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¡La Concha de mi Hermana! [05]



¡La Concha de mi Hermana! [05]


Capítulo 05.

Entrevista Laboral.


Pasé toda la mañana intentando encontrar el mejor momento para hablar con mi jefa. Stella iba de aquí para allá, dando órdenes a sus empleados y atendiendo asuntos que parecían más importantes que yo. Poco antes de la hora de salida la vi entrando en su oficina. Me mandé sin previo aviso. Fue un agradable error. Stella estaba en ropa interior, tanga y corpiño de encaje blanco, todo bastante transparente. 
—Oh, perdón, no sabía que tenías la costumbre de desnudarte en tu oficina, aunque estés sola.
—Y yo no sabía que tenías la costumbre de entrar sin golpear. Después de lo que pasó, creo que tenemos más confianza —dijo mientras se quitaba el corpiño. Sus firmes tetas aparecieron para alegrarme el día—, pero esto no me gusta nada. La próxima vez golpeá antes de entrar. 
—Sí, tenés razón. Te pido disculpas. 
—¿Qué querías con tanta urgencia? —No respondí,  me quedé mirando cómo se quitaba la tanga. Ella puso los ojos en blanco y dijo—. Me estoy cambiando para ir al gimnasio. A veces aprovecho para ejercitarme un poco a la salida del trabajo. 
—¿Eso es nuevo? Porque nunca te vi salir con ropa de gimnasio.
—Está bien, está bien… empiezo hoy. Que chico metido, por favor. 
—Pensé que siempre hacías ejercicio, lo digo por el cuerpo que tenés. 
—Antes iba al mismo gimnasio que Cristina… después terminamos cogiendo en algún hotel… o en el vestuario. Ahora que se va a casar, tuve que cambiar de horario. Cristina ya no quiere verme más.
—Oh, lo siento mucho –comenzó a ponerse ropa interior deportiva color gris. Verla desnuda es sumamente excitante, pero por alguna extraña razón me pareció aún más hot con ese top y esa tanga gris—. Debe ser difícil…
—Nop, no vamos a tener otra conversación sobre Cristina.
—No tenemos tanta confianza.
—Exacto.
Ya empiezo a entender los “niveles de confianza” de Stella. No parece tener problema con que la vea desnuda, pero sí le jode hablar de asuntos personales. 
—¿Y qué querías? –Volvió a preguntarme, porque yo no hacía más que mirar su cuerpo, embobado. 
—Ah, sí… emmm… quería hablarte de mi hermana. A veces es un poco torpe y distraída, anoche me dejó la casa hecha un desastre por intentar preparar una pizzas…
—¿Me estás diciendo esto para que no la contrate? Qué mal hermano.
Me sentí pésimo. Detesto la forma en que Stella me dice lo que piensa sobre mí sin remordimientos. Tiene una extraña capacidad para hincar la púa justo donde más me duele. Es cierto, no quiero que contraten a Katia, sin embargo no era eso lo que intentaba decirle a mi jefa.
—No lo digo por eso. Es por lo del pendrive. Seguramente te habrás llevado una gran sorpresa al abrirlo. 
—Sí, sí que fue una sorpresa –dijo mientras se ponía una calza negra muy ajustada–. Y más me sorprende que vos lo sepas.
—Es que Katia me lo contó. Bueno, al menos una parte. No sé exactamente qué hay en esas fotos y videos…
—¿Vos no las viste?
—Solo un par, que Katia me mostró, para que entendiera la gravedad del asunto. No quise seguir mirando. 
—Oh, así que no sabés todo… interesante.
Me dan escalofríos cada vez que a Stella algo le resulta “interesante”. 
—Solo quería decirte que fue una pequeña distracción de mi hermana. Ella conectó el pendrive a la cámara, para usarlo como almacenamiento externo y…
—No hace falta que pongas excusas por ella. Me imaginé que había sido un error. Nadie en su sano juicio pondría material tan delicado junto con su currículum. 
