Su mano seguía extendida, una promesa y un desafío en el aire viciado por el olor a sexo y sudor. La tomé. Su piel estaba húmeda y pegajosa, mezclada con el semen de Marcos que aún goteaba de su coño y se extendía por sus muslos. A mi lado, Marcos se recostó en el sofá, con una pierna estirada y la otra doblada, su monumental verga semi-erguida sobre su musculoso estómago, como un animal satisfecho pero no dormido. Su respiración era profunda, una sonrisa de puro triunfo dibujada en sus labios. Me sentí pequeño, frágil, pero mi propia verga, aunque flácida y goteando, latía con un eco del placer que acababa de vivirse.
Sofía apretó mi mano y me atrajo hacia ella, sus ojos brillantes con una fiebre que no era solo post-coito. Era algo más profundo, un cálculo frío y ardiente a la vez. Miró a Marcos, luego a mí, y la sonrisa pícara se transformó en una expresión de determinación absoluta.
— Esto no es suficiente —dijo, su voz un poco ronca por los gritos—. Quiero más. Quiero esto todos los días.
Marcos se rio, un sonido grave y seguro.
—No me quejo, preciosa.
Ella no apartó la vista de mí.
—Quiero que te quedes a vivir con nosotros, Marcos.
El silencio que siguió fue denso, casi sólido. Pude oír el latido de mi propia sangre en mis oídos. Mis rodillas temblaron. ¿Estaba pidiendo eso en serio? ¿Invitar a mi amigo, a este símbolo de mi propia insuficiencia, a entrar en nuestro nido, a dormir en la casa de la que antes era solo mi reino? Miré a Marcos, esperando una broma, pero solo vi un arqueo de ceja intrigado, una mirada que me despojaba de cualquier derecho a réplica.
—¿Para qué, Sofía? —conseguí balbucear, mi voz un hilo.
Ella soltó mi mano y se giró, arrodillándose en el sofá frente a él. Con una reverencia casi religiosa, tomó su verga con ambas manos. Aún estaba húmeda de sus fluidos y de la mía. La acarició lentamente, como si estudiara cada vena, cada centímetro de su piel.
—Para esto —susurró, y sus palabras fueron para él, pero su mirada clavada en mí—. Para poder tener esta verga cuando yo quiera. Para despertarme y que sea lo primero que vea, lo primero que saboree. Para volver a casa y tenerla esperándome. Es una obra de arte, cariño. Una obra de arte que no debería estar guardada en un museo lejano. Debería estar en mi salón, a mi disposición.
Su obsesión era palpable, una fuerza física que me empujaba hacia atrás. No era solo deseo, era veneración. Marcos se limitó a sonreír, disfrutando del poder que tenía sobre ella, el poder que ella le daba.
—Parece una buena oferta —dijo él, dirigiéndose a mí como si yo fuera el que tenía que dar el permiso final—. ¿Qué te parece, colega?
No pude decir nada. Solo asentí, un movimiento mínimo de cabeza que sentí como una rendición total. La sonrisa de Sofía fue mi recompensa y mi condena.
Los días siguientes fueron una borrachera de carne y fluidos. Marcos se instaló en nuestra habitación de invitados, pero su ropa, su olor, su presencia, pronto invadieron cada rincón. La dinámica se estableció con una rapidez brutal. Sofía se había convertido en la sacerdotisa de su verga. Las sesiones de sexo oral se volvieron largas, casi interminables. Recuerdo una tarde en particular. El sol de la tarde se colaba por la ventana, dibujando largas rayas de polvo en el aire del salón. Marcos estaba sentado en mi sillón favorito, las piernas abiertas, mientras Sofía, arrodillada en una almohada, le dedicaba una mamada que parecía durar horas.
Su cabeza se movía con un ritmo hipnótico, arriba y abajo. Sus labios estaban hinchados y rojos, su saliva brillaba sobre la piel oscura y erecta de él. A veces se detenía, solo para admirarla, para pasar la punta de su lengua por el glande, para besar sus testículos como si fueran reliquias sagradas. Yo los observaba desde el umbral de la cocina, mi verga dura como una roca dentro de mis pantalones. El celo era un nudo de fuego en mi garganta, pero la excitación era un río de lava que me corría por las venas.
Me acerqué, con los pasos inseguros de un hombre que se acerca a un altar ajeno. Mi verga pulsaba, pidiendo atención, anhelando sentir al menos una fracción de esa devoción. Me paré junto a ellos, tan cerca que podía oler el aroma fuerte y masculino de Marcos y el dulzor del sexo de Sofía. Ella notó mi presencia, pero no apartó la vista de su tarea. Con una mano, siguió masturbando la base de la verga de Marcos, mientras con la otra extendió el brazo hacia mí, no sino hasta después de que yo se lo pida...
Sus dedos me tocaron. Fue un contacto casi inexistente. Me agarró el miembro a través del pantalón con una fuerza tan débil que era una burla. Unos ligeros movimientos de muñeca, sin convicción, sin energía. Como si estuviera espantando una mosca molesta mientras concentraba toda su alma, toda su fuerza vital, en la verga que tenía en la boca. La diferencia era abrumadora, humillante y, para mi horror, increíblemente excitante. Su energía, su obsesión loca, se vertía por completo en Marcos. Yo era solo un apéndice, un espectador al que se le concedía un gesto simbólico y sin valor. Me quedé allí, inmóvil, sintiendo esa mano débil en mi erección mientras ella gemía de placer, dedicada por completo a su nueva religión, hasta que me vine dentro de mis pantalones, y la mano de ella regresó a la verga de Marcos...
