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¡La Concha de mi Hermana! [03]


¡La Concha de mi Hermana! [03]




Capítulo 03.

La Oficina de mi Jefa.



Mirar disimuladamente a la jefa es un deporte en esta oficina. Lo practican hombres y mujeres por igual. Es que resulta imposible no mirar a Stella. Es una rubia despampanante de apenas treinta y ocho años. Quien diga que consiguió su puesto por andar “haciendo favores” sexuales se equivoca. Stella es como un huracán, cuando entra en la oficina no solo arrasa con las miradas, sino también con los problemas. Es la más eficiente a la hora de resolverlos y no se deja intimidar. Hasta las lenguas venenosas que comparten oficina conmigo tuvieron que tragarse los dichos en los pasillos donde insinuaban la integridad y la capacidad de Stella para hacer su trabajo. 
Es tan hermosa como segura de sí misma. Hoy lleva su largo y lacio cabello rubio suelto, cae como una cascada dorada en su espalda. Y esa minifalda negra haciendo contraste con la camisa blanca envuelve su trasero como si fuera un regalo navideño. 
No lo voy a negar: siempre tuve ganas de acostarme con ella… y sé que muchos de mis compañeros tienen la misma fantasía. Algunos incluso lo intentaron, pero fueron rechazados de forma tan contundente que hasta pidieron que se los cambie de área, para ya no tener que aguantar las miradas severas de Stella. Con eso aprendimos que mirarla está permitido, invitarla a salir es suicidio.
Yo nunca cometí ese error, y eso me permitió poder hablarle con cierta confianza, casi como si fuéramos amigos. Así ella terminó contándome algunas cosas personales, como cuáles de sus subordinados les caen mal o lo imbéciles que son algunos de los otros jefes de área. También me contó quiénes de la junta directiva le caen bien y a cuáles considera unos vejestorios inútiles. Sé exactamente lo que piensa sobre cada empleado… o al menos eso creía. 
—Uy, qué desorden —le dije al entrar en su oficina—. El huracán Stella volvió intenso de las vacaciones.
La oficina estaba llena de cajas y papeles acumulados por todos lados, sobre el escritorio, mesas, sillas, incluso había algunas pilas de carpetas en el piso. 
—El huracán Stella se quedó sin secretaria —me dijo mientras estaba agachada frente a una caja de cartón, su perfecto culo redondo apuntaba hacia mí. Si ella sabía que yo se lo estaba mirando, no dio señales de enterarse.
—¿Renunció Cristina? 
—Más o menos. En realidad pidió cambio de área. Es más o menos lo mismo. Hace días que no tengo a nadie que me de una mano con todos estos papeles.
—¿Querés que te ayude a ordenar un poco?
—Eso me vendría muy bien. Con este desorden no encuentro ni los papeles que necesito para la reunión de mañana. 
Pasé unos minutos ayudándola a organizar esos papeles en sus ficheros y separamos aquellos que debían ir al depósito de la empresa. También había varios que ya no servían para nada y marcharían directo a la trituradora. En ningún momento vi el pendrive de Katia. Supuse que lo tenía guardado dentro de uno de los cajones. No encontré ninguna buena excusa para abrir estos cajones.  
—¿Cristina se hartó de tu intensidad? —Le pregunté mientras llenaba cajas con los papeles que irían a la trituradora. 
Cualquiera que le hubiera hecho esa pregunta hubiera recibido una mirada gélida como respuesta y quizás un “No te mestas donde nadie te llamó y hacé tu trabajo”. Sin embargo yo me había ganado el privilegio de hablarle así. 
—No es por eso. Es que se va a casar. 
Me detuve y la miré fijamente. Ella estaba de pie detrás de su escritorio leyendo carpeta, probablemente había encontrado esos papeles que buscaba.
—¿Y eso qué tiene que ver? ¿Acaso su marido trabaja en la oficina y pidió que la manden a su área?
—¿Eh? Ah, no… no… el tipo ni siquiera trabaja acá. 
