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64: Procedimiento adecuado (II)




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Compendio III


64: PROCEDIMIENTO ADECUADO (II)

- ¿Estás bien? - pregunté mientras el ascensor caía en picada hacia el piso 12.

64: Procedimiento adecuado (II)

El silencio del descenso se sentía pesado, como si la presión atmosférica de la suite ejecutiva todavía se aferrara a nosotros, negándose a disiparse. Me di cuenta de que ella necesitaba un santuario, un lugar donde sacudirse la estática corporativa, y mi oficina era el único búnker insonorizado de este edificio donde las reglas del piso 17 no podían alcanzarnos.

Carolina no respondió de inmediato. Se quedó mirando el acero inoxidable pulido de las puertas del ascensor, con su reflejo ligeramente distorsionado en el metal, convirtiendo su barbilla cuadrada en un borde borroso y sus ojos pequeños en manchas oscuras. Noté la forma en que frotaba el pulgar contra el dedo índice: un movimiento repetitivo y tranquilizador que solía reservar para los momentos posteriores de alto estrés. Su respiración seguía siendo superficial; la adrenalina del encuentro finalmente empezaba a remitir, dejándola en un estado de silenciosa desorientación.

• Siento como si acabara de atravesar un túnel de viento. - susurró, y su voz sonaba frágil en el espacio confinado del ascensor. - En un momento soy paramédica y, al siguiente, me nombran administradora médica de un sitio.

Me apoyé en la barandilla, observándola. No me miraba, pero la tensión de sus hombros había bajado un poco. Estaba procesando la información, categorizando la experiencia en una secuencia lógica. Podía ver su cerebro trabajando: la misma hiper-concentración que aplicaba a las constantes vitales de un paciente se estaba aplicando ahora a la arquitectura social del piso 17.

- Es mucho para asimilar. - señalé, manteniendo la voz baja para armonizar con la vibración del zumbido del ascensor. - Pero manejaste bien el escrutinio. Maddie es experta en encontrar debilidades, y se fue sintiendo la necesidad de entrevistarte personalmente. En su mundo, eso es un cumplido.

Carolina finalmente giró la cabeza, sus ojos buscando los míos. Había un destello de algo allí: gratitud, tal vez, o una confianza naciente.

• ¿Por qué hiciste eso, Marco? - la voz de Carolina era apenas un susurro, compitiendo con el zumbido mecánico del ascensor. - No me refiero solo al trabajo. A la forma en que hablaste de mí. Hiciste que pareciera... un activo. Una herramienta.

- Porque ese es el lenguaje que ellos hablan. - respondí, mi voz descendiendo a un registro de honestidad cruda. Observé cómo su mirada permanecía fija en la mía, buscando la mentira. - Y porque, en cierto modo, lo eres... para mí.

Carolina me miró, frunciendo el ceño en una mezcla de desconcierto y una repentina y aguda comprensión. El aire en el ascensor se sentía denso, el silencio extendiéndose entre nosotros como un cable tensado.

- Llevo poco más de dos años en la junta. – expliqué, dejando escapar un suspiro cansado mientras me apoyaba contra la fría pared metálica del ascensor. La miré, viendo la confusión arremolinarse en aquellos ojos inteligentes y penetrantes. - Maddie y Edith son dos de las personas más humanas de esa sala. ¿La mayoría? Ven los centros de operaciones como nada más que signos de dinero, márgenes de beneficio sin un ápice de interés por el contexto humano. Por eso, si alguna vez llego a ocupar el lugar de Edith, necesitaré a alguien como tú a mi lado. Alguien que no pueda ignorar a la persona detrás de los números.

El ascensor anunció su llegada con un tintineo de una claridad metálica y aguda, un sonido que enmascaró eficazmente el súbito rubor carmesí que trepaba por el cuello de Carolina. Ella me miró, con una expresión que era un cóctel de incredulidad y una esperanza incipiente y aterradora. El peso de mi confesión (que ella no era simplemente un interés romántico, sino un ancla estratégica para un futuro que yo estaba construyendo activamente) parecía vibrar entre nosotros.

