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Feliz cumpleaños

Llevo dos años con Mateo, y si alguien me hubiera preguntado al principio si este sería el camino, le habría dicho que sí sin pensarlo dos veces. Mateo es el novio perfecto: atento, servicial, un hombre enfocado en su trabajo, dulce y con un corazón de oro. Pero tiene una debilidad que lo consume y que yo empecé a notar como una sombra persistente: su devoción por su padre. No es solo respeto, es una adoración casi infantil, una lealtad ciega hacia Don Gonzalo que raya en lo patológico.
Don Gonzalo es un hombre de cincuenta y dos años, viudo desde hace tiempo, con esa presencia imponente de quien ha trabajado duro y ha logrado acomodarse. Es muy atractivo, de esos hombres maduros de contextura fuerte y con una voz grave que parece retumbar en el pecho. Al principio, los primeros ocho meses, fue el suegro ideal: generoso, impecable, siempre pendiente de que a nosotros no nos faltara nada. Pero poco a poco, la calidez familiar empezó a transformarse en algo más denso, algo que me erizaba los vellos de la nuca cada vez que su mirada se demoraba un segundo más de lo debido en mis curvas.
El detonante real fue la Navidad.
La casa estaba llena de gente, música y ese ambiente festivo que a mí me abrumaba. Yo estaba en la cocina, tratando de ayudar con las bebidas, cuando sentí una presencia pesada detrás de mí. Antes de que pudiera girarme, el cuerpo de Don Gonzalo se pegó al mío. Sentí su masa muscular, el calor de su torso contra mi espalda y el aroma de su perfume mezclado con el licor. Me acorraló contra la nevera con una naturalidad que me dejó sin aliento. Sus manos, grandes y firmes, se cerraron en mi cintura con una fuerza que no era un abrazo familiar; era una posesión.
Me giró apenas lo suficiente para que sintiera su aliento caliente en la oreja y me robó un beso. No fue un roce cariñoso; fue un asalto húmedo, profundo, con un sabor penetrante a whisky que me dejó la cabeza dando vueltas y el corazón martillando en la garganta.

DON GONZALO: (Susurrándome al oído con una voz ronca que me hizo temblar) Usted no se imagina las ganas que le tengo a esta carne, mi amor. Ese chino mío no sabe lo que tiene.
Me soltó tan rápido como me había atrapado. En el carro de regreso, temblando de los nervios, se lo conté todo a Mateo. Le hablé del acorralamiento, del beso y de sus palabras. Esperaba una reacción protectora, pero Mateo simplemente me tomó la mano con ternura, acariciándome los nudillos mientras mantenía la vista en el camino.
MATEO: (Con una sonrisa suave, intentando calmarme) Ay, mi amor, no exageres. Mi papá estaba picado de tragos, se le pasó la mano con el licor. Él te quiere como a una hija, no seas malpensada. ¿Qué quieres que haga, vida? ¿Que vaya y me dé de puños con el viejo que me dio la vida y se sacrificó por mí? Aguántalo un poquito, entiende lo solo que está desde que murió mi mamá.
Me quedé callada. Pero lo que siguió después fue el asedio sutil y venenosamente elegante de Don Gonzalo por WhatsApp. Mientras Mateo se mataba trabajando para construir nuestro futuro, mi celular vibraba con mensajes en doble sentido que me revolvían la cabeza.
DON GONZALO: (Vía WhatsApp) Hola Camila, ¿cómo amaneció la nuera más linda de todas?
Feliz cumpleaños

DON GONZALO: (Vía WhatsApp) Qué bonita se ve en esa foto que subió hoy... Qué afortunado es mi hijo de tener a una mujer tan elegante a su lado. A veces siento que ese chino no sabe el tesoro que tiene en la casa.
DON GONZALO: (Vía WhatsApp) Sabe que cuenta conmigo para lo que sea, mi amor. A veces las mujeres como usted necesitan a alguien maduro que las sepa consentir y valorar como se merecen... Un abrazo enorme.
Yo guardaba esos chats en una carpeta oculta. Los leía una y otra vez en la noche. El coqueteo era tan fino que no tenía cómo armar un escándalo sin quedar como una loca malpensada, pero la intención velada de ese hombre maduro mirándome como mujer me hacía sentir incómoda y turbada.
Una semana antes del cumpleaños cincuenta y tres de Don Gonzalo, Mateo estaba diferente. No estaba distante por rabia, sino cariñoso, contemplativo, abrazándome más de la cuenta. Una tarde, mientras estábamos juntos en el sofá, me acurruqué en su pecho y busqué sus ojos.
CAMILA: Mateo, ¿qué es lo que te pasa? Llevas días así, como en otro planeta. ¿Es por tu papá?
Él suspiró, rodeándome la cintura con los brazos y besándome la frente con delicadeza.
MATEO: Es por mi papá, mi vida. Llevo días pensando en su cumpleaños y no sé cómo compensarle todo lo que ha hecho por mí. Mi papá lleva años solo, sin el cariño de una mujer. Y yo te amo a ti más que a nada en este mundo, pero tampoco soy ciego, mi amor... yo veo cómo él te mira, el deseo que te tiene.
Me quedé helada en sus brazos, sintiendo que el corazón se me salía del pecho.
MATEO: He estado pensando que el regalo más lindo, más especial que podríamos darle entre los dos... es que le des una noche inolvidable. Una noche donde lo hagas sentir vivo de nuevo.
CAMILA: (Zafándome de su abrazo de golpe, con el rostro ardiendo de la rabia) ¿Qué? ¡Mateo, te volviste completamente loco! ¡Es tu papá y yo soy la mujer que se supone que amas! ¿Cómo mierda me pides esa aberración?
Mateo no se alteró ni me levantó la voz. Al contrario, intentó tomarme de las manos con una calma aterradora, mirándome a los ojos con esa coquetería suave y persuasiva.
MATEO: Te lo pido precisamente porque te amo y confío en ti, mi amor. Tú sabes que entre nosotros no hay secretos. Antes de mí, estuviste con hombres mayores y sabes cómo complacer a un hombre experimentado. A mi papá le fascinas, se muere por ti, y a mí no me van a dar celos porque sé que me amas a mí. Ver al hombre que me dio la vida feliz, aunque sea por una noche, con la mujer más hermosa del mundo que es mía... sería el acto de amor más grande. Hazlo por él, hazlo por nosotros. Piénsalo, mi vida, no nos va a cambiar en nada.
Me plantó un beso en los labios que me supo a veneno y se fue a la cocina a preparar café con una tranquilidad que me erizó la piel.
Me quedé sola en el sofá, temblando de la cabeza a los pies. Una ola de rabia e incredulidad me quemaba por dentro. No podía creer la frialdad con la que me acababa de hablar, la forma tan perversa en que utilizaba mi pasado para disfrazar una locura como si fuera un "acto de amor". Sentí un nudo amargo en la garganta y una indignación absoluta. ¿En qué clase de enfermo se estaba convirtiendo mi novio? ¿Cómo pretendía que yo me prestara para una humillación así con su propio padre?
Me levanté del sofá sin mirarlo, me encerré en la habitación y le pasé el pestillo a la puerta. Tenía el corazón desbocado y la cabeza a punto de estallar, jurándome a mí misma que jamás, bajo ninguna circunstancia, me iba a someter a semejante degeneración.

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