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En cuarentena con mamá 8

Caminé hacia la escalera, atravesando la salade estar, con el corazón a
mil por horas. Estaba lleno de preguntas.
—¿Y…? —escuché que me decía alguien—. ¿Estámás tranquila?
Era la voz de Luana. Giré la cabeza, paramirarla. Estaba hablando casi
a los gritos desde el vano de la cocina. En ese momento me di cuenta de
que el semen se deslizaba aún por mi entrepierna. Probablemente la
humedad había traspasado el pantalón. Así que mantuve el cuerpo así, de
perfil, manteniendo girada solo la cabeza, para que no me viera.
—Creo que sí —dije—. Está durmiendo. Dejemosque descanse un poco.
—Ella no necesita dormir. Lo que necesita esuna buena pija.
Que me dijera eso justamente mi hermana mayorno me hacía las cosas más
fáciles.
—Bueno, igual, dejala dormir —insistí, ydespués avancé hacia la
escalera.
—¿A dónde vas? —preguntó Luana—. Vení afueraun rato con nosotras. ¿Qué
vas a hacer toda la tarde encerrado?
Tragué saliva, nervioso. La última vez queestuve con ellas dos juntas,
terminaron en tetas, por lo que la propuesta era muy tentadora. Pero no
era el mejor momento. Después la miré de nuevo de reojo, tratando de
mostrarme lo más natural posible.
—Tengo que… mandar un mensaje. Pero despuésvoy.
Subí a mi cuarto, para lavarme y cambiarme.Estaba bastante movilizado.
Después de todo, sí que había pasado algo con mamá. Todavía sentía la
tersura de su piel en mis dedos, y recordaba claramente su maravilloso
estremecimiento mientras tenía un orgasmo.
¿Pero ella estaba dormida, o fingía que loestaba? Por un momento había
estado seguro que fingía, pero ahora me costaba darlo por cierto,
simplemente porque era algo asombroso. Así que si de verdad estaba
dormida, había llegado al clímax entre sueños. Habría sentido el
estímulo muy cerca de su sexo, cuando ella estaba en los brazos de
Morfeo. Y como estaba desde hacía días con abstinencia sexual, esos
masajes habían sido suficientes para que explotara. En cambio, si estaba
despierta, entonces ella, al fingir que dormía, me decía que necesitaba
que yo creyera que no estaba consiente de que su propio hijo la había
estado manoseando descaradamente.
En ambas opciones no me quedaba otra quehacerme el tonto, como si nada
hubiera pasado. Pero no podía dejar de pensar en la inmensa distancia
que había entre una hipótesis o la otra. La primera implicaba que yo me
había aprovechado de un momento de vulnerabilidad de mamá, y que incluso
había abusado sexualmente de ella. La segunda significaba que mamá había
accedido a tener un contacto sexual conmigo, y que, además, lo había
disfrutado.
Por otra parte, estaba esa anécdota de tíaMariana. Ella y mamá
entregadas a ese tipo. Mamá mordiéndole el trasero a su hermana menor,
que apenas era una adolescente. ¿Sería que corría el gen del incesto
entre nosotros? Después de todo, tía Mariana se cogía a Luana.
Al final me quedé un par de horas en micuarto, como si temiera lo que
pudiera pasar cuando saliera de ahí.
Más tarde, me sorprendió escuchar muchobochinche en el cuarto de mi
hermana. Y no parecía estar cogiendo con tía Mariana.
Entonces, escuché que golpeaban mi puerta.Respondí que pasaran.
Se abrió la puerta. Me quedé boquiabierto.Luana estaba disfrazada. Pero
no era un disfraz cualquiera. Era uno de caperucita roja, pero muy
particular. Constaba de un top blanco, que levantaba sus tetas; una capa
corta con capucha, color roja; una minifalda del mismo color, que dejaba
ver mucho más de lo conveniente. Además, tenía unas medias rojas que le
llegaban hasta los muslos, con portaligas que estaban decoradas con
rojo. El pelo castaño estaba suelto, y los ojos claros estaban
encendidos.
