Mis amores está va a estar disponible en mi loyal https://www.loyalfans.com/profile
Que creen que pase , los leo en comentarios , van hacer 20 capitulos cargados
El aire en el pequeño apartamento olía a pintura fresca y a humedad guardada. Era un espacio humilde, en el segundo piso de un edificio de cuatro plantas con fachada desgastada, ubicado en un barrio popular donde el ruido del tráfico y la música de los vecinos nunca paraba.
A mis 24 años, me imaginaba una vida diferente. Había empezado la universidad con la ilusión de salir adelante, pero la realidad nos estaba cobrando factura demasiado rápido.
Camilo, mi novio desde hacía tres años, tenía 26. Era un hombre bueno, trabajador, noble... de esos que se desviven por hacer las cosas bien. Pero venía de una familia tan pelada como la mía, donde no había herencias ni padrinos. Para poder sostenernos y apoyarme a mí con los gastos de la carrera, Camilo trabajaba en una empresa de logística haciendo turnos dobles que lo dejaban molido.
Esa noche, Camilo estaba sentado en la orilla de la cama, con la cabeza entre las manos y una planilla de cuentas sobre la mesa de noche.
Camilo: (Suspirando con pesadez, pasándose la mano por la cara) Amor... no sé cómo vamos a hacer este mes. Ya hice las sumas tres veces y no nos da. Entre tus pasajes, los fotocopias de la universidad, el mercado y el servicio de agua... nos faltan como cuatrocientos mil pesos para completar lo del arriendo.
Me acerqué a él, me le senté al lado y le pasé los dedos por el cabello. Lo quería, de verdad lo quería, pero ver la constante angustia en sus ojos empezaba a desgastarme por dentro.
Valeria: (Con tono dulce pero cansado) Tranquilo, mi amor. De pronto hablo en la facultad a ver si me dejan aplazar este semestre y me busco un trabajo en lo que sea... un almacén, un restaurante...
Camilo: (Levantando la mirada de inmediato, tomándome de las manos) ¡No, Valeria! Ni se te ocurra. Quedamos en que tú ibas a estudiar para salir de abajo. Yo me consigo unos turnos extras este fin de semana o hablo con don Donato para que nos espere unos días.
Valeria: (Casi para mis adentros) Don Donato no nos va a esperar mucho, Camilo... Tú sabes cómo es ese viejo.
Don Donato era el dueño del edificio. Un señor de unos 60 años, viudo, que vivía solo en el primer piso. Un hombre robusto, de mirada penetrante y modales secos, que administraba sus apartamentos con mano de hierro. Cada primero de mes bajaba o subía escaleras a cobrar puntual, sin excusas ni rebajas.
A la mañana siguiente, Camilo se fue a trabajar desde las cinco de la mañana. Yo me quedé en el apartamento ordenando algunas cajas que aún no habíamos desempacado. A eso de las diez, escuché tres golpes firmes en la puerta de madera.
Al abrir, me encontré de frente con la figura imponente de don Donato. Llevaba una camisa guayabera beige y sus gafas de lectura colgadas del cuello. Me miró de arriba abajo, deteniéndose apenas un segundo en mis piernas, que quedaban al descubierto por el pantalón corto de pijama que llevaba puesto.
Don Donato: (Con voz grave y seca) Buenos días, Valeria. Vengo por lo del arriendo. Hoy es dos del mes y su muchacho no ha bajado a pagarme.
Valeria: (Acomodándome el cabello detrás de la oreja, sintiendo un leve sonrojo de vergüenza) Buenos días, don Donato... Ay, qué pena con usted. Camilo tuvo que salir a madrugar al trabajo. Él... él está reuniendo lo que falta. ¿Sera que nos da unos días? Prometemos tenerle la plata lista.
Don Donato dio un paso hacia el marco de la puerta, cruzándose de brazos y soltando una risita burlona que no tenía nada de amigable.
Don Donato: (Mirándome a los ojos con frialdad) Mire, muchachita... Yo no mantengo caridad. Este edificio es mi sustento. El muchacho de ustedes trabaja mucho, sí, pero se nota que no le alcanza para mantener la casa y pagarle a usted la universidad. Si no tienen para el arriendo, van a tener que ir desocupando a fin de semana.
Valeria: (Sintiendo un nudo en la garganta y rabia acumulada) Don Donato, por favor... No sea así. Solo son unos días.
Don Donato: (Bajando la voz, acercándose un poco más) El domingo vuelvo a subir. Si no está la plata completa, les pongo el candado a la puerta. Que tenga buen día, Valeria.
El viejo se dio la vuelta y bajó las escaleras con paso pesado. Cerré la puerta de golpe, recostándome contra la madera. Me miré en el espejo del pasillo: una muchacha joven, bonita, con un futuro incierto y un novio que se estaba matando en vano por darme una vida que no podíamos pagar.
En ese momento sonó mi celular. En la pantalla brillaba el nombre que menos esperaba, pero que sin saberlo, estaba a punto de cambiarme la vida para siempre: Mamá.