—¿Entonces?
—Uy, hablé de más. Tendría que haberme quedado callada.
—Ahora quiero saber el chisme.
—Mmm…. no. Lo siento, Abel. Sos un buen chico, pero no tenemos tanta confianza. 
Eso me destruyó. Creí que me estaba convirtiendo en el mejor amigo de la jefa (o quizás en algo más). Con estas palabras ella me bajó de un hondazo a la realidad. Es como si me hubiera dicho “No somos tan amigos”. 
Fui cortés y le dije que si algún día quería contarme lo que ocurrió, estaba dispuesto a escucharla. Sabía que no tendría oportunidad de recuperar el pendrive de mi hermana con ella dentro de la oficina, así que volví a mi puesto de trabajo a esperar por una mejor oportunidad. 
Me puse a responder algunos emails hasta que unos minutos más tarde Stella salió sin dar explicaciones. Dejé lo que estaba haciendo y volví a su oficina, creyendo que tendría al menos diez o quince minutos de ventaja. 
Fui hasta su escritorio, que aún estaba a rebosar de papeles y carpetas. Abrí el primer cajón y solo encontré eso: papeles y carpetas. En el segundo encontré algo que me impactó mucho: un dildo de gran tamaño y un llamativo color fucsia. 
—¿Qué carajo? —Pregunté en voz alta sin poder dejar de mirar ese juguete.
No entendí por qué Stella tendría algo como eso en su oficina. ¿Sería alguna clase de broma? ¿O de verdad lo usaba? 
No alcancé a abrir el tercer cajón. Escuché la voz de mi jefa y entré en pánico. No había pensado en ninguna excusa para justificar mi irrupción en la oficina. Lo sé, las excusas no son mi fuerte. No me sale mentir. Nunca fui bueno para eso. 
Siempre me generó un poco de envidia que la oficina de Stella tuviera su propio baño. Ella no debía compartirlo con nadie, y esa es una de las cosas que más me molestan del trabajo de oficina. No se puede ni mear sin que alguien te esté hablando. 
Me oculté en ese baño. Es muy pequeño, pero es funcional y muy bonito. Está impecable, a diferencia del resto de la oficina. Antes de cerrar del todo la puerta la vi entrar acompañada por Cristina, su ex-secretaria. Una mujer de larga cabellera de densos rulitos, cintura de avispa y unas tetas redondas que parecen pelotas. Otra que suele llevarse todas las miradas (mías incluidas) de los hombres de la oficina. 
—Es una decisión tomada —dijo Cristina, mientras Stella cerraba la puerta.
—Lo sé, lo sé… y no te traje para que cambies de opinión. Es solo para que tengamos una pequeña despedida. ¿No te parece que sería lo justo? Por los años que trabajamos juntas. 
—Mmm… no sé. A veces es mejor cerrar la puerta y no mirar hacia atrás. 
Al escuchar la palabra “puerta” me puse tenso. Las estaba espiando por la pequeña rendija que había quedado. Sostenía la puerta desde el picaporte miraba todo con un solo ojo. No era un escondite perfecto, a pesar de que el baño estaba oscuro. Si alguna de ellas llegaba a mirar en mi dirección, seguramente me descubrirían. 
Estas preocupaciones se desvanecieron cuando vi a Stella posando sus brazos sobre los hombros de Cristina. Le acarició el cabello por detrás de la cabeza. Se miraron entre ellas como si fueran… ¿pareja?  Sonrieron y luego unieron sus bocas en un apasionado beso lésbico. 
Me quedé boquiabierto. Había rumores sobre las inclinaciones lésbicas de Stella, pero nunca había escuchado uno sobre Cristina. En especial porque hace años que está de novia con… su futuro marido. 
—Una última vez —dijo Stella—. Por favor. 
—Está bien. Ya tengo que vivir con la culpa de hacer esto mientras estuve de novia, ahora tendré que sumar la culpa de hacerlo estando comprometida.
—Si querés podemos completar el “pack” con la culpa de hacerlo estando casada.