 

En cuarentena con mamá 8




Me quedé callado, sin poder decir nada.
—Vamos a hacer una fiesta de disfraces —dijo.
—Qué. Si todavía falta muchísimo paraHalloween.
—Y qué tiene que ver. No hace falta que seaun día especial para hacer
una fiesta de disfraces.
—Sí, pero… yo no tengo nada para ponerme.
—Qué aburrido. Podés improvisar. Nadieesperaba mucho de vos de todas
formas —dijo, fingiendo más exasperación de la que realmente sentía.
—Bueno, no sé. Nunca me gustaron losdisfraces.
—Listo, quedate encerrado acá toda la noche ylisto. Total… te vas a
perder el disfraz de Mariana.
Cerró la puerta con brusquedad y desapareció.Tragué saliva. ¿Qué
disfraz se había puesto la tía? Por algún motivo, las mujeres
aprovechaban las fiestas de disfraces para vestirse como unas putas,
cosa que yo no criticaba, ni mucho menos. Pero no sabía si bajar o no.
Seguramente mamá enseguida les arruinaría la fiesta. Además, ¿qué tanto
podían divertirse ellas dos? Seguramente más pronto que tarde se
encerrarían en algún lugar a coger.
Pero la música subió más. Tanto, que seescuchaba fuerte incluso en mi
cuarto. Suspiré hondo. No podía negar que la muy putita de mi hermana me
dejó caliente, con ese trajecito que se había puesto.
Salí de la cama, consiente de que no teníanada más importante que
hacer. Abrí la puerta de mi cuarto, y empecé a bajar las escaleras, con
la música entrando cada vez más fuerte en mis oídos.
Me sorprendió que estuviera tan oscuro.Afuera, el sol ya se empezaba a
esconder. Era muy temprano para una fiesta. Pero, en épocas de
cuarentena, los horarios tradicionales no tenían sentido.
Habían apagado las luces y cerrado lasventanas, y la poca iluminación
que llegaba de afuera solo alcanzaba a la cocina.
La sala de estar estaba sumida en unapenumbra tibia, apenas
interrumpida por los destellos de un pequeño parlante con luces LED que
parpadeaban al ritmo de una música insoportablemente alta. Los haces de
color rojo, azul y violeta se reflejaban en los muebles, en los vidrios
del ventanal y en el suelo lustrado, creando un ambiente extraño, casi
hipnótico, como si el lugar estuviera suspendido entre una fiesta y un
sueño.
El bajo de la canción hacía vibrar losadornos de una repisa, y la luz
intermitente delineaba los contornos de los sillones, los cuadros, la
sombra de una prenda colgada sobre el respaldo de una silla.
En medio de ese desorden luminoso, todoparecía más íntimo, más
sugerente. Cada cambio de color parecía alterar la temperatura del
ambiente, y el ritmo de la música, invasivo y constante, se mezclaba con
la respiración contenida de quien estuviera allí, atrapado entre la
penumbra y la promesa de algo que todavía no terminaba de suceder.
No me costó mucho encontrarlas.
Las dos estaban bailando sensualmente,cubiertas por esos haces de luz
que cambiaban de color continuamente. Estaban frente a frente. Mariana
sujetaba a Luana por la cintura, marcando el compás de un movimiento que
parecía más una provocación que un simple baile. Las dos bajaban
despacio, con una sincronía que resultaba hipnótica, las caderas
describiendo ondas lentas.
La pollerita de Luana se sacudía con cadavaivén, subiendo lo suficiente
para dejar entrever la bombachita que se había puesto. Mariana se movía
con una seguridad que delataba experiencia: su pelvis rozaba la de Luana
en un ritmo casi imperceptible, pero cargado de erotismo.
Respiré hondo. No podía creer lo buenas queestaban.
