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Mi hijo y sus amigos… 3

El viernes por la noche llegó con la precisión de un reloj suizo. Como habían previsto, Juan se vistió con su mejor traje, se perfumó y se despidió de Ana con un beso rápido en la mejilla antes de salir hacia la cena de exalumnos.
—No me esperes despierta, amor. Ya sabes cómo son estas reuniones, se van a alargar hasta la madrugada —dijo Juan antes de cerrar la puerta principal.
Ana se quedó sola en la sala. El alivio inicial de la rutina se había transformado otra vez en una aburrida monotonía. Decidió servirse una copa de vino tinto para pasar la noche. Subió a la cocina, sin saber que desde la planta alta, Emiliano observaba cada uno de sus movimientos. Cuando ella fue al baño por un momento, Emiliano bajó como un fantasma, sacó el frasco de cristal de su bolsillo y virtió exactamente tres gotas del líquido incoloro en la copa de su madre.
Cuando Ana regresó, le dio un trago largo al vino. Diez minutos después, mientras veía la televisión en su cama, un peso descomunal cayó sobre sus párpados. Intentó mantenerse despierta, pero el Flunitrazepam fue implacable. Su mente se apagó por completo, hundiéndose en un vacío negro y profundo.
A la una de la mañana, la puerta de su habitación se abrió. Esta vez, los chicos entraron con total confianza, sabiendo que la droga había hecho su efecto.
—Fase uno —susurró Leo, con una sonrisa perversa.
Con movimientos lentos y milimétricos, Leo y Mateo comenzaron a desvestirla. Retiraron la cobija. Ana llevaba una pijama de seda rosa de dos piezas.

Mi hijo y sus amigos… 3
Leo desabrochó los botones de la blusa con cuidado, dejando al descubierto sus tetas perfectas, que cayeron pesadamente hacia los lados. Luego, Emiliano, con las manos temblorosas, le bajó el pantalón de la pijama y las bragas a la vez, dejándola completamente desnuda, boca arriba en medio de la cama gigante.
Los tres se quedaron contemplándola durante varios minutos, asimilando el poder que tenían sobre ella. La tocaron sutilmente por encima, apenas rozando su piel con las yemas de los dedos para comprobar que no reaccionaba. Al ver que Ana no emitía ni un solo quejido, volvieron a vestirla con el mismo cuidado, le colocaron la cobija encima y salieron de la habitación.
Al día siguiente, Ana se despertó al mediodía con una tremenda pesadez en la cabeza. Atribuyó el cansancio al vino y al estrés, sin sospechar absolutamente nada. El plan de los chicos estaba funcionando a la perfección.

El domingo por la noche, Juan volvió a salir, esta vez a una junta nocturna con unos clientes que habían llegado de imprevisto a la ciudad. El escenario estaba listo para la fase dos.
Esta vez, Emiliano volvió a dosificar el vino de Ana con precisión quirúrgica. Una vez que la sustancia la dejó completamente inconsciente, los tres adolescentes regresaron a la habitación, pero esta vez traían una cámara réflex profesional que Mateo había robado del estudio de su padre.
Nuevamente la desnudaron, pero esta vez la colocaron en diferentes posiciones. La pusieron de lado, boca abajo, y luego de espaldas, arqueando sutilmente su cuerpo para resaltar sus atributos.
madre e hijo

Mateo se subió a una silla al lado de la cama para tomar fotos cenitales de su cuerpo desnudo, capturando el contraste de sus pezones oscuros contra la piel clara. Leo, con el flash apagado para no generar destellos que pudieran alertarla a través de los párpados, tomó primeros planos de su culo, abriendo ligeramente sus nalgas para fotografiar su intimidad expuesta. Tomaron más de cincuenta fotografías desde todos los ángulos posibles, documentando la desnudez de Ana como si fuera un trofeo.
—Esto es oro puro —susurró Mateo, guardando la tarjeta de memoria en su bolsillo—. Mañana las edito y las guardo en el servidor.
Antes de irse, volvieron a vestirla minuciosamente, acomodando cada prenda exactamente como estaba. Cuando Ana despertó el lunes, volvió a sentir ese extraño letargo, pero al revisar su ropa y su cama, todo parecía en orden. Pensó, con una mezcla de resignación y frustración, que su cuerpo simplemente se estaba acostumbrando mal al alcohol.

