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La Cura Prohibida Cap. 10 - El reencuentro

A la mañana siguiente ambos se dirigieron hacia el complejo de Sofía y Camila.

Caminaron con cuidado, evitando las calles principales, apoyándose el uno en el otro cuando el cansancio apretaba. Llegaron exhaustos, sucios y con Carlos todavía pálido por la herida del brazo. Cuando las dos mujeres los vieron aparecer por la entrada principal, no pudieron contenerse.

Sofía soltó un sollozo ahogado y corrió hacia Renata, abrazándola con fuerza, como si temiera que se desvaneciera. Camila hizo lo mismo con Carlos: lo rodeó con los brazos, le hundió la cara en el cuello y lloró en silencio, apretándolo contra su cuerpo. Los llevaron adentro de inmediato. Curaron el brazo de Carlos con lo poco que tenían, les prepararon un baño caliente improvisado y les dieron de comer raciones extras. Nadie preguntó demasiado en ese momento. Solo importaba que estuvieran vivos.

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Después Sofía se llevó a Renata a su oficina. Cerraron la puerta. Allí, lejos de las miradas, ambas hablaron de todo: de la fuga, de Raquel, de los meses de esclavitud, del miedo, de la culpa. Las lágrimas volvieron a caer, pero esta vez acompañadas de palabras que llevaban demasiado tiempo guardadas.

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Mientras tanto, Carlos y Camila se quedaron en su habitación.

Apenas la puerta se cerró, Camila se le fue encima. Lo empujó con cuidado hacia la cama, evitando el brazo herido, y lo besó con desesperación, como si quisiera recuperarlo a través de la boca. Le quitó la ropa con manos temblorosas y se desvistió ella misma. El cuerpo maduro y voluptuoso quedó expuesto: pechos pesados, caderas anchas, el coño ya brillante de necesidad.

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—Te necesito… ahora —susurró contra sus labios.

Se montó a horcajadas sobre él. Guió la polla hasta su entrada y se la bajó de un solo movimiento, tragándosela completa. Empezó a cabalgarlo con urgencia, rebotando, las tetas saltándole en la cara. Carlos le sujetó las caderas con la mano buena y le embistió desde abajo. El sonido húmedo de sus cuerpos chocando llenó la habitación. Camila gemía sin contenerse, pidiendo más, más profundo, más fuerte.

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La volteó con cuidado.

La puso a cuatro patas y la penetró desde atrás, una mano clavada en su cintura. Las embestidas fueron profundas, casi brutales. Camila empujaba hacia atrás, el culo redondo chocando una y otra vez contra la pelvis de su hijo. Él le dio un par de nalgadas y ella se corrió con un grito ahogado, el coño apretándolo en espasmos fuertes. Carlos no se detuvo. La folló a través del orgasmo hasta que sintió que llegaba. Se hundió hasta el fondo y se vació dentro de ella, gruñendo su nombre.

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Se dejaron caer juntos, jadeando.

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Camila se acurrucó contra su pecho, todavía con pequeños temblores residuales. Pasaron varios minutos en silencio antes de que Carlos hablara, acariciándole el cabello.

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—¿Cómo… cómo aplacaron las necesidades tú y Sofía mientras no estuve? ¿Recurrieron a… aquel hombre?

Camila negó con la cabeza, sin mirarlo todavía.

—No. Recurrimos a la oxitocina que quedaba. Pero solo nos duró tres días. Después… tuvimos sexo entre las dos. Nos tocábamos, nos chupábamos, nos frotábamos hasta corrernos. Pero no era lo mismo. No bastaba. Te necesitábamos a ti.

Carlos la apretó un poco más contra su cuerpo. Afuera, en la oficina, Sofía y Renata seguían hablando. Dentro de la habitación, el olor a sexo y el calor de Camila eran la única certeza que tenía en ese momento.

La Cura Prohibida Cap. 10 - El reencuentro

Al día siguiente reunieron a todo el grupo en el comedor.

Carlos y Renata contaron todo: el tamaño del otro asentamiento, la forma en que trataban a los retenidos como esclavos, las torres, las armas, la disciplina brutal. También explicaron que la última vez que el grupo principal había salido en busca de suministros y gente nueva había llegado hasta el centro comercial donde Carlos encontró la mochila de Renata. Estaban cada vez más cerca. Era solo cuestión de tiempo.

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El silencio que siguió fue pesado.

Eran apenas quince personas contando a los recién llegados. No tenían munición suficiente ni muros lo bastante fuertes como para resistir un ataque organizado.

Carlos fue el primero en hablar con claridad:

—Propongo que nos vayamos. El pueblo de mis abuelos está lejos, pero es tranquilo. Hay pozos, terreno para cultivar y pocas rutas de acceso. Podemos llegar en un par de días si vamos con cuidado. Empezar de nuevo, más escondidos.

Dante se puso de pie de inmediato, la mandíbula tensa.

—No. Yo no voy a huir otra vez. Construimos esto. Lo defendimos. Si nos vamos ahora, ¿hasta cuándo vamos a estar corriendo? Prefiero quedarme y pelear por lo que es nuestro.

La discusión se alargó. Voces a favor, voces en contra. Algunos miraban a Sofía buscando una decisión. Ella, por primera vez en mucho tiempo, no impuso su criterio. Solo escuchó. Al final, cuando las posiciones quedaron claras, el grupo se dividió de forma natural.

Una parte se quedaría con Dante a reforzar las defensas y pelear si era necesario.

La otra partiría con Carlos.

Dos semanas después, al amanecer, Carlos, Sofía, Camila y Renata cargaron lo esencial en un vehículo que aún funcionaba: agua, herramientas, semillas, algo de comida y las pocas armas que pudieron llevar sin dejar desprotegidos a los que se quedaban. Se despidieron con abrazos cortos y miradas cargadas. Nadie prometió volver a verse. En ese mundo las promesas sobraban.

El motor arrancó.

El complejo se fue haciendo pequeño en el espejo retrovisor hasta desaparecer entre los edificios abandonados. Delante solo quedaba la carretera agrietada y la incertidumbre de un pueblo lejano que tal vez todavía estuviera en silencio.

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El viaje había comenzado otra vez.

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