Y luego reparé en Mariana. Era imposible nohacerlo con eso que se había
puesto. La penumbra hizo difícil ver los detalles al principio, pues su
disfraz era negro. Pero, cuando las luces daban de lleno en ella, se
podía apreciar sin problemas. Había elegido un disfraz de monja. No
podía pensar en algo menos sexi que una monja, y, sin embargo, Mariana…
Se trataba de un vestido negro, que por el brillo supuse que era de
satén. Tenía dos largas aberturas a los costados, que dejaba ver las
piernas carnosas y torneadas de mi tía, mientras hacía esos sensuales
movimientos de baile. Tenía también el cuello blanco, que cubría lo que
el escote del vestido dejaría ver en otros momentos. Las enormes tetas
estaban aprisionadas ahí. Y en el medio de ellas colgaba una cruz
blanca, invertida, lo que me parecía muy acorde al disfraz en general.
Un cinturón blanco se ajustaba a su cintura, resaltando con ese simple
detalle la sinuosidad de su cuerpo. Y, para rematar, unas medias negras,
con portaligas.
 

relatos




En combinación con Luana, hacían un dúoinfalible y peligroso. Dos
mujeres capaz de destruir un matrimonio, si se lo proponían.
Mi hermana giró para verme, clavándome unosintensos ojos celestes. Pero
luego volvió su atención a nuestra tía, y siguieron meneándose al ritmo
de la música. Su pelvis estaban increíblemente cerca mientras bajaban
suavemente al compás del movimiento de sus caderas.
Tragué saliva, e hice todo lo posible porcontrolar la erección.
Vi a mi alrededor. Los sofás y la mesitaratona se habían movido para
que la sala de estar se convirtiera en una pista de baile.
La primera sensación que había tenido antesde bajar, esa de que entre
ellas dos no podrían hacer una fiesta por sí solas, se había esfumado.
Porque Mariana y Luana estaban inmersas en la música, y en el movimiento
rítmico de la otra. Parecía que en el mundo no existía nada más que
ellas dos. Sentí, no por primera vez, envidia de esa relación que
tenían.
Y entonces recordé a mamá. Dudaba quesiguiera durmiendo. De todas
formas, ya había dormido bastante. Y Gracias a mis masajes, y al
orgasmo, debía haberse relajado mucho. Sin embargo, no entendía cómo era
que estuviera permitiendo semejante quilombo.
La respuesta surgió de la manera másinesperada.
Mamá apareció desde la cocina. Sentí que micorazón se detenía. No era
solo que estaba permitiendo esa fiesta improvisada, sino que era parte
activa en ella. En las manos, sostenía una bandeja con unos vasos largos
que contenían un trago que no tenía idea de qué se trataba. El líquido
era de un color rojo intenso, casi carmesí, con pequeños cubos de hielo
que tintineaban suavemente cada vez que ella se movía. En la superficie,
una rodaja de limón se apoyaba de costado, y una hoja de menta flotaba
apenas, dándole un aire sofisticado. El aroma era dulce, con un toque
cítrico y un dejo de alcohol fuerte, como una mezcla entre frutilla,
granadina y ron. Parecía uno de esos tragos peligrosos que entran
suaves, pero terminan incendiando la garganta. Pero no era eso lo que
más me había llamado la atención.
—Solo por hoy, podés darte el gusto de tomar—me dijo, elevando la voz
para hacerse oír sobre la música.
Había llegado frente a mí, y sostenía labandeja, ofreciéndome uno de
los tragos. Yo agarré un vaso, pero enseguida me di cuenta de que tenía
las manos temblorosas y sudadas. Después se acercó a las chicas, quienes
agarraron un trago cada una, cosa que no les impidió seguir bailando.
Yo miré a mamá, mientras llevaba la bandejavacía de vuelta a la cocina.
Luego regresó con un vaso en la mano. Se acercó a mí, caminando de una
manera sensual, como si en realidad estuviera bailando.
No le podía sacar los ojos de encima. Teníauna pollera escocesa,
cortísima. Una camisa blanca metida dentro de la pollera, y una corbata
con el mismo estampado escocés. El pelo rubio suelto, moviéndose
salvajemente con cada movimiento mínimo que hacía.
