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¡La Concha de mi Hermana! [01]

¡La Concha de mi Hermana! [01]






Capítulo 01

Katia se muda.

La vi parada ahí, con bolsos y valijas, y mi primera reacción fue cerrar la puerta. Ella puso el pie para impedirlo y comenzó a reírse. Acto seguido, se me tiró encima y me dio un fuerte abrazo.
—¡Abel! ¡Hermanito querido! ¿Me extrañaste?
—La verdad, no.
—No te hagas el gracioso. Sé que me extrañaste. 
Apoyó su cabeza contra mi pecho, el calor de su cuerpo fue reconfortante. Estaba pasando unos días muy estresantes y no puedo negar que el abrazo de un familiar era justo lo que necesitaba… aunque no pienso decirle eso a mi hermana. 
—Katia, nos vimos ayer. Literalmente. 
—Sí, pero fue solo un ratito… y pasaron un montón de horas —dijo, sin dejar de abrazarme.
—¿Para qué trajiste los bolsos? —Pregunté sin soltar la puerta. Aún conservaba la esperanza de que se fuera. 
Sí, muy lindo su abrazo… pero ahora tengo asuntos más importantes que atender. 
—Se me ocurrió una idea que te va a encantar —por fin me soltó—. ¡Vengo a vivir con vos! ¿No es genial? —Por su sonrisa sincera supe que lo decía en serio. Realmente le parecía una idea estupenda. 
—No, ni loco. Ni hablar. Esta es mi casa, no es un hotel.  
—Ay, Abel… si vivís solo. Te sobra el espacio. No seas así. Es solo por un tiempo, hasta que consiga trabajo.
—¿Y desde cuándo vos buscás trabajo? 
—Desde hoy. 
Katia tiene diecinueve años y desde que terminó el colegio secundario se dedica a rascarse el culo a dos manos. A veces pienso que esta será su profesión por el resto de su vida. 
—¿Qué pasó? ¿Mamá te echó de casa?
Esta pregunta le borró la sonrisa de un plumazo. Miró el piso, como si hubiera perdido una moneda. 
—El asunto con mamá es… complicado. 
—Pensé que se llevaban bien.
—Eso es porque no prestás atención. Siempre estás metido en tus cosas, preocupado por vos y tu mundo. No te importa lo que le pasa a los demás. 
Eso me dolió. Fueron las mismas palabras que dijo mi ex-novia cuando me dejó. Lo que más duele es que tienen razón. No lo hago por malo, es que trabajo duro para poder progresar… y eso hace que me olvide de los demás. Pero… quiero cambiar. Si pretendo conseguir una esposa para formar una familia, debo cambiar. ¿Será que Dios me está poniendo una prueba? Bueno, lo digo en sentido figurado. Tampoco soy tan creyente. Dios, el destino, la vida… da igual. Esto parece un auténtico desafío, para poder demostrarle al mundo que quiero cambiar. Estoy harto de que me vean como el egoísta del grupo. No soy egoísta… soy… soy… ¿solitario? ¿autosuficiente?
—Está bien, te podés quedar…
—¡Ay gracias! —Otro de sus apachurrantes abrazos.
—Pero con mis condiciones.
—Ajá, sí, claro… por supuesto. Es tu casa. ¿Cuáles son esas condiciones?
—Em… este… no sé… tengo que pensarlas. 
—Bueno, mientras pensás en boludeces, ayudame a entrar los bolsos. Quiero tu dormitorio. Es el más lindo y el más grande. 
Y como un pelotudo, le di mi dormitorio. ¿Por qué? No sé… ya lo dije: por pelotudo. No hay otra explicación. Simplemente no fui capaz de decirle que no. Trasladé mis cosas al cuarto de huéspedes, que no está mal. Solo tendré que volver a acostumbrarme a dormir en una cama de una plaza. 

————————

—Hey, Abel. 
