Pronto comenzaron a establecerse.
Limpiaron la casa de arriba abajo, fortificaron puertas y ventanas con tablas y muebles pesados, despejaron el huerto y atraparon algunos cerdos y gallinas que aún deambulaban sueltos por las afueras del pueblo. Por primera vez en meses disfrutaron de un poco de tranquilidad real: comidas calientes, agua del pozo y noches sin el ruido constante de gruñidos cercanos.

Unas semanas después Carlos decidió revisar la pequeña bodega que había detrás de la casa.
Estaba cerrada con cadenas oxidadas. Las cortó. En cuanto empujó la puerta, un cuerpo se lanzó sobre él. Era su abuela. O lo que quedaba de ella. Los dientes se le clavaron en el antebrazo derecho cuando él levantó el brazo para protegerse. El dolor fue inmediato, profundo.

Los gritos de Carlos llegaron hasta la casa.
Las tres mujeres corrieron. Sofía fue la primera en hundir el cuchillo en el cráneo de la anciana. Camila y Renata ayudaron a arrastrar el cuerpo lejos. Después entraron de golpe, cerraron con llave y miraron el brazo de Carlos: la marca de los dientes era clara, la sangre corría.
No había cura para los hombres.
Las tres lo sabían. Empezaron a llorar. Camila se le abrazó temblando. Renata se cubrió la boca. Sofía apretó los puños, los ojos llenos de lágrimas que no dejaba caer del todo.
Carlos las rodeó con el brazo bueno, intentando consolarlas aunque la voz le saliera ronca.
—Sofía… ¿recuerdas lo que me contaste de tu esposo? Siempre he pensado que es la mejor forma de irse.

Por favor… quisiera que me despidieran igual. Aunque sea difícil.
Las tres se miraron. El miedo y el dolor se mezclaron con otra cosa más urgente. No dijeron que no.
Lo llevaron a la habitación principal.
Lo desvistieron con cuidado. Camila fue la primera en besarlo, profunda, desesperada. Sofía le lamió el cuello y el pecho. Renata se arrodilló y se llevó la polla a la boca, chupándolo hasta dejarlo completamente duro. Después Camila se montó. Se bajó sobre él de un solo movimiento y empezó a cabalgarlo con fuerza, las tetas pesadas rebotando.

—Dentro… córrete dentro de mí —pidió ella, la voz quebrada—. Quiero sentirte.
Carlos le sujetó las caderas y le embistió desde abajo. Se corrió profundo, llenándola, mientras ella se contraía alrededor de él en su propio orgasmo.
Sofía no esperó.
Empujó suavemente a Camila, se colocó a horcajadas y se impaló hasta el fondo. El gran trasero le aplastaba la pelvis a Carlos. Empezó a moverse con urgencia, casi violencia.
—A mí también… lléname —gimió—. No quiero que te vayas sin dejarme esto.
Carlos la folló desde abajo con embestidas firmes hasta vaciarse otra vez dentro de su coño. Sofía se corrió gritando su nombre.
Renata fue la última de esa primera ronda.
Se puso a cuatro patas. Carlos se arrodilló detrás y entró de un empujón. La cogió con fuerza, las manos en sus caderas, mientras ella empujaba hacia atrás y pedía:

—Más duro… y adentro. Por favor, adentro.
Él se hundió hasta el final y se corrió por tercera vez, llenándola. Renata se estremeció, el orgasmo sacudiéndola.
No se detuvieron.
Perdieron la noción del tiempo. Pasó una hora. Después dos. El sol empezó a bajar y ellos seguían. Carlos las turnaba sin casi descanso: a Camila de lado, entrando profundo mientras le chupaba los pechos; a Sofía de rodillas, follándola por detrás con embestidas que hacían sonar la cama; a Renata montándolo de frente, mirándola a los ojos mientras ella se corría una y otra vez. Cada una le pedía lo mismo entre gemidos:

—Adentro… córrete adentro.
—Lléname.
—No lo saques.
El semen les resbalaba por los muslos, se mezclaba, volvía a entrar. Los cuerpos estaban cubiertos de sudor. Los gemidos llenaban la casa. El brazo mordido de Carlos sangraba todavía un poco, pero el placer lo mantenía presente, duro, presente.
Cuando normalmente la infección hacía efecto en menos de treinta minutos, él seguía siendo él.
Nadie podía explicarlo. Nadie quiso detenerse a pensarlo demasiado. Siguieron follando hasta que el sol se ocultó por completo y la habitación quedó solo iluminada por una vela. Cada una se corrió más veces de las que pudo contar. Carlos se vació dentro de las tres una y otra vez, hasta que el cuerpo le pidió tregua y se dejó caer entre ellas, todavía consciente, todavía humano, rodeado de los cuerpos temblorosos de las tres mujeres que lo amaban.