—Bueno, sí… en eso tenés razón.
—Decile a tu hermana que se puede quedar tranquila. Ese error no le va a afectar negativamente en la entrevista. 
—Muchas gracias.
—Ahora andate, no quiero que sepan que me cambié de ropa frente a vos. Van a pensar que tenemos una aventura o algo así.
—Eso calmaría un poco los rumores sobre el despido de Cristinta.
—Nadie despidió a Cristina. Ella renunció.
—Lo sé, es lo que les digo; pero no me creen. Los rumores dicen que el huracán Stella arrasó con los nervios de la pobre Cristina. —En lugar de molestarse, Stella mostró media sonrisa en tono triunfal.
—Está bien, que sigan pensando eso. Me gusta que me tengan un poquito de miedo. Ah… avisale a tu hermana que la entrevista es mañana. Y que venga bien preparada, porque no va a ser la única candidata. Espero que entiendas que la voy a hacer sufrir un poquito. Es para medir cómo maneja la presión. 
En serio, esta mujer me da tantos escalofríos como pensamientos eróticos. Y eso la hace aún más… interesante. 

———————

Al llegar a casa le comuniqué la buena noticia a mi hermana. Se alegró mucho de que las fotos no la fueran a perjudicar. Le pregunté qué había estado haciendo todo el día y me dijo que se la pasó “enchufada a los videojuegos”. Yo sé que está muy bien jugar un rato después de una larga jornada de trabajo, al fin y al cabo para eso me compré la PlayStation. Sin embargo, no me agrada la gente que pasa días enteros “enchufada” a ese aparato. Por esta vez no le dije nada. Al fin y al cabo ya tiene pendiente una entrevista laboral y solo le resta esperar. Lo bueno es que al quedarse todo el día en su cuarto, no ensucia el resto de la casa… y viniendo de Katia, eso se considera un aporte.

———————

La mañana de la entrevista me vi degradado a asistente de las futuras secretarias de Stella. Se presentaron ocho mujeres, incluyendo a mi hermana. Tuve que servirles café y estar disponibles para cualquier cosa que fueran a necesitar. Una me pidió que le traje pañuelos descartables, porque si le llegaba a ir mal en la entrevista, iba a llorar mucho. Y así fue, unos minutos más tarde la vi saliendo de la oficina de Stella con los ojos llenos de lágrimas. Ella fue la primera y las demás se quedaron aterradas. Luego supe que esa no era una postulante real, era una actriz que la propia Stella contrató, para infundirle miedo a las postulantes. Me lo contó ella misma después de… bueno, no me quiero adelantar. Fue una mañana larga y complicada. 
Desde un principio me arrepentí de haberle sugerido a mi hermana que usara escote. Se lo tomó muy a pecho. Mis compañeros de oficina la miraban como lobos hambrientos a un inocente corderito. Las demás mujeres llevaban trajes a medida y tacos elegantes que realzaban sus esbeltas figuras y les daban una apariencia profesional. Mi hermana tenía puestas una zapatillas de lona blanca, una minifalda de jean demasiado corta y ajustada, sus blancas y robustas piernas se veían casi completas. Y lo peor era esa blusa negra escotada de “trabajadora de esquina” que llegaba hasta el límite de los pezones. Katia no es gorda, pero sí de contextura ancha. Con esa ropa tan pequeña y ajustada estaba entre lo pornográfico y lo ridículo. 
Ella era quien estaba más nerviosa, eso se notaba la legua. No dejaba de mirar a las demás postulantes y a mí. Armando, uno de mis compañeros, me dijo: «Creo que a la gordita le gustás, te mira todo el tiempo. Mirá las tetazas que tiene —hizo el gesto de “grandes tetas” con sus manos—. Están para comérselas». «Es mi hermana —le respondí, sin quitar la vista de mi pantalla—, si te escucha diciéndole “gordita”, te va a romper la cara. Y vos estás demasiado viejo, gordo y pelado como para andar fantaseando con las tetas de una pendeja de dieciocho años». Se sintió tan avergonzado que no volvió a hablarme todo el día. 
