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¿Fui muy lejos o no cuenta como infidelidad?

¿Fui muy lejos o no cuenta como infidelidad?

Hola gente de poringa, quiero contarles sobre las vacaciones más morbosas que mi novio y yo nos pegamos en las Islas Canarias el verano pasado. Estábamos en un resort de lujo en Tenerife, de esos con palmeras moviéndose al viento, playas volcánicas a dos pasos y un bar en el hotel que era como un imán para turistas con ganas de soltar amarras al caer la noche. Mi novio, vamos a llamarlo Alex, siempre ha tenido este rollo morboso de verme flirtear con otros tíos. No es que sea algo nuevo; lo hemos hablado mil veces, y aunque me pone nerviosa, también me excita la idea de ese jueguecito controlado. Pero esta vez… joder, se nos fue de las manos.
Todo empezó en la habitación, antes de bajar al bar. Yo me había puesto ese vestido marrón ajustado, el que tiene el escote con encaje que deja poco a la imaginación con mis tetas de 32DDD empujando contra la tela como si quisieran escapar. Alex me miró de arriba abajo mientras me lo ajustaba, con esa sonrisa picarona que pone cuando se le enciende la chispa. “Estás impresionante, nena”, me dijo, acercándose para darme un beso en el cuello. “Recuerda el trato: solo coquetea, da entrada a quien se acerque, pero nada más. Yo estaré en una mesa a unos 20 metros, vigilando todo. Me pone cachondo verte jugar, pero no cruces la línea, ¿vale? Es solo para calentar el ambiente y luego volver a la habitación conmigo”.
Asentí, con el estómago revuelto de nervios y excitación. “Vale, solo flirteo. Nada de toqueteos ni nada heavy”. Pero en el fondo, sabía que el morbo me podía traicionar. Bajamos al bar, que estaba ambientado con luces tenues, música latina de fondo y un montón de gente: parejas, solteros, grupos de amigos británicos y alemanes con copas en la mano. Alex se sentó en una mesa apartada, fingiendo leer el móvil, pero yo sentía su mirada clavada en mí como un láser. Me acerqué a la barra, pedí un mojito y me senté en un taburete alto, cruzando las piernas para que el vestido se subiera un poco por los muslos. Mis tetas se marcaban tanto que notaba cómo los tíos de alrededor echaban miradas disimuladas, y eso me hizo sentir poderosa, pero también un poco expuesta.
No tardó en aparecer el primero. Un tipo alto, moreno, con acento italiano, se acercó con una cerveza en la mano. “Hola, guapa. ¿Estás sola esta noche? Ese vestido te queda de escándalo”. Sonreí, echando un vistazo rápido a Alex, que fingía no mirar pero tenía la mandíbula tensa. “Bueno, sola en la barra, sí. ¿Y tú? Pareces de los que no se aburren fácilmente”. Empezamos a charlar: me contó que era de Milán, en vacaciones con amigos, y yo le seguí el rollo, riéndome de sus bromas tontas sobre el sol canario quemándole la piel. “Oye, con curvas como las tuyas, apuesto a que atraes más calor que el volcán del Teide”, me soltó, guiñándome un ojo. Era cursi, pero el teasing me estaba calentando, y notaba cómo mis pezones se endurecían contra la tela. Le toqué el brazo de broma, diciendo “Cuidado, no te vayas a quemar tú también”, y él se rió, acercándose más.
Alex, desde su mesa, me mandó un mensaje al móvil: “Estás genial, pero no lo dejes acercarse tanto”. Ignoré el pinchazo de culpa y seguí. El italiano, vamos a llamarlo Marco, me invitó a otra copa y empezamos a bailar un poco al lado de la barra cuando sonó una canción más movida. Me agarró de la cintura, sus manos firmes contra mi cadera, y yo me pegué un poco, sintiendo su cuerpo contra el mío. No era parte del trato, lo sé, pero el alcohol y el morbo me tenían en una nube. “Joder, qué bien te mueves”, murmuró él cerca de mi oído, y yo respondí con una risa: “Es el ritmo canario, te contagia”. Miré a Alex de reojo; tenía la cara roja, los puños cerrados sobre la mesa. Pensé que eso era parte del juego, que le ponía, pero en realidad estaba empezando a hervir por dentro.
