Mi mujer, Vero, me salió con que su sobrina de un pueblo de Traslasierra venía a estudiar a la ciudad (Córdoba) y que si se podía quedar unos días en nuestro depto de Nueva Córdoba hasta que le entregaran una pensión. Yo al principio me puse del culo; el depto es chico, de un solo dormitorio, y tener a alguien durmiendo en el living es un embole. Pero cuando la vi entrar a la Mili, se me pasó el enojo de golpe.
La pendeja tenía 19 años, una carita de santa que no se la creía nadie y un lomo de serrana que te dejaba mudo. Se instaló en el sofá cama del living y yo, que en esa época rondaba los 40 e iba al gimnasio todos los días, sentía que el depto me quedaba chico cuando ella andaba en shortcitos de algodón dando vueltas mientras yo pasaba para el baño o la cocina.
Un jueves Vero me dice que tiene que hacer doble turno en la clínica y que no llega a comer. Yo volví del gimnasio re caliente, con la testosterona por las nubes. Entré al depto, tiré el bolso en el pasillo y escuché un ruidito que venía del baño. La puerta estaba apenas arrimada. Me asomé por la rendija y casi me da un infarto: la Mili estaba sentada en el borde de la bañera, con el short por las rodillas, los ojos cerrados y dándose con dos dedos a dos manos, gimiendo bajito.
Yo, que ya no daba más, me saqué la pija ahí mismo en el pasillo y me empecé a clavar alta paja mirándola. Estaba a punto de acabar cuando la Mili, en un espasmo, bajó la mirada y me vio por el reflejo del espejo. Salí corriendo como un dolobu y me encerré en mi pieza. A los dos minutos, tres golpes en la puerta.
— Tío... abrime. Ya fue, vos me viste y yo te vi. Salí y arreglemos esto —me dijo con esa tonada serrana.
Abrí la puerta muerto de vergüenza. Ella estaba apoyada en el marco, con el short medio desprendido. Le dije que no daba, que me perdonara, pero ella se me pegó al pecho:
— No seas sonso, tío... yo estoy re caliente. No conozco a nadie acá, soy tímida y no aguanto más. Ayudame vos, dale...
Ahí se terminó la moral. La agarré de la cintura y la tiré arriba de la cama de dos plazas que comparto con mi mujer. Mili rebotó en el colchón y se quedó mirándome con una mezcla de miedo y deseo puro. No le di tiempo a pensar; me le tiré encima y empecé a sacarle la remera a los tirones. Tenía unas tetotas gigantes, firmes, con unos pezones rosados que se pusieron duros apenas sintieron el aire del depto. Se las empecé a comer sin asco, mordiéndolas y lamiéndolas mientras ella arqueaba la espalda y gemía. Le bajé el short de un tirón y me encontré con una tanguita de algodón que estaba empapada. Se la saqué con los dientes y ahí estaba su conchita joven chorreando humedad. Me bajé el jogging y cuando Mili vio mi verga toda venosa y parada, se le transformó la cara.
— Uff tio! —soltó mientras me agarraba la pija con las dos manos.
Se bajó de la cama, se puso de rodillas frente a mí y empezó a chupármela con una desesperación que me voló la cabeza. Se la metía toda en la boca, jugaba con la lengua en la punta y me miraba de abajo con esos ojos de ángel pecador. Le agarré la cabeza para marcarle el ritmo hasta que no pude más.
La volví a tirar en la cama, le abrí bien las piernas y le empecé a comer la concha. Estaba tan dulce y caliente que me hubiera quedado ahí toda la tarde. Mili gritaba, se agarraba de las sábanas y se retorcía como una poseída.
— Metemela ya, tío, por favor, me muero! —me suplicaba.
No aguanté más. Me acomodé entre sus piernas y se la mandé de una, de un solo viaje hasta el fondo. La pendeja pegó un grito sordo contra la almohada mientras yo le daba con todo. La cama de dos plazas crujía con cada estocada. Le daba con bronca, disfrutando de lo apretada que estaba esa conchita que según ella nunca había visto algo de mi tamaño.