Al día siguiente todos despertaron con el primer rayo de luz que entró por la ventana.
Carlos seguía siendo él. No se había transformado. Las tres mujeres se le echaron encima, abrazándolo, llorando de alivio y de una felicidad casi histérica. Por un rato no hicieron más que eso: confirmar que respiraba, que su piel seguía caliente y humana, que sus ojos no se habían vuelto grises.

Después se sentaron en la cocina a razonarlo.
Renata, con lo que recordaba de sus estudios de medicina, fue la que más habló.
—Primera posibilidad: Carlos era inmune desde el principio.
Segunda: los hombres producen menos oxitocina, así que necesitan mucho más sexo para lograr el mismo efecto que una mujer.
Tercera… y la más preocupante: como no se cuidaron y tuvieron sexo vaginal, es posible que tanto yo como el bebé nos hayamos contagiado, igual que él.
En cualquiera de los casos, dijeron, tenían que tener cuidado. Observación estricta. Y nada de sexo durante un tiempo para ver qué pasaba realmente.
Los primeros días no hubo ningún efecto en nadie.

Pasó una semana. Después dos. Al cumplirse dos meses, Camila y Sofía no tuvieron su periodo. Estaban embarazadas.
Renata llegó a una conclusión que las dejó en silencio:
—La cura debe estar en alguna de las hormonas que producen las mujeres al estar embarazadas. Por eso yo era inmune. Por eso Camila y Sofía se curaron al quedar embarazadas. Y por eso Carlos también… al tener sexo conmigo mientras yo ya lo estaba.
Al entenderlo, el miedo se disolvió.
Las noches de sexo regresaron. Ya no por necesidad ni por supervivencia. Solo por deseo.
Una tarde en el huerto

Carlos estaba revisando las gallinas cuando Camila se le acercó por detrás, le bajó los pantalones y se arrodilló. Se lo chupó despacio, saboreándolo, hasta dejarlo duro y brillante de saliva. Después se giró, se apoyó en la cerca y le ofreció el culo. Él escupió, la preparó un poco y entró en su coño de un empujón profundo. La folló allí mismo, al aire libre, las manos clavadas en esas caderas maduras, embistiendo fuerte mientras ella gemía sin cuidarse de quién pudiera escuchar. Se corrió dentro de ella, profundo, y ella lo siguió segundos después, apretándolo.

Noche en la cama grande
Las tres estaban desnudas. Sofía se montó a horcajadas sobre Carlos y se bajó hasta tragárselo completo, el gran trasero aplastándole la pelvis. Empezó a cabalgarlo con ritmo lento y profundo. Camila se colocó sobre la cara de Sofía y se sentó, frotándose contra su boca.
Renata se arrodilló a un lado y le chupó los pechos a Sofía mientras esta se movía. Carlos embestía hacia arriba, follando a Sofía sin prisa, sintiendo cómo el coño de ella lo ordeñaba.
Cuando Sofía se corrió, temblando, Renata tomó su lugar: se empaló y se lo cabalgó más rápido, casi con desesperación, hasta que él se vació dentro de ella. Camila bajó entonces y lamió el semen que se escapaba del coño de Renata.

Mañana en la ducha improvisada
El agua del pozo era fría, pero no les importó. Renata se quedó pegada a la pared del baño mientras Carlos la penetraba de pie, una pierna enganchada en su cadera. Las embestidas eran profundas, húmedas, el sonido del agua mezclándose con el de la piel. Sofía entró, se arrodilló y le lamió los testículos a Carlos por detrás mientras él follaba a su hija. Después Camila se unió: se puso de rodillas delante de Renata y le chupó el clítoris al mismo tiempo que Carlos la cogía. Renata se corrió gritando, y Carlos la llenó justo después.

Atardecer en el sofá de la sala
Camila estaba sentada a horcajadas sobre Carlos, moviéndose despacio, casi perezosa, el coño tragándoselo una y otra vez. Sofía se arrodilló detrás de ella y le abrió las nalgas, lamiéndole el culo mientras su hijo la follaba. Renata se sentó en el brazo del sofá y se tocó mirándolos, hasta que Carlos la atrajo y la hizo sentarse sobre su cara. Mientras Camila se cabalgaba hasta corrarse, él comía a Renata con hambre. Después los cuatro terminaron en el suelo: Carlos follando a Sofía en posición de misionero, profundo y lento, mirándola a los ojos, mientras Camila y Renata se besaban y se tocaban a su lado. Se corrió dentro de Sofía pidiendo que lo recibiera todo, y ella lo hizo, apretándolo hasta la última gota.

