El aire en la sala de estar del asilo de ancianos tenía un olor peculiar, una mezcla rancia de medicinas, madera vieja y desinfectante de limón, pero para Elena, ese aroma era el preludio de una de sus fantasías más oscuras y excitantes. La chica de veintidós años caminó con paso decidido hacia el centro de la estancia, sus tacones resonando contra el linóleo desgastado. Llevaba puesto un vestido de lino blanco que parecía desafiar la modestia, recortado para mostrar sus largas piernas y ajustado de tal manera que sus enormes pechos, naturales y pesados, amenazaban con salirse con cada respiración. Sus ojos brillaban con una mezcla de nerviosismo y una lujuria desenfrenada al mirar alrededor de la habitación. Allí estaban ellos, cinco hombres sentados en sus sillas de ruedas o sillones reclinables, sus cuerpos arrugados y frágiles contrastando violentamente con la vitalidad juvenil y curvilínea de ella.
Don Ramón, el más anciano del grupo con noventa y dos años, fue el primero en reaccionar. Su mano temblorosa se alzó para señalar el escote de Elena, sus ojos nublados por las cataratas fijándose obsesivamente en el abundante pellejo que se asomaba.
—Miren eso, chicos —gruñó con una voz ronca, como papel de lija—. Parece que la enfermera nueva ha venido a darnos el baño especial.
Una risa gutural y seca se extendió por la sala. Elena no dijo nada; simplemente sonrió, una sonrisa pícara y sumisa, y desabrochó el primer botón de su vestido. El tejido cedió, liberando la tensión sobre su pecho y permitiendo que sus tetas enormes rebotaran ligeramente con el movimiento. La piel de sus senos era suave y blanca, marcada solo por las venas azuladas que mostraban su juventud y unos pezones duros y rosados que ya apuntaban hacia el techo, erectos por la pura excitación de ser observada por aquellos hombres decrépitos.
Elena se acercó a Don Anselmo, un hombre calvo y encorvado que se frotaba la entrepierna con torpeza a través de su pantalón de pijama a rayas. Ella se agachó frente a él, ofreciendo sus pechos a la altura de su cara.
—¿Te gustan, abuelo? —susurró ella, su voz dulce y cargada de malicia—. ¿Quieres tocarlas?
La mano del anciano, con la piel manchada de vejez y los nudillos hinchados por la artritis, se estiró lentamente. Cuando sus dedos ásperos y secos hicieron contacto con la carne suave y húmeda del seno de Elena, ambos soltaron un gemido. Él apretó con fuerza, dejando marcas rojas en su piel blanca, hundiéndose en la suavidad de aquella montaña de carne como si fuera la última cosa que tocara en su vida. Elena arqueó la espalda, empujando su pecho contra la mano marchita, sintiendo una electricidad sucia recorrerle la columna vertebral. La diferencia de edad, la fragilidad de ellos contra su fuerza fértil, la hacía sentirse una zorra completa, un objeto de uso exclusivo para aquellos pollos viejos y arrugados.
La atmósfera se caldeó rápidamente. Ya no había dudas ni juegos previos; era una orgía de carne vieja y joven. Don Federico, que todavía tenía algo de fuerza en los brazos, tiró de la falda de Elena hacia arriba, descubriendo que no llevaba nada debajo. Su coño, depilado y ya brillante con sus propios jugos, estaba a la vista de todos.
—¡Joder, qué coño más bonito! —exclamó uno de ellos desde el fondo.
Elena abrió de piernas, invitándolos. Don Federico no perdió el tiempo y metió dos dedos retorcidos y nudosos dentro de su agujero húmedo. Elena gimió alto, sintiendo cómo aquellos dedos extraños, secos y ásperos, escarbaban en su interior, buscando sus puntos sensibles con una torpeza que la resultaba increíblemente erótica. Se sentía usada, manoseada, desgarrada por la urgencia de hombres que no habían tocado a una mujer joven en décadas.