Marco se fue después de un rato, pero no pasó ni diez minutos antes de que otro se acercara. Este era un español de Madrid, más directo, con una camisa desabrochada que dejaba ver un pecho depilado. “Perdona, pero no puedo dejar de mirarte. ¿Eres modelo o algo? Esas… curvas son criminales”. Me reí, fingiendo timidez: “No, solo una chica en vacaciones. ¿Y tú, qué te trae por aquí?”. Charla va, charla viene, y pronto estaba coqueteando de nuevo, dejando que me tocara el brazo, que se inclinara para susurrarme chistes subidos de tono. “Si te quitas ese vestido, el bar entero se para”, bromeó, y yo respondí juguetona: “Cuidado, que igual lo pruebo y te da un infarto”. El morbo estaba a tope, pero sentía la mirada de Alex como dagas. Otro mensaje: “Para ya con los toques. Solo flirteo, joder”.
El tercer tío fue el que lo complicó todo. Un francés guapete, con ojos azules y una sonrisa de pillín, se sentó a mi lado y pidió dos copas sin preguntar. “Para la dama más sexy del bar”, dijo con ese acento que suena a película. Empezamos a hablar de las playas, de lo bonito que era Tenerife, pero pronto derivó en teasing. “Tus ojos son preciosos, pero admito que me distraen otras cosas”, soltó, mirando descaradamente mi escote. Yo, ya con tres mojitos encima, me incliné un poco hacia adelante, dejando que mis tetas se apretaran contra el borde de la barra. “Ah, ¿sí? ¿Y qué cosas son esas?”. Él se rió: “Digamos que podrían hacer que un hombre olvide su nombre”. El juego subió de tono; me agarró de la cintura para “ayudarme” a bajar del taburete cuando quise ir al baño, y yo no lo aparté. En el pasillo, nos besuqueamos un poco contra la pared, sus manos subiendo por mi espalda. No era el plan, pero el calor del momento me traicionó.
Terminamos en el baño de hombres, que estaba vacío. “Solo un ratito”, le dije, arrodillándome con el corazón a mil. Le bajé los pantalones y empecé a masturbarlo, sintiendo su polla dura en mi mano, mientras él gemía bajito: “Dios, eres increíble”. El morbo me tenía ciega; saqué mis tetas del vestido y lo envolví entre ellas, moviéndome arriba y abajo, notando cómo se ponía más duro. “Joder, sí, así”, murmuraba él, agarrándome el pelo. Pero entonces, la puerta se abrió de golpe. Era Alex, con la cara desencajada, los ojos inyectados en sangre. “¡Qué coño estás haciendo!”, gritó, empujando al francés contra la pared. Yo me quedé congelada, con su polla aún entre mis tetas, el vestido bajado y el corazón en la garganta.
El francés salió corriendo, ajustándose los pantalones, y Alex me agarró del brazo, tirando de mí hacia fuera. “¡Era solo flirteo, joder! ¿Qué mierda te pasa?”. Yo intenté explicarme, con lágrimas en los ojos: “Lo siento, se me fue… era el morbo, pensé que te gustaría”. Pero él estaba furioso, celoso de verdad, no ese rollo excitante que imaginábamos. “¡Me gustará una mierda! Te vi dejar que te tocaran, bailar, y ahora esto. ¿Es que no me respetas?”. Discutimos toda la noche en la habitación; él con celos que le comían por dentro, yo sintiéndome culpable pero también resentida porque el trato era consensuado, pero yo lo había jodido cruzando líneas. 

Al final, nos metimos en la habitación del hotel, con la puerta cerrándose de un portazo que retumbó como un trueno. La tensión era palpable, como si el aire estuviera cargado de electricidad. Alex se dejó caer en la cama, con las manos en la cabeza, respirando agitado, mientras yo me quedaba de pie, aún con el vestido desarreglado y el maquillaje corrido por las lágrimas que no podía contener. El silencio duró unos segundos eternos, hasta que explotó.