Las noches se volvieron largas otra vez.
Ya no había miedo. Solo cuerpos que se buscaban, que se llenaban, que se corrían juntos. El pueblo muerto seguía en silencio afuera. Dentro de la casa, el deseo era lo único que importaba.
Limpiaron la casa de arriba abajo, fortificaron puertas y ventanas con tablas y muebles pesados, despejaron el huerto y atraparon algunos cerdos y gallinas que aún deambulaban sueltos por las afueras del pueblo. Por primera vez en meses disfrutaron de un poco de tranquilidad real: comidas calientes, agua del pozo y noches sin el ruido constante de gruñidos cercanos.

Unas semanas después Carlos decidió revisar la pequeña bodega que había detrás de la casa.
Estaba cerrada con cadenas oxidadas. Las cortó. En cuanto empujó la puerta, un cuerpo se lanzó sobre él. Era su abuela. O lo que quedaba de ella. Los dientes se le clavaron en el antebrazo derecho cuando él levantó el brazo para protegerse. El dolor fue inmediato, profundo.

Los gritos de Carlos llegaron hasta la casa.
Las tres mujeres corrieron. Sofía fue la primera en hundir el cuchillo en el cráneo de la anciana. Camila y Renata ayudaron a arrastrar el cuerpo lejos. Después entraron de golpe, cerraron con llave y miraron el brazo de Carlos: la marca de los dientes era clara, la sangre corría.
No había cura para los hombres.
Las tres lo sabían. Empezaron a llorar. Camila se le abrazó temblando. Renata se cubrió la boca. Sofía apretó los puños, los ojos llenos de lágrimas que no dejaba caer del todo.
Carlos las rodeó con el brazo bueno, intentando consolarlas aunque la voz le saliera ronca.
—Sofía… ¿recuerdas lo que me contaste de tu esposo? Siempre he pensado que es la mejor forma de irse.

Por favor… quisiera que me despidieran igual. Aunque sea difícil.
Las tres se miraron. El miedo y el dolor se mezclaron con otra cosa más urgente. No dijeron que no.
Lo llevaron a la habitación principal.
Lo desvistieron con cuidado. Camila fue la primera en besarlo, profunda, desesperada. Sofía le lamió el cuello y el pecho. Renata se arrodilló y se llevó la polla a la boca, chupándolo hasta dejarlo completamente duro. Después Camila se montó. Se bajó sobre él de un solo movimiento y empezó a cabalgarlo con fuerza, las tetas pesadas rebotando.

—Dentro… córrete dentro de mí —pidió ella, la voz quebrada—. Quiero sentirte.
Carlos le sujetó las caderas y le embistió desde abajo. Se corrió profundo, llenándola, mientras ella se contraía alrededor de él en su propio orgasmo.
Sofía no esperó.
Empujó suavemente a Camila, se colocó a horcajadas y se impaló hasta el fondo. El gran trasero le aplastaba la pelvis a Carlos. Empezó a moverse con urgencia, casi violencia.
—A mí también… lléname —gimió—. No quiero que te vayas sin dejarme esto.
Carlos la folló desde abajo con embestidas firmes hasta vaciarse otra vez dentro de su coño. Sofía se corrió gritando su nombre.
Renata fue la última de esa primera ronda.
Se puso a cuatro patas. Carlos se arrodilló detrás y entró de un empujón. La cogió con fuerza, las manos en sus caderas, mientras ella empujaba hacia atrás y pedía:

—Más duro… y adentro. Por favor, adentro.
Él se hundió hasta el final y se corrió por tercera vez, llenándola. Renata se estremeció, el orgasmo sacudiéndola.
No se detuvieron.
Perdieron la noción del tiempo. Pasó una hora. Después dos. El sol empezó a bajar y ellos seguían. Carlos las turnaba sin casi descanso: a Camila de lado, entrando profundo mientras le chupaba los pechos; a Sofía de rodillas, follándola por detrás con embestidas que hacían sonar la cama; a Renata montándolo de frente, mirándola a los ojos mientras ella se corría una y otra vez. Cada una le pedía lo mismo entre gemidos:

—Adentro… córrete adentro.
—Lléname.
—No lo saques.
El semen les resbalaba por los muslos, se mezclaba, volvía a entrar. Los cuerpos estaban cubiertos de sudor. Los gemidos llenaban la casa. El brazo mordido de Carlos sangraba todavía un poco, pero el placer lo mantenía presente, duro, presente.
Cuando normalmente la infección hacía efecto en menos de treinta minutos, él seguía siendo él.
Nadie podía explicarlo. Nadie quiso detenerse a pensarlo demasiado. Siguieron follando hasta que el sol se ocultó por completo y la habitación quedó solo iluminada por una vela. Cada una se corrió más veces de las que pudo contar. Carlos se vació dentro de las tres una y otra vez, hasta que el cuerpo le pidió tregua y se dejó caer entre ellas, todavía consciente, todavía humano, rodeado de los cuerpos temblorosos de las tres mujeres que lo amaban.