Nunca la escuché acercarse. Me abrazó con fuerza desde atrás. Sentí dos grandes pelotas de goma apoyándose en mi espalda. Se me erizaron todos los pelos de la nuca. Sus tetas son demasiado grandes y no las controla bien. No es raro que al girar le de un tetazo al marco de una puerta o a cualquiera que ande cerca. Con las posaderas también tiene problemas, en especial cuando usa pantalones ajustados. Los tipos ven ese culo gran culo gordo y no pueden aguantar las ganas de gritarle algo. Pero que no me escuche mi hermana diciéndole “culo gordo”, es algo que tengo prohibido, se lo dije una vez a modo de chiste y se lo tomó muy mal. Es que Katia no es gorda, solo es de contextura ancha. Cualquiera que la vea, diría que tiene un “cuerpazo”... aunque ella no se ve así. Nunca entendí por qué. 
—¿Qué querés? —Pregunté mientras cortaba carne para la cena. 
—¿Sentís que te estoy invadiendo?
—No, Katia… para nada. Me encanta que estés acá. —De verdad estaba empezando a gustarme la idea de tener algo de compañía. La casa se siente muy vacía desde que Regina (mi ex novia) se fue—. Mirá, para celebrarlo compré carne, para hacer un asado.
—¡Ay, que bueno! Hace mil años que no como asado. A mamá no le gusta prender fuego en la parrilla, y yo no sé cómo hacerlo. ¿Me podés enseñar? No quiero depender de los demás para poder comer un buen asado. 
—Sí, claro. En un rato me pongo a preparar la parrilla y te explico cómo se hace.
—¡Genial! Che, traje tu cámara digital, para que veas que no me olvidé. 
—¿Y todavía funciona?
—¡Por supuesto que funciona! ¿Acaso pensás que soy una irresponsable?
—Me rompiste la Play 4…
—Fue un accidente. 
—Y también la tablet.
—Esa no fui yo, fue mamá… pero me echó la culpa a mí. Tu cámara funciona perfectamente. La dejé en tu oficina.
—Bueno, muchas gracias. Nunca supe para qué la querías exactamente.
—Y… para sacar fotos. ¿Para qué voy a querer una cámara?
—Me refería a qué tipo de fotos.
—Eso no es de tu incumbencia. 
La miré a los ojos. Esos grandes ojos marrones me devolvieron la mirada, tensos y muy grandes para su pequeña cara. Al final terminé riéndome… algo en la cara de mi hermana me resulta muy cómico. Parece esos personajes de animes japoneses. 
—Para que veas que sí quiero trabajar, te dejé un pendrive con mi currículum. ¿Podés presentarlo en tu oficina?
Dejé el cuchillo quieto, a mitad de un corte. 
—¿En mi oficina?
—Sí, sí… seguramente están buscando alguna chica inteligente y carismática como yo. Podría… em… podría estar en atención al público, o como secretaria. Me conformo con lo que sea. Menos limpieza… no me gusta limpiar. 
—Encima con pretenciones. Mm… no sé, Katia. No me parece una buena idea.
—¿Y por qué no? —Se quedó en silencio analizándome detenidamente, y luego, como si pudiera leer mi mente, dijo—. ¡Ah, ya sé! Te da miedo de que te avergüence con tus compañeros de trabajo… o con tu jefe. El gran Abel tiene miedo de que la boluda de su hermanita lo haga quedar mal. Ok… ok… está bien. Lo voy a tener en cuenta.
Se alejó sin decir más nada. 
Tuve que darle unos minutos para que se calmara. Me pareció verla llorar en el baño. Me partió el alma. Aún sí… no puedo recomendarla en mi trabajo. Katia no es especialmente talentosa. Es simpática, sí… pero jamás podría estar en atención al público. Es sumamente tímida con la mayoría de la gente. Solo se comporta “normal” con mamá y conmigo… y puede que con alguna de sus pocas amigas. 
¿Y secretaria? Una vez mi mamá la mandó a pagar la boleta de la luz. Como Katia no supo hacer este simple trámite, no la pagó, creyendo que por un solo pago no realizado no íbamos a tener grandes problemas. A los cinco meses nos cortaron la luz. Un día de calor infernal, y nosotros sin luz. ¿El dinero? Se lo gastó en un jueguito para su (mi) PlayStation 4. 
