando dos plazas solo para demostrar que puede. Y ahora su hija me llamaba a las... miré el reloj... 11:37 p.m. de un viernes.

- ¡Claro! - exclamé lentamente, frotándome el puente de la nariz con el pulgar. -La cena.

Su risa fue un estallido de alivio.

• ¡Sí! Donde le diste un puñetazo a Titan. - Como si eso lo explicara todo.

El perro se había abalanzado sobre mí (probablemente, toda la escena fue montada por Ethan, ya que él me llevó a conocer al perro), y yo, instintivamente, le di un puñetazo en la frente como si estuviera reiniciando una impresora. El husky se sentó tan rápido que su trasero hizo un thump caricaturesco.

A diferencia de Ethan y su esposa trofeo, Clarissa, Katherine era una feminista rebelde con una actitud sarcástica y un cuerpo espectacular.

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El tipo de chica que sonreía mientras pintaba con spray eslóganes corporativos en las paredes de los bancos y luego los publicaba con un hashtag sobre la opresión sistémica, todo ello mientras la tarjeta American Express Black de su padre descansaba cómodamente en su bolsillo trasero. Era una contradicción andante envuelta en jeans rotos y botas militares, con su pelo platinado escondido bajo ese beligerante gorro como si pensara que eso la hacía incógnita. No era así. No con esas piernas, lo suficientemente largas como para rodear un problema dos veces y aun así tener espacio para darle una patada, ni con la forma en que su blusa con estampado de cebra se ceñía a ese tipo de cintura que hacía que los camareros le sirvieran bebidas sin pedirle el carné.

Aunque sus pechos no son tan grandes como los de su madre, el cuerpo de Katherine era un ejemplo de rebeldía controlada: firme donde importaba, suave donde tentaba. El tipo de figura que te hacía olvidar por un instante que era la hija de alguien, antes de que te invadiera la culpa. Su cintura es tan estrecha que cabían las manos, pero sus caderas se ensanchaban como si estuviera diseñada para derribar cosas: vasos, planes, hombres. ¿Y esas piernas? Infinitas. Del tipo que hacían que las escaleras se volvieran de repente fascinantes.

- ¿Cómo has conseguido mi número? - pregunté, confundido.

Como he dicho, Ethan y yo no somos precisamente amigos. La línea se quedó tan silenciosa que pensé que se había cortado, hasta que oí su exhalación, lenta, mesurada, como si estuviera repensando excusas ante el auricular.

• Bueno... - La palabra se deslizó, con sílabas suaves como la seda, un cambio tonal completo respecto a la feminista descarada que había pasado la cena despotricando sobre las estructuras patriarcales entre bocados de lasaña de plástico. - Revisé la lista de contactos de mi padre... ya sabes... a sus espaldas.

La forma en que lo dijo, en voz baja, conspirativa, con un respiro entrecortado, hizo que apretara el teléfono con más fuerza. Durante un segundo desorientador, ya no era Marco, el miembro de la junta directiva; era un sacerdote en un confesionario, y Katherine era la feligresa inquieta que se inclinaba demasiado cerca de la celosía, derramando sus pecados en cálidos susurros con aroma a impura. La imagen era tan vívida que casi podía oler el incienso empalagoso y sentir la presión de su rodilla contra la madera.

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• Pero quería hablar contigo porque estoy preocupada por Titan. - Su voz me devolvió a la realidad: nada de incienso, nada de pecados susurrados, solo el leve zumbido del frigorífico al final del pasillo y el aroma de mi barata loción para después del afeitado impregnando el sofá. - Después de tu visita, me di cuenta de que debe de estar muy triste, porque no sale de su jaula en absoluto. Cada vez que le doy de comer, tengo miedo de que me muerda... (Una pausa. Un suspiro.) Y como tú eres el único al que ha mordido... y no parecías tener miedo... (Su voz se apagó, de repente insegura.) Quería pedirte consejo.

Me quedé atónito. Entendía su situación, pero era incapaz de darle un consejo. ¿Cómo se puede compartir por teléfono veinte años de convivencia con manadas de perros, la forma en que se tensan sus músculos antes de lanzarse, cómo se mueven sus orejas a frecuencias que los humanos no pueden oír, el milisegundo preciso en el que mostrar los dientes pasa de ser una advertencia a un ataque? No es algo que se pueda explicar en una sola conversación. Es algo que hay que ver, oler, sentir en el estremecimiento de la correa cuando el animal decide si obedecer o rebelarse.

