Chingada madre, todavía no puedo creer que yo, Andrea, de 21 años, midiendo un metro cincuenta y cinco, con este cabello negro, esté aquí escribiendo esto. Vivo sola en un depa chiquito en Cumbres, Monterrey, Nuevo León. Vine a estudiar, pero la neta el dinero no alcanza. La renta, la comida, el transporte… todo se va volando. Por eso empecé a mirar Tinder con otra intención.
No buscaba novio ni romance de película. Buscaba billete. Y así fue como di con él.
El perfil decía “Carlos, 45”. Foto de un güey bien cuidado, canas en las sienes, mirada de quién sabe cuántas veces ya ha hecho esto. Le escribí yo. Directa:
—Oye, ¿estás buscando solo cog3r o también pagar?
Él contestó casi de inmediato:
—Pagar. Quiero una putit4 joven, calladita y que aguante. ¿Cuánto?
Negociamos tres mil pesos por 2 horas. Él decía que quería “usar” a una morra de mi edad, que le gustaba sentir que tenía el control total, que le gustaba amarrar y humillar. Yo le dije que sí, que me gustaba el dinero y que si me trataba rudo mejor. Mentí un poco al principio… o eso creía. La verdad es que desde que leí sus mensajes se me m0jó la panoch4.
Quedamos en vernos en Plaza Cumbres. Yo me vestí con un vestidito beige clarito, casi transparente, sin br4sier, las perlas dobles al cuello, maquillaje con el eyeliner marcado y los labios rojos. El cabello suelto, con el flequillo cayéndome sobre la frente. Me veía como una putit4 de lujo, y eso me 3xcitaba más.
Llegué temprano. Él ya estaba ahí, apoyado en su camioneta negra. Alto, de unos 45 bien llevados, camisa negra arremangada, reloj caro. Me miró de arriba abajo como si ya me estuviera follando con la mirada.
—Andrea —dijo, sin preguntar.
—Sí.
—Súbete.
No me dio chance de decir nada más. Me subí al copiloto. El olor a colonia cara y a hombre me golpeó. Mientras manejábamos hacia el motel cercano (uno de esos de paso, con estacionamiento techado y habitaciones que se rentan por horas), él puso la mano en mi muslo y apretó fuerte.
—Quítate la ropa interior.
—No traigo —contesté, y era verdad. Solo el vestido y las perlas.
Él soltó una risa baja y fría.
—Qué putit4 tan lista. Ábrete las piernas ahora mismo.
Obedecí. Él metió la mano entre mis piernas y tocó mi c0ño ya húmedo. Se metió dos dedos de golpe, sin cuidado, y me apretó el clqtoris con el pulgar hasta que me quejé.
—Ya estás empapada, cabrona. ¿Te 3xcita que te paguen por ser una put4?
—Sí… —susurré.
—Dilo bien. Dilo fuerte o te saco del carro aquí mismo.
—Sí, me 3xcita que me pagues por ser tu put4.
Llegamos al motel. Él pagó la habitación más cara de las que tenían, la que tenía espejo en el techo y cama grande con barandales de metal. En cuanto entró la puerta se cerró con llave y el seguro. Me empujó contra la pared con tanta fuerza que se me fue el aire.
—De rodillas, put4.
Me arrodillé. Él se bajó el zipper y sacó una v3rga gruesa, semi dura, con las venas marcadas. Me agarró del cabello con las dos manos y me la acercó a la boca.
—Abre esa boca de put4. Y no uses los dientes o te voy a partir la cara.
Abrí la boca y la metió hasta el fondo de un solo empujón. Se me atragantó. Lágrimas me salieron de los ojos. Él no soltó. Me f0lló la garganta con fuerza, sujetándome de la cabeza como si yo fuera un juguete. Cada vez que intentaba retirarme me jalaba más hacia adelante.
—Así, putit4. Trágate toda esa v3rga. Eres una put4 que necesita dinero, ¿verdad? Dilo mientras .e la chup4s.
Intenté hablar con la boca llena, babosa y con los ojos llorosos:
—Sshoy put4… neceshito el dinero…
Él se rió y me sacó la v3rga de golpe. Un hilo grueso de saliva caía de mi labio inferior hasta la punta de su p3ne. Me dio una cachetada en la cara, no muy fuerte, pero suficiente para que me ardiera.
—Quítate el vestido. Déjate solo las perlas. Y date prisa, no me hagas esperar.
Me lo quité temblando. Me quedé d3snuda, con las perlas cayéndome entre mis t3tas de 105 cm y los p3zones duros. Él me miró y sacó de su bolsillo un par de esposas de metal. El sonido del clic me hizo temblar más.
—Sube a la cama. Boca abajo. Manos arriba, hacia la cabecera.