—Joder, ¿cómo pudiste? —gritó él, levantándose de golpe y señalándome con el dedo—. ¡Era solo flirteo! ¡Solo coqueteo, nada más! Te vi con el italiano, dejando que te agarrara la cintura, bailando pegada a él como si yo no existiera. Y luego el madrileño, con sus toques en el brazo y sus miradas a tu escote. Pero lo del francés… ¡Eso fue el colmo! ¿En el baño de hombres, con su polla entre tus tetas? ¿Qué coño te pasa?
Me acerqué un paso, con las manos temblando, intentando mantener la voz calmada aunque el corazón me latía como un tambor.
—Lo siento, Alex, de verdad. Se me fue de las manos. Era el alcohol, el ambiente, el morbo que tú mismo me has dicho que te pone. Pensé que era parte del juego, que te excitaría verme así. Hemos hablado de esto mil veces, ¿no? Tú querías que flirteara, que les diera entrada…
Él se rió con amargura, paseando por la habitación como un león enjaulado.
—¿Flirtear? Sí, flirtear. No meterte en un baño con un desconocido y masturbarlo con tus tetas. ¡Me sentí como un idiota allí sentado, viendo cómo te tocaban, cómo te reías de sus chistes de mierda! Los celos me estaban comiendo vivo, nena. No era excitación, era… era rabia pura. ¿Y si no llego a entrar? ¿Qué hubieras hecho? ¿Te lo hubieras follado allí mismo?
Me senté en el borde de la cama, acercándome a él poco a poco, como si estuviera domando a una bestia salvaje. Le puse una mano en el brazo, sintiendo cómo se tensaba bajo mi toque.
—Alex, mírame. Sí, me equivoqué cruzando la línea. Pero admítelo: una parte de ti lo disfrutaba. Te vi mirando, con esa expresión mixta. No era solo rabia. Vamos, háblame. ¿Qué sentiste de verdad?
Él se detuvo, mirándome con los ojos vidriosos, la mandíbula aún apretada. Se sentó a mi lado, soltando un suspiro largo y derrotado.
—Era… joder, era una sensación extraña. Celos, sí, unos celos que me ardían en el pecho como ácido. Me sentía humillado, como si todos en el bar supieran que eras mía pero te estabas dejando manosear por extraños. Pero al mismo tiempo… me dio morbo. Ver cómo te deseaban, cómo tus tetas se marcaban en ese vestido, cómo respondías a sus piropos. Era como esa fantasía de la que he leído tanto en foros y libros: el cuckold, el morbo de la humillación mezclada con excitación. Lo reprimía porque me hacía sentir débil, vulnerable. No quería admitirlo, pero sí, me ponía cachondo a pesar de todo.
Sonreí por dentro, viendo cómo se ablandaba. Me acerqué más, presionando mi cuerpo contra el suyo, y le susurré al oído:
—Entonces, ¿por qué no me lo explicas con detalle? Mientras yo… te ayudo a relajarte.
Sin esperar respuesta, me incliné hacia adelante, dejando que mis tetas, aún expuestas del escote bajado, se presionaran contra su cara. Él inhaló profundo, y noté cómo su nariz rozaba la piel entre mis pechos, captando el olor salado y almizclado del precum del francés que aún perduraba allí, mezclado con mi perfume y el sudor de la noche. Sus ojos se cerraron por un momento, y un gemido escapó de sus labios.
—Huele… a él —murmuró, con la voz ronca, pero en lugar de apartarse, su lengua asomó tímidamente, lamiendo la curva de mi pecho.
Asentí, guiando su cabeza más profundo entre mis tetas, mientras mis manos bajaban a su cinturón, desabrochándolo con dedos hábiles.
—Exacto. Ahora, cuéntame qué sentiste mientras yo te lo hago bien. Pero primero, déjame relatarte lo que pasó. Con el francés, empecé despacio: le bajé los pantalones en ese baño oscuro, y saqué su polla, dura y caliente en mi mano. La masturbé un poco, arriba y abajo, sintiendo cómo palpitaba. Si no hubieras interrumpido… probablemente lo hubiera seguido, envolviéndola entre mis tetas como lo hice, moviéndome más rápido hasta que se corriera sobre mí, caliente y pegajoso. ¿Te imaginas? Él gimiendo, agarrándome el pelo, y yo arrodillada, sirviéndolo.
