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Un grupo de viejos se coge a mi novia 2

Don Federico se retiró con un gemido ronco, dejando un rastro brillante sobre el muslo de Elena, quien permaneció arrodillada sobre la colchoneta portátil, jadeando mientras el aire acondicionado del asilo enfriaba el sudor y los fluidos que cubrían su piel. El olor a semen, a desinfectante y a sexo maduro saturaba la estancia. Elena, con el vestido de lino arrugado y manchado de translúcido, se pasó una mano por el cabello enmarañado y miró a los hombres circundantes con sus ojos azules brillantes, cargados de una lujuria que superaba el agotamiento. El corazón le latía fuerte contra las costillas; aquello no era suficiente. Necesitaba más, necesitaba que la fragilidad de ellos la consumiera por completo.

—Espera, abuelos —dijo Elena, su voz rasposa pero autoritaria, cortando los murmullos de los ancianos que recuperaban el aliento—. Esto ha sido rico, pero quiero un juego. Una competencia.

Los viejos levantaron la vista, confundidos pero atentos. Don Ramón, con los ojos nublados por las cataratas, giró la cabeza hacia el sonido de su voz, su mano temblorosa apoyada en su propia rodilla hinchada.

—Escuchad bien —continuó Elena, levantándose ligeramente para que sus pechos, marcados con roces y dedazos, se movieran al ritmo de su respiración—. Cada uno tendrá un turno para complacerme de la manera más creativa que se le ocurra. No solo me folléis, tengo que sentirlo. Yo seré el jurado. El ganador... el ganador será el dueño de mi cuerpo esta noche. Hará lo que quiera conmigo.

Un silencio denso y eléctrico llenó la sala. La idea prendió en sus mentes ancianas como una chispa. Don Anselmo, todavía tumbado junto a la colchoneta, sonrió mostrando las encías rojas.

—Yo empiezo —gruñó Don Federico, intentando ponerse de pie con ayuda de su andador.

Pero Elena tenía otro plan. Con movimientos torpes por la excitación, buscó su bolso en el suelo y sacó el móvil. La pantalla se iluminó en la penumbra. Marcó un número y esperó, sintiendo la mirada de los cinco hombres clavada en ella.

—¿Elena? —la voz de su novio sonó a través del altavoz, sorprendida.

Elena activó la videollamada y apoyó el teléfono en la mesita de noche auxiliar, inclinando la cámara para que encuadrara su cuerpo desnudo, sucio y dispuesto, y a los ancianos que la rodeaban como buitres.

—Mira, amor —susurró ella, acariciando la pierna de Don Ramón—. Mira lo que me hacen estos viejos. No me voy a ir hasta que terminen.

La cara de su novio se congeló en la pantalla, una testigo mudo y digital de la perversión que se desataba. Elena sonrió, sintiendo una oleada de calor al saber que estaba siendo observada, que su vergüenza quedaba expuesta a través de la tecnología mientras sus manos exploraban las arrugas de Don Ramón.

En ese momento, la puerta de la sala se abrió de golpe. El chirrido de los goznes anunció la llegada de un grupo de mujeres ancianas, residentes de otra ala del asilo. Eran mujeres de pechos caídos y enormes, con vestidos de flores holgados y el mismo brillo febril en los ojos. Entraron como una manada hambrienta, olfateando el sexo en el ambiente.

—¡Huele a carne fresca! —gritó una de ellas, Doña Eulalia, levantándose la falda para revelar unas bragas de encaje amarillentas.

La sala se transformó instantáneamente en un caos de lujuria senil. Las viejas se lanzaron sobre los hombres que aún no estaban con Elena, hambrientas de mamar vergas flácidas y sentir algo de calor dentro de sus cuerpos secos. Doña Eulalia se arrodilló frente a un anciano que no había participado aún, engullendo su miembro con una avidez que hacía crujir sus articulaciones. Otra vieja, de tetas enormes que llegaban hasta su ombligo, se montó sobre la cara de Don Anselmo, quien no dudó en lamerla con la lengua áspera.

