El departamento era pequeño, un monoambiente algo que decian era una cocina y un baño chico. Habían decidido mudarse juntos para repartir el alquiler. Matías y Lucas, ambos de veintidós años, compañeros de la facultad de Psicología. Amigos desde el primer año.
Lucas había llegado esa tarde con los bolsos. Matías debía aparecer recién a las ocho, después de una clase. Pero a las seis y media, ya estaba en el palier del edificio.
Lucas estaba en el baño.
Se había quedado solo, con sus bolsos a medio abrir, y de golpe la tentación lo había ganado. Había sacado de una cajita negra, bien escondida, la ropa. La que nadie conocía. La que usaba solo cuando estaba seguro de que nadie iba a entrar.
Mini short de lycra negro, tan corto que apenas cubría el arranque de los muslos. Arriba, una remerita blanca ajustada que le marcaba el pecho. Y debajo… la tanga rutera. Negra, de encaje fino, con la abertura justa en la entrepierna: no hacía falta sacársela para nada. El elástico delgado se le metía entre los glúteos y el triángulo delantero le dejaba la verga libre, semi erecta, asomando por la ranura.
Se miró en el espejo del baño. Se pasó una mano por la cintura. El short subía demasiado. Se veía el borde de la tanga cuando se inclinaba, y si se miraba de frente, la cabeza de su pija asomaba por la abertura. Puteó en voz baja, excitado y avergonzado al mismo tiempo.
Entonces escuchó la llave en la cerradura.
—¡Lucas! ¡Llegué temprano, boludo! La profe canceló.
El corazón se le fue a la garganta. No había tiempo. Salió del baño con el short todavía puesto, la remera a medio acomodar, y se quedó congelado en el umbral de la habitación.
Matías estaba en la puerta, con la mochila colgando de un hombro. Lo miró. Primero con confusión. Después con los ojos cada vez más abiertos.
—¿Qué…?
Lucas no pudo hablar. Solo se cruzó de brazos, inútilmente, como si pudiera taparse.
Matías cerró la puerta despacio. Dejó la mochila en el piso. Dio dos pasos.
—Estás…
Lucas tragó saliva.
—Es… una boludez. No sé. A veces… me gusta.
Matías no contestó. Se le acercó. Lo miró de arriba abajo. El mini short. Las piernas afeitadas. El bulto que se marcaba debajo de la tela fina del short… y algo más: la punta rosada de su pija asomando por el borde del short.
—Levantá la remera —dijo.
No fue una pregunta.
Lucas obedeció, temblando. Levantó la tela. Quedó a la vista el elástico negro de la tanga, el triángulo de encaje.
Matías exhaló por la nariz, lento.
—Da una vuelta.
Lucas se dio la vuelta. El short era tan corto que, al inclinarse apenas, se le veía el elástico de la tanga metiéndose entre los glúteos. Matías se acercó por detrás. Le puso una mano en la cadera. Después la otra. Le bajó un centímetro el short, solo para ver mejor.
—Tenés una tanga puesta debajo… —susurró, casi contra su oreja
Lucas asintió, sin poder mirarlo.
Matías le pasó un dedo por el elástico que se le perdía entre las nalgas. Lo siguió hacia abajo, despacio, hasta que el dedo rozó el agujero expuesto, sin tela de por medio. La abertura de atrás también estaba ahí: no hacía falta correr nada.
—Estás duro —dijo Matías, y su voz ya no era de sorpresa. Era de hambre.
Lucas sintió cómo la mano de Matías le daba la vuelta, le metia la mano en el short y le agarraba la chota. La apretó, la sobó, la sintió caliente y ya goteando.
—Hace cuánto que te vestís así —preguntó, sin dejar de tocarlo.
—Desde… el año pasado. Cuando me quedaba solo en lo de mis viejos.
Matías le bajó el short de un tirón. Cayó a los tobillos. Quedó solo con la tanga : la pija libre por delante, el culo libre por detrás, el encaje negro enmarcando todo.
Matías se arrodilló detrás de él. Le abrió las nalgas con las dos manos. Miró. El agujero expuesto, rosado, sin nada que lo tapara. Le pasó la lengua directo. Lucas soltó un gemido ahogado y se apoyó en la pared.
—Matías…
—Callate —le contestó contra la piel—. Dejame ver.
Le lamió el agujero con la lengua ancha y caliente, sin apuro. Lucas temblaba. Se le endureció más la pija.
Matías se paró. Le dio la vuelta otra vez. La verga de Lucas saltaba libre por la ranura, dura, rosada, con una gota brillante en la punta. Matías la miró un segundo y después se la metió en la boca, de un solo movimiento, hasta el fondo.