Al menos pudimos disfrutar del momento hermano-hermana. Hicimos el asado juntos. No creo que Katia haya aprendido mucho, estaba más concentrada en tirar pedacitos de carbón al fuego, y ver cómo ardían, que en las instrucciones que le dí; pero bueno… al menos lo intenté. 
El asado salió buenísimo, modestia aparte. Comimos mientras mirábamos un partido de la NBA. Los Lakers se enfrentaban a Chicago Bulls por algo llamado “Play-off”, no tengo ni la más puta idea de qué es eso. No entiendo nada de básquet. La fanática es mi hermana. Ella solía practicar ese deporte en el secundario. Siempre se quejaba de que sus tetas no le permitían saltar con eficacia… aunque usara los mejores sostenes deportivos. 
Al igual que yo lo hice con la parrilla, Katia intentó explicarme lo que ocurría en la cancha y por qué ese tal Lebron James es uno de los mejores jugadores de toda la historia. No entendí nada. La pelota se mueve demasiado rápido como para que mi cerebro pudiera procesar algo. Aún así la pasé bien. Era divertido ver a Katia tan apasionada con algo. Señalaba la pantalla a cada rato diciendo: “¿Viste… viste? Es lo que te acabo de explicar”. “Ah, claro… ya entendí”, le decía yo, sin saber qué carajo había pasado. 
El primer día con mi hermana de inquilina no estuvo nada mal. Ya habría tiempo para que las cosas se complicaran. 

————————

Mientras Katia se daba una ducha yo me puse a mirar videos en YouTube con el celular. Cosas sobre ciencia y algunos de temática policial. Temas que me apasionan.
Estaba recostado en el sofá, mirando un video muy interesante sobre agujeros negros, cuando mi hermana apareció en el living, envuelta en una toalla. Su largo cabello negro estaba mojado y le caía sobre los hombros. Avanzó como si yo no estuviera allí y dijo:
—Uf… qué buena ducha. Me hice tremenda paja… 
Se detuvo en seco. Me miró. La miré. Nos miramos. Tenía la boca tan abierta como sus ojos. Yo debía tener la misma expresión en la cara. 
—Ay… ¿dije eso en voz alta? Ay… es que… ay… perdón… em… —se puso tan roja como un tomate—. Lo que pasa es que… con mamá tenemos más confianza y… bueno, me olvidé que ya no vivo con ella. 
—¿Le contás a mamá sobre tus…? —No me atreví a decir esa palabra frente a mi hermana.
Katia apretó los labios, analizó la situación unos segundos y luego se sentó junto a mis pies. 
—No es que le cuente… a veces se lo digo porque sé que le molesta. —Como guardé silencio, Katia prosiguió—. A ver… no es que le moleste que yo me haga… em… eso… Lo que le jode es lo mucho en que tardo de salir del baño…. y lo que hago con la ducha de mano. Eso también le molesta mucho. Aunque ella hace lo mismo. Te lo juro. La sorprendí tres veces. —Me mostró tres dedos levantados, para enfatizar su testimonio.
El comentario de mi hermana me dejó aturdido. No es la primera vez que me dice algo con temática sexual; pero no recuerdo que alguna vez haya dicho algo tan… explícito. Por lo general sus comentarios son de la índole: «¿Te gustan las tetas de Mavi? ¿Viste que grandes las tiene?» Mavi, o María Victoria, es su mejor amiga… y a veces pienso que es la única. 
—¿Y qué es exactamente lo que hacés con la ducha? 
Fue lo primero que atiné a preguntar. Lo hice por puro aturdimiento, porque en realidad me hacía una clara idea. Sin embargo Katia es muy inocente y creyó que se lo preguntaba en serio. Me dio una explicación digna de un tutorial. 