Las postulantes fueron pasando una a una. Si bien se las notaba algo nerviosas, mostraron entereza y profesionalismo. Ninguna entrevista duró más de diez minutos. Algunas salieron con aire triunfante, como si estuvieran seguras de haber obtenido el puesto, y a otras se les notó la desilusión en la cara. Cuando llegó el turno de Katia, entró con la torpeza de quien no pertenece al mundo empresarial. No caminaba con elegancia ni firmeza, sus pasos eran aparatosos e inconsistentes. Al ver eso estuve seguro de que no la iban a contratar. 
Desde mi puesto de trabajo, podía ver la puerta de la oficina de la jefa. Los minutos pasaban y no había noticias de mi hermana. A los quince minutos comencé a preguntarme por qué se tardaba tanto y a los veinte ya me di cuenta de que algo raro pasaba. Stella había despachado a las anteriores tan rápido que ni habrán tenido tiempo de contarle sobre sus experiencias laborales previas. Katia ni siquiera tiene ese tipo de experiencia. ¿Qué podría ser tan interesant…?
Ahí fue cuando me temí lo peor. ¿Y si Stella la estaba interrogando sobre el pendrive? Quizás quiere averiguar por qué hay un video de mi hermana y mi madre masturbándose juntas. Que Stella empiece a desenterrar secretos sobre mi familia no puede ser bueno para mi futuro laboral. Temiendo más por mí que por mi hermana, tomé la decisión de interrumpirlas. Hasta me preparé una buena excusa para hacerlo. Pensaba decirle que las acciones de la empresa estaban bajando más rápido de lo habitual. Después le diría que fue un error de lectura, que en realidad estaba mirando los precios de la última vez que tuvimos este problema, y no los actuales. 
No necesité esta excusa para nada. Al abrir la puerta me encontré a Stella sentada sobre su escritorio… sí, dije sobre el escritorio, no detrás. Y estaba del lado contrario al que suele ocupar, donde se supone que se sienta el entrevistado. En el piso y de rodillas frente a ella se encontraba Katia, muy quieta. Giró lentamente la cabeza y al verme sonrió. Stella estaba desnuda de la cintura para abajo y tenía las piernas abiertas. La cabeza de Katia estaba situada justo en el centro de esas piernas. 
—¿En serio? —Le dije a Stella en tono de reproche, mientras cerraba la puerta detrás de mí—. ¿Para esto citaste a mi hermana? ¿Para cumplir alguna de tus fantasías sexuales? Pensé que esto era una entrevista laborar en serio. Ella se ilusionó con la idea de conseguir un trabajo. 
—Y aún está a tiempo de conseguirlo. Si es que comienza a hacer lo que tiene que hacer.
—¿Esto es alguna clase de broma? —Pregunté.
—No, ninguna broma. Esta es la verdadera entrevista laboral. Las chicas anteriores fueron la fachada. Las cité para que no sospecharan que tengo un favoritismo por tu hermana; pero la realidad es que ella es la única que me interesa contratar. 
No tenía del todo clara la intención de sus acciones. 
—¿Y para conseguir el puesto tiene que chuparte la concha? ¿Acaso esto es parte indispensable de ser secretaria? 