Mientras la guiaba hacia mi oficina, ella notó un cambio en la atmósfera. Mientras que el piso 17 era una catedral al ego (todo dorado, mármol, terciopelo y techos imponentes), mi santuario era un estudio de minimalismo. Tenía una vista decente de la ciudad y unos pocos muebles funcionales, carentes de la pretenciosa opulencia de mis colegas. Sin embargo, yo tenía la libertad de entrar en el fastuoso despacho del CEO sin cita previa, un privilegio nacido de una confianza que no requería una barrera de caoba.

infidelidad consentida

Retrocedí, señalando el sofá de cuero rojo (la pieza de mobiliario más cómoda de la habitación) mientras empezaba a preparar café. Esperando a que la máquina siseara y goteara, Carolina no se sentó. Se deslizó hacia mi área de trabajo, con la mirada recorriendo las filas de manuales técnicos en mi estantería y la disposición utilitaria de mi escritorio. Se detuvo junto a mi computadora portátil y luego volvió a mirarme, con una expresión cambiante al darse cuenta de que, a pesar de mi cargo y del poder que ejercía en el piso 17, mis gustos seguían siendo obstinadamente sencillos.

El aroma del café de tueste medio empezó a florecer. Vertí el líquido en dos tazas de cerámica (sencillas, negras mate, sin logotipos) y caminé hacia ella. El vapor se elevaba en cintas delgadas y arremolinadas, capturando la luz de la mañana que se filtraba a través del cristal.

Ella estaba de pie junto al borde de mi escritorio de caoba, con el dedo recorriendo la veta de la madera justo al lado del marco plateado del retrato. En la foto, Marisol se reía, con la cabeza inclinada hacia atrás, mientras nuestras hijas se aferraban a nuestras piernas como pequeños percebes durante aquel sofocante viaje por carretera a la costa en verano. El tacto de Carolina era ligero, casi vacilante, como si temiera que el mero acto de reconocer a mi familia destrozara el frágil puente que estaba construyendo hacia mí.

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• Pareces felizmente casado. - observó Carolina, con la voz apenas por encima de un susurro. Su dedo permaneció sobre el cristal de la fotografía, trazando la curva de la sonrisa de Marisol. - Tu esposa es linda y tus hijas se ven felices.

- Marisol es la mejor. - respondí, entregándole la taza.

Mientras la cerámica pasaba de mi agarre al suyo, nuestros dedos se rozaron (un contacto fugaz, accidental) y sentí un ligero temblor en su mano, un eco persistente de la adrenalina del enfrentamiento en la misma habitación con Edith y Maddie.

- Ella es mi mejor amiga. Me aceptó como esposo y me siguió hasta aquí, para forjar nuestra vida como familia.

Finalmente se hundió en el sofá de cuero rojo, y el material dejó escapar un siseo largo y lento al aceptar su peso. Sostenía la taza con ambas manos, acercándola a su rostro para inhalar el vapor, aunque no bebió. Su blazer color crema estaba ligeramente arrugado ahora, y las líneas nítidas de los hombros se suavizaron al dejar caer finalmente su guardia.

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• ¡Esa Maddie es aterradora! - dijo Carolina, mientras una sonrisa pequeña y genuina tiraba finalmente de la comisura de su boca al levantar la vista del vapor de su café.

- En realidad, no. - corregí, apoyándome en el borde de mi escritorio y cruzando los tobillos. Observé la manera en que la luz resaltaba el oro de sus pendientes. - Es... territorial. Especialmente cuando otras mujeres me toman la mano con firmeza.

Carolina sonrió ante esto, y la expresión llegó a sus ojos, suavizando la línea afilada y decidida de su mandíbula.

• Entonces... supongo que tú y ella... son cercanos, ¿Verdad? - preguntó, y su voz descendió hasta convertirse en un ronroneo aterciopelado.

Mientras hablaba, extendió la mano, deslizando la palma sobre la tela de mis pantalones para posarse firmemente sobre mi muslo. El calor de su tacto se filtró a través de la tela, un reconocimiento silencioso de la tensión que se había estado acumulando desde el viaje en el ascensor.

