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Feliz cumpleaños 2

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La primera semana fue un asedio lento, una erosión constante de mis defensas. Mateo no me presionaba con gritos ni exigencias; al contrario, se volvió un hombre de una dulzura exasperante. Me abrazaba más fuerte cuando yo intentaba alejarme, me besaba la nuca con una ternura que me hacía sentir culpable por mi propio asco. Pero el verdadero asalto ocurrió en la intimidad de nuestra alcoba.

Esa primera noche, cuando el deseo de Mateo se volvió más denso y sus manos empezaron a recorrer mis muslos con una urgencia distinta, yo intentaba mantener la barrera de la indignación. Él me buscó con la familiaridad de siempre, pero su ritmo era diferente, más pesado, más cargado de una intención que yo no quería descifrar. Cuando me tomó por las caderas y comenzó la penetración, sentí ese choque de realidades que me mareaba. Y entonces, en el momento en que el placer empezaba a nublarme el juicio, soltó la bomba.
Feliz cumpleaños 2

Suegro


**MATEO:**
(Jadeando contra mi cuello, mientras sus estocadas se volvían más profundas y ruidosas)
Dime que te imaginas a mi papá agarrándote así, mi amor... ¿No te gustaría que el viejo te coja así de duro? ¡Mmmh!... ¡Dímelo!

**CAMILA:**
(Empujándolo con las manos, con el corazón disparado por la rabia)
¡Cállate, Mateo! ¡No seas enfermo, por Dios! ¡No vuelvas a decir esa mierda en mi cara!

Me di la vuelta y le di la espalda, llorando de la pura impotencia. Pero la segunda noche, la maldita traición de mi propio cuerpo se manifestó. Él volvió a buscarme, y aunque mi mente gritaba que me detuviera, mis caderas respondieron al roce de su verga con un movimiento instintivo. Cuando llegó el momento en que él me penetró y me susurró la misma pregunta al oído, no pude protestar. Me quedé callada, clavando las uñas en las sábanas, mordiéndome el labio hasta casi sangrar mientras sentía cómo una ola de calor insoportable me recorría la pelvis y mis paredes vaginales se contraían en espasmos involuntarios alrededor de él. Mi cuerpo estaba gritando "sí" mientras mi boca se negaba a pronunciarlo.
Nuera


La segunda semana trajo una complicación que terminó de desarmarme: la lástima mezclada con el morbo. Mateo me confesó, con una seriedad que me asustó, que había hablado con Don Gonzalo. Le contó que el viejo se había puesto a llorar después de unos tragos, lamentándose de su soledad y de la vergüenza que sentía por desearme. Me dijo que Don Gonzalo se sentía un asqueroso por pensar en mí, pero que no podía evitarlo. Esa vulnerabilidad del suegro me sembró una idea retorcida: yo no era una pecadora, yo era la salvadora de un hombre solitario.

Y entonces, el asedio se volvió digital. En medio de una tarde pesada en la oficina, mi celular vibró en el baño. Era un video que Mateo me había enviado.

**MATEO:**
(Vía WhatsApp)
Mira a esta china en cuatro... me acordé de ti. Imagínate a mi papá agarrándote así de esa colota la noche de su cumpleaños. El viejo no sobreviviría a semejante regalo, mi vida.
Ni novio me  Entrega a su padre


El video era una porno crudo: una mujer en cuatro patas, con las nalgas rebotando violentamente mientras una verga gruesa la reventaba desde atrás. *¡Ploc, ploc, ploc!* El sonido del impacto parecía retumbar en las paredes del cubículo del baño. Me quedé allí, con la respiración agitada, sintiendo cómo la humedad se concentraba en mi entrepierna. Borré el chat con las manos temblorosas, fingiendo indignación frente a cualquier compañero que pudiera pasar, pero en cuanto salí, volví a abrir la carpeta oculta. Me quedé mirando el video una y otra vez, con una mano bajando por debajo de mi falda, acariciando mi clítoris por encima de la pantis mientras imaginaba la verga de ese hombre maduro hundiéndose en mí.