—Es que no quiero contratar una secretaria. Quiero contratar a una linda chica que me chupe la concha en la oficina… eso sí lo hago para cumplir algunas de mis locas fantasías lésbicas. Y para aliviar el estrés. —Me quedé mirándola en silencio, Katia tenía la vista puesta en la vagina de Stella, pero no estaba haciendo nada—. ¿No entendés, Abel? Cristina nunca fue mi secretaria. Su único trabajo era chuparme la concha. Lo de “secretaria” —marcó las comillas con los dedos— siempre fue una tapadera. ¿Cuándo viste a Cristina haciendo un trabajo real en esta oficina? Solamente traía café, sacaba algunas fotocopias e iba de acá para allá con carpetas. El resto del día se la pasaba en mi oficina, esperando a que yo le diera la orden de chuparme la concha… o que yo quisiera chupársela a ella. 
—¿Así que Cristina era una especie de prostituta con contrato fijo?
—Exactamente. Y ahora que va a casarse… ya no quiere hacer ese trabajo. 
—¿Y se supone que mi hermana lo tiene que hacer? —La pregunta fue tan obvia como estúpida, Stella puso los ojos en blanco y con tono cortante dijo:
—No la voy a obligar. No soy esa clase de persona. Es un trabajo honesto y bien pago… solo quiero que sepa desde el principio en qué consiste. Ella tiene que hacerlo por voluntad propia. Repito, no la voy a obligar. De momento no hizo nada. Le voy a dar unos minutos más, y luego daré la entrevista por concluida.
—Necesito hablar con mi hermana… en privado. 
—Muy bien. Mientras tanto voy a darme una ducha. Es lo bueno de tener baño propio. 
Terminó de desnudarse frente a nuestros ojos y se metió en el baño. Cuando Katia y yo nos quedamos solos le hice señas para que se sentara en la silla de entrevistas y yo ocupé el lugar en el que había estado Stella.
—¿Estás bien? Te noto pálida.
—Sí, estoy bien. Solo… algo nerviosa —se acomodó el cabello detrás de las orejas. 
—No hace falta que lo hagas, lo sabés. 
—Quiero hacerlo.
—¿Segura?
—Sí, Abel. De verdad quiero hacerlo. 
—¿Te imaginás trabajando de… prostituta?
—¿Para una mujer tan linda como Stella? Sí. —Su respuesta me dejó descolocado. No dije nada—. Abel, seamos realistas. No sé hacer nada. Soy una inútil. Todo me sale mal… no, pará… no me interrumpas. Dejame hablar. Solo hay una cosa que sé hacer bien: chupar conchas. Eso lo sé por mis experiencias con Mavi… y bueno, alguna más que tuve por ahí. No soy lesbian, pero esto se me da bien. Qué se yo, las personas no elegimos qué talento natural nos va a tocar. Hay gente que es buena para las matemáticas, otros pueden tocar un instrumento… yo sé chupar conchas —se encogió de hombros—. Y si ese tiene que ser mi trabajo, que lo sea. Además… ¿vos viste lo hermosa que es Stella? Bueno, me imagino que sí… porque se desnudó frente a vos y no le importó. ¿Tuviste alguna aventura con ella?
—No realmente… aunque sí la vi desnuda más de una vez. Yo… no sé…
—Sí, ya sé. Sentís vergüenza por la inútil de tu hermana porque tiene que rebajarse a hacer trabajo de prostituta. Perdón si no alcanzo tus altos estándares, Abel. Nací para ser fracasada. Ya lo tengo asumido. ¿Y sabés qué es lo peor de todo? Que ni siquiera me van a dar el único trabajo que puedo hacer bien —agachó la cabeza, temí que empezara a llorar—. No me animo a chupársela. Es demasiado linda, demasiado segura de sí misma. Es… 
—Intimidante. 
—Sí, eso mismo.
Se me estrujó el corazón. Katia está pasando un mal momento personal, desde que se peleó con mi mamá. Para colmo ni sé por qué realmente se pelearon. Le pedí explicaciones a mi madre y no quiso dármelas. Aunque sí hizo referencias a que Katia es una buena para nada y que no tiene trabajo. «Si sigue así va a ser una mantenida toda su vida». Me dio mucha rabia escuchar a mi madre hablar así de su propia hija. Debería mostrarle un poco más de apoyo. Ahora entiendo por qué Katia es tan insegura: nadie confía en ella. Todo el mundo (inclusive yo) piensa que va a hacer mal cualquier cosa que se proponga. 