El miércoles trajo la oportunidad perfecta para la fase final. Juan había viajado de urgencia a Guadalajara, dejando la casa libre nuevamente. Los chicos ya no tenían miedo; se sentían dueños y señores de la situación.
Ana, sumida en la monotonía y sintiéndose extrañamente cansada los últimos días, se sirvió su copa de vino habitual para intentar dormir temprano. No pasaron ni quince minutos antes de que cayera desplomada en la cama, completamente indefensa.
A las dos de la mañana, el trío entró al cuarto. El ambiente ya no era de nerviosismo; era de una voracidad pura y contenida.
—Hoy toca el premio mayor —dijo Leo, con la voz pastosa por la excitación.
Le quitaron la ropa a toda prisa, dejando el cuerpo de Ana completamente expuesto bajo la luz de la luna que entraba por la ventana. Leo se arrodilló a un lado de la cama y comenzó a amasar sus tetas con fuerza, apretando los pezones con sus dedos mientras soltaba un gemido ahogado. Mateo, al otro lado, pasaba sus manos por el vientre de Ana, bajando lentamente hacia su entrepierna, metiendo los dedos entre sus labios mayores, encontrándola seca por el efecto del medicamento, pero deleitándose con la textura de su intimidad.
Emiliano se colocó detrás de ella, acomodando el cuerpo de su madre de lado. Al ver el imponente culo de Ana tan cerca, la cordura del chico terminó de romperse. Se bajó los pantalones y el bóxer a las rodillas, exponiendo su miembro completamente rígido. Con una mano comenzó a acariciar la nalga superior de Ana, apretando la carne firme, mientras que con la otra mano empezó a masturbarse con un ritmo salvaje y desesperado.
Ver a sus dos amigos manoseando las tetas y el cuerpo de su madre, sumado al roce de su propia mano contra la piel suave de Ana, aceleró su clímax.
—Me vengo... mierda, me vengo —susurró Emiliano con los dientes apretados.
En un espasmo incontrolable, Emiliano se corrió. Los chorros de semen denso y caliente salieron disparados, cayendo directamente sobre la nalga izquierda de Ana, manchando la piel en un patrón blanquecino y viscoso. Los chicos, asustados por la intensidad del momento y temiendo que el tiempo se les agotara, comenzaron a vestir a Ana a toda prisa. Sin embargo, en la oscuridad y el apuro por dejar la habitación, Emiliano solo le pasó una sábana rápida por encima, sin darse cuenta de que no había limpiado la mancha en su piel, la cual quedó atrapada entre la tela de su pijama y su nalga.
A las ocho de la mañana, Ana abrió los ojos. Esta vez, el efecto de la pastilla se disipó más rápido, pero sintió una extraña incomodidad física. Sentía una sensación pastosa, fría y pegajosa en la parte trasera de su muslo y su glúteo izquierdo.
Se sentó en la cama, extrañada. Se llevó la mano a la parte trasera de su pijama y sintió la tela endurecida. Al separar los dedos, notó una sustancia blanquecina, ya semiseca, que se estiraba entre su piel y la tela.
Ana se levantó de un salto y corrió al baño. Se paró frente al espejo y se bajó el pantalón de la pijama. Al mirarse de espaldas, el corazón se le detuvo por completo y un frío glacial le recorrió la espina dorsal.
En su nalga izquierda había un enorme manchón de semen seco, brillando bajo la luz del baño.
No eran paranoias. No eran ideas suyas. No era el efecto del vino. El terror la invadió de golpe, pero inmediatamente después, una oleada de adrenalina pura y una realización macabra la golpearon: no solo la estaban espiando desde las sombras... estaban entrando a su cuarto. Habían estado tocándola mientras dormía. Había algo mucho más oscuro y de transfondo ocurriendo en esa casa, y esta vez, tenía la prueba física entre sus manos.

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