- ¿Puedo visitarte mañana sobre las diez? - le pregunté, reorganizando mentalmente mi mañana: nadar en la piscina con mi mujer y nuestras hijas podía esperar.

• ¿Qué? - Se le cortó la respiración, sorpresa, luego algo más agudo, como el crepitar eléctrico antes de una tormenta de verano.

Prácticamente podía oír cómo se mordía el labio en medio del silencio, el leve golpeteo de sus uñas oscuras y astilladas contra la funda de su teléfono delataba su nerviosismo.

- No es tan sencillo. - expliqué, girándome hacia un lado y dejando que el cuero del sofá crujiera bajo mi peso. - ¿Perros como Titan? No siguen consejos. Hacen luchas de poder. Y ahora mismo, él está ganando.

Al final del pasillo, el perfume de Marisol aún perduraba, ese aroma jabonoso que me vuelve loco, pero de repente me pareció empalagoso en comparación con la energía inquieta de Katherine que vibraba al otro lado de la línea.

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• Pero no quiero molestarte...

La vacilación en su voz era palpable, un raro momento de vulnerabilidad en una chica que solía llevar su confianza como una armadura. Podía imaginarla allí, acurrucada en una sudadera con capucha demasiado grande, con la correa de Titan enredada en los dedos y mordiéndose el labio inferior. La imagen era tan clara que me sorprendió. ¿Por qué me importaba cómo sostenía el teléfono esa mocosa a medianoche?

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- ¡No te preocupes! - la tranquilicé. - Me gustan los perros y mis hijas entenderán que papá ayude a una niña con sus problemas con su perrito, ¡Así que relájate!

El silencio que siguió fue tan denso que se podía cortar con un cuchillo. A través del teléfono, podía oír el leve chasquido de su lengua contra los dientes, un tic nervioso que no había notado durante la cena. Cuando finalmente habló, su voz había perdido su tono teatral, dejando al descubierto algo más suave debajo.

• ¿De verdad... vendrías? - La pregunta salió débil, casi infantil, y me llamó la atención lo joven que sonaba sin la coraza del sarcasmo.

A la mañana siguiente, Marisol estaba tumbada en nuestra cama, jadeando.

01: El encantador de perras

- ¡Lo siento, ruiseñor! Tengo una cita a las diez.

Se rió entre dientes, todavía recuperando el aliento.

+ ¡Gracias a Dios! Llevas dos horas comiéndome el sexo.

Las sábanas se pegaban a su piel húmeda mientras se estiraba, y la luz de la mañana reflejaba el brillo del sudor entre sus pechos. Le besé el muslo, saboreando la sal y el sueño, antes de rodar fuera del colchón.

- Sí... y ya tengo una erección. - admití, ajustándome mientras me ponía de pie. - Voy a ver a una chica sexy.

Marisol se giró sobre su estómago, apoyando la barbilla en las manos, con sus rizos castaños cayendo sobre sus hombros desnudos. La luz de la mañana reflejaba las marcas de mordiscos que le había dejado en la clavícula, moradas como violetas aplastadas.

+ ¡Entonces le impresionará el tremendo pepino que tienes debajo de los pantalones! - bromeó, deslizando un dedo por la sábana hacia mi muslo.

Le agarré la muñeca y le presioné la palma de la mano contra la tela de mis calzoncillos. Su risa era grave, gutural, el sonido de una mujer que sabía exactamente cuánto poder tenía.

- ¡Cuidado! - le susurré contra los nudillos. - O llegaré tarde.

La ducha estaba hirviendo, casi dolorosa, y el vapor se desprendía de mi piel como si me estuviera cocinando vivo. Cuando salí, secándome con la toalla con rapidez y eficiencia, la casa estaba llena de vida, con el ruido de los platos del desayuno y la charla de las niñas. Verito, Pamela y Alicia, todas sentadas en la isla de la cocina como una fila de pájaros, hicieron una pausa en medio de la cucharada para verme pasar. Sus tazones de cereales eran un caleidoscopio de colores, con la leche volviéndose rosa neón por los malvaviscos disueltos.

o ¡Papá, por favor, ayuda al perrito! – me pidió Alicia con la boca llena y un copo de avena pegado a la barbilla. Se lo quité con el pulgar.