Sentía que el corazón me iba a explotar. La puse de costado, le agarré una pierna y le seguí dando hasta que sentí que el placer me nublaba la vista. La saqué de adentro y me empecé a pajear con una furia total arriba de ella. Le acabé todo el pecho, chorreándole esas tetas gigantes con una cantidad industrial de leche caliente. Mili se quedó vibrando, mirando cómo mi leche le recorría la piel.
Era tarde y estaba por volver Vero así que se fue a bañarse y yo empecé a acomodar todo. Al día siguiente, apenas Vero cerró la puerta para irse a la clínica, salí al living en boxer. La Mili estaba sentada en la mesa del comedor con unos apuntes de abogacía, pero con una calza gris que le marcaba hasta el pensamiento.
— Buen día, tío. Descansaste? —me dijo mirándome fijo el bulto.
— Qué voy a descansar con vos acá, Mili —le dije acercándome a la cocina.
Ella se levantó y se me pegó atrás mientras yo armaba el mate. Sentí sus tetas en mi espalda y sus manos bajando por mis abdominales.
— Me quedó doliendo un poquito ahí abajo, tío... me parece que me diste muy duro ayer —me susurró mordiéndome el hombro.
— Y bueno, vos pediste ayuda —me di vuelta y la alcé.
— Ayudame de nuevo entonces, que no puedo concentrarme en estos libros de mierda.
Se bajó la calza ahí mismo en el comedor y quedó en una tanguita hilo dental que desaparecía en ese culazo firme. La apoyé arriba de la mesa, volaron los apuntes de Derecho Romano a la bosta y le empecé a comer el culo de una, sin asco. Ella gemía como loca mientras yo le pasaba la lengua por todo el hoyito.
Acto seguido le empecé a meter un dedo, después dos, mientras ella ayudaba abriéndose las nalgas con las manos para que me fuera más fácil. Estaba bien entregada, arqueando la espalda sobre la mesa de madera. Hasta que no pude más, le escupí bien el hoyo, la acomodé en cuatro y se la mandé de una, muy despacio; estaba nuevita y costaba bastante.
— Ahhh, sí, tío! No lo hice nunca por la cola —gritaba enterrando la cara en sus cuadernos mientras yo le mandaba de a poco la pija, agarrándola de los pelos y nalgueándola un poco.
Pasado el rato ya fluyó y le estaba rompiendo el orto con todo el placer, disfrutando de cómo sus paredes me apretaban, cuando de repente el portero eléctrico empezó a sonar como loco en medio del living, rompiendo el silencio del depto, pero yo no pensaba soltar esa presa ni loco. Mili se quedó congelada un segundo, pero cuando vio que yo no bajaba el ritmo, se entregó al pánico y a la calentura.
— No contestés... —le susurré al oído mientras le daba una estocada bien profunda que la hizo gemir contra la madera de la mesa.
El timbre paró, pero a los diez segundos arrancó de nuevo, más insistente. Yo ya estaba jugado. Le agarré las manos, se las crucé en la espalda y le empecé a dar con todo el odio, haciendo que la mesa vibrara y los apuntes de Derecho cayeran al piso. El ruido de nuestros cuerpos chocando tapaba casi por completo el zumbido del portero.
— Ahhh tiooo paraaaaa! —gritó la Mili, ya sin importarle si la escuchaba el del correo, el vecino o la misma Vero.
Yo sentía que la verga me iba a explotar. Estaba tan apretada y caliente que no aguanté más. Le di tres nalgazos que le dejaron las marcas de mis dedos en ese culazo de serrana y se la hundí hasta el hueso. Le acabé todo el orto, sentí cómo mi leche caliente la llenaba por dentro mientras ella temblaba entera, teniendo un orgasmo que la dejó sin aire.
Nos quedamos ahí un minuto, abrazados y transpirados, escuchando cómo el del portero finalmente se rendía y se iba. El silencio volvió al depto, solo interrumpido por nuestras respiraciones agitadas.
— Uff, tío... casi me muero del susto —me dijo ella dándose vuelta, con los ojos todavía vidriosos—. Pero fue lo más rico que sentí en mi vida.