—Katia —dije acercándome a ella. Me arrodillé, la tomé de las manos y la miré a los ojos—. Si realmente querés este trabajo, contás con todo mi apoyo. Y sé que podés lograrlo. Ya lo dijiste: sos buena chupando conchas. —Sonrió por primera vez desde que entré a la oficina—. Entonces dale a Stella la mejor chupada de concha de su vida. Que se le quiten las ganas de suplicarle a Cristina que vuelva a su puesto de trabajo. Si Stella te llamó para la entrevista es porque seguramente se hizo mil pajas con tus fotos y videos porno.
—¿Te parece?
—Estoy seguro. Le gustás y eso se nota. Y ya vio cómo chupás conchas, en el video que me pasaste se nota que lo hacés muy bien. El que no sabe hacerlo soy yo.
—¿Por qué lo decís?
—Hace poco tuve una oportunidad con Stella, le chupé la concha y después de hacerlo me dijo: «Con razón tu novia te dejó. No sabés chupar conchas». 
—Oh, qué mala.
—Sí, fue un poco cruel; pero… dijo la verdad. Regina también se quejó de lo mismo en más de una ocasión. En cambio vos… vos sí que podés hacerlo bien. 
—Oh, no lo puedo creer. Mi hermano está admitiendo que yo sé hacer algo mejor que él. 
Su sorpresa es comprensible. No fui el mejor hermano del mundo. Siempre le estoy recordando lo mal que hace las cosas… y lo bien que las hago yo. Aunque no siempre las hago tan bien como parece. Pero quiero cambiar eso.
—Lo hacés tan bien que hasta podrías enseñarme a hacerlo. 
—Trato hecho. Pero solo si me hacés un gran favor. 
—¿Cuál?
—Quedate durante el resto de la entrevista.
—¿No te vas a poner más nerviosa si yo veo todo?
—No, tarado. Al contrario. Si vos estás cerca, me siento más segura. Me gustó la forma en que confrontaste a tu jefa cuando entraste a la oficina. Yo nunca me hubiera animado a hacer eso. 
Lo hice por ella, porque no quería que nadie abusara de su confianza. No se lo dije porque no quería ponerme demasiado sentimental. 
—Está bien, me voy a quedar. No creo que a Stella le moleste.
—¿Que me moleste qué? —Preguntó la rubia, que salía del baño envuelta en una toalla.
—Que mi hermano se quede durante la entrevista.
—Mmm… ¿y eso va a ser así cada vez que tengas que hacer tu trabajo?
—No, solo por hoy. Para… romper el hielo. Lo prometo. 
—Bien, entonces no me molesta. ¿Estás lista para seguir?
—Para empezar, querrás decir… porque todavía no hice nada.
—Me gusta que seas sincera. Ese es un punto a favor. Muy bien, empecemos.
Dejó caer la toalla al piso y se me cortó el aliento. Su monumental figura acaparó toda mi atención. Caminó con paso sensual hasta el escritorio y no me apartó, se sentó junto a mí, me guiñó un ojo y puso un pie sobre el escritorio, dejando el otro colgado del aire. Su concha quedó completamente expuesta. 
Noté cómo Katia le miraba fijamente la entrepierna, como si fuera un deportista preparándose para encarar un duro partido. Apretó los puños y asintió con la cabeza.
—Puedo hacerlo.
Sé que lo dijo más para ella misma que para nosotros. Se acercó al escritorio y se arrodilló frente a Stella. Luego me tomó de la mano con fuerza, como si estuviera buscando apoyo emocional en mí. Le devolví el gesto presionando su mano de la misma forma. No me soltó en ningún momento. Con la mano libre, la derecha, acarició los delicados labios vaginales de Stella. 
