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La Cura Prohibida Cap. 13 - La cura y la vida

Un año después nació el bebé de Renata.

Fue un niño sano, fuerte, con el llanto potente de quien llega a un mundo que aún no sabe que está roto. Lo llamaron Mateo. Las tres mujeres lloraron de alivio cuando lo escucharon.
Semanas más tarde Sofía y Camila entraron en trabajo de parto casi al mismo tiempo.

La Cura Prohibida Cap. 13 - La cura y la vida

Los dos bebés nacieron muertos.

El silencio que siguió fue más pesado que cualquier horda de zombies. Sofía se encerró en su habitación durante días. Camila apenas hablaba. La casa, que había empezado a sentirse como un hogar, se volvió otra vez un lugar de duelo. Renata, con Mateo en brazos, fue la que las sostuvo: les llevaba comida, las obligaba a salir al sol, les dejaba al bebé en los brazos para que recordaran que todavía había vida.

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Poco a poco las dos mujeres fueron saliendo del agujero.

Ayudaban con Mateo. Le cambiaban pañales, lo mecían, le cantaban canciones viejas. El nieto se convirtió en el puente que las devolvió al presente.
Y con el tiempo, el deseo regresó.

Una tarde en el granero

Carlos encontró a Camila revisando las herramientas. No dijo nada. Ella tampoco. Simplemente se miraron y se reconocieron. Camila se bajó los pantalones, se apoyó en la pared de madera y le ofreció el culo. Él entró en su coño de un empujón profundo. La folló con fuerza, casi con rabia contenida, las manos clavadas en sus caderas maduras. Camila gemía contra el brazo, pidiendo más, más duro. Se corrió apretándolo, y él se vació dentro de ella con un gruñido largo.

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Noche en la cama de Sofía

Sofía lo esperaba desnuda. Se montó sobre Carlos y se bajó despacio, sintiéndolo estirarla. Empezó a moverse con ritmo lento, profundo, el gran trasero golpeándole los muslos una y otra vez. Carlos le sujetó las caderas y le embistió desde abajo. Ella se inclinó hacia adelante, le ofreció los pechos, y él los chupó mientras la follaba. Se corrieron juntos, Sofía temblando, el coño ordeñándolo hasta la última gota.

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Mañana en el río cercano

Los tres se bañaban. Renata cuidaba a Mateo a la distancia. Camila y Sofía se acercaron a Carlos en el agua. Primero Sofía se agachó y se lo llevó a la boca, chupándolo bajo la superficie. Después Camila se giró, se apoyó en una roca y recibió las embestidas de su hijo por detrás. Sofía se colocó delante y Camila le lamió el coño mientras era follada. Carlos se corrió dentro de su madre; después Sofía lo montó en la orilla hasta que él volvió a llenarla.

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Noche de los tres

En la cama grande. Carlos acostado. Camila se sentó sobre su cara y se frotó contra su boca. Sofía se empaló en su polla y se la cabalgó con ganas, rebotando. Se turnaron: cuando una se cansaba, la otra tomaba su lugar. Carlos las folló a ambas por delante y por detrás, llenándolas una y otra vez. Terminaron enredados, sudorosos, el semen resbalando entre los muslos de las dos mujeres.

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Meses después Sofía y Camila volvieron a quedarse embarazadas.

Había miedo. Mucho. Pero esta vez el resultado fue distinto.

La Cura Prohibida Cap. 13 - La cura y la vida

Ambas dieron a luz a niñas sanas.

El llanto de las dos bebés llenó la casa otra vez. Sofía y Camila lloraron, pero ahora de un alivio tan grande que casi las dobló. Renata les puso a Mateo en brazos junto a las recién nacidas. Por un momento, en medio del pueblo muerto, la casa se sintió completamente viva.

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Años después
Pasaron los años.

El pueblo muerto se convirtió, poco a poco, en un lugar habitable otra vez, algunos refugiados llegaron y se establecieron en el pueblo con el tiempo. El huerto creció. Los animales se multiplicaron. Las cercas se reforzaron. Las noches dejaron de ser solo miedo y sexo de supervivencia; a veces eran simplemente noches.

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Renata tuvo tres hijos más: un niño y dos niñas.

Camila y Sofía, una cada una… dos niñas más.

La casa, que al principio había parecido demasiado grande y vacía, se llenó de pasos pequeños, de llantos, de risas y de discusiones por quién se comía la última fruta. Mateo creció rápido. Las niñas de Camila y Sofía aprendieron a caminar en el mismo patio donde antes solo había silencio y hierba alta.

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La infección nunca desapareció del mundo.

Siguieron existiendo hordas lejanas, viajeros peligrosos y la certeza de que afuera todo seguía roto. Pero dentro de aquellos muros entendieron algo terrible y simple al mismo tiempo:

La única cura real para la muerte había sido otra vida.

Camila y Sofía tuvieron que perder un hijo cada una para salvarse. Fue devastador. Durante mucho tiempo el dolor se quedó alojado en el pecho como una piedra. Algunas noches todavía se despertaban con el recuerdo de esos cuerpos pequeños que no llegaron a respirar. Pero el tiempo, los hijos que sí vivieron y la presencia constante de Carlos las fueron sosteniendo.
No olvidaron.

Aprendieron a cargar el duelo sin dejar que las detuviera.

Carlos envejeció rodeado de ellas. De las tres mujeres que lo habían elegido una y otra vez, en medio del fin del mundo. De los hijos que nacieron de esa elección. A veces, al caer la tarde, se sentaba en el porche a mirar el pueblo vacío y pensaba en todo lo que habían perdido… y en todo lo que, contra toda lógica, habían logrado conservar.
La infección seguía siendo terrible.

Pero ellos habían encontrado una forma de seguir adelante.

Juntos..

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