Obedecí. Él me subió las muñecas y me esposó a los barandales de la cama. El metal estaba frío. Me apretó las esposas hasta que me dolieron un poco.
—Ahora sí. Estás bien amarrada, putit4. No te puedes escapar ni aunque quieras.
Me dio una n4lgada tan fuerte que el ruido resonó en toda la habitación y me dejó la marca ardiendo.
—¡Ah, cabrón!
—Cállate la boca. Si te quejas te doy más y más fuerte.
Me dio otras cinco nalgadas seguidas, cada una más dura que la anterior. Me ardió el cul0. Luego sentí cómo me abría los labios de la panoch4 con los dedos de manera brusca y me escupía directo en el c0ño.
—Mira qué abierto lo tienes. Qué put4 tan necesitada. Estás goteando solo porque te amarré.
Sin más aviso me clavó la v4rga de un solo empujón. Hasta el fondo. Grité. Él me agarró de las caderas con fuerza y empezó a cog3rme duro, sin piedad, como si quisiera romperme. Cada embestida me hacía avanzar sobre la cama y las esposas me tiraban de las muñecas. Las perlas rebotaban contra mis t3tas.
—Di que te gusta, put4
—Me gusta… me gusta que me uses…
—Di que eres una put4 barata que se deja amarrar por dinero.
—Soy una put4 barata… que se deja amarrar por billete…
Él se inclinó sobre mi espalda, me agarró del cuello con una mano y me apretó mientras me seguía f0llando con violencia. Con la otra me jalaba el cabello hacia atrás.
—Más fuerte. Di que te gusta que te humillen y te traten como basura.
—Me encanta… que me traten como una put4… que me usen… que me amaren… que me paguen por mi coño…
Él me volteó de golpe, sin sacarse. Las esposas me torcieron un poco los brazos, pero no me soltó. Me puso de espaldas, me abrió las piernas hasta casi partirme y se metió de nuevo más profundo. Ahora me miraba a la cara mientras me daba. Me escupió en la boca y me obligó a tragar, sujetándome la mandíbula.
—Ábrete más. Quiero ver cómo te estiras, putit4.
Me abrí con las manos lo más que pude, aunque las esposas limitaban el movimiento. Él me miraba el c0ño engullendo su v3rga y se reía con desprecio.
—Qué rico se ve. Una niña de 21 tragándose una verg4 de hombre de verdad. ¿Cuántos novios pendejos te han f0llado antes? Ninguno te ha roto y humillado como yo, ¿verdad?
—Ninguno… —jadeé—. Nadie me ha c0gido así… nadie me ha amarrado…
Él me dio una cachetada más fuerte esta vez.
—Llámeme “señor”. Y pide permiso para correrte.
—Sí, señor…
—Otra vez. Más fuerte.
—Sí, señor… cog3me más duro, señor… por favor déjeme correrme, señor…
Él aceleró. El sonido de la piel golpeando piel llenaba la habitación. Me daba tan fuerte que la cama se movía y las esposas sonaban cada vez que me empujaba. Yo ya no pensaba en el dinero. Solo en cómo me estaba destrozando el c0ño, en las esposas que me sujetaban y en lo mucho que me gustaba ser tratada así. Me corrí sin poder aguantar, apretando la v3rga de él con fuerza, gritando. Él no paró. Me c0gió a través del 0rgasmo hasta que yo estaba temblando, babosa y llorando de placer.
Cuando sintió que se iba a venir, se salió, me subió a la cara y me vino en la boca y en la lengua. Me obligó a tragar todo, apretándome las mejillas.
—Trágatelo todo, put4. No desperdicies nada.
Me la metió de nuevo a la boca y me obligó a limpiarla con la lengua mientras él respiraba agitado. Después se dejó caer a mi lado. Yo seguía esposada, temblando, con el coño ardiendo, las perlas todavía puestas, el maquillaje corrido y la boca sabiendo a s3men.
Él sacó el celular, transfirió el dinero y me mostró la pantalla.
—Tres mil como quedamos. Si quieres más, me avisas. La próxima vez te voy a dejar más tiempo amarrada y te voy a usar hasta que no puedas caminar. ¿Te late, putit4?
—Sí, señor —contesté, y se me m0jó de nuevo solo de pensarlo.
Me desesposó. Me vestí despacio, con el vestido pegado a la piel por el sudor y las muñecas marcadas. Él me dejó en la plaza. Antes de bajarme me agarró la mandíbula con fuerza.
—La próxima vez te voy a amarrar más duro. Y te voy a marcar el cuello y las n4lgas. ¿Estás lista para eso?
—Sí, señor —contesté, casi sin voz.
Me bajé. Caminé hacia el Uber con las piernas temblando, el c0ño todavía goteando y las muñecas ardiendo por las esposas. En el camino a mi depa de Cumbres me toqué por encima del vestido. Todavía sentía su v3rga adentro. Todavía escuchaba su voz llamándome put4 y el sonido del metal de las esposas.