Por dentro estaba recitando palabras de aliento para Katia, ella no podía oírlas pero sé que las entendió con tan solo mirarme. Cuando nuestros ojos se cruzaron ella sonrió y asintió con la cabeza. Luego volvió a fijarse en la vagina de Stella y le dio una tímida pasada con su lengua. La segunda lamida demostró más confianza, a la tercera y a la cuarta ya se la notaba comprometida con la causa. La lengua siguió pasando por esa concha y al ver tan sensual acto lésbico, no pude evitar que mi verga se despertara. Comenzó a ponerse dura dentro del pantalón y en cuestión de segundos ya tuve una importante carpa. Stella la notó y no dijo nada, se limitó a mostrarme una sonrisa libidinosa. No supe cómo interpretarla ¿era alguna clase de invitación o solo se estaba burlando de mí?
La idea de que mi hermana trabaje como “prostituta” para Stella aún me tiene descolocado, sin embargo al ver cómo le chupaba la concha tuve la certeza de que Katia podía con este trabajo. Para ella no era humillante. Lamia la vagina con soltura, seguridad y cierto… ¿profesionalismo? Se la estaba chupando de la misma forma que lo hizo con Mavi. Pude notar como la respiración de Stella se iba agitando. La rubia miraba fijamente la lengua inquieta de mi hermana. 
—Mmm… lo estás haciendo muy bien. Tenés talento para esto. 
Es muy raro escuchar a Stella dándole palabras de aliento a alguien, si se lo está diciendo a Katia es porque realmente lo está haciendo bien.
Las palabras sirvieron para que Katia se esforzara aún más. Dio chupones a ese clítoris como… bueno, como si su trabajo dependiera de ello. 
Me quedé mirando cómo le comía la concha a Stella durante unos cuantos minutos. Katia no se detuvo ni un segundo… y mi verga tampoco bajó. Siguió tan firme y erecta como un mástil sin bandera. Fantaseé con la idea de que Stella agarrara mi verga y me masturbara. Eso no ocurrió, me quedé con las ganas. 
—¿Pensás contratarla? —Pregunté.
—Si solo dependiera de cómo chupa concha, sin dudas la contrataría. Pero aún queda una última prueba. ¿Me gustará ella a mí? 
Katia apretó con más fuerza mi mano, supe de inmediato que su falta de seguridad había vuelto. Si no hacía algo rápido, ella podría colapsar. 
—Necesito hablar en privado con mi hermana.
—¿Otra vez?
—Sí, van a ser solo unos minutos. 
—Está bien, pero ahora vayan ustedes al baño. Yo me voy a quedar acá, jugando con mi dildo. No quiero enfriarme.
Tomé a mi hermana de la mano y prácticamente la arrastré hasta el baño. Tenía muchas ganas de ver a Stella jugando con su pene plástico, pero en este momento lo más importante era Katia. 
—No puedo hacerlo —me dijo, apenas cerré la puerta—. No puedo hacerlo. Va a ver la concha horrible que tengo y la va a odiar. 
No sé mucho de mujeres, sin embargo al tener una novia como Regina aprendí una cosa. A veces una mujer puede odiar su cuerpo, aunque no tenga ni una sola razón física para hacerlo. En ese caso las razones son psicológicas. 
—¿Qué te hace pensar que tu concha es horrible?
—Nada. Simplemente lo sé. Mirá… decime la verdad. 
Se desprendió la minifalda de jean, tenía puesta una sencilla bombacha blanca de algodón. También se la quitó. Su concha peluda apareció frente a mis ojos, Katia se sentó sobre la tapa del inodoro con las piernas bien abiertas. 
—¿No ves que es horrible?
