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La máscara de Isabella

Capítulo 1: La Máscara de Cristal

Isabella despertó a las seis de la mañana con la precisión de un reloj suizo. Su rutina matutina era un ritual sagrado: yoga durante cuarenta minutos, una ducha fría que tensaba su piel perfecta, y luego frente al espejo, la transformación. Se aplicaba la base con movimientos calculados, delineaba sus ojos verdes con la precisión de una cirujana, y pintaba sus labios de un rojo que sugería elegancia, no lujuria.

A los veintitrés años, Isabella era la definición misma de perfección. Estudiante de medicina con promedio casi perfecto, voluntaria en tres organizaciones benéficas, hija modelo, amiga leal, y la clase de mujer que hacía que los hombres tropezaran con sus propios pies al pasar. Alta, con curvas que pareían esculpidas por un artista obsesivo, cabello rubio que caía en ondas doradas hasta la mitad de su espalda, y una sonrisa que iluminaba habitaciones enteras.

Pero esa sonrisa, esa perfecta sonrisa, era su prisión.

Salió de su apartamento a las ocho en punto, vestida con un conjunto de falda lápiz negra y blusa de seda blanca que ocultaba más de lo que revelaba. En el ascensor, se cruzó con Marco, el vecino del quinto piso, joven, atlético, guapo en ese sentido convencional que aburría profundamente a Isabella. Él le sonrió, esperante.

—Buenos días, Isabella —dijo, con esa voz que seguramente funcionaba con otras mujeres.

—Buenos días, Marco —respondió ella, perfecta, distante, inalcanzable.

En el fondo de su mente, mientras intercambiaban las cortesías de siempre, Isabella sentía un escalofrío diferente. No era por Marco, con su abdomen de tabla de lavar y su juventud arrogante. No. Era por lo que vendría más tarde.

Durante el día, Isabella fue impecable. Asistió a sus clases, tomó notas detalladas, participó con comentarios inteligentes que impresionaban a sus profesores. En la cafetería, rechazó tres invitaciones para salir, siempre con la misma excusa perfecta: "Lo siento, estoy enfocada en mis estudios ahora." Sonrió, dejó que la miraran alejarse, sintió sus ojos clavados en su espalda, en el balanceo calculado de sus caderas.

Era una actriz consumada.

Pero cuando el sol comenzó a ocultarse y las sombras alargadas cubrieron la ciudad, Isabella se transformaba. No en el sentido sobrenatural de los cuentos, sino en algo mucho más real y primitivo.

Cerró la puerta de su apartamento a las nueve de la noche, pero no encendió las luces. En la oscuridad, sacó su teléfono y abrió una aplicación que ninguna de sus amigas perfectas conocía. Su pulso ya se aceleraba. Sus dedos, tan firmes durante las cirugías simuladas en clase, temblaban ligeramente mientras escribía.

"Estoy lista," escribió. "¿Dónde?"

La respuesta llegó casi inmediatamente: "El motel del norte. Habitación 204. Ven en veinte minutos."

Isabella no se puso ropa interior. Sobre su piel perfecta, apenas se cubrió con un abrigo largo que llegaba hasta sus muslos. En el espejo del vestíbulo, se miró una última vez. La mujer que la devolvió la mirada era diferente. Sus ojos brillaban con una lujuria oscura, sus mejillas estaban sonrojadas no por el rubor sino por la anticipación, y sus labios, ahora sin pintura, parecían más carnosos, más hambrientos.

El motel era un lugar destartalado en las afueras de la ciudad, el tipo de establecimiento donde las sábanas tenían manchas cuyo origen era mejor no imaginar. Para Isabella, era el paraíso.

Tocó tres veces a la puerta 204. Un código que había aprendido.

La puerta se abrió, y allí estaba él.

Don Raúl tenía sesenta y dos años, barriga que colgaba sobre un cinturón gastado, pelo grasiento y ralo, y unos ojos pequeños y hundidos que brillaban con una codicia que hacía estremecer a Isabella de pies a cabeza. Olía a tabaco barato y a sudor acumulado. Su camisa estaba manchada de comida de días anteriores.

—Llegaste tarde, putita —gruñó, y su voz era áspera, desagradable, perfecta.

Isabella sintió que su corazón martilleaba contra sus costillas. Esa voz, ese desprecio, esa falta total de reverencia hacia la diosa perfecta que el mundo creía que era.

—Lo siento, señor —susurró, y ya no era la Isabella inalcanzable. Era otra cosa, alguien más real, más hambrienta.

Don Raúl la agarró del brazo con fuerza brusca y la arrastró al interior de la habitación. El lugar era una celda de lujo para los gustos de Isabella: una cama con cabecera de metal, espejos en el techo, y el olor a sexo barato impregnado en las paredes.

Había otros dos hombres en la habitación. Ernesto, el hermano menor de Don Raúl, igual de gordo, igual de desagradable, con manchas de sudor bajo los brazos de una camiseta tres tallas más pequeña de lo necesario. Y el viejo Pepe, un vagabundo que Don Raúl había recogido de la calle, con barba enmarañada, dientes podridos, y un olor que habría hecho vomitar a cualquier otra mujer.

Isabella los miró a todos, y sintió que su humedad empapaba sus muslos.

—Arrodíllate —ordenó Don Raúl.

Isabella obedeció. El suelo estaba frío y sucio contra sus rodillas, pero no le importaba. Ya había dejado de importarle cualquier cosa excepto la entrega total que venía a buscar.

—Sabes lo que eres, ¿verdad? —preguntó Ernesto, acercándose, desabrochándose los pantalones con movimientos torpes.

