
El atardecer comenzaba a teñir el asfalto cuando la vi. Iba caminando sola a la orilla de la carretera, con esa clase de paso decidido que parece ignorar el mundo entero. Algo en su presencia me obligó a desacelerar, girar el volante y seguirla de cerca, arrastrado por una curiosidad silenciosa.

Se adentró en los árboles y yo la seguí a corta distancia, manteniendo el ritmo de sus pasos hasta cruzar un viejo puente de madera que parecía suspendido en el tiempo. Al bajar unas escaleras ocultas por la vegetación, descubrimos un antiguo kiosco de años.


Aceleré el paso hasta alcanzarla y le hablé. Cuando se dio media vuelta, el tiempo pareció detenerse: llevaba puesto un sombrero impecable, un conjunto de dos piezas de corte vaquero y unos tacones altos que desafiaban el terreno rústico. No lo pensé dos veces; le confesé que era fotógrafo, que llevaba semanas buscando a la modelo perfecta para ese concepto y que ella era exactamente lo que necesitaba. Me sonrió, aceptó la propuesta y sugirió que buscáramos un escenario más abierto.

Caminamos hasta dar con una banca tosca hecha de tablones de madera rústica. Comencé a encuadrar, buscando primero la fuerza de su rostro y después la elegancia de su figura, pero el entorno pedía más. Fue ella quien propuso acercarnos al agua.


Se sentó sobre una roca a la orilla del río, convirtiendo la corriente en su primer estudio improvisado.


No tardó en adentrarse un poco más, buscando el centro del cauce, hasta que encontramos una roca más grande y firme donde pudo acomodarse. Ahí, con el sonido del agua de fondo y la luz jugando entre las piedras, comenzó a posar con una naturalidad hipnótica, dejando que la cámara capturara cada instante.



Envolviéndonos en la complicidad del momento, la tensión se desvaneció cuando comenzó a despojarse de su ropa. Primero dejó al descubierto su torso, revelando su figura, y poco después la falda cayó, dejando ver su silueta bajo la luz tenue.




Sin perder tiempo, me desvestí y busqué un sitio cómodo a la orilla del río. Ella se situó sobre mí, guiando el compás de nuestros movimientos en una cercanía intensa y apasionada.



Buscando mayor intensidad, nos pusimos de pie y la sostuve con firmeza. Al cambiar de postura, noté un gesto de incomodidad y resistencia que me hizo dudar, pero el impulso del momento me llevó a continuar.


Su actitud inicial de rechazo fue transformándose poco a poco en una entrega mutua hasta encontrar el ritmo que ambos disfrutábamos.


De regreso sobre la roca, culminamos el encuentro y, tras dejarla descansar, nos quedamos un momento en silencio absorbiendo la intensidad de lo que acabábamos de vivir.


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