Y la neta… ya quiero que me vuelva a escribir.
.
No buscaba novio ni romance de película. Buscaba billete. Y así fue como di con él.
El perfil decía “Carlos, 45”. Foto de un güey bien cuidado, canas en las sienes, mirada de quién sabe cuántas veces ya ha hecho esto. Le escribí yo. Directa:
—Oye, ¿estás buscando solo cog3r o también pagar?
Él contestó casi de inmediato:
—Pagar. Quiero una putit4 joven, calladita y que aguante. ¿Cuánto?
Negociamos tres mil pesos por 2 horas. Él decía que quería “usar” a una morra de mi edad, que le gustaba sentir que tenía el control total, que le gustaba amarrar y humillar. Yo le dije que sí, que me gustaba el dinero y que si me trataba rudo mejor. Mentí un poco al principio… o eso creía. La verdad es que desde que leí sus mensajes se me m0jó la panoch4.
Quedamos en vernos en Plaza Cumbres. Yo me vestí con un vestidito beige clarito, casi transparente, sin br4sier, las perlas dobles al cuello, maquillaje con el eyeliner marcado y los labios rojos. El cabello suelto, con el flequillo cayéndome sobre la frente. Me veía como una putit4 de lujo, y eso me 3xcitaba más.
Llegué temprano. Él ya estaba ahí, apoyado en su camioneta negra. Alto, de unos 45 bien llevados, camisa negra arremangada, reloj caro. Me miró de arriba abajo como si ya me estuviera follando con la mirada.
—Andrea —dijo, sin preguntar.
—Sí.
—Súbete.
No me dio chance de decir nada más. Me subí al copiloto. El olor a colonia cara y a hombre me golpeó. Mientras manejábamos hacia el motel cercano (uno de esos de paso, con estacionamiento techado y habitaciones que se rentan por horas), él puso la mano en mi muslo y apretó fuerte.
—Quítate la ropa interior.
—No traigo —contesté, y era verdad. Solo el vestido y las perlas.
Él soltó una risa baja y fría.
—Qué putit4 tan lista. Ábrete las piernas ahora mismo.
Obedecí. Él metió la mano entre mis piernas y tocó mi c0ño ya húmedo. Se metió dos dedos de golpe, sin cuidado, y me apretó el clqtoris con el pulgar hasta que me quejé.
—Ya estás empapada, cabrona. ¿Te 3xcita que te paguen por ser una put4?
—Sí… —susurré.
—Dilo bien. Dilo fuerte o te saco del carro aquí mismo.
—Sí, me 3xcita que me pagues por ser tu put4.
Llegamos al motel. Él pagó la habitación más cara de las que tenían, la que tenía espejo en el techo y cama grande con barandales de metal. En cuanto entró la puerta se cerró con llave y el seguro. Me empujó contra la pared con tanta fuerza que se me fue el aire.
—De rodillas, put4.
Me arrodillé. Él se bajó el zipper y sacó una v3rga gruesa, semi dura, con las venas marcadas. Me agarró del cabello con las dos manos y me la acercó a la boca.
—Abre esa boca de put4. Y no uses los dientes o te voy a partir la cara.
Abrí la boca y la metió hasta el fondo de un solo empujón. Se me atragantó. Lágrimas me salieron de los ojos. Él no soltó. Me f0lló la garganta con fuerza, sujetándome de la cabeza como si yo fuera un juguete. Cada vez que intentaba retirarme me jalaba más hacia adelante.
—Así, putit4. Trágate toda esa v3rga. Eres una put4 que necesita dinero, ¿verdad? Dilo mientras .e la chup4s.
Intenté hablar con la boca llena, babosa y con los ojos llorosos:
—Sshoy put4… neceshito el dinero…
Él se rió y me sacó la v3rga de golpe. Un hilo grueso de saliva caía de mi labio inferior hasta la punta de su p3ne. Me dio una cachetada en la cara, no muy fuerte, pero suficiente para que me ardiera.
—Quítate el vestido. Déjate solo las perlas. Y date prisa, no me hagas esperar.
Me lo quité temblando. Me quedé d3snuda, con las perlas cayéndome entre mis t3tas de 105 cm y los p3zones duros. Él me miró y sacó de su bolsillo un par de esposas de metal. El sonido del clic me hizo temblar más.
—Sube a la cama. Boca abajo. Manos arriba, hacia la cabecera.
Obedecí. Él me subió las muñecas y me esposó a los barandales de la cama. El metal estaba frío. Me apretó las esposas hasta que me dolieron un poco.
—Ahora sí. Estás bien amarrada, putit4. No te puedes escapar ni aunque quieras.