- Lo haré, repollito, lo haré. – la calmé cariñosamente con la mano

El trayecto fue relajado, el tipo de mañana de verano que te hace olvidar que la ciudad puede ser otra cosa que dorada. La luz del sol se filtraba a través del parabrisas, calentándome los muslos a través de la fina tela de mis pantalones chinos. El barrio de Ethan se alzaba ante nosotros, con sus extensos jardines y puertas lo suficientemente ornamentadas como para gritar dinero sin resultar vulgares. Hoy, sin embargo, parecía más tranquilo: había menos Range Rovers aparcados en las aceras y menos mujeres con pantalones de yoga caminando a paso ligero con pequeños perros en bolsos de diseño. Solo se oía el zumbido de los aspersores y el trino ocasional de un pájaro.

Katherine esperaba junto a la vereda, descalza sobre el pavimento caliente, con un pie golpeando impacientemente. En cuanto mi camioneta se detuvo, ella estaba allí, con los dedos enganchados en el marco de la ventana antes incluso de que apagara el motor.

• ¡Llegaste! - Su sonrisa era amplia, casi salvaje, como si hubiera apostado contra todo pronóstico.

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De cerca, la camiseta blanca se le ajustaba de una forma que desafiaba las leyes de la física: cada respiración tensaba la tela sobre sus costillas, y el escote era lo suficientemente profundo como para insinuar el contorno de su pecho sin caer en la vulgaridad. Los cortos jeans eran peores —o mejores, según se mirara—, ya que se le subían por los muslos con cada movimiento, y los bordes deshilachados rozaban una piel que parecía increíblemente suave.

Parpadeé lentamente, como un lagarto tomando el sol.

• ¿Qué? - preguntó ella, inclinando la cabeza. Un mechón platino se escapó de su desordenado moño y se pegó a su sien húmeda.

- Nada. - Mi voz sonó seca.

La camiseta sin mangas era prácticamente translúcida al pegarse a su piel sudada, con el contorno de sus pezones oscuro e inconfundible. Los pantalones cortos jeans eran una idea de última hora, en realidad, con la tela justa para evitar que esta interacción fuera legalmente punible.

- Nunca imaginé que las feministas se vistieran así para las vacaciones de verano.

Su sonrisa se amplió, como la de un tiburón, mientras enganchaba ambos pulgares en las presillas del cinturón y se balanceaba sobre los talones. El movimiento hizo que sus caderas se proyectaran hacia adelante y la cintura se le bajara peligrosamente.

• ¿Qué, crees que llevamos sacos árabes y fruncimos el ceño al sol? - Una gota de sudor recorrió el hueco de su garganta y desapareció entre sus pechos. - ¡Estoy orgullosa de mi cuerpo, Marco! ¿No es esa la puta cuestión?

Sin embargo, la forma en que lo dijo y cómo se estiró, mostrando sus pechos, lo hizo sonar casi como un coqueteo. Una vez que ella también se dio cuenta, Katherine se quedó rígida en el acto.

Sus pezones se marcaban contra la fina tela, traicionándola a pesar de su bravuconería. Cruzó los brazos, un reflejo, no una defensa, y el movimiento solo los presionó más hacia arriba, con un contorno inconfundible.

- Siempre me ha intrigado cómo la libertad de las mujeres sobre sus cuerpos puede ser a la vez atractiva para los hombres y ofensiva para las mujeres. - reflexioné en voz alta.

Los dedos de Katherine se movieron hacia el dobladillo de su camiseta, mitad por instinto para cubrirse, mitad por algo más oscuro, antes de que los mantuviera quietos. Una lenta sonrisa torció sus labios.

• Bueno... puedes mirar... pero no comerme con los ojos. - Las palabras salieron entrecortadas, a medio camino entre el desafío y la concesión. ¿Era eso una invitación?

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(Well... you can watch... just not ogle.)

- ¿Dónde están tus padres? - le pregunté mientras la seguía hasta el corral de Titan, en la parte de atrás de la casa.

Katherine me dedicó una sonrisa inexpresiva, mientras jugaba con un adoquín suelto con el pie descalzo.

• Mi padre se ha ido a jugar golf. Mi madre suele dormir hasta pasado el mediodía los fines de semana. - Su voz transmitía esa indiferencia ensayada, la que se perfecciona tras años de tragarse decepciones.

Una hoja flotó entre nosotros, quedándose atrapada brevemente en su cabello platino antes de que ella la sacudiera con un rápido movimiento de cabeza.

- Entonces... ¿Solo estamos tú y yo? - pregunté, observando cómo se le movía la garganta al tragar saliva.