Lucas jadeó. Le agarró el pelo a Matías sin pensarlo. Matías chupaba lento, profundo, mirándolo desde abajo. Cada tanto sacaba la boca y le lamía solo la cabeza, mientras con la mano libre le apretaba los huevos a través del encaje.
Después se paró. Se sacó la remera. Se bajó el pantalón. Estaba igual de duro. Le dio la vuelta a Lucas otra vez, le hizo apoyar las manos en la pared y le puso la pija entre las nalgas, frotándola contra el culo expuesto.
—¿Querés que te la meta así, vestido de putita, con la tanga puesta? —le susurró al oído.
Lucas asintió, casi sin voz.
—Decilo.
—Sí… metémela.
Matías escupió en la mano, se humedeció la verga y se la fue metiendo despacio por la abertura de atrás. Lucas apretó los dientes y después abrió la boca en un gemido largo cuando sintió cómo lo llenaba. Matías le agarró las caderas y empezó a cogerlo con golpes secos, mirando cómo el culo de Lucas se movía, cómo la tanga negra le enmarcaba la entrada, cómo la pija de Lucas salía libre por delante, golpeándose contra su propio vientre con cada embestida.
Matías le pasó una mano por delante y se la agarró , se la empezó a pajeár al mismo ritmo que lo cogía.
—Vamos a acabarnos juntos
Lucas no pudo contestar. Solo gemía. Matías aceleró. Le mordió el hombro por encima de la remera. Le apretó más fuerte la pija. Y cuando Lucas se vino, lo hizo con un grito ahogado, manchándose el vientre y la mano de Matías. El culo se le contrajo alrededor de la polla de Matías y eso lo empujó al borde. Matías se corrió adentro, profundo, con tres empujones finales y un gemido bajo contra la nuca de Lucas.
Se quedaron así un rato, pegados, respirando pesado. Matías le besó el cuello, todavía adentro, sin haberle sacado la tanga.
Después se separó despacio. Lucas se dio la vuelta. Tenía la cara roja, los ojos llorosos, la tanga todavía puesta, la poronga blanda asomando por la abertura, y el short en el piso.
Matías lo miró y sonrió, cansado y caliente a la vez.
—Así que esto es lo que escondías en la cajita negra.
Matías le pasó un dedo por el borde de la remerita, subiendo hasta el pezón.
—Bienvenido a la casa, entonces.
Y lo besó.
Lucas había llegado esa tarde con los bolsos. Matías debía aparecer recién a las ocho, después de una clase. Pero a las seis y media, ya estaba en el palier del edificio.
Lucas estaba en el baño.
Se había quedado solo, con sus bolsos a medio abrir, y de golpe la tentación lo había ganado. Había sacado de una cajita negra, bien escondida, la ropa. La que nadie conocía. La que usaba solo cuando estaba seguro de que nadie iba a entrar.
Mini short de lycra negro, tan corto que apenas cubría el arranque de los muslos. Arriba, una remerita blanca ajustada que le marcaba el pecho. Y debajo… la tanga rutera. Negra, de encaje fino, con la abertura justa en la entrepierna: no hacía falta sacársela para nada. El elástico delgado se le metía entre los glúteos y el triángulo delantero le dejaba la verga libre, semi erecta, asomando por la ranura.
Se miró en el espejo del baño. Se pasó una mano por la cintura. El short subía demasiado. Se veía el borde de la tanga cuando se inclinaba, y si se miraba de frente, la cabeza de su pija asomaba por la abertura. Puteó en voz baja, excitado y avergonzado al mismo tiempo.
Entonces escuchó la llave en la cerradura.
—¡Lucas! ¡Llegué temprano, boludo! La profe canceló.
El corazón se le fue a la garganta. No había tiempo. Salió del baño con el short todavía puesto, la remera a medio acomodar, y se quedó congelado en el umbral de la habitación.
Matías estaba en la puerta, con la mochila colgando de un hombro. Lo miró. Primero con confusión. Después con los ojos cada vez más abiertos.
—¿Qué…?
Lucas no pudo hablar. Solo se cruzó de brazos, inútilmente, como si pudiera taparse.
Matías cerró la puerta despacio. Dejó la mochila en el piso. Dio dos pasos.
—Estás…
Lucas tragó saliva.
—Es… una boludez. No sé. A veces… me gusta.
Matías no contestó. Se le acercó. Lo miró de arriba abajo. El mini short. Las piernas afeitadas. El bulto que se marcaba debajo de la tela fina del short… y algo más: la punta rosada de su pija asomando por el borde del short.
—Levantá la remera —dijo.