Me arrodillé frente a ella y ya miré detenidamente ¿qué detalles podrían hacer que Katia la odie tanto su propia vagina? Lo primero son sus labios, grandes, carnosos… pero tampoco es que sean desproporcionadamente grandes. Vi muchas conchas como esta en internet y todas me parecieron atractivas. Su clítoris también es un poquito más grande de lo habitual; aunque no mucho. 
—Tenés labios muy lindos.
—Mentira, son horribles. Vos me lo decís porque sos mi hermano. A nadie podría gustarle mi concha.
—¿Acaso Mavi te dijo que no le gustaba mientras te la chupaba?
Guardó silencio durante unos segundos. 
—No, ella siempre me dijo que le parecía linda. Le gustaba que mis labios fueran tan suaves.
—¿Y lo son? ¿Te molesta si toco un poquito? 
—No. Me viste pajeándome… no me molestaría que toques. Lo que sí me jodería es que… no sé… te parezca que se siente raro.
—Y bueno, sos mi hermana. Raro se va a sentir.
—No me refiero a eso, sonso. Que se sienta como una concha rara, porque sé que lo es.
—No le veo nada de raro. A mí me parece muy linda. Quizás no viste las suficientes conchas como para entender que tener estos labios es más normal de lo que te imaginás. 
Los acaricié lentamente con la yema de mis dedos. Debo reconocer que Mavi tiene razón, se sienten muy suaves. Es como tocar ceda. 
—Es una sensación muy agradable —le dije. Con las caricias sus labios se abrieron un poco y pude ver el interior rosado de su concha—. Y por dentro no veo nada raro.
Katia soltó una risita.
—No, por dentro creo que está todo bien. El problema es afuera. 
—Yo no veo ningún problema. Y también tenés un clítoris muy lindo… y fácil de encontrar. ¿Sabías que hay boludos que no son capaces de encontrar el clítoris? 
—¿Ah sí? 
—Obvio. Pero yo sé que el tuyo está acá —acaricié el agujero de su concha por fuera.
—¡Tarado! —Volvió a reírse.
—Está bien, está bien. Está acá… 
Esta vez sí pasé un dedo por su botoncito femenino, éste se sacudió como si fuera una pequeña campana. 
—¿De verdad no te da asco mi concha?
—Para nada. A ver, hacé de cuenta por un momento que no soy tu hermano. Siendo muy sincero, me gustaría tener una novia con una concha como la tuya. Debe sentirse muy bien lamer estos labios tan suaves —volví a acariciarlos—. ¿No es cierto? ¿Qué opina Mavi?
—Mmm… no sé, no recuerdo que haya hecho algún comentario específico sobre eso. 
—Pero le gustaba chuparte la concha.
—Lo hacía porque yo se la chupaba a ella. Era para devolverme el favor. Nunca le gusté realmente. 
Recordé que Katia mencionó experiencias con otras mujeres, además de Mavi. 
—Mmm… ¿hubo alguien que haya hecho un comentario negativo sobre tu concha? 
—Sí, pero no quiero hablar de eso. 
No necesitaba saber más, al menos por el momento. Me quedó claro que el trauma de Katia con su concha viene de ahí. Quizás alguien le hizo un comentario cruel. Tal vez le mandó una foto de su concha al chico que le gusta y éste se burló de ella o algo así. De haber pasado eso, hasta yo me sentiría mal. 
—Quienquiera que te haya dicho algo malo sobre tu concha, te mintió.
—No sé. Vos me decís esto porque me querés; pero… a vos también te daría asco chupar una concha como la mía.
No sé si era la mejor solución del mundo, ni siquiera sé si fue una buena idea. Solo sé que Stella está esperando por nosotros y que no tenemos mucho tiempo. Se me ocurrió que para demostrarle a Katia que no siento asco por su concha lo mejor era lamerla.
Me acerqué más a su entrepierna y le pasé la lengua a uno de esos carnosos labios. Después lamí el otro. Se sintió bien, realmente muy bien. Si son suaves al tacto, con la lengua esa sensación de suavidad es aún más notable. Para ir más lejos, le di una rápida lamida al clítoris y luego empecé a pasar la lengua por todos lados. Intenté mantener la mente en blanco para no pensar en que le estaba chupando la concha a mi propia hermana. 