El rubor le subió por el cuello como vino derramado, extendiéndose por sus pómulos en manchas irregulares. Ella retrocedió, no físicamente, pero algo detrás de sus ojos se cerró.

• ¡N-no! - balbuceó, retorciendo con los dedos un hilo suelto de sus pantalones cortos. La negación fue demasiado rápida, demasiado brusca. -Mi padre no puede saber que me reúno con su... (Su voz se frenó, buscando la palabra adecuada.) Su «colega» a solas. Sería... (Se humedeció los labios con la lengua.) Complicado.

Me reí despacio, con complicidad, observando cómo le latía el pulso en la garganta.

- Bueno, no soy precisamente un "colega" de tu padre. - La sonrisa burlona surgió sin querer, de esas que tensan las salas de juntas y hacen que los novatos derramen el café. -Digamos que soy la astilla que no puede sacar.

Esa broma alivió su tensión. No veía a Katherine ni como una feminista ni como una niña. La veía como una persona, a pesar de que yo le doblaba la edad.

• Entonces... no vas a volver a pegarle, ¿Verdad? - Me provocó con una risita encantadora refiriéndose al perro cuando llegamos al corral.

Me subí los mangas, ya que el calor de la mañana ya me oprimía la piel.

- ¡No lo sé! Ya veremos.

El gruñido de Titan resonó a través de los listones de madera del corral antes incluso de que tocara el pestillo. Katherine se cernía detrás de mí, con su aliento cálido contra mi omóplato, tan cerca que pude percibir el ligero aroma cítrico de su champú bajo el olor a sudor nervioso.

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• ¡Espera! ¿Vas a entrar en el corral? - Sus dedos rozaron mi codo y luego se retiraron como si se hubieran quemado.

- ¡Sí!

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La puerta se abrió con un chirrido. Titan se abalanzó antes de que mi segundo pie cruzara el umbral, una mancha borrosa de pelaje blanco y dientes afilados. Las patas del husky me golpearon el pecho con tanta fuerza que me dejaron sin aliento, pero me mantuve firme, impasible. Katherine gritó y sus pies resbalaron sobre la hierba húmeda por el rocío mientras retrocedía tambaleándose.

Primer golpe, justo entre los ojos. Titan gritó, más sorprendido que dolorido, sacudiendo su enorme cabeza como un boxeador después de un jab, pero su mordisco persistía, como si no pudiera creer que le hubiesen azotado. Segundo golpe, más fuerte. Sus orejas se aplastaron en medio de un gruñido, sus patas se aferraron a mis costillas mientras el instinto luchaba con la confusión. Tercer golpe, mis nudillos impactaron con el ruido sordo de un melón maduro. El grito de Titan se convirtió en un gemido, todo su cuerpo retrocedió como si le hubiera electrocutado. El husky metió su cola entre las patas tan rápido que levantó polvo, y su cabeza, antes orgullosa, se inclinó tanto que rozó el suelo.

• ¡Ay, no! ¡Te mordió! - La voz de Katherine era aguda por el pánico.

Sus dedos se cernían cerca de mi antebrazo, donde los dientes de Titan habían desgarrado la piel, dejando tres perforaciones limpias que ya brotaban sangre carmesí. Flexioné la mano, observando cómo la sangre brotaba por los bordes.

- Sí, ya me lo esperaba. – suspiré con resignación, salpicando gotas sobre la hierba.

Katherine contuvo el aliento mientras miraba la herida, con el pecho subiendo rápidamente bajo la camiseta sin mangas raída.

• ¡Tengo que detener la hemorragia! - Agarró el dobladillo de la camiseta con las manos, con los tendones sobresaliendo en las muñecas mientras se preparaba para rasgar la tela.

01: El encantador de perras

El movimiento arqueó su espalda, tensando el algodón húmedo sobre sus pezones. Le agarré las muñecas antes de que se formara el primer desgarro y la dejara con los pechos al aire.

- ¡Cálmate! No es tan urgente. - Presioné mis pulgares contra los delicados huesos de sus muñecas, sintiendo su pulso acelerado contra mi piel. - Entra, trae una curita, papel higiénico, cualquier cosa para limpiar la herida. Alcohol o colonia, si tienes.

La solté lentamente, observando cómo se le movía la garganta al tragar saliva.

- ¡No te preocupes! - añadí secamente. - Te prometo que no voy a morir.