No fue una pregunta.
Lucas obedeció, temblando. Levantó la tela. Quedó a la vista el elástico negro de la tanga, el triángulo de encaje.
Matías exhaló por la nariz, lento.
—Da una vuelta.
Lucas se dio la vuelta. El short era tan corto que, al inclinarse apenas, se le veía el elástico de la tanga metiéndose entre los glúteos. Matías se acercó por detrás. Le puso una mano en la cadera. Después la otra. Le bajó un centímetro el short, solo para ver mejor.
—Tenés una tanga puesta debajo… —susurró, casi contra su oreja
Lucas asintió, sin poder mirarlo.
Matías le pasó un dedo por el elástico que se le perdía entre las nalgas. Lo siguió hacia abajo, despacio, hasta que el dedo rozó el agujero expuesto, sin tela de por medio. La abertura de atrás también estaba ahí: no hacía falta correr nada.
—Estás duro —dijo Matías, y su voz ya no era de sorpresa. Era de hambre.
Lucas sintió cómo la mano de Matías le daba la vuelta, le metia la mano en el short y le agarraba la chota. La apretó, la sobó, la sintió caliente y ya goteando.
—Hace cuánto que te vestís así —preguntó, sin dejar de tocarlo.
—Desde… el año pasado. Cuando me quedaba solo en lo de mis viejos.
Matías le bajó el short de un tirón. Cayó a los tobillos. Quedó solo con la tanga : la pija libre por delante, el culo libre por detrás, el encaje negro enmarcando todo.
Matías se arrodilló detrás de él. Le abrió las nalgas con las dos manos. Miró. El agujero expuesto, rosado, sin nada que lo tapara. Le pasó la lengua directo. Lucas soltó un gemido ahogado y se apoyó en la pared.
—Matías…
—Callate —le contestó contra la piel—. Dejame ver.
Le lamió el agujero con la lengua ancha y caliente, sin apuro. Lucas temblaba. Se le endureció más la pija.
Matías se paró. Le dio la vuelta otra vez. La verga de Lucas saltaba libre por la ranura, dura, rosada, con una gota brillante en la punta. Matías la miró un segundo y después se la metió en la boca, de un solo movimiento, hasta el fondo.
Lucas jadeó. Le agarró el pelo a Matías sin pensarlo. Matías chupaba lento, profundo, mirándolo desde abajo. Cada tanto sacaba la boca y le lamía solo la cabeza, mientras con la mano libre le apretaba los huevos a través del encaje.
Después se paró. Se sacó la remera. Se bajó el pantalón. Estaba igual de duro. Le dio la vuelta a Lucas otra vez, le hizo apoyar las manos en la pared y le puso la pija entre las nalgas, frotándola contra el culo expuesto.
—¿Querés que te la meta así, vestido de putita, con la tanga puesta? —le susurró al oído.
Lucas asintió, casi sin voz.
—Decilo.
—Sí… metémela.
Matías escupió en la mano, se humedeció la verga y se la fue metiendo despacio por la abertura de atrás. Lucas apretó los dientes y después abrió la boca en un gemido largo cuando sintió cómo lo llenaba. Matías le agarró las caderas y empezó a cogerlo con golpes secos, mirando cómo el culo de Lucas se movía, cómo la tanga negra le enmarcaba la entrada, cómo la pija de Lucas salía libre por delante, golpeándose contra su propio vientre con cada embestida.
Matías le pasó una mano por delante y se la agarró , se la empezó a pajeár al mismo ritmo que lo cogía.
—Vamos a acabarnos juntos
Lucas no pudo contestar. Solo gemía. Matías aceleró. Le mordió el hombro por encima de la remera. Le apretó más fuerte la pija. Y cuando Lucas se vino, lo hizo con un grito ahogado, manchándose el vientre y la mano de Matías. El culo se le contrajo alrededor de la polla de Matías y eso lo empujó al borde. Matías se corrió adentro, profundo, con tres empujones finales y un gemido bajo contra la nuca de Lucas.
Se quedaron así un rato, pegados, respirando pesado. Matías le besó el cuello, todavía adentro, sin haberle sacado la tanga.
Después se separó despacio. Lucas se dio la vuelta. Tenía la cara roja, los ojos llorosos, la tanga todavía puesta, la poronga blanda asomando por la abertura, y el short en el piso.
Matías lo miró y sonrió, cansado y caliente a la vez.
—Así que esto es lo que escondías en la cajita negra.
Matías le pasó un dedo por el borde de la remerita, subiendo hasta el pezón.
—Bienvenido a la casa, entonces.
Y lo besó.
2 comentarios - Departamento de estudiantes