- ¡Sí! - respondí, ensanchando mi sonrisa mientras miraba su mano sobre mi muslo. - Hemos puesto a prueba el aislamiento acústico de mi oficina unas cuantas veces.

Carolina rio suavemente, un sonido que contrastaba melódicamente con el silencio estéril y zumbante de la planta corporativa fuera de mi puerta.

• ¿Hizo mucho ruido? - preguntó ella en tono burlón, con los ojos bailando entre la curiosidad y una chispa competitiva y juguetona.

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- No tanto como tú. - respondí con una sonrisa maliciosa, el tipo de mirada que suele preceder a una distracción muy productiva del trabajo.

Colocó la taza en el suelo con un golpe sordo, la cerámica tintineando contra la alfombra mientras se impulsaba hacia arriba. La transición de la compostura corporativa al deseo puro fue instantánea; en un momento era candidata a un puesto de supervisión y, al siguiente, era una mujer reclamando una promesa. Nuestro beso fue frenético, con sabor a café y a una adrenalina reprimida durante mucho tiempo. Al dejarse caer de rodillas, sus dedos manipularon la hebilla de mi cinturón con una eficiencia rítmica y practicada que hablaba de su precisión de paramédico: rápida, segura y carente de vacilaciones.

• ¡Permíteme agradecerte por seguir el procedimiento adecuado! - susurró Carolina, su voz un contraste sensual con el silencio clínico de la oficina.

Mientras navegaba por la tela de mis bóxers, su tacto fue una clase magistral de eficiencia paramédica: preciso, urgente y totalmente concentrado. No solo quería complacerme; quería reclamar el espacio que Maddie había intentado aislar durante nuestra reunión. Al acercarse, el aroma de su piel, una mezcla de vainilla suave y la frescura persistente del aire corporativo, abrumó el aroma restante del café.

El aire en la oficina parecía espesarse; el aroma del café de tueste medio ahora competía con el almizcle del perfume de Carolina y el tenue y metálico sabor del aire acondicionado. Mientras se arrodillaba ante mí, la tela de sus pantalones color crema se tensaba sobre sus muslos, el material cediendo ligeramente ante su complexión atlética. Sentí que el aire frío de la habitación golpeaba mi piel en el momento en que ella deslizó mis pantalones y calzoncillos hacia abajo, un contraste que me hizo estremecer involuntariamente.

Carolina no levantó la vista inmediatamente. Hizo una pausa, con la mirada fija en mí con una intensidad enfocada que reflejaba esa *visión de túnel* que yo había elogiado en la oficina de Edith. Extendió la mano y las yemas de sus dedos (frías y firmes) rozaron la piel sensible de mi muslo interno. El toque fue ligero, casi clínico, antes de que ella cambiara el peso de su cuerpo, con sus tacones negros haciendo un clic suave sobre el suelo de madera mientras buscaba una posición más estable.

Al desabrochar mis pantalones, dejó escapar un suave jadeo, y sus pequeños ojos marrones se agrandaron a medida que la tela cedía.

• ¡Sigo pensando que eres mucho más que simplemente *promedio*, Marco! - murmuró, con la voz descendiendo a un registro ronco que vibró en el pequeño espacio entre nosotros, una confesión que se sintió como una vuelta de victoria.

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Se inclinó hacia adelante, y el movimiento hizo que su chaqueta de lana se desplazara, dejando al descubierto el delicado encaje de su camiseta de tirantes. Alargué la mano y mis dedos se enredaron en uno de sus rizos oscuros, atrayéndola ligeramente hacia mí. El sonido de su respiración cambió; se volvió rítmico y profundo, mientras sus labios cálidos y su lengua juguetona ya salivaban por la anticipación.

El primer roce de sus labios fue un choque cálido y deliberado. No se apresuró; exploró, su lengua trazando mi longitud con una precisión lenta y metódica. Solté un suspiro brusco y mi cabeza golpeó el borde del escritorio de caoba detrás de mí con un golpe sordo. La sensación era abrumadora: la suavidad de su boca contrastaba con la presión firme y segura de su agarre en mis caderas.