Sofía apretó mi mano y me atrajo hacia ella, sus ojos brillantes con una fiebre que no era solo post-coito. Era algo más profundo, un cálculo frío y ardiente a la vez. Miró a Marcos, luego a mí, y la sonrisa pícara se transformó en una expresión de determinación absoluta.
— Esto no es suficiente —dijo, su voz un poco ronca por los gritos—. Quiero más. Quiero esto todos los días.
Marcos se rio, un sonido grave y seguro.
—No me quejo, preciosa.
Ella no apartó la vista de mí.
—Quiero que te quedes a vivir con nosotros, Marcos.
El silencio que siguió fue denso, casi sólido. Pude oír el latido de mi propia sangre en mis oídos. Mis rodillas temblaron. ¿Estaba pidiendo eso en serio? ¿Invitar a mi amigo, a este símbolo de mi propia insuficiencia, a entrar en nuestro nido, a dormir en la casa de la que antes era solo mi reino? Miré a Marcos, esperando una broma, pero solo vi un arqueo de ceja intrigado, una mirada que me despojaba de cualquier derecho a réplica.
—¿Para qué, Sofía? —conseguí balbucear, mi voz un hilo.
Ella soltó mi mano y se giró, arrodillándose en el sofá frente a él. Con una reverencia casi religiosa, tomó su verga con ambas manos. Aún estaba húmeda de sus fluidos y de la mía. La acarició lentamente, como si estudiara cada vena, cada centímetro de su piel.
—Para esto —susurró, y sus palabras fueron para él, pero su mirada clavada en mí—. Para poder tener esta verga cuando yo quiera. Para despertarme y que sea lo primero que vea, lo primero que saboree. Para volver a casa y tenerla esperándome. Es una obra de arte, cariño. Una obra de arte que no debería estar guardada en un museo lejano. Debería estar en mi salón, a mi disposición.
Su obsesión era palpable, una fuerza física que me empujaba hacia atrás. No era solo deseo, era veneración. Marcos se limitó a sonreír, disfrutando del poder que tenía sobre ella, el poder que ella le daba.
—Parece una buena oferta —dijo él, dirigiéndose a mí como si yo fuera el que tenía que dar el permiso final—. ¿Qué te parece, colega?
No pude decir nada. Solo asentí, un movimiento mínimo de cabeza que sentí como una rendición total. La sonrisa de Sofía fue mi recompensa y mi condena.
Los días siguientes fueron una borrachera de carne y fluidos. Marcos se instaló en nuestra habitación de invitados, pero su ropa, su olor, su presencia, pronto invadieron cada rincón. La dinámica se estableció con una rapidez brutal. Sofía se había convertido en la sacerdotisa de su verga. Las sesiones de sexo oral se volvieron largas, casi interminables. Recuerdo una tarde en particular. El sol de la tarde se colaba por la ventana, dibujando largas rayas de polvo en el aire del salón. Marcos estaba sentado en mi sillón favorito, las piernas abiertas, mientras Sofía, arrodillada en una almohada, le dedicaba una mamada que parecía durar horas.
Su cabeza se movía con un ritmo hipnótico, arriba y abajo. Sus labios estaban hinchados y rojos, su saliva brillaba sobre la piel oscura y erecta de él. A veces se detenía, solo para admirarla, para pasar la punta de su lengua por el glande, para besar sus testículos como si fueran reliquias sagradas. Yo los observaba desde el umbral de la cocina, mi verga dura como una roca dentro de mis pantalones. El celo era un nudo de fuego en mi garganta, pero la excitación era un río de lava que me corría por las venas.
Me acerqué, con los pasos inseguros de un hombre que se acerca a un altar ajeno. Mi verga pulsaba, pidiendo atención, anhelando sentir al menos una fracción de esa devoción. Me paré junto a ellos, tan cerca que podía oler el aroma fuerte y masculino de Marcos y el dulzor del sexo de Sofía. Ella notó mi presencia, pero no apartó la vista de su tarea. Con una mano, siguió masturbando la base de la verga de Marcos, mientras con la otra extendió el brazo hacia mí, no sino hasta después de que yo se lo pida...
Sus dedos me tocaron. Fue un contacto casi inexistente. Me agarró el miembro a través del pantalón con una fuerza tan débil que era una burla. Unos ligeros movimientos de muñeca, sin convicción, sin energía. Como si estuviera espantando una mosca molesta mientras concentraba toda su alma, toda su fuerza vital, en la verga que tenía en la boca. La diferencia era abrumadora, humillante y, para mi horror, increíblemente excitante. Su energía, su obsesión loca, se vertía por completo en Marcos. Yo era solo un apéndice, un espectador al que se le concedía un gesto simbólico y sin valor. Me quedé allí, inmóvil, sintiendo esa mano débil en mi erección mientras ella gemía de placer, dedicada por completo a su nueva religión, hasta que me vine dentro de mis pantalones, y la mano de ella regresó a la verga de Marcos...
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