Cristina comenzó a reírse. 
—Sos una boluda, Stella. Siempre me gustó eso de vos.
Volvieron a besarse. Sus manos se movieron con la maestría de dos viejas amantes que se conocen a la perfección. Se quitaron la chaquetilla de oficina y se desabotonaron la una a la otra la camisa sin dejar de comerse la boca. Vi dos corpiños de encaje, el de Cristina negro y el de Stella blanco. Las camisas cayeron al piso y luego se desprendieron la pollera. Cristina me daba la espalda. Vi su culazo perfecto y redondo. Apretada en el medio de esas grandes y turgentes nalgas había una tanga de encaje, del mismo color que el corpiño. La tanga de Stella era un poco más grande, aunque más transparente. Cuando Cristina se alejó de ella pude ver el pubis completamente depilado de mi jefa. 
El cuerpo de esas dos bellas mujeres me dejó sin aliento. Mi ex novia es bonita, pero su cuerpo no tenía las perfectas proporciones de estas dos. A Stella se le notaba la rutina de ejercicio intenso en cada musculo de su vientre y en sus piernas. La rubia se desprendió el corpiño, mostrando sus tetas firmes. Cristina la imitó y vi dos pares de pelotas. Las de la secretaria eran más grandes. No eran como las tetas de mi hermana. Las de Katia son pesadas, caen por la gravedad, de lo grandes que son. Como estas no son tan grandes, se mantienen redondas y firmes. 
Stella fue la primera en pasar a la acción, agarró una de las tetas de la secretaria y comenzó a lamerle el pezón. 
Entre toqueteos, besos y chupadas de tetas se fueron acercando al escritorio. Cristina quedó sentada en esa cómoda silla que costó una fortuna, pero que Stella consideró una importante inversión. Ahora veo por qué, es una silla grande, reclinable, que le permite a Cristina poner las piernas sobre los apoyabrazos. Aunque antes de que hiciera eso la rubia le bajó la tanga. Pude ver un felpudo prolijamente recortado justo encima del clítoris de la secretaria. Cuando separó las tetas, su concha apareció radiante, en todo su esplendor. Tuve celos de su futuro marido… y también de Stella. La jefa no lo dudó, comenzó a chupar esa concha como si lo hubiera hecho mil veces en el pasado… y estoy seguro de que así fue. 
Cristina cerró los ojos y presionó la cabeza de Stella, para pegarla más a su sexo. Estaba bastante cerca de la acción, por lo que pude ver como la lengua de la rubia exploraba esos carnosos labios vaginales. Me recordaron a los de Katia. Sé que no es el mejor momento para acordarme de la concha de mi hermana, pero no pude evitarlo. 
La verga se me puso dura en pocos segundos. Es raro que yo tenga erecciones tan rápidas, y tan potentes. Como me dolía tenerla apretada dentro del pantalón, tuve que dejarla salir. Antes de que me diera cuenta ya estaba masturbándome, sin poder dejar de echarle el ojo a esa fogosa secuencia lésbica. 
No tengo idea de cuánto tiempo Sofía estuvo lamiendo la vagina de Cristina. Comencé a preocuparme, por si alguno de mis compañeros notaba mi ausencia. Otra vez se esfumaron mis miedos cuando una de ellas decidió cambiar la situación. Cristina dijo:
—Tenés razón. Esto tenía que pasar. No pienso casarme sin darle una buena chupada a esa concha tan linda que tenés.
—Ay, sí… por favor.
Stella se puso de pie y se bajó la tanga, fue una acción tan rápida que mi cerebro no tuvo tiempo de procesarla. Le estaba viendo la concha a mi propia jefa, algo con lo que fantaseé muchas veces, quizás tanto o más que mis compañeros de trabajo. 
Cuando la rubia se sentó en el lugar que antes ocupaba Cristina, tuve que masturbarme más rápido. Ver esa concha, con las piernas abiertas, es algo que no voy a poder borrar nunca de mis retinas. Tenía unas ganas impresionantes de penetrarla. Pero la que se divertiría con esa vagina sería Cristina. Ella se puso de rodillas, apartó sus rulos con la mano, y dio una lenta y larga lamida a toda la concha de Stella. Su jefa cerró los ojos y gimió sin levantar mucho la voz. 