Para la tercera semana, la indecisión se convirtió en una búsqueda de excusas morales. Necesitaba hablar con él. Necesitaba saber si el monstruo que Mateo describía era real o si solo era una fantasía compartida por dos hombres locos. Con el corazón en la boca y el pulso acelerado, tomé la iniciativa por WhatsApp.

**CAMILA:**
(Vía WhatsApp)
Hola suegrito, ¿cómo está? Pensando en usted... nunca hemos hablado de esto, pero ¿usted no se siente muy solo en esa casa tan grande?

No tardó en responder. La respuesta fue una bofetada de honestidad que me dejó sin aliento.

**DON GONZALO:**
(Vía WhatsApp)
Ay mi hijita, la verdad sí hace falta una mujer. Pero yo nunca quise meterle una madrastra a Mateo por miedo a que fuera una mala mujer. Cumplí mi cometido de criarlo solo, pero la consecuencia es que me quedé sin nadie...

**CAMILA:**
(Vía WhatsApp, con los dedos torpes por la excitación)
Un hombre como usted, tan maduro y tan bien conservado, no debería estar tan solo, suegrito...

Sentí que estaba cruzando un abismo del que no habría retorno.

La cuarta semana llegó con una atmósfera de inevitabilidad. Faltaba solo una semana para el cumpleaños de Don Gonzalo y Mateo ya no disimulaba. Me abordó en el apartamento con esa dulzura manipuladora que ya se había vuelto su marca personal. Me rodeó la cintura y me miró con esos ojos que pedían una rendición total.

**MATEO:**
Hazlo por mi papá, Camila. Hazlo por nuestro futuro, por la paz de esta familia. Si me amas a mí, hazlo por nosotros. Déjalo ser feliz una noche.

Esa noche, la rendición fue absoluta. No hubo dudas, no hubo protestas. Mateo me llevó a la cama y la penetración fue una tormenta de carne y sonido. Él me embistía con una fuerza salvaje, buscando mi clímax mientras su voz me arrastraba al abismo.

**MATEO:**
(Jadeando, con la verga reventándome por dentro)
¿Le vas a dar la noche a mi papá? ¿Vas a dejar que el viejo te reavive esa colota? ¡Dímelo, Camila! ¡Dímelo!

En ese momento, la última muralla de mi moralidad se desmoronó. Ya no era la novia indignada; era la mujer que reclamaba su derecho al pecado. Me agarré de las sábanas con tanta fuerza que mis nudillos se pusieron blancos y solté un grito que rompió el silencio del apartamento.
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**CAMILA:**
(Gimiendo con una desesperación obscena, mientras mi cuerpo se arqueaba por el placer)
¡Ahhh!... ¡Sí, mi amor, sí! ¡Ahhh, qué rico!... ¡Tu papá me va a reventar el día de su cumpleaños! ¡Mmmh, sí!... ¡Vamos a hacer feliz a mi suegrito, baby, me lo voy a comer todo! ¡Ahhh, dale más duro, no pares!... ¡Uff, sí, así!... ¡Ahhh!

El orgasmo nos alcanzó a los dos como un choque de trenes. Sentí cómo mi vagina se contraía violentamente alrededor de su verga mientras un chorro de mi propio placer salía disparado. Quedamos tendidos en la cama, jadeando, cubiertos de sudor y de ese aroma denso a sexo y entrega. Mateo me besó con una pasión triunfal, celebrando el pacto que acabábamos de sellar con fluidos. Yo me quedé allí, con la mirada perdida en el techo y el cuerpo todavía vibrando por la excitación, sabiendo que en siete días mi vida cambiaría para siempre y que mi cuerpo ya no me pertenecía, sino que le pertenecía al deseo de un hombre que no era mi novio.

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