—Solo se puede hacer con las duchas de mano, que se desprendan del soporte. Me la meto entre las piernas, apunto el chorro al clítoris y… uf… es una sensación maravillosa. Ese cosquilleo me fascina. —La miré todo el tiempo sin poder creer lo que decía.
—Ah… ¿y a mamá no le gusta?
Me sentí imbécil por hacer preguntas tan boludas; pero a mi cerebro le estaba costando mover los engranajes.
—Mamá me sorprendió un montón de veces haciendo esto. Cada vez que demoro en la ducha, me abre la puerta. Y yo ahí, con el coso entre las piernas, haciéndome tremenda paja… —Otra vez se quedó petrificada, mirándome a los ojos—. Perdón, me zarpé. Es que… me da bronca que me interrumpan en ese momento. No debería estar contándote estas cosas. Te voy a poner incómodo.
—A mí no me molesta que me cuentes esto. Solo… se me hace raro. Creí que este tipo de conversaciones las tendrías con tus amigas, no conmigo. 
—Ya no me quedan amigas —dijo, bajando la cabeza. 
—¿Te peleaste con Mavi? —Asintió lentamente, parecía a punto de llorar—. Oh… ¿querés contarme lo que pasó? —Movió la cabeza en gesto de negación—. Ok… si en algún momento querés hablar de eso, podés contar conmigo.
—¿En serio? —Volvió a sonreír.
—Por supuesto. ¿Ves? No soy tan egoísta como creías. 
—Sí lo sos. Aunque… te estás esforzando por cambiar. Eso está bueno. 
—¿Te molesta que te vea haciéndolo?
—Nah, es mamá… ¿por qué me va a molestar que me vea haciéndome una paja? Lo que me molesta es que me interrumpa. Me pide que salga del baño. No sé si le molesta que pase tanto tiempo en la ducha o que me haga la paja. —Miré las piernas de mi hermana, la toalla apenas alcanzaba a cubrir sus partes íntimas. Me sentí incómodo al pensar que debajo de esa tela blanca no tenía nada puesto—. Pero creo que lo que más le jode es que me masturbe. No me puede ver feliz. Lo puse a prueba, ¿sabés?
—¿Ah sí? 
—Sí, hubo veces en las que estábamos en la cama mirando una peli y yo empecé a tocarme… pero sin taparme ni nada, que vea cómo me metía los dedos en la concha. Al principio ella no me decía nada, hasta que después de un rato me decía: “¡Katia! ¿Podés dejar de tocarte?”
—Quizás le parecía inapropiado que lo hicieras delante de ella. 
—Ay, como si ella no se hiciera la paja. ¿Sabés las veces que la sorprendí con la ducha entre las piernas? “¡Ajá, hipócrita!” le dije una vez, “A mí no me dejás hacerlo, pero vos sí que te das duro con el chorrito de agua”. Se enojó mucho conmigo. 
Me cuesta hacerme la idea de mi madre masturbándose. Simplemente son dos conceptos que no encajan en mi cabeza. Nunca vi a mi madre ni remotamente relacionada con alguna práctica sexual. Y a mi hermana tampoco, por eso me sorprende tanto su sinceridad al hablar del tema. Decidí no darle demasiada importancia a eso, quizás solo necesita a alguien con quién hablar de estas cosas… y yo estoy intentando aprender a escuchar a la gente.
—¿Esto tuvo que ver con tu mudanza? —le pregunté.
—Emmm… masomenosssss —dijo, con los labios apretados—. No quiero hablar de eso.
Se levantó y se fue, así sin más.

————————

Tuve una jornada laboral rutinaria, algo aburrida y sin inconvenientes. Como me gustan a mí. ¿Está mal que me guste aburrirme en el trabajo? Puede ser. Con el tiempo descubrí que aburrimiento es sinónimo de tranquilidad. Si me aburro es porque no pasó nada que me complique el día.
Decidí entregarle a mi jefa el pen-drive con el currículum de Katia. Estoy seguro de que no la van a contratar, es duro que lo diga yo, que soy su hermano mayor, pero es la verdad. Katia no tiene ningún talento especial, ni experiencia laboral ni nada que la ayude a entrar a trabajar en una empresa tan importante como ésta. 