¿Cuántas veces ocurrió esta escena con todos los empleados trabajando normalmente en la oficina? 
Era imposible asegurarlo, porque Stella solía pasar muchas horas encerrada con Cristina en esta oficina. Ahora entiendo por qué. 
La forma en que Cristina lamía esa concha era diferente a la de Stella. Mientras en la rubia se notaba una pasión lésbica incontenible, en la secretaria podía ver movimientos calculados. Una lengua que se deslizaba cuidadosamente por los labios vaginales, que jugueteaba con el clítoris y luego buscaba meterse dentro de esa húmeda cueva. 
Repitió este proceso, cambiando algunos movimientos. Eso me llevó a pensar que quizás Cristina no era tan lesbiana, aunque… sí podía ver un brillo de placer en sus ojos y en su sonrisa de blancos dientes. La estaba pasando bien, aunque no entendía cuál era exactamente el foco de su deseo. No era una simple atracción lésbica, había algo más. 
Apreté mi verga con fuerza, una oleada de placer recorrió todo mi cuerpo. Tenía unas ganas locas de entrar en esa oficina y participar en el mejor trío de mi vida… y el primero, porque nunca estuve en un trío. Solo compartí la cama con dos mujeres que estaban teniendo sexo. No puedo decir que eso haya sido exactamente un trío, aunque la idea inicial hubiera sido esa. 
Cristina estiró su brazo izquierdo y abrió el segundo cajón del escritorio sin siquiera mirarlo. Sacó el dildo y comenzó a pasar la punta de ese pene plástico entre los labios vaginales de Stella. Lo fue hundiendo de a poco mientras su lengua se volvía frenética sobre el clítoris. Stella gimió, se retorció, arqueó la espalda y acarició sus redondas tetas. Esa quizás sea la imagen más sensual que presencié en mi vida. Esa rubia es un infierno de mujer… y verla teniendo sexo lésbico me dispara el morbo. Siempre tuve un fuerte fetiche con las lesbianas. Me encanta ver dos mujeres teniendo sexo, en especial si son tan hermosas. 
El dildo se perdió dentro de la concha. Era impresionante verlo entrar completo. A mi mente le costaba asimilar que la delicada vagina de Stella pudiera ser capaz de contener todo eso sin esfuerzo. Pero tiene sentido, seguramente lo usa casi todos los días… en la oficina… mientras yo estoy leyendo correos a pocos metros de su escritorio, con una maldita puerta de por medio. Aunque hoy una puerta es lo único que evita que me descubran. 
Tuve un instante de pánico. ¿Qué haría si ellas notaban que había un espía con la pija dura dentro del baño?
No tendría salvación. Seguramente me echarían del trabajo. Hasta podría ser peor. Podrían demandarme por acoso. 
Mi corazón se aceleró, pero el temor se diluyó cuando escuché los gemidos de Stella. 
El dildo entraba y salía de su concha rápidamente y Cristina le succionaba el clítoris, con los labios pegados a piel de la rubia. De pronto vi como la vagina explotó en un enchastre de jugos sexuales. Cristina se apresuró a quitar el dildo y pensé que se apartaría, pero no… en lugar de eso se prendió a la concha y recibió toda la descarga dentro de su boca. Chupó y chupó sin parar mientras Stella se retorcía de placer. 
Y ahí fue cuando me vio. 
Cerré la puerta lo más rápido que pude e intenté convencerme de que todo fue mi imaginación, que esos ojos azules nunca se posaron en los míos. 
Y quizás fue así. Quizás no me vio. Puede que haya notado algún movimiento extraño, pero yo fui más rápido y logré ocultarme. 
Me quedé muy quieto, sentado sobre la tapa del inodoro, aferrándome a mi verga erecta con la mano derecha. Esperé lo que parecía inevitable. Que la puerta se abriera y esas dos mujeres arremetieran contra mí, con insultos y cachetazos. 