—Vamos, chicos, usadme —suplicó Elena, cayendo de rodillas sobre la alfombra marrón y manchada del centro de la sala.
Se rodeó de las sillas de ruedas, ansiosa por complacer. Sacó la verga de Don Ramón de su pijama; era un miembro pequeño, flácido y arrugado, con las venas prominentes y el color de la carne muerta, pero para Elena era un tesoro. Lo metió en su boca con avidez, saboreando el sabor a piel vieja y orina leve. Chupó con fuerza, usando su lengua para revitalizar aquella carne muerta, sintiendo cómo latía débilmente contra su paladar. Mientras su cabeza bombeaba arriba y abajo sobre la ingle del anciano, sintió que otras manos la tocaban por todas partes: en sus nalgas, tirando de su cabello, pellizcando sus pezones. Estaba rodeada de pollas viejas, listas para explotar dentro de ella.
La escena se convirtió en un torbellino de fluidos y gemidos. Elena se puso a cuatro patas sobre el colchón portátil que alguien había traído. Don Anselmo, con dificultad pero con una determinación feroz, se colocó detrás de ella. Su polla, aunque no grande, estaba dura como una piedra. Con un empujón brusco, se la clavó en el coño.
—¡Ay, sí! —gritó ella—. Dámelo, abuelo, métemelo duro.
El anciano comenzó a follarla con movimientos cortos y secos, golpeando sus nalgas con fuerza, dejando huellas de sus manos pálidas en su piel rosada. Elena sentía cómo el coño se le apretaba, cómo sus músculos internos masajeaban aquella verga vieja, intentando sacarle hasta la última gota de vida. Mientras Don Anselmo la penetraba por detrás, otro anciano se acercó a su cara y le ofreció su miembro, que ella comenzó a mamar como una buena putita, salivando profusamente para lubricar la carne seca.
El ritmo aumentó. Don Ramón, recuperado por el oral que le había hecho, se acercó también. Elena tenía ahora dos pollas en sus manos y uno en la boca, mientras otro la follaba por el coño. Era un festín de carne cadavérica.
—Soy una puta para vosotros —gritó ella entre bocados y jadeos—. Corréos dentro de mí, quiero que me llenéis de vuestra leche vieja.
Las palabras sucias actuaron como un detonante. Don Anselmo gimió, un sonido agudo y quebrado, y Elena sintió el chorro caliente de su semen dispararse dentro de su canal vaginal. El anciano se estremeció, vaciando sus testículos arrugados en lo profundo de la joven de veintidós años. El calor del líquido corriendo por sus muslos fue delicioso.
Pero no había tiempo para descanso. En cuanto Don Anselmo se retiró, exhausto y jadeando, otro ocupó su lugar. Esta vez fue Don Federico, que la hizo girar para tenerla frente a frente. Levantó las piernas de Elena, colocándolas sobre sus hombros encorvados, y se la metió de golpe.
—¡Qué coño más rico, maldita zorra! —siseó él.
lena gritó de placer, sintiendo cómo su clítoris era frotado por el vello púbico gris y rígido del anciano. Sus tetas rebotaban violentamente con cada embestida, y ella las agarraba, apretándolas, ofreciéndolas al grupo.
—Miradme, mirad cómo me follan —gemía, perdida en una espiral de orgasmos múltiples que la hacían temblar y sudar profusamente.
La sala se llenó de olores a sexo, a sudor, a semen y a coño excitado. Uno tras otro, los ancianos fueron tomando su turno, usándola como un muñeco de carne, un recipiente para sus deseos reprimidos durante años. Elena sentía cómo el semen se mezclaba dentro de ella, cómo le chorreaba por el coño y por el culo cuando alguno decidía probar su otro agujero, más apretado y prohibido. Estaba cubierta de manchas blancas y pegajosas en su vientre, en sus pechos y en la cara. Su maquillaje estaba corrido, el cabello enmarañado por las manos que se habían aferrado a él, pero nunca se había sentido más viva, más deseada. Era la reina de aquel asilo, la diosa de la carne que había venido a recoger la cosecha de sus vidas decadentes. El último anciano, el más tímido, se acercó con la verga en la mano, y Elena, sonriendo con labios hinchados y brillantes, le abrió de piernas una vez más, lista para recibir la última carga de leche caliente y viscosa, deseando que aquella noche de perversión y lujuria geriátrica nunca terminara.