Katherine corrió hacia la casa, pero no sin antes mirar atrás con esos grandes ojos verdes. El movimiento tensó sus pantalones cortos sobre su trasero, y la tela se subió para revelar dos medias lunas de carne donde sus muslos se unían con sus nalgas. La visión me dejó sin aliento más que la entrada de Titan. Me ajusté discretamente, con la tela de mis pantalones tensándose contra mi creciente erección. Las palabras burlonas de Marisol resonaban en mi cabeza —«el tremendo pepino bajo tus pantalones»— mientras veía a Katherine desaparecer en el interior. La forma en que sus caderas se balanceaban con cada paso hizo que mis dedos se crisparan con el recuerdo fantasma de agarrar la cintura de Marisol la noche anterior, con su cuerpo arqueándose debajo de mí.

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Cuando Katherine regresó, llevaba un botiquín de primeros auxilios apretado contra el pecho como un escudo. Su mirada se desvió hacia abajo, una, dos veces, antes de volver a mi rostro. Un lento rubor se extendió por su cuello, rosado como un camarón crudo. La chica no era tonta; sabía exactamente lo que estaba viendo. Se arrodilló a mi lado en la hierba húmeda, con los dedos temblorosos mientras abría el botiquín. Titan gimió desde su rincón, con las orejas pegadas al cráneo.

• ¡Quédate quieto! – me ordenó Katherine, frotando alcohol sobre las marcas de los mordiscos.

Se le cortó la respiración cuando flexioné el antebrazo y las venas se le marcaron bajo sus cuidados. Apenas noté el escozor del antiséptico, no cuando su rodilla rozó mi muslo, cálida y sorprendentemente íntima a través de la fina tela de mis pantalones.

• ¡Lo siento! ¡No debería haber llamado! - Ella se estremeció en mi lugar mientras aplicaba el antiséptico, con los dedos demorándose un segundo más de lo necesario.

De cerca, podía contar las pecas que salpicaban sus clavículas, la forma en que su pulso latía bajo la delicada piel de su cuello. Una gota de sudor rodó por la pendiente de su nariz, quedándose suspendida en la punta antes de que ella la limpiara con la muñeca.

- ¡No lo sientas! Todo está bien.

Sus ojos se iluminaron cálidamente cuando hablé, no con el brillo teatral que usaba en la cena, sino con algo más suave, sorprendido por su propia sinceridad. Se mordió el labio inferior y observé cómo la presión lo ponía blanco antes de volver a enrojecerse.

- Hubiera sido mucho peor si Titan te hubiera mordido a ti en lugar de a mí. - Mi pulgar rozó el borde del vendaje que ella había aplicado con demasiada fuerza y ella inhaló bruscamente. - Además, es la única forma en que puede entender su primera lección.

Titan gimió desde su rincón del corral, moviendo las orejas al oírme. Cuando me volví para mirarlo, su cola golpeó una vez, un reconocimiento vacilante y a regañadientes. Katherine siguió mi mirada, con los dedos aún enroscados alrededor de mi muñeca.

- Él es un perro. - dije, flexionando la mano para ver cómo se movían los tendones bajo su tacto. - Pero yo soy el líder de la manada.

Katherine se rió, con un sonido húmedo y entrecortado, pero sus pestañas estaban empapadas de lágrimas contenidas. Se las secó furiosamente con la muñeca, dejando una mancha de suciedad en el pómulo.

• ¡Eres tan tonto! - murmuró, pero aflojó el agarre y sus dedos se deslizaron hasta posarse en mi palma.

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El contacto fue fugaz, casi imperceptible, pero su respiración se agitó de todos modos.

Nos sentamos en la hierba, con las rodillas rozándose, mientras ella susurraba que quería enterrar la cara en el pelaje de Titan sin miedo, sentir sus patas caminando a su lado durante los paseos, como había visto hacer a otros dueños. La sencillez de aquello, tan normal, tan dolorosamente humano, me oprimía el pecho.

- ¡Es fácil! - dije, flexionando mi antebrazo vendado. - Pero tendré que venir todos los días.

Katherine se tensó.

• Espera... tu familia. - Sus dedos arrancaban la hierba entre nosotros, arrancando briznas con movimientos espasmódicos. - Estás de vacaciones. No puedo...

La protesta se apagó cuando le quité una hoja rota de la rodilla, rozándole la piel con los nudillos, aún húmedos por haber corrido por el botiquín de primeros auxilios.

- Marisol cree que es adorable. -mentí con naturalidad.

En realidad, mi esposa había puesto los ojos en blanco con tanta fuerza que había oído cómo sus pestañas rozaban su frente.