Sin embargo, esto no ocurrió. La puerta se quedó quieta. Agucé el oído y escuché a las dos mujeres hablando entre risas como si nada pasara. 
—Vos sabés lo que me gusta —dijo Cristina.
—Y te lo voy a dar.
Escuché ruidos, como de papeles y cajas cayendo al suelo. Luego silencio. 
Pasé unos segundos esperando hasta que escuché que los gemidos se reanudaban. Cuando estuve convencido de que el peligro había pasado, abrí la puerta muy lentamente. 
Se me cortó la respiración al ver que Stella y Cristina estaban haciendo un 69 sobre el escritorio. Habían tirado todo al piso y el monitor de la computadora ahora reposaba sobre la silla, como si fuera un espectador privilegiado de ese pornográfico acto lésbico. 
Stella estaba boca arriba, su cabeza estaba más cerca del baño. Pude ver el culazo de Cristina en primer plano, y su carnosa concha abriéndose con la intrusión de la lengua de su amante. No podían verme, Stella tenía la mirada fija en el agujero del culo de la secretaria, y hacía allí dirigió el dildo. 
Entendí perfectamente lo que iba a ocurrir y actué por instinto. Saqué mi celular del bolsillo y comencé a grabar la escena justo a tiempo para captar la primera penetración anal de ese dildo fucsia. El culo de Cristina pareció ofrecer algo de resistencia al principio, pero la insistencia de Stella hizo que entrara cada vez más. 
No me masturbé para que la cámara no temblara. Quería guardar este momento en la mejor calidad posible, para después volver a mi casa y pajearme un millón de veces. Sé que voy a tener mil fantasías anales con Cristina mientras mire cómo ese dildo bombea sin parar dentro de su culo. Entrando una y otra vez… 
—Haceme acabar. Te quiero llenar la cara con juguito de concha.
Las palabras de Cristina estimularon a la rubia. Empezó a chupar con gran intensidad al mismo tiempo que hundía el dildo en el culo. Lo estaba castigando con fuerza, sin misericordia. 
—Ay, sí… rompeme el orto, que me encanta. 
Mis compañeros de trabajo se volverían locos si supieran que a Cristina le calienta el sexo anal. Miles de veces vi como su culo era seguido por todas las miradas de la oficina, incluso por las mujeres. Creo ser uno de los pocos privilegiados que la vio recibiendo un tratamiento intensivo de sexo anal y sexo lésbico al mismo tiempo. 
Cristina acabó en un húmedo orgasmo, la cara de Stella quedó cubierta con un líquido viscoso transparente. Siguió chupando y otro chorro de líquido fue expulsado de esa concha. Me pareció fascinante verla acabar de esa manera. 
Me quedé muy quieto, grabando toda la secuencia final, con lamidos y penetraciones anales más lentas. Luego cerré la puerta del baño. No quería tentar a la suerte. Ya era suficientemente malo que me sorprendan espiando, si además descubrían que las estuve grabando… uf… no quiero ni pensar en todos los problemas que eso me traería. 
—Ay… eso fue hermoso. Gracias, Stella. 
—¿Ya te vas?
—Sí, mi futuro marido me está esperando para organizar el catering de la fiesta. 
—Mandale saludos, y contale de cómo te hice acabar.
—No seas mala, che. ¿Cómo le voy a contar eso? No me hagas sentir más culpable, Stella, que ya me siento una basura de persona.
—Está bien, está bien… solamente prometeme que cuando el infeliz de tu marido sea incapaz de satisfacerte en la cama, me vas a llamar.
Hubo un silencio, creí que Cristina se iba a ofender. Su respuesta me sorprendió.
—La prueba de fuego es la luna de miel. Si después de eso no me saca un orgasmo… te llamo y nos encontramos en un hotel.
—Trato hecho.