Al día siguiente todos despertaron con el primer rayo de luz que entró por la ventana.
Carlos seguía siendo él. No se había transformado. Las tres mujeres se le echaron encima, abrazándolo, llorando de alivio y de una felicidad casi histérica. Por un rato no hicieron más que eso: confirmar que respiraba, que su piel seguía caliente y humana, que sus ojos no se habían vuelto grises.

Después se sentaron en la cocina a razonarlo.
Renata, con lo que recordaba de sus estudios de medicina, fue la que más habló.
—Primera posibilidad: Carlos era inmune desde el principio.
Segunda: los hombres producen menos oxitocina, así que necesitan mucho más sexo para lograr el mismo efecto que una mujer.
Tercera… y la más preocupante: como no se cuidaron y tuvieron sexo vaginal, es posible que tanto yo como el bebé nos hayamos contagiado, igual que él.
En cualquiera de los casos, dijeron, tenían que tener cuidado. Observación estricta. Y nada de sexo durante un tiempo para ver qué pasaba realmente.
Los primeros días no hubo ningún efecto en nadie.

Pasó una semana. Después dos. Al cumplirse dos meses, Camila y Sofía no tuvieron su periodo. Estaban embarazadas.
Renata llegó a una conclusión que las dejó en silencio:
—La cura debe estar en alguna de las hormonas que producen las mujeres al estar embarazadas. Por eso yo era inmune. Por eso Camila y Sofía se curaron al quedar embarazadas. Y por eso Carlos también… al tener sexo conmigo mientras yo ya lo estaba.
Al entenderlo, el miedo se disolvió.
Las noches de sexo regresaron. Ya no por necesidad ni por supervivencia. Solo por deseo.
Una tarde en el huerto

Carlos estaba revisando las gallinas cuando Camila se le acercó por detrás, le bajó los pantalones y se arrodilló. Se lo chupó despacio, saboreándolo, hasta dejarlo duro y brillante de saliva. Después se giró, se apoyó en la cerca y le ofreció el culo. Él escupió, la preparó un poco y entró en su coño de un empujón profundo. La folló allí mismo, al aire libre, las manos clavadas en esas caderas maduras, embistiendo fuerte mientras ella gemía sin cuidarse de quién pudiera escuchar. Se corrió dentro de ella, profundo, y ella lo siguió segundos después, apretándolo.

Noche en la cama grande
Las tres estaban desnudas. Sofía se montó a horcajadas sobre Carlos y se bajó hasta tragárselo completo, el gran trasero aplastándole la pelvis. Empezó a cabalgarlo con ritmo lento y profundo. Camila se colocó sobre la cara de Sofía y se sentó, frotándose contra su boca.
Renata se arrodilló a un lado y le chupó los pechos a Sofía mientras esta se movía. Carlos embestía hacia arriba, follando a Sofía sin prisa, sintiendo cómo el coño de ella lo ordeñaba.
Cuando Sofía se corrió, temblando, Renata tomó su lugar: se empaló y se lo cabalgó más rápido, casi con desesperación, hasta que él se vació dentro de ella. Camila bajó entonces y lamió el semen que se escapaba del coño de Renata.

Mañana en la ducha improvisada
El agua del pozo era fría, pero no les importó. Renata se quedó pegada a la pared del baño mientras Carlos la penetraba de pie, una pierna enganchada en su cadera. Las embestidas eran profundas, húmedas, el sonido del agua mezclándose con el de la piel. Sofía entró, se arrodilló y le lamió los testículos a Carlos por detrás mientras él follaba a su hija. Después Camila se unió: se puso de rodillas delante de Renata y le chupó el clítoris al mismo tiempo que Carlos la cogía. Renata se corrió gritando, y Carlos la llenó justo después.

Atardecer en el sofá de la sala
Camila estaba sentada a horcajadas sobre Carlos, moviéndose despacio, casi perezosa, el coño tragándoselo una y otra vez. Sofía se arrodilló detrás de ella y le abrió las nalgas, lamiéndole el culo mientras su hijo la follaba. Renata se sentó en el brazo del sofá y se tocó mirándolos, hasta que Carlos la atrajo y la hizo sentarse sobre su cara. Mientras Camila se cabalgaba hasta corrarse, él comía a Renata con hambre. Después los cuatro terminaron en el suelo: Carlos follando a Sofía en posición de misionero, profundo y lento, mirándola a los ojos, mientras Camila y Renata se besaban y se tocaban a su lado. Se corrió dentro de Sofía pidiendo que lo recibiera todo, y ella lo hizo, apretándolo hasta la última gota.

Las noches se volvieron largas otra vez.
Ya no había miedo. Solo cuerpos que se buscaban, que se llenaban, que se corrían juntos. El pueblo muerto seguía en silencio afuera. Dentro de la casa, el deseo era lo único que importaba.
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