Alex jadeó, su excitación evidente ahora que su polla se liberaba de los pantalones, endureciéndose bajo mi toque. Me arrodillé frente a él, en el suelo de la habitación, mirándolo desde abajo con ojos juguetones.
—¿Por qué no me lo explicas mientras yo te la chupo? Cuéntame todo, sin reprimirte.
Él asintió, con la voz entrecortada, mientras yo bajaba la cabeza y envolvía la punta de su polla con mis labios, succionando suave al principio, mi lengua girando alrededor del glande, saboreando su sabor familiar. Chupaba con ritmo lento, subiendo y bajando la cabeza, dejando que mi saliva la lubricara, mientras una mano masajeaba sus bolas con gentileza. Él gemía, sus caderas moviéndose involuntariamente.
—Al principio, cuando te vi con el italiano… sentí celos, pero también excitación. Ver cómo te tocaba la cintura, cómo te reías… me ponía duro, aunque lo odiaba. Era como si mi mente dijera “para”, pero mi cuerpo quería más. Con el madrileño, igual: susurrándote al oído, y tú respondiendo… joder, me humillaba, pero era esa fantasía, la de ser el cornudo excitado.
Aceleré el ritmo, chupando más profundo, tragando casi toda su longitud, mi garganta relajada para acomodarlo, mientras la otra mano lo masturbaba en la base. Mis tetas rebotaban con el movimiento, rozando sus muslos.
—Y con el francés… —continuó él, su voz temblando, las manos en mi pelo ahora—. Cuando te vi ir al baño con él, supe que algo pasaba. Entré y… verte arrodillada, con su polla entre tus tetas, moviéndote arriba y abajo, él gimiendo… me dolió como un puñetazo, pero al mismo tiempo, era lo más excitante que he visto. Esa humillación, mezclada con el morbo… joder, nena, era exactamente la fantasía. Verte así, sirviendo a otro, con sus tetas envueltas alrededor de…
No pudo terminar. En ese momento exacto, cuando describía la escena del francés con su polla entre mis tetas y yo arrodillada frente a él, Alex se corrió con un gemido brutal, su semen caliente brotando en mi boca, llenándola mientras yo tragaba y succionaba hasta la última gota, mirándolo a los ojos. Se derrumbó hacia atrás en la cama, exhausto, y yo me levanté, limpiándome los labios con una sonrisa pícara.
—Ahora sí que estamos en paz —le dije, acurrucándome a su lado—. ¿Repetimos el juego algún día, pero con reglas claras?
Él solo asintió, aún jadeando, con una mezcla de alivio y esa chispa de morbo renovada en los ojos.

Al final, después de esa noche intensa de discusiones y reconciliación, nos despertamos al día siguiente con el sol filtrándose por las cortinas, y todo parecía más calmado. Alex me abrazó desde atrás, besándome el cuello como si nada hubiera pasado, y yo me giré para mirarlo a los ojos. “Lo siento de nuevo, amor. Casi la cago del todo”, le dije, con una sonrisa culpable. Él se rió bajito: “Sí, pero al final volvimos a conectar. Eso es lo que importa”.
Pero en mi cabeza, mientras nos preparábamos para otro día de playa, no podía dejar de pensar en lo cerca que estuve de cruzar esa línea irreversible. Me salvé de haber sido infiel de verdad, porque si no hubiera aparecido Alex en ese baño, quién sabe hasta dónde habría llegado con el francés. Menos mal que con mis atributos —estas tetas de 32DDD que parecen tener vida propia y un poder hipnótico sobre cualquier tío— siempre puedo salir airosa de cualquier situación. Un escote bien colocado, una sonrisa juguetona, y hasta los celos más furiosos se convierten en deseo. Es como mi superpoder secreto: turning drama into passion. Al final, esas vacaciones en Tenerife no fueron solo sol y arena; fueron una lección sobre límites, morbo y cómo mi cuerpo puede ser tanto la causa del problema como la solución perfecta. ¿Quién necesita terapia cuando tienes tetas como estas?

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