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La vi en el súper, me miró como si supiera…

El viernes la vi y se me cortó el aire.
La vi en el súper, me miró como si supiera…

Estaba reponiendo en la góndola del medio. Metro setenta y cinco. Unos veinticinco. Cara de trola linda: labios marcados, mirada de la que sabe que la están viendo. Calza negra, de esas que no perdonan un pliegue. Cada vez que se agachaba a acomodar un paquete, el culo se le partía en dos. Duro. Ancho. De gym. Cinturita de diez. Yo me quedé boludo, con la caja en la mano, fingiendo que leía etiquetas.

Se cuida. Se nota en las piernas, en cómo se mueve, en cómo se acomoda la calza cuando se para. Cada dos minutos, la misma cantinela, medio en joda, medio en serio:

— Me falta la proteína. Tengo hambre.

La primera vez que me miró fue de reojo. Se rio. Yo seguí de largo como un pelotudo. Volví a pasar a los cinco minutos, ya sin necesidad. Me volvió a mirar. Yo le devolví la mirada alzado: esa cara de “te vi” que no sabe si va a terminar en un “hola” o en un cagazo. Cruzamos dos, tres veces. En una se me rio con la boca cerrada, como si le hiciera gracia que yo no me animara. Sentí que veía algo. O me lo inventé. No sé. Lo único seguro es que volví a casa y no se me iba.
sissy

No pensaba en levantármela como un tipo normal.
Pensaba en lo que hacen los cornudos de verdad.
No arrancan pidiendo un trío.
La exhiben.
Le plantan ideas.
Le preguntan boludeces que no son boludeces.

Cómo la tenía el ex.
Si alguna vez se acordó de una pija más rica que la de él.
Si hay alguna que todavía le duele de lo gruesa que era.
Si le gustó que la miraran.
Si alguna vez se sentó en la cara de uno y pensó en otro.

Eso. Despacito.
Hasta que la cabeza se le llena sola.
femboy

Pensaba en comprarle yo la ropa. En mantenerla. En que se ponga lo que yo le deje arriba de la cama —lencería negra, medias hasta el muslo, una faldita corta que apenas le cubra ese culazo— y sacarla así. A tomar algo. A la calle. A que otros la miren. A que yo la mire a ella mirándolos. Compañeros de aventura. Santa afuera. Puta cuando yo se lo pido. O cuando ella se le canta.

Y después, la dosis.
Un negro partiéndole el culo. Flacos pijudos. Gordos maduros dándole sin asco. Ella con la mirada perdida, volteándose hacia mí:

— Cornudo… ¿viste cómo gozo?
— Ay amor… gozo con la pija de otro.

Uno. Dos. Tres.
Collar. Culo parado. Como en internet. Nada de cuento.
cornudo

Esa misma tarde mi compañero me bajó a tierra, al lado de la cámara de frío:

— Cuidado con esa. Agarró a un preventista, le hizo pagar la cena, que la lleve a pasear, que gaste… y no se la cogió. El muy gil cree que se la iba a coger.

Yo me reí. Por dentro se me paró todo.

— Qué perra rica —dije—. Que sabe lo que tiene y lo usa.

¿Será que vio algo en mí?
Algo que le dice: *este puede ser tu víctima. Si lo conquistás, va a ser tu cornudo.*
Es un flash. Es mucho.
Y sería mi sueño. Sería mi reina.

El supervisor:

— Esa era mi compañera de gym. Se la pasa entrenando cola nomás.

Y después, nombrándome:

— ¿Así que vos querés mojar la chanchita? Jaja. Está medio llena de ripio esa.

Fama. O joda de hombres. Da lo mismo. A mí me la prende más. Porque si ya la usaron, yo no quiero ser el que llega primero. Quiero ser el que pregunta. El que la hace hablar. El que le saca la historia y se la guarda como tesoro.
tal como me gustan

El lunes la vuelvo a ver.
Tengo que decirle algo liviano.
Un “otra vez con hambre”. Un “¿entrenás o solo parece?”.
Nada de lo que me estoy imaginando ahora: yo, meses más tarde, ya de novio, ya pagándole cosas, ya metiéndole ideas en la cama, a oscuras, después de coger, como si fuera chamuyo:

— ¿Y el ex? ¿Cómo te la ponía?
— ¿Te acordás de la más rica?
— ¿Te quedó alguna pija dando vueltas en la cabeza?

Ella se ríe. Se hace la santa. Después tira una miga.
“Uno sí era más… no sé. Más grueso.”
Y a mí se me desarma todo. Esa es la semilla. El cornudo no empuja la puerta: la deja entreabierta.

Quiero ser el novio.
El cornudo.
Hasta el marido.
El que la mantiene.
El que le compra la tanga, las medias, la pollerita.
El que la exhibe.
El que le pregunta.
El que le abre la puerta cuando llega el macho.
El que se sienta en la silla del rincón y mira.

La imagino en el depto que le pago yo. Tira la mochila. Se saca la calza. Queda en tanga y remera. En la cama está el conjunto que le dejé. Se ríe.

— ¿Esto querías que me ponga, boludo?
culona

Se cambia mirándose. Se acomoda las tetas. Se palmea el culo. Yo la saco así. No a cogerla yo: a mostrarla. Que el mozo la mire. Que el negro de la otra mesa le recorra las piernas. Que ella se dé cuenta y me apriete la rodilla por debajo de la mesa, como diciendo *ya sé lo que estás haciendo*.

Después, en casa, entra él. Alto. Negro. Flaco pijudo. Esa presencia que a mí me apaga la cabeza. Ella lo recibe como si fuera lo más natural. Lo besa. Le pone la mano en el bulto. Me mira por encima del hombro, con la cara del súper.

— Mirá a tu novio. Se le nota que le gusta.
Preguntame, amor. Preguntame de nuevo lo del ex.
infiel

Él se ríe. La da vuelta. Le sube la faldita. Le baja la tanga. Le parte el culo. Escupe. Empuja. Ella gime sin vergüenza. Yo sentado, duro, la boca seca, viendo cómo se le mueve el mismo culazo de la góndola. El que entrenó. El que el preventista no tocó. El que ahora usan porque yo planté la idea y ella la dejó crecer.

Si entra otro. Y otro. Mejor.
Uno en la boca. Otro atrás. El collar tirándole la cabeza. Ella babeando, riendo, con las medias torcidas.

— ¿Así querías, cornudo? ¿Así te gusta que se cojan a tu mujer?
¿Mejor que el ex, amor? Decí.

Yo digo que sí.
A duras penas.

Cuando se corren —adentro, en el culo, en la cara, como se les cante— ella se queda destrozada, riendo bajito. Viene hacia mí. Me acaricia la cara con la mano sucia.

— Te amo, amor.
Sos mío para siempre.
Y ahora sí te voy a contar todo.

Y yo me acuerdo.
Ahora.
Sábado a la noche.
Pajeándome.
Pensando qué le digo el lunes.
Si “¿comiste la proteína?” o nada.
Porque el relato es esto.
A ella, el lunes, ni una puta pregunta del ex.

Lo que me pasa ahora es eso:
la vi, me miró, se rio,
y en vez de querer cogérmela
quise ser el que le mete la idea en la cabeza
y se queda atrás, pagando, mirando,
coriéndose sin que lo toquen.

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