+ ¿Vas a adiestrar al perro de la hija de Ethan? - se burló tras la llamada de la noche anterior, pelando una naranja con precisión quirúrgica. - ¿O entrenar a la hija? 


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El recuerdo de su sonrisa burlona me hizo apretar la mandíbula.

- Nuestra hija menor está obsesionada con los huskies. Alicia lleva todas sus vacaciones dibujándolos en sus cuadernos. – añadí con suavidad.

Katherine se mordió el labio y soltó un suspiro. Sus dedos recorrieron el borde del vendaje antes de subir por mi antebrazo, con un tacto ligero como una pluma, pero electrizante.

• ¡Eres todo un perrazo! - exclamó con voz entrecortada, mientras sus pupilas se dilataban al explorar inconscientemente los relieves de mis bíceps y sus dedos se enganchaban en las venas que se tensaban bajo mi piel.

(You’re such a top dog!)

Observé divertido cómo su respiración se aceleraba, su camiseta subiendo con cada inhalación rápida, el bulto de sus pechos presionando contra la tela húmeda. Cuando finalmente se dio cuenta de lo que estaba haciendo, el rubor se extendió desde sus clavículas hasta la línea del cabello tan rápido que parecía doloroso.

• ¡Lo siento mucho! Es solo que... - Sus manos se alejaron revoloteando como pájaros asustados. - ¡Estás en mucho mejor forma que mi padre!

Las palabras salieron precipitadamente, crudas y sin filtro, antes de que su cerebro se diera cuenta. Se llevó las manos a la boca y un chillido ahogado se escapó entre sus dedos.

Eché la cabeza hacia atrás y me eché a reír, con una risa profunda y desenfrenada, que sacó a Titan de su enfado en un rincón.

- Sí... bueno. - me sequé las lágrimas de los ojos, todavía riéndome. - Tú también eres muy guapa.

Se le cortó la respiración cuando me incliné lo suficiente para que mis siguientes palabras le rozaran la oreja.

- Y si hubieras seguido tocándome...

Dejé la frase en el aire, observando cómo se le movía la garganta al tragar saliva. El aire entre nosotros se volvió denso, cargado de algo imprudente y dulce.

Nos levantamos... y ella lo notó: la forma debajo de mis pantalones, gruesa, grande e innegable. La mirada de Katherine se posó primero abajo, luego arriba y luego otra vez abajo, como si sus ojos lucharan contra el desesperado intento de su cerebro por mantener la compostura. Su labio inferior mordido temblaba entre sus dientes, y las marcas se volvían blancas bajo la presión. Cuando finalmente volvió a mirarme a los ojos, los suyos estaban negros y sus pupilas tan dilatadas que casi se tragaban el verde, y su pregunta silenciosa flotaba entre nosotros como humo: ¿Es eso... real?

Sus pezones se clavaban contra el fino algodón, lo suficientemente duros como para proyectar sombras bajo el sol del mediodía. La tela húmeda se pegaba ahora de forma obscena, cada respiración rápida la estiraba más sobre su pecho. Mi polla palpitó en respuesta, tensándose contra la cremallera con tal insistencia que podía sentir la costura clavándose en la carne hinchada.

• Bueno... pues... supongo que nos vemos mañana entonces.

jovencita

Las palabras salieron a medias, con la garganta trabajando para decir cualquier otra cosa que quisiera decir. Sus dedos seguían moviéndose hacia el bolsillo de sus pantalones cortos, como si quisiera meter las manos en ellos para ocultar su temblor, pero cada vez abortaba el movimiento, temerosa de llamar la atención sobre el rubor que se extendía por su cuello.

Dejé que el silencio se prolongara lo suficiente como para ver cómo se dilataban aún más sus pupilas.

- ¡Sí! Y ten a mano el botiquín de primeros auxilios. - El tono ronco de mi voz no fue intencionado, pero la forma en que se le cortó la respiración hizo que mereciera la pena insistir.

Titan gimió desde su rincón, golpeando una vez con la cola contra la tierra. Katherine se sobresaltó al oír el sonido y parpadeó rápidamente, como alguien que se despierta de un sueño.

- Probablemente lo volveremos a necesitar. - Me acomodé con naturalidad, observando cómo se le movía la garganta al tragar saliva.

La chica no se limitó a mirar, sino que devoró el movimiento con esos ojos verde oscuro, hincando los dientes en el labio inferior con tanta fuerza que le dejó marcas en forma de media luna.


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