- ¡Dios, Carolina! - gemí, y el sonido resonó en las paredes insonorizadas, haciendo que mi voz sonara extraña incluso para mí.

Estaba trabajando con ese mismo enfoque singular y aterrador que aplicaba a un paciente en estado crítico, como si mi placer fuera el único signo vital en la habitación que importara. Hizo una pausa por un instante, mirándome con las pupilas dilatadas que absorbían el dorado del sol de la tarde, con una sonrisa triunfante curvando sus labios antes de descender nuevamente, convirtiendo sus movimientos en una danza fluida y rítmica de calidez y precisión. Sabía el efecto que provocaba, su lengua trazando mi línea sensible con una cadencia lenta y metódica que desmoronó mi compostura. Entonces, reanudó su labor con un gemido suave y satisfecho.

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Carolina recuperó su ritmo con tal intensidad que sus movimientos se convirtieron en una danza fluida y rítmica de calidez y precisión. Cada deslizamiento de sus labios se sentía como un impacto. Me sorprendí aferrando el borde del escritorio de caoba, con los nudillos volviéndose blancos mientras la sobrecarga sensorial alcanzaba su punto máximo. La ira territorial de Maddie, los juegos corporativos de Edith y la presión acechante de la junta desaparecieron en un borrón de lana color crema y cuero negro. Carolina no se limitaba a darme placer; estaba borrando el mundo corporativo de la habitación, una caricia enfocada y deliberada a la vez.

Mientras trabajaba, noté la forma en que usaba sus manos para estabilizarse, presionando las palmas contra la alfombra. El rítmico *scritch-scratch* de sus zapatos de tacón desplazándose contra el suelo se convirtió en el único sonido de la habitación, a excepción de mi propia respiración agitada. Alargué la mano hasta encontrar la nuca, masajeando con el pulgar la base de su cráneo. Ella se dejó llevar por el contacto, mientras un pequeño zumbido de satisfacción vibraba en su garganta. La intimidad era repentina y cruda, un contraste rotundo con el entorno estéril y calculado que acabábamos de dejar en el piso 17.

De repente, el distante *ding* del ascensor resonó desde el pasillo, una puntuación metálica y aguda que atravesó la bruma de la habitación. Luego llegó el tenue y rítmico *clac-clac-clac* de unos tacones marchando por el corredor. El sonido se hizo más fuerte, una cadencia depredadora que señalaba una tormenta aproximándose; sin embargo, Carolina no se congeló. Ni siquiera parpadeó. Su visión de túnel había pasado de una emergencia médica a una sensorial, y su enfoque se redujo al calor y la fricción de mi piel. Permaneció anclada, con las palmas presionando la alfombra y sus labios continuando su danza rítmica con una precisión obstinada e inquebrantable.

Al ver que la puerta se abría, pude jurar que estaba a punto de sufrir un ataque al corazón, el repentino pico de adrenalina chocando violentamente con el calor lánguido del momento. Intenté retirarme, un tirón reflexivo de caderas que habría sido una retirada torpe si Carolina no hubiera sujetado mis muslos con sus manos. Su agarre era una prensa, sus dedos clavándose en mi piel con una fuerza que no admitía escapatoria. Ni siquiera miró hacia la puerta; simplemente ajustó su ángulo, mientras su lengua trazaba una línea lenta y posesiva hacia arriba, como para decirle a la intrusa que el territorio ya estaba ocupado.

o ¡Lo sabía! ¡Maldita sea! ¡Lo sabía! - La voz de Maddie explotó en la habitación, un estallido sónico de indignación que destrozó el pesado silencio del aislamiento acústico.