Se bajó de la mesa como pudo, con un hilito de leche que le empezaba a chorrear por el muslo, y se fue al baño riéndose bajito. Yo me quedé limpiando la mesa con un trapo, borrando las huellas de la lección de anatomía.
Fin.
La pendeja tenía 19 años, una carita de santa que no se la creía nadie y un lomo de serrana que te dejaba mudo. Se instaló en el sofá cama del living y yo, que en esa época rondaba los 40 e iba al gimnasio todos los días, sentía que el depto me quedaba chico cuando ella andaba en shortcitos de algodón dando vueltas mientras yo pasaba para el baño o la cocina.
Un jueves Vero me dice que tiene que hacer doble turno en la clínica y que no llega a comer. Yo volví del gimnasio re caliente, con la testosterona por las nubes. Entré al depto, tiré el bolso en el pasillo y escuché un ruidito que venía del baño. La puerta estaba apenas arrimada. Me asomé por la rendija y casi me da un infarto: la Mili estaba sentada en el borde de la bañera, con el short por las rodillas, los ojos cerrados y dándose con dos dedos a dos manos, gimiendo bajito.
Yo, que ya no daba más, me saqué la pija ahí mismo en el pasillo y me empecé a clavar alta paja mirándola. Estaba a punto de acabar cuando la Mili, en un espasmo, bajó la mirada y me vio por el reflejo del espejo. Salí corriendo como un dolobu y me encerré en mi pieza. A los dos minutos, tres golpes en la puerta.
— Tío... abrime. Ya fue, vos me viste y yo te vi. Salí y arreglemos esto —me dijo con esa tonada serrana.
Abrí la puerta muerto de vergüenza. Ella estaba apoyada en el marco, con el short medio desprendido. Le dije que no daba, que me perdonara, pero ella se me pegó al pecho:
— No seas sonso, tío... yo estoy re caliente. No conozco a nadie acá, soy tímida y no aguanto más. Ayudame vos, dale...
Ahí se terminó la moral. La agarré de la cintura y la tiré arriba de la cama de dos plazas que comparto con mi mujer. Mili rebotó en el colchón y se quedó mirándome con una mezcla de miedo y deseo puro. No le di tiempo a pensar; me le tiré encima y empecé a sacarle la remera a los tirones. Tenía unas tetotas gigantes, firmes, con unos pezones rosados que se pusieron duros apenas sintieron el aire del depto. Se las empecé a comer sin asco, mordiéndolas y lamiéndolas mientras ella arqueaba la espalda y gemía. Le bajé el short de un tirón y me encontré con una tanguita de algodón que estaba empapada. Se la saqué con los dientes y ahí estaba su conchita joven chorreando humedad. Me bajé el jogging y cuando Mili vio mi verga toda venosa y parada, se le transformó la cara.
— Uff tio! —soltó mientras me agarraba la pija con las dos manos.
Se bajó de la cama, se puso de rodillas frente a mí y empezó a chupármela con una desesperación que me voló la cabeza. Se la metía toda en la boca, jugaba con la lengua en la punta y me miraba de abajo con esos ojos de ángel pecador. Le agarré la cabeza para marcarle el ritmo hasta que no pude más.
La volví a tirar en la cama, le abrí bien las piernas y le empecé a comer la concha. Estaba tan dulce y caliente que me hubiera quedado ahí toda la tarde. Mili gritaba, se agarraba de las sábanas y se retorcía como una poseída.
— Metemela ya, tío, por favor, me muero! —me suplicaba.
No aguanté más. Me acomodé entre sus piernas y se la mandé de una, de un solo viaje hasta el fondo. La pendeja pegó un grito sordo contra la almohada mientras yo le daba con todo. La cama de dos plazas crujía con cada estocada. Le daba con bronca, disfrutando de lo apretada que estaba esa conchita que según ella nunca había visto algo de mi tamaño.
Sentía que el corazón me iba a explotar. La puse de costado, le agarré una pierna y le seguí dando hasta que sentí que el placer me nublaba la vista. La saqué de adentro y me empecé a pajear con una furia total arriba de ella. Le acabé todo el pecho, chorreándole esas tetas gigantes con una cantidad industrial de leche caliente. Mili se quedó vibrando, mirando cómo mi leche le recorría la piel.