Don Ramón, el más anciano del grupo con noventa y dos años, fue el primero en reaccionar. Su mano temblorosa se alzó para señalar el escote de Elena, sus ojos nublados por las cataratas fijándose obsesivamente en el abundante pellejo que se asomaba.
—Miren eso, chicos —gruñó con una voz ronca, como papel de lija—. Parece que la enfermera nueva ha venido a darnos el baño especial.
Una risa gutural y seca se extendió por la sala. Elena no dijo nada; simplemente sonrió, una sonrisa pícara y sumisa, y desabrochó el primer botón de su vestido. El tejido cedió, liberando la tensión sobre su pecho y permitiendo que sus tetas enormes rebotaran ligeramente con el movimiento. La piel de sus senos era suave y blanca, marcada solo por las venas azuladas que mostraban su juventud y unos pezones duros y rosados que ya apuntaban hacia el techo, erectos por la pura excitación de ser observada por aquellos hombres decrépitos.
Elena se acercó a Don Anselmo, un hombre calvo y encorvado que se frotaba la entrepierna con torpeza a través de su pantalón de pijama a rayas. Ella se agachó frente a él, ofreciendo sus pechos a la altura de su cara.
—¿Te gustan, abuelo? —susurró ella, su voz dulce y cargada de malicia—. ¿Quieres tocarlas?
La mano del anciano, con la piel manchada de vejez y los nudillos hinchados por la artritis, se estiró lentamente. Cuando sus dedos ásperos y secos hicieron contacto con la carne suave y húmeda del seno de Elena, ambos soltaron un gemido. Él apretó con fuerza, dejando marcas rojas en su piel blanca, hundiéndose en la suavidad de aquella montaña de carne como si fuera la última cosa que tocara en su vida. Elena arqueó la espalda, empujando su pecho contra la mano marchita, sintiendo una electricidad sucia recorrerle la columna vertebral. La diferencia de edad, la fragilidad de ellos contra su fuerza fértil, la hacía sentirse una zorra completa, un objeto de uso exclusivo para aquellos pollos viejos y arrugados.
La atmósfera se caldeó rápidamente. Ya no había dudas ni juegos previos; era una orgía de carne vieja y joven. Don Federico, que todavía tenía algo de fuerza en los brazos, tiró de la falda de Elena hacia arriba, descubriendo que no llevaba nada debajo. Su coño, depilado y ya brillante con sus propios jugos, estaba a la vista de todos.
—¡Joder, qué coño más bonito! —exclamó uno de ellos desde el fondo.
Elena abrió de piernas, invitándolos. Don Federico no perdió el tiempo y metió dos dedos retorcidos y nudosos dentro de su agujero húmedo. Elena gimió alto, sintiendo cómo aquellos dedos extraños, secos y ásperos, escarbaban en su interior, buscando sus puntos sensibles con una torpeza que la resultaba increíblemente erótica. Se sentía usada, manoseada, desgarrada por la urgencia de hombres que no habían tocado a una mujer joven en décadas.
—Vamos, chicos, usadme —suplicó Elena, cayendo de rodillas sobre la alfombra marrón y manchada del centro de la sala.