Ahora con la mente en frío sé que fue una locura y una estupidez; sin embargo no duró mucho tiempo. 
—Ay, Abel… Stella tiene razón. No sabés chupar conchas. 
—Está bien, lo admito. No sé hacerlo. Ni siquiera sé qué estoy haciendo mal. Pero… ya ves… no me dio asco. 
—Eso fue un gesto muy tierno de tu parte. Gracias. Me estás ayudando un montón. ¿Puedo hacer algo para compensarte por todo lo que estás haciendo por mí?
—Si conseguís que Stella me chupe la verga, te lo voy a agradecer para toda la vida.
—Hecho.
Se lo dije en broma, y no estoy seguro de si ella entendió o no. Sin embargo no había tiempo de aclarar estas cosas. Preferí decirle una cosa más antes de salir del baño:
—Una vez vi desnuda a Cristina… y tenía una concha como la tuya, con labios bien carnosos. Estoy seguro de que Stella te eligió porque vio tu concha en las fotos… y quiere una igual. 
—¿En serio? ¿Y por qué no me dijiste eso desde el principio? 
—No sé, se me pasó… perdón. 
—Bueno, ahora me siento un poco más confiada. Mi concha no es linda; pero si a Stella le gustan así —se encogió de hombros—. Bueno, voy a hacerlo. Quiero este trabajo, soy demasiado vaga como para tener un trabajo de verdad.
—Esa es la actitud. Y sacate la blusa, que seguro Stella se enamora de tus tetas. 
Sonrió y se desnudó por completo. Sus grandes globos rebotaron como si estuvieran llenos de agua. 
Salimos del baño y nos encontramos a la rubia en su amplia y cómoda silla de oficina. Estaba con las piernas abiertas y se castigaba la concha con su dildo violeta. 
—Oh… veo que te decidiste a hacerlo. Y parece que no te molesta que tu hermano te vea desnuda.
—No me molesta ni un poquito. Abel es la persona en quien más confío en el mundo. Y sí, ya estoy decidida. Vamos a hacerlo. 
—Excelente. Pero quiero recordarte que si no me gusta tu concha, lo siento mucho… no hay puesto de trabajo para vos.
Eso fue cruel. No había ninguna necesidad de recordárselo. La respuesta de Katia me sorprendió:
—Mi concha te va a encantar, puta. Y me vas a pagar para poder chuparla todos los días. 
Me quedé mirándola con los ojos desencajados. Nunca había visto a Katia tan segura de sí misma. Definitivamente la charla que tuvimos en el baño sirvió para algo. 
—Siempre estoy dispuesta a pagar por una buena concha. Vení, sentate.
Katia tomó asiento en la silla de Stella, la rubia se puso de rodillas en el piso y yo me quedé de pie junto a mi hermana, tomándola de la mano. Katia subió las piernas a los apoyabrazos y se reclinó un poco en la silla. Me miró a los ojos y presionó con fuerza mi mano. Asentí con la cabeza, para recordarle que cuenta con todo mi apoyo.
La voracidad con la que Stella atacó esa concha me dejó en claro que mi hermana había conseguido el trabajo. Miré a mi jefa, con la pija dura todo el tiempo y fantaseé con que me la comía con las mismas ganas que lamía la concha de Katia. Los labios carnosos de mi hermana se unieron con los de la boca de Stella, parecían hechos tal para cual. Debo admitir que me dio cierto morbo saber que ésta sería la función laboral que desempeñaría Katia durante los siguientes meses… o quizás años. No lo sé. No tengo idea de cuánto le va a durar a Stella la devoción por la concha de mi hermana. Solo sé que le gusta… y mucho. 




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