Era tarde y estaba por volver Vero así que se fue a bañarse y yo empecé a acomodar todo. Al día siguiente, apenas Vero cerró la puerta para irse a la clínica, salí al living en boxer. La Mili estaba sentada en la mesa del comedor con unos apuntes de abogacía, pero con una calza gris que le marcaba hasta el pensamiento.
— Buen día, tío. Descansaste? —me dijo mirándome fijo el bulto.
— Qué voy a descansar con vos acá, Mili —le dije acercándome a la cocina.
Ella se levantó y se me pegó atrás mientras yo armaba el mate. Sentí sus tetas en mi espalda y sus manos bajando por mis abdominales.
— Me quedó doliendo un poquito ahí abajo, tío... me parece que me diste muy duro ayer —me susurró mordiéndome el hombro.
— Y bueno, vos pediste ayuda —me di vuelta y la alcé.
— Ayudame de nuevo entonces, que no puedo concentrarme en estos libros de mierda.
Se bajó la calza ahí mismo en el comedor y quedó en una tanguita hilo dental que desaparecía en ese culazo firme. La apoyé arriba de la mesa, volaron los apuntes de Derecho Romano a la bosta y le empecé a comer el culo de una, sin asco. Ella gemía como loca mientras yo le pasaba la lengua por todo el hoyito.
Acto seguido le empecé a meter un dedo, después dos, mientras ella ayudaba abriéndose las nalgas con las manos para que me fuera más fácil. Estaba bien entregada, arqueando la espalda sobre la mesa de madera. Hasta que no pude más, le escupí bien el hoyo, la acomodé en cuatro y se la mandé de una, muy despacio; estaba nuevita y costaba bastante.
— Ahhh, sí, tío! No lo hice nunca por la cola —gritaba enterrando la cara en sus cuadernos mientras yo le mandaba de a poco la pija, agarrándola de los pelos y nalgueándola un poco.
Pasado el rato ya fluyó y le estaba rompiendo el orto con todo el placer, disfrutando de cómo sus paredes me apretaban, cuando de repente el portero eléctrico empezó a sonar como loco en medio del living, rompiendo el silencio del depto, pero yo no pensaba soltar esa presa ni loco. Mili se quedó congelada un segundo, pero cuando vio que yo no bajaba el ritmo, se entregó al pánico y a la calentura.
— No contestés... —le susurré al oído mientras le daba una estocada bien profunda que la hizo gemir contra la madera de la mesa.
El timbre paró, pero a los diez segundos arrancó de nuevo, más insistente. Yo ya estaba jugado. Le agarré las manos, se las crucé en la espalda y le empecé a dar con todo el odio, haciendo que la mesa vibrara y los apuntes de Derecho cayeran al piso. El ruido de nuestros cuerpos chocando tapaba casi por completo el zumbido del portero.
— Ahhh tiooo paraaaaa! —gritó la Mili, ya sin importarle si la escuchaba el del correo, el vecino o la misma Vero.
Yo sentía que la verga me iba a explotar. Estaba tan apretada y caliente que no aguanté más. Le di tres nalgazos que le dejaron las marcas de mis dedos en ese culazo de serrana y se la hundí hasta el hueso. Le acabé todo el orto, sentí cómo mi leche caliente la llenaba por dentro mientras ella temblaba entera, teniendo un orgasmo que la dejó sin aire.
Nos quedamos ahí un minuto, abrazados y transpirados, escuchando cómo el del portero finalmente se rendía y se iba. El silencio volvió al depto, solo interrumpido por nuestras respiraciones agitadas.
— Uff, tío... casi me muero del susto —me dijo ella dándose vuelta, con los ojos todavía vidriosos—. Pero fue lo más rico que sentí en mi vida.
Se bajó de la mesa como pudo, con un hilito de leche que le empezaba a chorrear por el muslo, y se fue al baño riéndose bajito. Yo me quedé limpiando la mesa con un trapo, borrando las huellas de la lección de anatomía.
Fin.
1 comentarios - La Sobrina del pueblo: Lecciones en el dpto de Nueva Córdoba
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