Elena, en el centro del círculo, observó el descontrol a su alrededor mientras Don Ramón se acercaba a ella. Era el turno del ciego.

—Hazme sentir algo, Ramón —le suplicó ella, abriendo las piernas para mostrarle su coño enrojecido y húmedo.

Don Ramón, guiándose por el tacto y el olor, extendió sus manos marchitas. No buscó penetrarla de inmediato. Sus dedos fríos y nudosos trazaron las líneas de sus muslos, subiendo despacio, palpando la tersura de la piel joven en contraste con la suya propia. Se inclinó y, en lugar de usar su pene pequeña y venosa, llevó su boca a la entrepierna de Elena. Su lengua, seca al principio pero humedeciéndose rápidamente con los jugos de ella, comenzó a trabajar el clítoris con movimientos lentos y circulares, aprendiendo la geografía de su placer a través del gusto.

Alrededor de ellos, la orgía se había tornado en un descontrol de semen. Las viejas gemían mientras los ancianos, estimulados por la competencia y la presencia femenina, eyaculaban sobre sus rostros arrugados o dentro de sus bocas desdentadas. El suelo brillaba con fluidos, el sonido de carnes chocando contra carnes secas era ensordecedor. El novio de Elena veía todo en la pantalla del móvil, impotente, mientras su novia gemía y se retorcía bajo el tacto experto de un hombre noventa y dos años.

Don Ramón introdujo dos dedos retorcidos dentro de Elena, curvándolos hacia adelante para buscar ese punto que la haría gritar. Ella se arqueó, agarrando la cabeza calva del anciano, empujándolo contra su coño.

—¡Sí! ¡Así, abuelo! ¡Mételos bien! —gritó ella, sus ojos clavados en la cámara de su teléfono, sabiendo que su novio escuchaba cada grito.

La competencia continuó. Don Federico intentó superar a Ramón mordiéndole los pezones con fuerza, mientras otro anciano intentaba introducir una botella de plástico en su ano, pero la experiencia ciega y táctil de Don Ramón, combinada con su desesperación de hombre moribundo por poseer la vida, estaba ganando. Elena sentía cómo el orgasmo se acumulaba en su bajo vientre, una bola de fuego lista para estallar.

Las viejas tetonas ahora rodeaban a la pareja, aplaudiendo y frotándose sus propias coños peludos, animando al ciego.

—¡Dáselo, Ramón! ¡Cómete a esa zorra! —bramó Doña Eulalia con la boca llena de verga.

Elena gritó, su cuerpo convulsionando mientras el clímax la golpeaba. Sus piernas temblaron violentamente, apretando la cabeza de Don Ramón entre sus muslos, inundando la boca del anciano con sus fluidos. El espasmo duró segundos, dejándola jadeando y lánguida sobre la colchoneta.

Cuando recuperó el aliento, miró a los hombres que la rodeaban, a las mujeres ancianas que se limpiaban el semen de los labios y, finalmente, a la pantalla del móvil donde la cara de su novio reflejaba el horror y el morbo.

—El ganador es Don Ramón —declaró Elena con voz firme, extendiendo la mano para acariciar la mejilla arrugada del anciano ciego—. Eres el dueño de mi cuerpo.

Don Ramón sonrió, sus dientes amarillentos brillando bajo la luz tenue. Con una fuerza renovada por la victoria, se subió sobre ella, guiando su miembro pequeño y duro hacia la entrada de su coño todavía palpitante. Elena abrió las piernas de par en par, rendida, sumisa, lista para ser usada por el hombre más viejo de la sala, mientras la orgía a su alrededor continuaba su danza de fluidos y carne marchita, y la videollamada seguía grabando cada instante de su sumisión final. con el novio de la chica masturbándose del otro lado

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