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Me cojo a mi madre y mi hermana mientras mi papá duerme

El ronquido rítmico y gutural de Roberto llenaba la pequeña sala de estar, una cadencia grave que, bajo otras circunstancias, habría sido molesta, pero que para Leo en ese momento actuaba como una cortina de seguridad inestable. Estaba sentado en el extremo opuesto del sofá de terciopelo desgastado, rígido como una estatua, con los ojos clavados en la pantalla del televisor que parpadeaba con el volumen bajo. Roberto, su padre, estaba profundamente dormido, la cabeza ladeada hacia atrás, la boca abierta, completamente inconsciente de la pesadilla libidinosa que estaba a punto de desatarse a escasos dos metros de distancia.

El aire se volvió denso, cargado con un aroma dulzón y penetrante, una mezcla de vainilla barata y sudor excitado. Leo no necesitó girar la cabeza para saber que habían entrado. El crujido de las tablas del suelo bajo pies descalzos fue suficiente para enviar un escalofrío eléctrico directo a su entrepierna. Carmen, su madre, apareció primero en su periferia visual. Llevaba una camiseta de algodón blanco que estaba condenada a fracasar en su misión de contener su pecho. Sus dos tetas enormes, pesadas y maduras, oscilaban libremente con cada paso, los pezones oscuros abultando contra la tela fina como si intentaran rasgarla para salir al aire.

Detrás de ella venía Sofía, su hermana. Más joven, pero igualmente dotada por la genética de su madre, llevaba un babydoll rosa semitransparente que dejaba ver la curva perfecta de sus nalgas y el monte de Venus rasurado que asomaba por el bajo. No hubo saludos, ni susurros de cortesía; la rutina diaria había establecido un lenguaje silencioso y depravado entre los tres.

Carmen se acercó al sofá, deslizándose entre Leo y la mesa del centro con una gracia felina. El calor de su cuerpo irradiaba hacia él. Sin decir una palabra, agarró el mando a distancia y apagó el televisor, sumergiendo la habitación en una penumbra iluminada solo por la luz de la calle que entraba por las cortinas entreabiertas. El silencio resultante hizo que el ronquido de Roberto sonara más fuerte, un recordatorio constante del peligro.

—Está bien —susurró Carmen, su voz ronca y cargada de una autoridad lasciva. Su mano descendió hacia la entrepierna de Leo, palmando la erección que ya había endurecido el jean del chico—. Parece que alguien ha estado esperando pacientemente.

Leo apretó los puños sobre las rodillas, conteniendo la respiración cuando sintió los dedos hábiles de su madre abrir el botón de su pantalón. El metal del cierre bajó con un zumbido sutil, amenazante, que pareció resonar en toda la sala. Miró hacia la butaca donde Roberto dormía; el hombre no se movió, solo emitió un bufido profundo y siguió roncando.

Con la ropa de Leo ya abierta, su miembro saltó al aire, palpitante y duro, liberado de su prisión de tela. Sofía se arrodilló en el suelo al lado de su madre, mirando la verga con una codicia infantil y voraz. Sus ojos brillaban en la oscuridad.

—Dame, mamá —dijo Sofía, su voz apenas un hilo de aire.

Carmen apartó la tela interior y liberó los testículos de Leo, pesados y llenos de semen acumulado por un día de anticipación. Sofía no perdió tiempo. Se inclinó y, con un movimiento fluido, se llevó la cabeza del glande a la boca. Leo mordió su labio inferior para evitar emitir ningún sonido cuando sintió la humedad cálida y el movimiento envolvente de la lengua de su hermanastra. Ella comenzó a chupar con fuerza, haciendo sonidos húmedos y sucios que contrastaban brutalmente con el ronquido del padrastro.

Carmen, mientras tanto, no se quedó quieta. Se levantó y se colocó de pie frente a Leo, justo al lado de la mesa donde el chico tenía la vista de frente. Con movimientos lentos, levantó la camiseta blanca, liberando sus tetas masivas. El peso de ellas las hizo caer con un golpe suave; su piel era pálida y las venas azules marcaban trayectorias bajo la superficie. Tomó la cabeza de Leo con ambas manos y la guió hacia su pecho.

—Chupame las tetas, hijo —ordenó en un susurro áspero—. Hazlo bien mientras tu hermana se traga tu verga.

Leo obedeció, sumergiendo su cara en el blando de carne de su madrastra. Lamió la piel salada y sudorosa, tomando un pezón duro en su boca y mordiéndolo suavemente. El sabor era intenso, real, y la sensación de su hermanastra trabajando su polla con la garganta profunda al mismo tiempo estaba creando una tormenta de sensaciones en su sistema nervioso. Sofía movía su cabeza arriba y abajo, tragando toda la longitud hasta que sus labios rozaban la base, sus manos masajeando los testículos con una presión firme y rítmica.