Que creen que pase , los leo en comentarios , van hacer 20 capitulos cargados
El aire en el pequeño apartamento olía a pintura fresca y a humedad guardada. Era un espacio humilde, en el segundo piso de un edificio de cuatro plantas con fachada desgastada, ubicado en un barrio popular donde el ruido del tráfico y la música de los vecinos nunca paraba.
A mis 24 años, me imaginaba una vida diferente. Había empezado la universidad con la ilusión de salir adelante, pero la realidad nos estaba cobrando factura demasiado rápido.
Camilo, mi novio desde hacía tres años, tenía 26. Era un hombre bueno, trabajador, noble... de esos que se desviven por hacer las cosas bien. Pero venía de una familia tan pelada como la mía, donde no había herencias ni padrinos. Para poder sostenernos y apoyarme a mí con los gastos de la carrera, Camilo trabajaba en una empresa de logística haciendo turnos dobles que lo dejaban molido.
Esa noche, Camilo estaba sentado en la orilla de la cama, con la cabeza entre las manos y una planilla de cuentas sobre la mesa de noche.
Camilo: (Suspirando con pesadez, pasándose la mano por la cara) Amor... no sé cómo vamos a hacer este mes. Ya hice las sumas tres veces y no nos da. Entre tus pasajes, los fotocopias de la universidad, el mercado y el servicio de agua... nos faltan como cuatrocientos mil pesos para completar lo del arriendo.
Me acerqué a él, me le senté al lado y le pasé los dedos por el cabello. Lo quería, de verdad lo quería, pero ver la constante angustia en sus ojos empezaba a desgastarme por dentro.
Valeria: (Con tono dulce pero cansado) Tranquilo, mi amor. De pronto hablo en la facultad a ver si me dejan aplazar este semestre y me busco un trabajo en lo que sea... un almacén, un restaurante...
Camilo: (Levantando la mirada de inmediato, tomándome de las manos) ¡No, Valeria! Ni se te ocurra. Quedamos en que tú ibas a estudiar para salir de abajo. Yo me consigo unos turnos extras este fin de semana o hablo con don Donato para que nos espere unos días.
Valeria: (Casi para mis adentros) Don Donato no nos va a esperar mucho, Camilo... Tú sabes cómo es ese viejo.
Don Donato era el dueño del edificio. Un señor de unos 60 años, viudo, que vivía solo en el primer piso. Un hombre robusto, de mirada penetrante y modales secos, que administraba sus apartamentos con mano de hierro. Cada primero de mes bajaba o subía escaleras a cobrar puntual, sin excusas ni rebajas.
A la mañana siguiente, Camilo se fue a trabajar desde las cinco de la mañana. Yo me quedé en el apartamento ordenando algunas cajas que aún no habíamos desempacado. A eso de las diez, escuché tres golpes firmes en la puerta de madera.
Al abrir, me encontré de frente con la figura imponente de don Donato. Llevaba una camisa guayabera beige y sus gafas de lectura colgadas del cuello. Me miró de arriba abajo, deteniéndose apenas un segundo en mis piernas, que quedaban al descubierto por el pantalón corto de pijama que llevaba puesto.
Don Donato: (Con voz grave y seca) Buenos días, Valeria. Vengo por lo del arriendo. Hoy es dos del mes y su muchacho no ha bajado a pagarme.
Valeria: (Acomodándome el cabello detrás de la oreja, sintiendo un leve sonrojo de vergüenza) Buenos días, don Donato... Ay, qué pena con usted. Camilo tuvo que salir a madrugar al trabajo. Él... él está reuniendo lo que falta. ¿Sera que nos da unos días? Prometemos tenerle la plata lista.
Don Donato dio un paso hacia el marco de la puerta, cruzándose de brazos y soltando una risita burlona que no tenía nada de amigable.
Don Donato: (Mirándome a los ojos con frialdad) Mire, muchachita... Yo no mantengo caridad. Este edificio es mi sustento. El muchacho de ustedes trabaja mucho, sí, pero se nota que no le alcanza para mantener la casa y pagarle a usted la universidad. Si no tienen para el arriendo, van a tener que ir desocupando a fin de semana.
Valeria: (Sintiendo un nudo en la garganta y rabia acumulada) Don Donato, por favor... No sea así. Solo son unos días.
Don Donato: (Bajando la voz, acercándose un poco más) El domingo vuelvo a subir. Si no está la plata completa, les pongo el candado a la puerta. Que tenga buen día, Valeria.
El viejo se dio la vuelta y bajó las escaleras con paso pesado. Cerré la puerta de golpe, recostándome contra la madera. Me miré en el espejo del pasillo: una muchacha joven, bonita, con un futuro incierto y un novio que se estaba matando en vano por darme una vida que no podíamos pagar.
En ese momento sonó mi celular. En la pantalla brillaba el nombre que menos esperaba, pero que sin saberlo, estaba a punto de cambiarme la vida para siempre: Mamá.
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