Que una mujer de treinta y ocho años sedisfrazara de colegiala, podría
parecer ridículo. Salvo que esa mujer sea mamá. Ni que decir tiene que
ese conjunto la hacía lucir como una estrella porno, al igual que las
otras dos. La falda era cortísima, y estaba seguro de que con el menor
movimiento se le vería la ropa interior. La camisa estaba bien ajustada,
y los botones parecían a punto de salir volando por la presión que
ejercían sus tetas desde adentro.
 

incesto




No lo podía creer. Estaba increíble. Y, en lasemipenumbra, con todas
esas luces dando sobre ella con un ritmo irregular, parecía salida de
las fantasías más prohibidas que un hijo podría tener.
Tomé un trago, a ver si el alcohol me hacíadesinhibirme un poco. Era
fuerte, pero muy dulce y rico. Y se notaba que tenía mucho alcohol.
Entonces mamá, que tomó medio vaso de unavez, se acercó a mí y me
agarró de la mano.
—Vení, no te quedes ahí, vamos a bailar unpoco.
Tiró de mi mano y yo no hice el menoresfuerzo para apartarla. Quedamos
mezclados con las otras dos, pero ella se quedó conmigo. El reguetón
ahora era muy movido, y yo me quedé petrificado cuando ella giró
levemente y empezó a perrear, moviendo ese descomunal orto que yo había
estado toqueteando hacía unas horas.
El ritmo la dominaba por completo. Su cuerpose movía con una precisión
obscena. La pollerita escocesa subía y bajaba al compás de sus caderas,
dejando a la vista, por momentos, un borde de encaje que me hizo tragar
saliva. Me quedé quieto unos segundos, sin saber qué tenía que hacer.
Pero ella, sin decir una palabra, se echó un poco más hacia atrás,
rozándome con su trasero, lenta, deliberadamente.
El contacto me recorrió entero. Sentí eseprecioso culo en mi
entrepierna por un instante, y solo eso bastó para que me desinhibiera.
Entonces mis manos, casi por instinto, se posaron sobre sus caderas. No
me apartó. Al contrario: se movió con más fuerza, presionando contra mí,
guiándome en el ritmo. El perfume de su piel, mezclado con el alcohol y
el calor de la sala, me envolvía.
Mamá se inclinó un poco hacia adelante,apoyando las manos en sus
rodillas, y comenzó a bajar con movimientos lentos, marcados, mientras
yo la seguía de cerca. Cuando subió, lo hizo rozándome por completo,
hasta que su espalda chocó con mi pecho. Giró apenas la cabeza, y sus
labios rozaron mi mejilla en un gesto que no fue beso, pero se sintió
casi como uno.
El juego siguió así, cada vez más intenso,más cargado. No hablábamos.
No hacía falta. El ritmo hablaba por nosotros, y en ese momento, lo
único que existía era el calor, la música, y el cuerpo de mamá
moviéndose contra el mío.
Ya no daba más. De hecho, no sabía cómo eraque la verga no se me había
parado al toque. Entonces, en un movimiento brusco, tiré el líquido rojo
que quedaba en el vaso al piso. A nadie pareció importarle, ni siquiera
a mamá, que seguía bailando sensualmente, ahora metida con las chicas.
Cuando volví con un trapo húmedo, me inclinépara limpiar. Después
levanté la vista, sin disimular mucho. Ninguna de las tres parecía
prestarme atención, pero yo sospechaba que notaban mi lascivia. Aún así,
las observé. Las tetas enormes de Mariana se sacudían suavemente con
cada movimiento que hacía. Pero eso no era lo más importante desde mi
posición. Porque, al tener todas minifaldas, no me costó nada ver sus
espectaculares ortos, enfundados de una pequeña ropa interior que las
cubrían lo justo y necesario.
Por un instante, mamá desvió sus ojos hacialos míos. Temblé de pies a
cabeza. Pero luego siguió bailando sin darme importancia. Su pollerita
escocesa se levantaba una y otra vez, mostrándome esa linda tanga blanca
de encaje que había elegido para la ocasión.
Cuando terminé de limpiar, me erguí para iral lavadero a enjuagar el
trapo. El tema es que la erección ya había aparecido, y mi verga se
había quedado atrapada dentro del calzoncillo en una posición muy
incómoda, que hacía que el bulto fuera extremadamente vistoso.