Aguardé unos segundos más, hasta que escuché la puerta de la oficina abriéndose. Luego… silencio absoluto. Esperé un poco más. Nada. Solo el silencio. Respiré aliviado, por fin me habían dejado solo.
Abrí la puerta del baño y dos tetas redondas me dieron la bienvenida. Una despampanante rubia desnuda me miraba con el ceño fruncido y los brazos en jarra. Estaba tan cerca de mí que podía sentir el aroma a sexo que irradiaba su cuerpo. Aún tenía la cara cubierta con los jugos sexuales de Cristina.
—¿Se puede saber qué estás haciendo acá?
No respondí. Todo lo que diga puede ser usado en mi contra en un tribunal. Empujó mi pecho con la punta de sus dedos, haciéndome retroceder. Caminé  hacia atrás hasta chocar contra el inodoro. Stella entró y se paró justo entre el lavamanos y el inodoro, tuve que girar para mirarla cara a cara. El baño es diminuto, tanto que nuestros cuerpos se quedaron pegados. No podía retroceder sin caerme, porque el inodoro estaba justo detrás de mis rodillas, y las nalgas de Stella estaban apoyadas en el lavamanos. 
Yo aún tenía la verga dura, un detalle del que no me había percatado hasta ese momento. Mi falo quedó apoyado, con poca sutileza, entre los perfectos labios vaginales de la rubia. Me quedé mirando esto como un idiota. Ese pubis completamente depilado me volvía loco. 
—A ver… explicame… ¿qué hacés acá? ¿te gusta espiar? ¿Te gusta… mirar? —Preguntó esto en un tono extraño y sensual. Su cadera se movió lentamente, provocando que sus labios vaginales recorrieran toda mi verga. Estaban tibios y húmedos. El contacto con su concha me resultó tan fascinante como hipnótico—. Está bien si te gusta mirar. A mí no me molesta que miren. Lo que me molesta es que se metan en mi oficina sin permiso.
—Yo… em… entré a buscar algo, y me dieron ganas de hacer pis justo cuando ustedes llegaron. No quise interrumpirlas.
—Ah… ok. Bien, está bien. Hiciste bien en no salir, Cristina se hubiera puesto muy nerviosa.
¿Me creyó? ¿Así sin más? No puede ser. Mi excusa es pésima. ¿Cómo puede ser que se la haya creído? Stella volvió a menear su cadera, sus labios vaginales besaban mi verga de abajo hacia arriba. Ahí entendí todo. Da igual si creyó o no creyó la excusa. Me está diciendo que no le importa. Aunque al parecer si le preocupa la opinión de Cristina.
—No sabía que ella fuera…
—¿Lesbiana? No lo es. Yo soy lesbiana. —Se acomodó el pelo, mi verga palpitó, me quedé perdido en esos ojazos azules—. Ella… bueno… digamos que es una chica heterosexual con ciertas inquietudes. Pero es difícil que esto vuelva a pasar. Ella se va a casar. Gracias por no interrumpirnos, te hubiera odiado si arruinabas mi despedida con Cristina. 
—Vos… ¿sentís algo especial por ella? 
—No tenemos tanta confianza, Abel. 
Esa frase me resultó ridícula en este contexto. Ella literalmente está desnuda frente a mí y mi verga erecta se está frotando contra su concha húmeda. Y yo no sé cómo resistir la tentación de penetrarla. 
—Algo en ella te debe gustar.
—Me gusta como chupa la concha —me mostró una sonrisa picarona—. Me encanta que me chupen la concha —acarició mi pecho.
Soy bastante pelotudo con las mujeres y me cuesta entender las señales; pero me juego la cabeza a que esto fue una invitación. No lo dudé, no quería desperdiciar esta oportunidad de oro. 
Me puse de rodillas, lo mejor que pude en ese espacio estrecho, y comencé a chuparle la concha. El sabor a sexo femenino me impactó tan fuerte como un cachetazo. Se notaba que Stella estaba excitada. Con la misma mano que me acarició el pecho comenzó a jugar con mi cabello negro. No tiene mucho con qué hacerlo, porque suelo llevarlo bastante corto; pero fue agradable sentir esas caricias femeninas alentándome a seguir adelante. 