64: Procedimiento adecuado (II)

Me quedé gélido, mis músculos bloqueándose en un espasmo reflexivo de pánico, pero Carolina ni siquiera se inmutó. Permaneció anclada, sus manos apretando mis muslos con una firmeza que se sentía como un tornillo, sus ojos fijos en su tarea con ese mismo enfoque clínico e inquebrantable que había salvado la vida de Edith. No miró hacia la puerta; no reconoció la tormenta que acababa de irrumpir en mi santuario. En su lugar, aumentó la presión, su lengua trazando una línea lenta y posesiva, como para señalarle al intruso que el territorio ya estaba reclamado.

Maddie estaba en el umbral, su silueta enmarcada por la luz blanca y estéril del pasillo. Estaba apoyada contra el marco, con los brazos cruzados firmemente sobre el pecho y el rostro convertido en una máscara de indignación triunfante. Sus ojos no estaban abiertos por la sorpresa; estaban entornados, escaneando la escena con la precisión de un contador forense auditando un libro de contabilidad fraudulento.

o ¡Eres increíble, Marco! - escupió Maddie, aunque el fuego de su voz estaba atenuado por una diversión fría y analítica.

No parecía sorprendida, sino más bien como si acabara de encontrar la pieza faltante de un rompecabezas que había estado resolviendo obsesivamente durante la última hora.

o Sospechaba algo por la forma en que te tomaba la mano... pero esto es mucho peor. ¡Suéltalo, bruja!

Maddie cerró la puerta de un portazo con un golpe violento y definitivo que resonó como un mazo en un tribunal. No se limitó a caminar hacia nosotros; marchó, sus tacones golpeando el suelo con una precisión rítmica y depredadora que señalaba una colisión inminente. Por una fracción de segundo, mientras se cernía sobre mí, con el rostro encendido por una mezcla de rabia y excitación, genuinamente pensé que me iba a abofetear. En su lugar, Maddie cayó de rodillas con un impacto súbito y pesado, chocando su hombro contra el de Carolina con la fuerza suficiente para hacer que la mujer más pequeña retrocediera tambaleándose.

infidelidad consentida

o ¡Déjalo ir! ¡Es mío! - La voz de Maddie era una orden, no una petición.

Sin darle a Carolina un segundo para reaccionar, Maddie se lanzó hacia adelante, conectando su hombro con el de la otra mujer con un golpe seco. El impacto hizo que Carolina se deslizara hacia atrás sobre la madera, con una expresión de puro y asombrado desconcierto. Entonces, Maddie comenzó a chuparme ella misma, su boca cerrándose con un hambre territorial que rozaba la desesperación.

El cambio repentino en la habitación fue caótico. El aire, previamente denso por la intimidad lenta y rítmica del enfoque de Carolina, fue ahora tajado por la energía frenética y territorial de Maddie. La transición fue tan abrupta que mi cuerpo permaneció en un estado de animación suspendida; mis nervios seguían disparándose por el toque metódico de Carolina mientras mi mente luchaba por procesar la repentina llegada de Maddie.

Maddie no se limitó a arrodillarse; descendió como una tormenta. El aroma de su perfume cítrico se intensificó, convirtiéndose en un contraste agudo y ácido frente a las notas suaves y florales que Carolina había dejado atrás. Mientras empujaba a Carolina a un lado, la fricción de sus telas crema y negra creó un breve siseo estático. Carolina retrocedió unos centímetros, sus tacones resonando torpemente sobre la madera dura mientras recuperaba el equilibrio, con una expresión de puro asombro y ojos muy abiertos.

- ¡Maddie, detente! - jadeé, aunque mi cuerpo traicionaba la protesta y mi voz sonaba tensa y sin aliento.

Su acercamiento era un torbellino de desesperación, una reclamación territorial que no dejaba espacio para la gracia metódica que Carolina acababa de brindar.

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Maddie no respondió con palabras. Ya había reclamado su territorio. Sus labios estaban calientes, su aproximación era agresiva y carente de la paciencia clínica que Carolina había empleado. Donde Carolina había sido una cirujana, Maddie era una conquistadora. Sentí la presión repentina y aguda de sus dientes rozándome (una marca posesiva), seguida por el deslizamiento húmedo e insistente de su lengua.