Al menos cumplí con mi parte. Va a ser duro hablar con ella cuando la rechacen. Prefiero eso antes que se enoje conmigo por no haber presentado su curriculum.
Volví a mi casa. Katia se pasó la tarde jugando con mi PlayStation 5. Ya se apoderó de ella como si fuera suya. Me da pánico que la rompa, como hizo con la anterior.
Estaba arrodillada en su (mi) cama, frente al televisor, con el control en la mano. El personaje que manejaba luchaba contra un dragón gigantesco que lanzaba rayos mientras una fuerte tormenta de arena azotaba el lugar. Debo admitir que se veía bastante espectacular. 
—Compré un juego nuevo —dijo sin mirarme—. Se llama Monster Hunter Wilds. Es espectacular. Me encanta.
—¿Lo compraste con mi tarjeta de crédito?
Silencio. Siguió mirando la pantalla con con ojos de huevo duro. Suspiré y negué con la cabeza. 
—En un rato vamos a comer. Hoy no tengo tiempo para cocinar, voy a pedir pizzas.
—¡Excelente! Me encanta la pizza. 
Ella cenó en su (mi) cuarto, llenando de migas todo el cubrecama. No quiso soltar el juego ni por un minuto. 
Me di una ducha y antes de acostarme decidí revisar los mails del trabajo. “Monotonía informática”, lo llamo. Una parte fundamental de mi relajante rutina.
No había ninguna novedad de la oficina. Lo corriente. Reuniones a concretar, clientes que atender. Odio mi trabajo. Lo único que me mantiene en esa mugrosa oficina es la promesa de un ascenso. Mi sueño es convertirme en gerente; pero tengo apenas veintitrés años y sigo siendo “el nuevo” a pesar de que llevo dos años trabajando para esta empresa. Aún me queda mucho camino por delante.
Mientras borraba los mails que eran puro spam noté que la cámara digital estaba en el escritorio. La conecté a la computadora y estaba a punto de borrar todas las fotos cuando vi a mi hermana, muy sonriente, mirándome desde la pantalla. Era una bonita foto… aunque mi mamá hubiera tildado de “indecente”, porque era una selfie tomada desde arriba y mostraba todo su amplio escote. Esas tetas son muy redondas y grandes, vistas desde ese ángulo parecen enormes, casi obscenas. Decidí conservarla; pero no me malinterpreten. No lo hice por las tetas de mi hermana, solo me pareció una buena foto. 
Miré las otras que había sacado, eran muy similares a ésta. Al parecer estuvo probando varias veces hasta conseguir el resultado indicado. Aunque la mejor fue la primera, creo que Katia solo perdió el tiempo. 
Estaba pasando las monótonas fotografías tranquilamente cuando de repente apareció en la pantalla algo que me dejó desconcertado. 
Había muchos pelitos negros, bien ondulados. Un par de labios bien carnosos y un botoncito asomando sobre ellos. En el centro, un agujero húmedo se abría ante la cámara. 
¿Acaso esto es…?
—¡La concha de mi hermana! —Exclamé, sin poder dejar de mirar la pantalla. 
—¿Qué pasó? 
En ese momento descubrí que Katia había entrado a la oficina. Esta chica es más sigilosa que un gato.
—No, nada… es que…
Ella tenía puesta la toalla, al parecer recién salía de la ducha. La toalla apenas le tapaba los gigantescos melones y era tan corta que abajo no cubría todo. Esos mismos labios carnosos que estaban en la pantalla de mi compu colgaban por debajo de la tela blanca. Verla así me dejó algo atontado y no fui capaz de reaccionar. Katia se acercó y cuando vio la pantalla su boca se abrió al máximo.
—¿Cómo llegó esa foto ahí? Si yo descargué todo en mí laptop.
—Emm, sí, pero eso no borra las fotos de la cámara.