El riesgo de ser descubierto hacía que todo fuera más intenso. Cada vez que el sofá crujía bajo el peso de sus movimientos, los tres se congelaban por un segundo, mirando hacia la butaca del fondo. Roberto seguía ahí, inconsciente, un espectador involuntario de la orgía familiar.

Carmen se apartó, respirando agitada. Se quitó la camiseta completamente y quedó desnuda de cintura para arriba. Sus pezones brillaban con la saliva de Leo. Bajó las manos hacia su propia pijama, deslizándola hacia abajo junto con sus panties, revelando su coño ya húmedo y depilado, los labios mayores hinchados y rojos.

—Ya es suficiente de preliminares —gruñó Carmen, apartando a Sofía con un movimiento suave pero firme de la cadera—. Me toca. Necesito sentir esa verga dentro de mí ahora mismo.

Sofía se lamió los labios, saboreando el pre líquido que había estado extrayendo, y se apartó para dar espacio a su madre. Carmen subió al sofá, estrangulando a Leo con sus muslos fuertes y suaves. Ella agarró la verga de Leo, que estaba brillando con la saliva de su hija, y la guió hacia su entrada. Leo podía sentir el calor radiante de su coño antes incluso de que lo tocara.

—Mírame a los ojos —exigió Carmen mientras bajaba las caderas.

Leo miró hacia arriba, viendo el rostro de placer desenfrenado de su madre mientras la cabeza de su pene penetraba su carne húmeda y apretada. Era un túnel de fuego, una succión húmeda que lo envolvió completamente. Carmen dejó caer todo su peso, tragándose la polla hasta el fondo. Ambos soltaron un gemido ahogado simultáneo, pero el sonido fue cubierto por un cambio repentino en el ritmo del ronquido de Roberto.

Carmen comenzó a moverse, rodando sus caderas con una experiencia que ninguna mujer de su edad podría igualar. Sus tetas golpeaban el pecho de Leo con cada embiste, un ritmo percusivo y sexy. El chico puso sus manos en las caderas de su madrastra, ayudándola a bajar con más fuerza, sintiendo cómo las paredes de su coño se contraían alrededor de su eje, masajeándolo desde adentro.

Sofía, no queriendo quedar fuera, se acercó de nuevo. Desde su posición en el suelo, comenzó a lamer el punto de unión donde la verga de Leo desaparecía dentro de su madre. Su lengua aplanada lamió el clítoris de Carmen y el tallo de Leo al mismo tiempo, añadiendo una capa extra de lubricación y estimulación.

—¡Mierda, Sofía! —siseó Carmen, arqueando la espalda y apretando los ojos—. Sigue así, hija. Hazlo más rápido.

Leo sentía que el orgasmo se acumulaba en la base de su columna vertebral, una presión insoportable y deliciosa. El coño de su madre estaba apretado, milagrosamente firme a pesar de los años, y se movía con una succión que amenazaba con arrancarle la verga. El hecho de que su padre estuviera durmiendo a pocos metros, totalmente ajeno a que su mujer estaba montando a su hijo con la misma ropa con la que había cenado, era el afrodisíaco más potente que jamás hubiera experimentado.

—Voy a correrme —jadeó Leo, sus manos aferrándose con fuerza a las nalgas de Carmen, dejando marcas rojas en su piel pálida.

—Dentro —suplicó Carmen, acelerando el ritmo, sus golpes de cadera convirtiéndose en sacudidas violentas—. Corre toda tu leche dentro del coño de mamá. Ahora.

Sofía aumentó la presión de su lengua en el clítoris de su madre, empujando a Carmen al borde. El chico sintió cómo los testículos golpeaban suavemente los muslos de su madre mientras Sofía se masturbaba con una mano, mirando fijamente cómo la verga de su hermano desaparecía y reaparecía cubierta de los jugos blancos y espumosos de su madre.

Con un gruñido contenido, Leo levantó las caderas y disparó el primer chorro de semen profundo dentro de Carmen. El calor del líquido disparó el orgasmo de la mujer; sus músculos internos se convulsionaron, apretando la verga de Leo en un abrazo vicioso, exprimiendo cada gota de leche mientras ella gemía, mordiéndose el puño para no gritar. El orgasmo de Leo fue largo y explosivo, llenando el canal de su madre hasta que el líquido comenzó a rebosar, goteando hacia los muslos de ambos y cayendo directamente en la boca abierta de Sofía, que esperaba ansiosa el exceso.

Carmen se derrumbó sobre Leo, respirando con dificultad, su pecho pesado aplastándolo. El ronquido de Roberto continuaba, imperturbable, en el fondo de la sala. Sofía, con la boca brillante y los labios hinchados, sonrió desde el suelo, limpiándose una mancha de semen de la mejilla con el dedo y llevándoselo a la boca con deleite. El día apenas comenzaba, y el padrastro no despertaría en horas.

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