Gemí, y mi cabeza golpeó el escritorio de caoba. La sensación era una yuxtaposición aterradora; estaba atrapada entre el eco agonizante de un fuego lento y la ignición repentina de un incendio forestal. Mis manos, que aún flotaban en el aire desde el momento anterior, encontraron apoyo en los hombros de Maddie. La tela de su traje profesional estaba fresca y tersa bajo mis palmas, un contraste rotundo con el calor que irradiaba su boca.

A nuestro lado, Carolina permanecía anclada al suelo, con una respiración pesada y errática. No retrocedió más; al contrario, se inclinó hacia delante, y su mirada pasó de un estado de shock a uno de intensa curiosidad analítica. Observaba el frenesí territorial de Maddie como si se tratara de un caso de estudio médico, sus ojos siguiendo la forma desesperada en que los dedos de Maddie se clavaban en mis muslos.

• Tú... podrías... compartir. - propuso Carolina, con la voz temblando ligeramente, aunque sus ojos permanecían fijos en la escena con una intensidad que rozaba lo académico.

o ¡Puedo hacer lo que me dé la gana en su oficina, Vargas! - masculló Maddie contra mí, con la voz amortiguada, pero destilando autoridad corporativa. Se apartó por un segundo, mirando a Carolina con un destello depredador en los ojos. Su lápiz labial estaba ligeramente corrido, un defecto raro en su armadura, por lo demás, perfecta. - ¡Este es mi dominio! ¡Él es mi juguete favorito! ¡Tú eres meramente una invitada!

Maddie regresó a mí con vigor renovado, su lengua girando alrededor de la cabeza de mi miembro con una presión similar a la de un vacío que hizo que mis dedos se encogieran contra los zapatos. Sentí que la tensión en la parte baja de mi espalda se intensificaba, con mis caderas impulsándose involuntariamente hacia adelante.

- Maddie, estamos... estamos en la oficina. - jadeé, las palabras apenas escapando de mi garganta como un sonido rasgado y roto.

No hice ningún movimiento para apartarme; en su lugar, mis manos buscaron un agarre desesperado en el borde del escritorio de caoba.

o ¿Y qué? ¿Acaso tiene más privilegios por ser carne fresca? - replicó Maddie, con una voz que era un ronroneo bajo y gutural que vibraba contra mi piel.

Cambió de posición, apoyándose sobre los talones para lograr un mejor ángulo, mientras sus ojos se clavaban en los míos con un hambre feroz y posesiva. Quería que la viera tomando lo que creía que le pertenecía, reclamando su territorio con cada deslizamiento húmedo y rítmico.

companera de trabajo

Carolina, al ver la intensidad del momento, no retrocedió. Mientras Maddie trabajaba en mi miembro con un hambre desesperada y territorial, a Carolina se le hacía agua la boca por la punta. No veía a Maddie como una rival, sino como una socia en una colaboración repentina y no planificada.

• ¡Estás dejando la punta libre! - susurró Carolina, recuperando esa cadencia firme y profesional que utilizaba al tratar a un paciente. No sonaba ofendida por la agresión de Maddie; sonaba como si estuviera observando un fallo técnico en un procedimiento. - Es tan largo... ¡Podrías compartir!

Maddie soltó un bufido, un ruido brusco de indignación que fue casi engullido por la succión húmeda de su boca.

o ¡Cállate, zorrita! - logró mascullar, aunque en realidad no se apartó. Al contrario, el desafío en la voz de Carolina la animó.

Carolina no se calló; simplemente cambió a una marcha superior de precisión clínica. Mientras Maddie continuaba acariciando con la nariz la base y mis testículos con un hambre territorial, Carolina se inclinó, abriendo los labios para reclamar la punta expuesta. La disonancia sensorial era absoluta. Abajo, Maddie era una tormenta de succión agresiva y húmeda, con la boca trabajando con una urgencia desesperada por recuperar su territorio. Arriba, Carolina era un contraste calmante y experimental, con su lengua girando alrededor del glande con el enfoque constante de un cirujano. Sentí como si mi sistema nervioso estuviera siendo tirado en dos direcciones opuestas, un tira y afloja de placer que amenazaba con romper mi compostura por completo.