—Ay… pero si yo ni siquiera usé la memoria interna de la cámara. Le enchufé el pendrive para que guarde todo directamente ahí.
Yo mismo le expliqué esa función de la cámara, me dio orgullo saber que lo recordó, pero…
—Quizás te olvidaste de marcar la opción de “Usar solo almacenamiento externo”. 
—Oh… puede ser, sí. La tecnología me marea un poco. Carajo, qué vergüenza. Me viste todo el repulgue de la concha.
—Perdón, fue sin querer… ahora la saco. Después borrá todo… 
—¿Viste las otras fotos? —Se puso pálida.
—No… las que vi antes eran todas iguales, de tu cara. Está fue la primera que vi… de esas…
—Ah, bueno… mejor así. Qué boluda. Pero bueno, esta ya la viste. ¿Qué pensás?
—¿Eh? ¿Que pienso de qué?
—De la concha, boludo… ¿Qué opinás?
—No entiendo. ¿Qué tengo que opinar? Sos mi hermana…
—No me refiero a eso, boludo. Dejá, no importa. Me quedaré con la duda. 
Desconecté la cámara y la foto desapareció al instante.
—Toma, guardarla vos. Para que sepas que no me puse a revisar tus fotos.
—Oh, gracias —sonrió—. Por eso confío tanto en vos. Sos un buen pibe, Abel. 
Sonreí y le dije en broma:
—Espero que te hayas acordado de borrar el pendrive, porque se lo entregué a mi jefa con tu currículum. —Mi hermana se quedó tensa, con esa cara de carpincho encandilado que siempre pone cuando se manda una cagada—. Nah… ¿Me estás jodiendo? —No se movió. No respiró—. Katia… por favor decime que borraste estas fotos de tu pendrive.
—Soy una boluda. 
—¿No lo borraste?
—Solo cargué el currículum. Ni si quiera lo abrí. Ay, no… las fotos deben estar ahí. ¡Me quiero matar! ¡Tu jefe me va a ver toda la concha! 
—Jefa. Tengo una jefa. Y… creo que todavía no lo revisó. Me dijo que lo haría cuando tuviera tiempo…
—¿Podrías recuperarlo?
Mi instinto de autopreservación a veces me lleva a hacer cosas de las que no estoy orgulloso. No quiero que mi hermana trabaje en la misma oficina que yo. Con una foto como esta en su currículum seguramente no la van a contratar.
—No, imposible. Ya lo tiene mi jefa. Además… no es para tanto. Le comentaré que fue un descuido de tu parte. Va a saber entender. Es mejor que te vea la concha una mujer… y no un tipo. 
—Es que… no entendés, Abel. La foto de la concha es lo de menos. El problema es todo lo demás. Si tu jefa ve eso, no sé qué podría pensar. Hasta… podría traerte problemas a vos. 
—¿De qué estás hablando, Katia? ¿Por qué podría traerme problemas? ¿Qué carajo estuviste haciendo? 
Me entregó la cámara.
—¿Por qué no lo comprobás vos mismo?
Mirá la cámara dudando. ¿De verdad quiero saber? No, para nada. Solo ver su concha en toda la pantalla me dejó aturdido. Katia se sentó a mi lado, sin ser consciente de que la toalla no le estaba tapando toda la concha y que un pezón ya se le estaba asomando por encima. 
—Si tu jefa va a ver esto, es mejor que vayas bien preparado —me dijo con semblante serio. Eso es preocupante, porque es muy raro ver a Katia tomándose algo con seriedad.
Enchufé la cámara y volví a poner la foto de la concha de mi hermana. Sus rugosos y carnosos labios me saludaban entre una maraña de pelitos negros. 
—Sí, ya sé… tengo la concha horrible. Por favor, pasá rápido estas fotos. 
No me pareció horrible, para nada. Aún así no respondí, tenía miedo de que mi respuesta se malinterpretara. 
Las siguientes fotos eran medio parecidas a esta. Primeros planos de su concha que se diferenciaban solo por el movimiento de los dedos de Katia. En una se abría los labios, en la otra se acariciaba el clítoris. Incluso vi algunas fotos donde sus dedos aparecían muy borrosos… como si se estuvieran moviendo muy rápido al momento de la foto. 