—Sí —jadeó Isabella, y su voz sonía diferente, quebrada, necesitada—. Soy una puta. Una puta barata que necesita verga de viejos cochinos.

—Así es —confirmó Don Raúl, y le escupió en la cara.

El escupitajo corrió por su mejilla, cálido, humillante, divino. Isabella gimió, un sonido que nunca habría salido de su garganta en la luz del día, un sonido animal y desesperado.

—Por favor —suplicó, y extendió las manos hacia la entrepierna de Don Raúl—. Por favor, déjenme chuparla. Necesito sentirlas dentro de mí. Necesito que me traten como a la basura que soy.

Don Raúl se rio, una carcajada áspera que sonó como papel de lija.

—Primero vas a limpiarle la verga al viejo Pepe. Lleva tres días sin bañarse, putita. ¿Te gusta eso?

Isabella asintió con fervor, arrastrándose por el suelo hacia donde el vagabundo estaba sentado en una silla de plástico, ya masturbándose con una mano temblorosa. El olor era abrumador, una mezcla de orina, alcohol barato y sudor rancio. Isabella inhaló profundamente, emborrachándose con ese aroma que definía su degradación.

—Dime que me amas —ordenó el viejo Pepe, con voz pastosa.

—Te amo —murmuró Isabella, y lo decía en serio, con una intensidad que asustaría a su yo diurno—. Te amo porque eres asqueroso, porque eres repugnante, porque me haces sentir exactamente lo que soy.

Cuando tomó al viejo Pepe en su boca, el sabor fue un shock de realidad cruda. Salado, amargo, con notas de podredumbre que hacían que su estómago se contrajera y su sexo palpitara al unísono. Isabella trabajó con la lengua, con la garganta, con toda la técnica que había aprendido en estos encuentros secretos, haciendo sonidos obscenos, mostrando su entrega total.

Don Raúl y Ernesto la observaban, masturbándose, intercambiando comentarios sobre ella como si fuera ganado.

—Mira cómo disfruta la zorra —dijo Ernesto—. Esta perra de clase alta, con sus estudios y su forma de caminar como si cagara rosas. Mírala ahora.

—Es una puta de mierda —confirmó Don Raúl—. Una puta que necesita verga de viejo para sentirse viva.

Isabella gimió alrededor del miembro del viejo Pepe, las palabras resonando en su mente como un mantra sagrado. Sí, era una puta. Sí, necesitaba esto. Sí, esto era más real que cualquier orgasmo fingido con algún joven atlético que la adorara como a una diosa.

Cuando el viejo Pepe se corrió en su boca, Isabella tragó cada gota, saboreando la humillación como el néctar más dulce. Luego se volvió hacia Don Raúl, con los ojos brillantes, el maquillaje perfecto de la mañana ahora arruinado por lágrimas, escupitajos y semen.

—Por favor —suplicó, arrastrándose hacia él—. Fóllame. Fóllame como a una puta barata. Haz que me duela.

Don Raúl la tomó por el pelo y la arrastró hacia la cama. La arrojó sobre el colchón manchado y se subió encima de ella, su peso aplastándola, su aliento fetido en su rostro.

—¿Qué eres? —exigió, posicionándose.

—Soy una puta —gimió Isabella, abriendo las piernas, ofreciéndose—. Soy tu puta. Tu basura. Tu juguete sucio.

Cuando Don Raúl la penetró, Isabella gritó. No de dolor, aunque había dolor. Gritó de alivio, de liberación, de la sensación de que finalmente, después de un día entero fingiendo ser perfecta, podía ser exactamente lo que deseaba ser en lo más profundo de su ser oscuro y hambriento.

Ernesto se acercó por detrás, y pronto Isabella estaba llena, estirada, usada por estos cuerpos que el mundo consideraba repulsivos. Cada embestida la alejaba más de la Isabella diurna, cada insulto la acercaba más a su verdadero ser.

—Mírate —jadeaba Don Raúl, agarrándole la cara y forzándola a mirarse en el espejo del techo—. Mira a la puta perfecta. Mira cómo te la cogemos, zorra inútil.

En el espejo, Isabella vio una mujer despeinada, con el maquillaje corrido, con semen en la cara y dos hombres gordos y viejos usando su cuerpo como si fuera un objeto barato. Vio a una mujer hermosa en su destrucción, radiante en su humillación, completa solo cuando era completamente poseída.

—No pares —suplicó, y sus uñas se clavaban en la espalda sudorosa de Don Raúl—. Nunca pares. Nunca.

Horas después, cuando los hombres se fueron, dejándola cubierta de semen, de marcas, de la evidencia física de su pecado favorito, Isabella yacía en la cama sucia, sonriendo hacia el techo. Su cuerpo dolía. Olía a sexo rancio y a hombres viejos. Era perfecto.

Sabía que en unas horas tendría que levantarse, ducharse durante una hora, exfoliar su piel hasta eliminar cada rastro de lo que había sucedido, volver a aplicar su máscara de perfección. Sabía que mañana sonreiría a Marco en el ascensor, que rechazaría invitaciones de hombres guapos y exitosos, que seguiría siendo la Isabella inalcanzable que el mundo necesitaba que fuera.

Pero ahora, en esta oscuridad, en esta suciedad, podía ser libre.

Y mientras se quedaba dormida entre sábanas manchadas, Isabella ya pensaba en la próxima vez, en el próximo encuentro, en la próxima oportunidad de destruir su máscara de cristal y revelar la puta insaciable que viviendo bajo su piel perfecta.

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