Maddie sintió el cambio en la tensión de mis músculos, la forma en que mis muslos se bloquearon y mi respiración se convirtió en un ritmo irregular y roto. No bajó el ritmo; al contrario, se entregó al caos, y sus movimientos se convirtieron en un borrón de intensidad territorial y enfocada. El sonido en la habitación cambió: el zumbido estéril del aire acondicionado fue ahogado por el sonido húmedo y golpeante de sus mejillas contra mis muslos y el *slurp* rítmico y salvaje de su esfuerzo. A su lado, Carolina seguía siendo el ancla estable, envolviendo la punta con sus labios con una precisión que se sentía como un ataque quirúrgico, su lengua girando en un contraste lento e hipnótico frente al hambre frenética de Maddie.

- ¡Oh, Dios! ¡Chicas! - gemí, y el sonido vibró a través de las paredes insonorizadas de mi santuario. Mis dedos se apretaron sobre los hombros de Maddie, mis uñas clavándose en la costosa lana de su chaqueta mientras luchaba por mantener un ápice de control. - ¡Me están haciendo correrme!

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Maddie levantó la vista, con los ojos salvajes y triunfantes. No se detuvo. Aumentó la succión, su lengua girando con una fuerza desesperada y posesiva, mientras que los labios de Carolina proporcionaban un sello suave y contrastante justo en la cima. El mundo se redujo al punto donde mis terminaciones nerviosas se encontraban con su calor.

La descarga me golpeó como si fuera un autobús real, una colisión física que me dejó sin aire. Mis caderas se impulsaron hacia adelante con un sacudón violento y descontrolado, y mi espalda se arqueó tan bruscamente contra el escritorio de caoba que sentí un chasquido distinto y audible en la zona lumbar. Un sonido gutural, mitad sollozo y mitad grito, escapó de mi garganta mientras la primera ola de calor me atravesaba, una corriente eléctrica que volvió mi visión blanca. Sentí la garganta de Maddie apretarse a mi alrededor, su succión convirtiéndose en un vacío que parecía extraer el alma misma de mi cuerpo, mientras que los pulsos rítmicos de la lengua de Carolina actuaban como un catalizador, llevando la sensación a un punto más profundo y penetrante.

- Sí... justo así... - jadeé, con los ojos poniéndose en blanco mientras el mundo se disolvía en un borrón de calor blanco y estática. - ¡Trágatelo todo!

Maddie no se apartó cuando llegó el clímax; se inclinó hacia adelante, con los ojos clavados en los míos con un hambre feroz y competitiva. Aceptó cada gota, su garganta moviéndose en tragos rítmicos y poderosos que seguían el pulso de mi corazón. A su lado, Carolina dejó escapar un suspiro suave y satisfecho, sus labios demorándose en la punta, saboreando la sal y el calor, con una expresión de victoria profesional y silenciosa.

Durante unos segundos, el único sonido en la oficina fue la respiración pesada y agitada de tres personas y el distante y amortiguado *ding* del ascensor. Se sentía como si la habitación todavía vibrara por la intensidad, el aire espeso con el almizcle de la liberación compartida y el aroma de perfumes corporativos costosos.

Maddie fue la primera en moverse, retirándose con un sorbo lento y deliberado que dejó un hilo plateado y brillante conectando su labio con mi piel. Se sentó sobre sus talones, la tela costosa de sus pantalones tensándose contra sus muslos redondeados, y se limpió la boca con el dorso de la mano. Su pecho jadeaba bajo el encaje de su sujetador rojo a juego con su vestido; su compostura corporativa habitual había sido reemplazada por un brillo sonrosado y triunfante que la hacía parecer más joven y mucho más peligrosa.

• ¡Hmph! - resopló Maddie, mirando a Carolina con una expresión que estaba a medio camino entre una burla y un saludo. - ¡No está mal para ser una «aficionada»! ¡Tienes cierta... técnica, Vargas!

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