Me dio una n4lgada tan fuerte que el ruido resonó en toda la habitación y me dejó la marca ardiendo.
—¡Ah, cabrón!
—Cállate la boca. Si te quejas te doy más y más fuerte.
Me dio otras cinco nalgadas seguidas, cada una más dura que la anterior. Me ardió el cul0. Luego sentí cómo me abría los labios de la panoch4 con los dedos de manera brusca y me escupía directo en el c0ño.
—Mira qué abierto lo tienes. Qué put4 tan necesitada. Estás goteando solo porque te amarré.
Sin más aviso me clavó la v4rga de un solo empujón. Hasta el fondo. Grité. Él me agarró de las caderas con fuerza y empezó a cog3rme duro, sin piedad, como si quisiera romperme. Cada embestida me hacía avanzar sobre la cama y las esposas me tiraban de las muñecas. Las perlas rebotaban contra mis t3tas.
—Di que te gusta, put4
—Me gusta… me gusta que me uses…
—Di que eres una put4 barata que se deja amarrar por dinero.
—Soy una put4 barata… que se deja amarrar por billete…
Él se inclinó sobre mi espalda, me agarró del cuello con una mano y me apretó mientras me seguía f0llando con violencia. Con la otra me jalaba el cabello hacia atrás.
—Más fuerte. Di que te gusta que te humillen y te traten como basura.
—Me encanta… que me traten como una put4… que me usen… que me amaren… que me paguen por mi coño…
Él me volteó de golpe, sin sacarse. Las esposas me torcieron un poco los brazos, pero no me soltó. Me puso de espaldas, me abrió las piernas hasta casi partirme y se metió de nuevo más profundo. Ahora me miraba a la cara mientras me daba. Me escupió en la boca y me obligó a tragar, sujetándome la mandíbula.
—Ábrete más. Quiero ver cómo te estiras, putit4.
Me abrí con las manos lo más que pude, aunque las esposas limitaban el movimiento. Él me miraba el c0ño engullendo su v3rga y se reía con desprecio.
—Qué rico se ve. Una niña de 21 tragándose una verg4 de hombre de verdad. ¿Cuántos novios pendejos te han f0llado antes? Ninguno te ha roto y humillado como yo, ¿verdad?
—Ninguno… —jadeé—. Nadie me ha c0gido así… nadie me ha amarrado…
Él me dio una cachetada más fuerte esta vez.
—Llámeme “señor”. Y pide permiso para correrte.
—Sí, señor…
—Otra vez. Más fuerte.
—Sí, señor… cog3me más duro, señor… por favor déjeme correrme, señor…
Él aceleró. El sonido de la piel golpeando piel llenaba la habitación. Me daba tan fuerte que la cama se movía y las esposas sonaban cada vez que me empujaba. Yo ya no pensaba en el dinero. Solo en cómo me estaba destrozando el c0ño, en las esposas que me sujetaban y en lo mucho que me gustaba ser tratada así. Me corrí sin poder aguantar, apretando la v3rga de él con fuerza, gritando. Él no paró. Me c0gió a través del 0rgasmo hasta que yo estaba temblando, babosa y llorando de placer.
Cuando sintió que se iba a venir, se salió, me subió a la cara y me vino en la boca y en la lengua. Me obligó a tragar todo, apretándome las mejillas.
—Trágatelo todo, put4. No desperdicies nada.
Me la metió de nuevo a la boca y me obligó a limpiarla con la lengua mientras él respiraba agitado. Después se dejó caer a mi lado. Yo seguía esposada, temblando, con el coño ardiendo, las perlas todavía puestas, el maquillaje corrido y la boca sabiendo a s3men.
Él sacó el celular, transfirió el dinero y me mostró la pantalla.
—Tres mil como quedamos. Si quieres más, me avisas. La próxima vez te voy a dejar más tiempo amarrada y te voy a usar hasta que no puedas caminar. ¿Te late, putit4?
—Sí, señor —contesté, y se me m0jó de nuevo solo de pensarlo.
Me desesposó. Me vestí despacio, con el vestido pegado a la piel por el sudor y las muñecas marcadas. Él me dejó en la plaza. Antes de bajarme me agarró la mandíbula con fuerza.
—La próxima vez te voy a amarrar más duro. Y te voy a marcar el cuello y las n4lgas. ¿Estás lista para eso?
—Sí, señor —contesté, casi sin voz.
Me bajé. Caminé hacia el Uber con las piernas temblando, el c0ño todavía goteando y las muñecas ardiendo por las esposas. En el camino a mi depa de Cumbres me toqué por encima del vestido. Todavía sentía su v3rga adentro. Todavía escuchaba su voz llamándome put4 y el sonido del metal de las esposas.
Y la neta… ya quiero que me vuelva a escribir.
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1 comentarios - La primera ves que me pagan por sexo y me encanto