Salí rápido de la sala de estar, esperandoque no lo hayan notado,
aunque en este punto no estaba seguro de qué tanto les importaría. En
ese interín el sol se había ocultado. Y cuando volví, las luces del
parlante ya no estaban funcionando, y la música se había detenido, así
que todo estaba absolutamente oscuro.
Escuchaba cuchicheos. Estaba nervioso. Más delo que me hubiera gustado.
Entonces, cuando di unos pasos, me choqué con alguien.
—Lucio, ayudame a traer más tragos —me dijomamá.
La seguí en la penumbra, guiado por el sonidode sus pasos. Ella abrió
la heladera, y la vi de perfil, bañada por la luz que salía del
interior. Tenía una sonrisa tenue. El pelo ondulado caía sobre su
rostro, así que se lo corrió detrás de la oreja. La pollerita, ya de por
sí corta, se levantó aún más debido a que estaba inclinada. Sentí que mi
verga ya no soportaba más estar dentro del pantalón.
Me entregó dos vasos.
—Si querés, prendemos un rato las luces, paraque podamos llevarlos.
Entre la oscuridad y que estamos ya medio borrachos, capaz que
terminamos haciendo lío —dijo.
—No. No te preocupes. Igual es solo caminarhasta donde están ellas. No
es que seamos una multitud. Además, ahora ni siquiera están bailando.
—Es verdad —dijo—. Llevá eso a las chicas,que enseguida llevo para
nosotros.
Caminé, sin terminar de entender qué carajosestaba pasando. Qué
implicaba esa fiesta improvisada para cada uno de los miembros de la
familia.
Mariana y Luana cuchicheaban algo, y reían.Yo sospechaba que se estaban
tocando, aunque no podía ver nada. Si a mamá se le ocurría prender la
luz un momento, tal como lo había dicho, podía pescarlas infraganti.
—Gracias, amor —dijo tía Mariana—. Disculpáque seamos tan locas. Pobre,
debés sentir vergüenza con nosotras tres así.
—No… para nada. Me estoy divirtiendo—balbuceé.
Era obvio que mi tía tenía en claro que paramí, esa noche era lo más
cercano al paraíso que había experimentado. Me estaba diciendo eso a
propósito. Estaba jugando conmigo, y eso solo servía para calentarme
más.
—Qué le pedís perdón. Es una fiesta dechicas. Que agradezca que lo
invitamos —intervino mi hermana, quien esta vez se estaba mostrando un
poco agresiva conmigo.
Escuché los pasos de mamá a mi espalda. Alfinal, ninguno quiso prender
la luz en ningún momento. Era como si esa oscuridad omnipresente nos
transportara a otra realidad, y nos hiciera olvidarnos de la pandemia, y
de todos los problemas que teníamos.
—Acá tenés —me dijo mamá, tocándome elhombro.
Luego extendió lentamente la mano con elvaso. Sentí el frío en mi
remera. Al agarrarlo, aproveché para acariciar su mano. Una vez más me
pregunté cuánto recordaba de lo que pasó hacía un rato en su dormitorio.
—Bueno, pongamos música, pero un poco másdespacio, y algo más tranquilo
—propuso.
Así lo hizo. Sonó una base suave de TheWeeknd, una de esas canciones
modernas con ritmo lento, envolvente, cargada de sensualidad. La voz
grave y el bajo profundo llenaron la habitación con una cadencia que
invitaba al movimiento lento, al roce, a perder la noción del tiempo.
Yo estuve solo un rato, apenas sacudiendo lacabeza al compás,
intentando disimular los nervios. Pero enseguida sentí que alguien me
agarraba de la mano y me la llevaba a su cintura. La piel, tibia, se
deslizó bajo mis dedos, y el perfume que me envolvió era dulce y
embriagante. Entonces, ese alguien se arrimó más. Su pelvis se rozó con
la mía, despacio, con intención, como si midiera la reacción que
provocaba. Era imposible que no se diera cuenta de mi erección. Sin
embargo, no dijo nada al respecto. Solo siguió moviéndose al ritmo de la
música, más cerca, más lento, como si esa canción hubiera sido elegida
solo para los dos.
