
Llegué del laburo con la cabeza quemada y el único plan que tenía era desconectar. Prendí la PC, abrí el LoL y me perdí un rato entre partidas, puteadas y esa sensación de “una más y cierro” que nunca termina siendo una sola.
Cuando finalmente me cansé, me fui directo a la ducha. El agua caliente me relajó y, mientras me enjabonaba, agarré el celular. Ahí empezó otra clase de juego.
Entre provocaciones, indirectas y bastante confianza, terminamos arreglando que nos viéramos esa misma noche.

Los mensajes se fueron poniendo cada vez más eróticos y directos. Yo sabía perfectamente hacia dónde iba la conversación y, sinceramente, no tenía ninguna intención de frenarla

Salí de la ducha con otra energía. Me arreglé, dejé todo listo y me quedé esperando. Ya tenía esa mezcla de ansiedad y anticipación que aparece cuando sabés que alguien está por llegar y que la noche probablemente no va a terminar temprano.



Cuando finalmente apareció, bastó cruzar un par de miradas para confirmar que toda la conversación previa no había sido puro chamuyo. La tensión estaba ahí, palpable. Nos acercamos, empezamos con besos y caricias, y poco a poco dejamos de prestar atención al resto del mundo.

La noche terminó siendo exactamente lo que prometía: intensa, cómplice y con esa sensación de haber encontrado justo lo que necesitaba después de un día largo.
Cuando finalmente nos quedamos tranquilos, pensé en cómo había empezado todo: laburo, LoL, una ducha y unos mensajes al azar. Definitivamente, una noche que salió demasiado bien.
3 comentarios - Qué buen día