Se rodeó de las sillas de ruedas, ansiosa por complacer. Sacó la verga de Don Ramón de su pijama; era un miembro pequeño, flácido y arrugado, con las venas prominentes y el color de la carne muerta, pero para Elena era un tesoro. Lo metió en su boca con avidez, saboreando el sabor a piel vieja y orina leve. Chupó con fuerza, usando su lengua para revitalizar aquella carne muerta, sintiendo cómo latía débilmente contra su paladar. Mientras su cabeza bombeaba arriba y abajo sobre la ingle del anciano, sintió que otras manos la tocaban por todas partes: en sus nalgas, tirando de su cabello, pellizcando sus pezones. Estaba rodeada de pollas viejas, listas para explotar dentro de ella.
La escena se convirtió en un torbellino de fluidos y gemidos. Elena se puso a cuatro patas sobre el colchón portátil que alguien había traído. Don Anselmo, con dificultad pero con una determinación feroz, se colocó detrás de ella. Su polla, aunque no grande, estaba dura como una piedra. Con un empujón brusco, se la clavó en el coño.
—¡Ay, sí! —gritó ella—. Dámelo, abuelo, métemelo duro.
El anciano comenzó a follarla con movimientos cortos y secos, golpeando sus nalgas con fuerza, dejando huellas de sus manos pálidas en su piel rosada. Elena sentía cómo el coño se le apretaba, cómo sus músculos internos masajeaban aquella verga vieja, intentando sacarle hasta la última gota de vida. Mientras Don Anselmo la penetraba por detrás, otro anciano se acercó a su cara y le ofreció su miembro, que ella comenzó a mamar como una buena putita, salivando profusamente para lubricar la carne seca.
El ritmo aumentó. Don Ramón, recuperado por el oral que le había hecho, se acercó también. Elena tenía ahora dos pollas en sus manos y uno en la boca, mientras otro la follaba por el coño. Era un festín de carne cadavérica.
—Soy una puta para vosotros —gritó ella entre bocados y jadeos—. Corréos dentro de mí, quiero que me llenéis de vuestra leche vieja.
Las palabras sucias actuaron como un detonante. Don Anselmo gimió, un sonido agudo y quebrado, y Elena sintió el chorro caliente de su semen dispararse dentro de su canal vaginal. El anciano se estremeció, vaciando sus testículos arrugados en lo profundo de la joven de veintidós años. El calor del líquido corriendo por sus muslos fue delicioso.
Pero no había tiempo para descanso. En cuanto Don Anselmo se retiró, exhausto y jadeando, otro ocupó su lugar. Esta vez fue Don Federico, que la hizo girar para tenerla frente a frente. Levantó las piernas de Elena, colocándolas sobre sus hombros encorvados, y se la metió de golpe.
—¡Qué coño más rico, maldita zorra! —siseó él.
lena gritó de placer, sintiendo cómo su clítoris era frotado por el vello púbico gris y rígido del anciano. Sus tetas rebotaban violentamente con cada embestida, y ella las agarraba, apretándolas, ofreciéndolas al grupo.
—Miradme, mirad cómo me follan —gemía, perdida en una espiral de orgasmos múltiples que la hacían temblar y sudar profusamente.
La sala se llenó de olores a sexo, a sudor, a semen y a coño excitado. Uno tras otro, los ancianos fueron tomando su turno, usándola como un muñeco de carne, un recipiente para sus deseos reprimidos durante años. Elena sentía cómo el semen se mezclaba dentro de ella, cómo le chorreaba por el coño y por el culo cuando alguno decidía probar su otro agujero, más apretado y prohibido. Estaba cubierta de manchas blancas y pegajosas en su vientre, en sus pechos y en la cara. Su maquillaje estaba corrido, el cabello enmarañado por las manos que se habían aferrado a él, pero nunca se había sentido más viva, más deseada. Era la reina de aquel asilo, la diosa de la carne que había venido a recoger la cosecha de sus vidas decadentes. El último anciano, el más tímido, se acercó con la verga en la mano, y Elena, sonriendo con labios hinchados y brillantes, le abrió de piernas una vez más, lista para recibir la última carga de leche caliente y viscosa, deseando que aquella noche de perversión y lujuria geriátrica nunca terminara.
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