Acaricié su vientre con ambas manos y hundí la lengua entre sus labios. Saber que minutos antes Cristina estuvo lamiendo la misma concha me excitó mucho. 
Los jugos vaginales chorreaban sin cesar, yo intentaba absorberlos todos, pero eran tantos que necesitaba dejar salir un poco por la comisura de mis labios. Stella conservó la calma en todo momento, lo cual me tranquilizó mucho. 
Tuve ganas de preguntarle: «¿Ahora sí tenemos la confianza suficiente?»
No dije nada solo porque tenía la boca ocupada. Cada milímetro de su sexo me resultaba maravilloso. Sin duda esta es la mejor concha que chupé en mi vida. No pienso contarle a nadie sobre esto, pero sé que si el rumor empezara a correr, yo sería la envidia de toda la oficina. Probablemente varias de mis compañeras de trabajo también me envidiarían. En especial Gloria, siempre pensé que ella es lesbiana. No deja de mirarle el culo a Stella y a Cristina.
Me puse de pie y volví a dejar mi verga erecta sobre los labios vaginales de Stella. Esta vez fui yo quien se movió, propiciando el roce entre nuestros sexos. La verga me latía sin cesar, no recordaba la última vez que estuve tan excitado. 
Estaba dispuesto a penetrarla salvajemente, quería meterle toda la verga, hasta el fondo de la concha, cuando ella soltó una risita y dijo:
—Con razón tu novia te dejó. No sabés chupar conchas.
Mi cerebro explotó… y mi verga también. 
Todo el semen saltó con violencia, cubriendo el vientre plano y perfecto de Stella. Líneas blancas cruzaban por sus abdominales sutilmente marcados. El líquido comenzó a fluir hacia abajo, producto de la gravedad, y se fue acumulando en el canal que formaban sus labios vaginales. Mi verga ejerció la función de represa, impidiendo que la mayor parte cayera al suelo. 
—Uy… cuánta leche. —Acarició su vientre, esparciendo el semen por todos lados. Cuando sus manos estuvieron cubiertas de blanco, comenzó a apretarse las tetas, usando la leche como lubricante para masajes—. Qué lástima que se desperdicie así. Y yo que creí que me la ibas a meter.
—Puedo hacerlo ahora…
—No, ya perdí las ganas. No suelo acostarme con hombres, mucho menos con los que no chupan bien la concha y no aguantan ni un solo round. Sos un buen pibe, Abel… pero se nota que el sexo no es lo tuyo.
Ese comentario me destruyó totalmente. Agarré algo de papel higiénico y salí del baño, para limpiarme la verga. Stella se lavó un poco, usando el lavamanos, y mientras se secaba con una toalla me dijo:
—Avisale a tu hermana que mañana tiene una entrevista de trabajo.
Me puse tenso.
—¿Viste… viste su currículum?
—Sip, lo vi anoche, en mi casa —ahí entendí por qué no encontré el pendrive por ninguna parte—. Muy interesante. Me gustaría contratarla… en reemplazo de Cristina. ¿Te imaginás trabajando en la misma oficina que tu hermana?
No, la verdad que no me lo imaginaba… porque estaba convencido de que esto nunca iba a ocurrir.  
Volví a mi casa sintiéndome derrotado. No sabía cómo lidiar con todo lo que me dijo mi jefa. ¿De verdad no sé chupar conchas? Mi novia…. mi ex novia nunca me lo dijo. ¿Me habrá dejado por eso? No lo creo… ¿o si?
Al abrir la puerta de mi casa me encontré con la cocina hecha un desastre, había harina por todas partes y pedazos de una masa similar a un engrudo. 
—¡La concha de mi hermana! —Exclamé. 
No sé si me voy a acostumbrar a tener a Katia en mi propia casa… y ahora me tengo que mentalizar que además podría ser mi compañera de trabajo. 
Ojalá se termine pronto este día de mierda. 


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