—Gracias por los masajes —me dijo mamá aloído, revelando su identidad—.
Me hizo muy bien. Ni cuenta me di que me quedé dormida.
—Sí, sí. Te quedaste dormida —reí, nervioso—.Pero seguí haciéndolo,
pensando que incluso entre sueños te iba a hacer sentir bien.
—Sí. Funcionó —dijo ella.
A pesar de lo que dijera, la pregunta seguíapresente. ¿Lo que decía era
en serio, o solo quería mantener la mentira para no verse obligada a
admitir que su propio hijo le sacó un orgasmo? Fuera como fuese, seguía
pareciendo la mejor opción.
El tema es que los minutos siguieron pasando.Los tragos siguieron
circulando, y yo sospechaba, por algunos movimientos raros que capté,
que estaban consumiendo algo más aparte de alcohol.
Bailé con todas. Piel contra piel, como si laoscuridad hubiera borrado
los límites entre unos cuerpos y otros. No podía ver sus rostros, pero
los reconocía por el aroma, por la forma en que se movían, por el calor
que irradiaban. Cada roce era distinto, cada contacto una provocación
nueva.
Sentí el roce del trasero de Luana, suave,curvado, que de alguna manera
había llegado a mi mano.
Tía Mariana apareció enseguida, casiempujándome contra ella. Su cuerpo
era más firme, más cálido. Apreté mi torso contra el suyo, sintiendo sus
tetas moverse al ritmo de su respiración. Su risa me rozó el cuello,
húmeda, y el roce de su boca apenas abierta me hizo contener el aliento.
La tela del disfraz, lisa, me transmitía cada vibración de su cuerpo
como si fuera su piel.
Y luego mamá. Su cuerpo chocó con el mío sinaviso, y nuestras pelvis se
encontraron inevitablemente. Mi erección la rozó con fuerza, y ella no
se apartó; al contrario, se movió al ritmo de la canción, lenta, pegada
a mí, como si no notara que tenía la pija dura.
La música era apenas un eco, el aire estabacargado de calor y perfume,
y el silencio entre una canción y otra era llenado por las respiraciones
entrecortadas, los roces, el sonido húmedo de la piel encontrándose.
Aunque yo había tomado mucho menos que ellas, ya estaba bastante
borracho, pues no solía tomar.
En un punto ya la oscuridad y la borracherapareció vencernos. Luana se
tropezó conmigo en una ocasión, y casi va a parar al piso si no la
agarro. El tema es que, al levantarse, su culo se frotó con mi
entrepierna, encontrándose inevitablemente con mi verga dura. Pensé que
se iba a apartar, incluso que me iba a recriminar algo. Pero en cambio,
frotó su orto con más intensidad sobre mi miembro. Creí que lo hizo solo
para terminar de incorporarse, pero eso no quita que fue algo
increíblemente erótico.
En un punto, ya no sabía qué horas eran, niqué estaba pasando. Pasaba
de bailar con mamá, a Bailar con Luana o con Mariana. En un momento, mis
manos estaban en la cintura de mamá, y tenía tan cerca su precioso culo
que con solo bajarlo un poquito empecé a palparlo. Ella ni se inmutó, ya
sea porque apenas sentía la mano, porque lo consideraba un toque
ocasional, sin dobles intenciones, o por lo que fuera.
El tema es que la mano seguí ahí, y ella nohacía nada. Asi que
simplemente la bajé un poco más, y empecé a palparlo más descaradamente.
Ella siguió conmigo. Sentía su respiración muy cerca de mi rostro.
Estaba tan borracha como yo, o quizás más. Sin embargo, yo estaba lo
suficientemente consiente como para disfrutar de lo rico que se sentía
hundir mis dedos sobre esa pollerita escocesa, sintiendo ese orto que me
tenía estupidizado.
Entonces la besé. Mis labios fueron a parar ala comisura de su boca.
Pensé que ahí iba a terminar todo. Pero ella me besó de improviso.