Miré a mi hermana de reojo, ella seguía mirando la pantalla con gesto de preocupación. No hizo ningún comentario. 
De pronto apareció una foto diferente a las demás. Katia y su amiga Mavi sonreían a la cámara… y ambas estaban con las tetas completamente al descubierto. Dos pares de melones inmenso que parecían no entrar en la foto. Mavi es una chica preciosa, de cabello castaño claro y ojos verdes. Siempre le tuve ganas, no lo voy a negar. Mi hermana lo sabe muy bien. 
—Las fotos de Mavi te las podés dejar, dales el uso que quieras —dijo Katia, con una sonrisa. 
—Es… es una linda foto.
—Las que vienen después te van a gustar todavía más. 
En la siguiente imagen vi a Mavi, de semi perfil, sonriendo a la cámara. Pero lo más llamativo era lo que estaba haciendo mi hermana. Katia estaba chupando uno de los pezones de su amiga. Estaba prendida a esa teta como si quisiera sacarle leche. 
—Ah… bueno… em… esto sí que no me lo vi venir. No creí que a vos te gustaran…
—¿Las mujeres? No, sonso… no soy lesbiana. Esto fue solo un jueguito entre amigas. 
La foto siguiente era al revés que esta. Mavi era la que estaba chupando una de las tetas de Katia. Debo reconocer que me calientan mucho las mujeres hermosas en actitud lésbica… y ahora estaba viendo a dos. Aunque una es mi hermana, eso hace que todo sea más raro. 
Una imagen de Mavi desnuda en cuerpo completo me dejó en estado de shock. Esa flaquita tiene un cuerpazo espectacular. No es muy diferente al de mi hermana, aunque Mavi tiene una contextura más delgada y una cintura de avispa. Su vagina, completamente depilada, me pareció…
—Perfecta —dije en voz alta.
—Sí, sé que Mavi es perfecta. Ojalá yo fuera igual —Ese comentario me resultó extraño. Katia es muy similar a Mavi, pero con pelo negro. Otra vez preferí quedarme callado, para que no malinterprete mis comentarios—. La foto que viene te va a gustar todavía más. —Y así fue, porque ahora Mavi aparecía con las piernas abiertas, su concha se veía a la perfección—. Lamento haberme peleado con ella. Yo quería que la invitaras a salir.
—¿Creés que hubiera tenido chances con ella?
—Claro, Abel. Sos un chico muy lindo. Aunque te vestís como un señor de sesenta años… eso hay que arreglarlo. Ah… y tu corte de pelo de “oficinista gris”... tampoco te juega mucho a favor. Pero… sos lindo chico. Mavi lo sabe. Siempre me preguntaba por vos. 
—¿En serio? —Asintió con la cabeza. Volví a mirar la pantalla. Mi verga comenzó al despertarse de solo pensar que tendría una chance con una chica tan despampanante como Mavi—. Entiendo que son unas fotos que se pueden malinterpretar; pero… no veo nada que pueda generar un gran problema. 
—Seguí mirando. 
Hubo más fotos de Katia y Mavi posando desnudas frente a la cámara. A veces se daban un beso en la boca, otras veces se chupaban una teta. Yo intentaba disimular mi incipiente erección. De pronto apareció una foto de una mujer desnuda en una cama, estaba de espaldas, acostada boca abajo. Tenía una pierna estirada y la otra flexionada. Grandes nalgas, redondas, perfectas y firmes coronaban la imagen, y en el medio se veían los gajos vaginales perfectamente depilados.
—Wow… qué buen culo. ¿Quién es?
—Una tal Patricia. —Me quedé anulado completamente—. Es mamá, Abel. —Lo dijo como si yo de pronto hubiera sufrido un episodio de amnesia severo y hubiera olvidado el nombre de mi propia madre.
Casi se me salen los ojos. Miré bien la foto y arriba se asomaban un pelo lacio, castaño y con reflejos rubios. Así lo tiene mi mamá. No podía creer que ese increible culazo fuera de mi propia madre. A ver, sé que es una mujer de “buen ver”, pero… nunca me puse a mirarle el culo detenidamente. Mucho menos estando desnuda. 
—¿Y por qué le sacaste esa foto a mamá?
—No sé —se encogió de hombros—. La vi acostada ahí y me pareció muy linda. Cuando le mostré la foto puso cara de pocos amigos. Hasta que la miró con detenimiento, y la cara le cambió completamente. “No está nada mal”, me dijo. Le pregunté si ella se sacaba fotos desnuda y me dijo que no, que nunca lo hacía… porque le daba vergüenza. “Y además… ¿para qué quiero yo fotos desnuda?”, me comentó. Le respondí: “Para mostrárselas a algún pretendiente. No podés estar sola como si estuvieras viviendo los últimos años de tu vida. Apenas tenés cuarenta y seis”. Entonces…
Pasé la foto y vi a mi madre desnuda, de cuerpo completo. Sus tetas son tan grandes como las de Katia, aunque ella no es tan caderona. Aún así, su cintura y su vientre plano la hacen parecer una mujer de treinta y pocos. Es realmente bonita, y nunca me había dado cuenta. 
—Epa… no puedo creer que la hayas convenci…
Pasé a la siguiente foto y me quedé mudo. Ahora aparecía Katia, también desnuda, junto a Patricia. Las dos sonreían y se tomaban de la cintura, una imágen similar a las de Mavi y Katia. 
—¿Y esto? ¿También era para mostrarle a algún pretendiente? 
—Hey, no… ¿cómo le va a mostrar mamá fotos mías desnuda a un novio? Esta foto era para nosotras. Y las demás también. 
Comenzó una seguidilla de fotos muy extrañas en las que Katia y Patricia posaban frente a la cámara en poses de lo más sugerente. Vi a mi propia madre abriéndose la concha con los dedos, como si fuera una actriz porno. ¡A mi madre! 
Y lo más demencial es que había fotos donde Patricia hacía eso junto a su hija, las dos se abrían la concha y sonreían a la cámara, como si dijeran: “Acá estamos, para que nos hagan lo que quieran”. 
Mi verga se puso completamente dura. No sé por qué, simplemente no lo pude evitar. Incliné mi cuerpo hacia adelante e intenté cubrirme con el escritorio. No quería darle explicaciones a Katia. 
Seguí pasando fotos y de pronto una comenzó a moverse. Mi cerebro obnubilado tardó en procesar que estaba viendo un video… y uno sumamente explícito. Katia estaba tendida en la cama de su dormitorio, masturbándose. Sí, se estaba llenando la concha de dedos, gemía y sacudía su cuerpo en pleno goce.
—¡Ay, qué vergüenza! —Se puso más roja que nunca.
—Esto te complica un poco más, pero… tampoco es para tan…
La cámara enfocó justo al lado de Katia, porque alguien la estaba manipulando. Junto a mi hermana, también desnuda en la cama, apareció mi madre. Y al igual que su hija… se estaba frotando la concha mientras se metía los dedos. Las dos se estaban pajeando en la cama, una junto a la otra… mientras alguien las filmaba. 
No pude ver más. Desconecté la cámara otra vez. Mi cerebro se quedó en blanco durante unos segundos. ¿Qué pasaría si mi jefa veía que mi madre y mi hermana se habían filmado haciéndose una paja juntas? ¿Qué pensaría de mi familia? 
—Tengo que recuperar ese pendrive… como sea. 
—Uy… qué bueno que te quedó claro solo con ver esto. Por un momento pensé que tendríamos que ver todo. 
Estuve a punto de preguntar qué podía ser peor que esto. ¿Qué más podría haber dentro de la memoria de esa cámara que fuera… incriminante? No quise preguntar. No quise saber. A veces el camino de la ignorancia es el más seguro… y el más fácil de transitar. 






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