Nuestros labios se encontraron, y entonces mamá metió la lengua dentro
de mi boca, y empezó a masajearla.
No lo podía creer. Todo lo que había pasadohabía convergido en ese
momento. La euforia sorpresiva de las mujeres de mi familia, la
oscuridad interminable, la bebida. Me di cuenta de que, con tantos
tragos encima, mamá tenía otra vez la excusa de que luego no se
acordaría de nada. La seguí besando, sospechando que quizás las otras
dos también lo estaban haciendo. Sus tetas se apretaban en mi torso, y
mis manos se movieron hasta dentro de la faldita. Entonces palpé ese
culo de la mejor manera posible, sintiendo la piel desnuda, la carne
moldeándose de acuerdo a mis caprichos. No podía más de lo caliente que
estaba.
—Voy al baño —le susurré al oído—. Ya vuelvo.
Fui, tambaleante, hasta el baño de la plantabaja. Tuve que sentarme
para mear. No quise prender la luz, para no romper el hechizo. Cuando
salí al pasillo, escuché sus pasos acercándose. No lo podía creer.
Estaba tan caliente que no me pudo esperar. O sería que pensó que eso de
irme al baño era una señal para que me siguiera.
Cuando la sentí a centímetros de mí, extendíla mano y la detuve. Luego
la agarré de la cintura, la hice girar, y la metí en el baño. Ya no
había marcha atrás. Me iba a coger a mi mamá, y ella quería que lo
hiciera. Teníamos la excusa para luego seguir mintiéndonos, haciendo de
cuenta que no había pasado nada.
Llevé la mano dentro de la pollera, y, sinmás preámbulos, le bajé la
tanga. Ella largó un suave quejido, que solo sirvió para que me pusiera
más loco. Me coloqué detrás de ella, quien seguramente estaba inclinada
sobre el lavamanos. Me bajé el cierre del pantalón, y arrimé mi pija.
Me sentí patético al no encontrar la posturacorrecta para hundirle mi
verga de una vez. Después de todo, era virgen, estaba borracho y no veía
nada. Seguía negándome a encender la luz, aunque también pensé que
pronto lo haría, porque quería ver su carita en el espejo mientras me la
cogía.
Por suerte ella se apiadó de mí. Agarró miverga, desde el medio, y la
guio hasta el lugar adecuado. Entonces solo tuve que empujar. Ni
siquiera todo el alcohol en mi sangre impidió que gozara de cada detalle
mínimo de esa penetración. Mi verga se hizo paso por una vagina
totalmente lubricada, que apenas hacía presión sobre ella.
La agarré de las caderas y empecé a movermeadelante atrás. Ella gemía,
y sus gemidos eran lo más hermoso que jamás haya escuchado.
Mis manos, que estaban en su cintura, bajaronhasta sus caderas. Ahí
sentí la piel desnuda. Todos mis sentidos se concentraron en el
movimiento de la penetración, que se fue haciendo cada vez más intensa,
a medida que los gemidos de ella se hacían más lascivos, resonando en el
pequeño espacio entre esas cuatro paredes.
Recién ahí empecé a darme cuenta. ¿Por quésentía la piel de sus caderas
desnudas? Bueno, la falda de mamá era muy corta, así que era entendible.
Pero esto era diferente.
Respiré hondo, tratando de recuperar lalucidez, aunque solo
consiguiéndolo apenas. En ningún momento retiré mi verga de esa
deliciosa cueva. Lo que sí hice fue llevar mis manos a sus senos.
Los apreté. Se sentían maravillosos. Eransuaves, casi frágiles.
Y eran enormes…
Me detuve un instante, solo para encender laluz. Entonces la vi. Ahí
estaba tía Mariana, con su sacrílego disfraz, con un gesto de placer
inconfundible.
—Apagala —me dijo.

Yo lo hice. Quedamos sumidos en la oscuridadde nuevo. Mi verga seguía
en su hendidura. Entonces, la agarré de las caderas y me la seguí
cogiendo. No era mamá, pero era mi tía, y se sentía increíble.

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