El primer día que noté algo extraño fue durante una cena en casa de mi amigo Marcos. Sofía, mi novia, no paraba de mirarlo. No era una mirada normal, era algo más hambriento, más intenso. Cada vez que se reía, sus ojos se deslizaban hacia su entrepierna, como si intentara adivinar el tamaño de lo que ocultaba bajo esos pantalones ajustados.
Yo fingí no darme cuenta, pero mi estómago se encogía con una mezcla de celos y una extraña excitación que no quería admitir. Marcos era todo lo que yo no era: alto, musculoso, con esa confianza arrogante que las mujeres parecen adorar. Y según los rumores, estaba increíblemente dotado.
—¿Te pasa algo, cariño? —le pregunté a Sofía cuando volvíamos a casa.
Ella se sobresaltó, como si la hubiera pillado en algo. —No, nada. Solo un poco cansada.
Pero esa noche, en la cama, fue diferente. Más salvaje, más exigente. Me montó con una ferocidad que nunca había mostrado, sus caderas golpeando las mías con fuerza mientras gemía mi nombre. O eso creí hasta que, en el clímax de su orgasmo, susurró algo que heló mi sangre: "Marcos".
Al día siguiente, decidí ponerla a prueba. Llamé a Marcos para que viniera a ver un partido de fútbol. Sofía se vistió de manera provocadora, un vestido corto que apenas cubría su culo y un escote que dejaba ver más de la cuenta. Cuando Marcos llegó, sus ojos se abrieron de par en par al verla.
—Qué bella estás, Sofía —dijo él, con esa sonrisa de pícaro que tanto le gustaba a las mujeres.
Ella se ruborizó, pero sus ojos brillaban con orgullo. Durante el partido, me senté en un sillón mientras ellos se acomodaban en el sofá. No pasó mucho tiempo antes de que notara que su mano descansaba peligrosamente cerca de la pierna de él. Cada vez que había una jugada emocionante, ella "accidentalmente" rozaba su muslo.
La tensión en la habitación era palpable. Podía oler el deseo emanando de ellos, un aroma denso y casi tangible. Mi pija se endureció contra mi voluntad, una traición de mi propio cuerpo que me llenó de vergüenza y excitación.
—¿Por qué no nos ponemos más cómodos? —sugirió Sofía de repente, levantándose.
Se quitó el vestido de un tirón, revelando que no llevaba nada debajo. Su cuerpo era perfecto: tetas firmes y erguidas, un coño afeitado que brillaba con humedad, y esas caderas que invitaban a ser agarradas con fuerza.
Marcos me miró, buscando mi aprobación. Yo solo asentí, incapaz de hablar. Él se levantó y se deshizo de su ropa, y entonces la vi. Su pija era enorme, mucho más grande que la mía, gruesa y ya semi-erguida. Era un monstruo. Sofía lanzó un pequeño gemido al verla.
—Dios mío —murmuró, acercándose—. Es más impresionante de lo que imaginaba.
Se arrodilló frente a él y tomó su pija con ambas manos, y sobraba casi la mitad aún. Sus dedos apenas podían rodearla. Con movimientos lentos y deliberados, comenzó a masturbarlo, su lengua asomando entre sus labios. Yo observaba desde mi sillón, mi propia pija ahora completamente dura y goteando.
—¿Puedo? —preguntó ella, mirándome a los ojos.
No pude decir nada, solo asentí de nuevo. Con eso, se llevó la cabeza de Marcos a la boca. Me quedé boquiabierto al ver cómo se tragaba casi toda esa pija gigante, su garganta trabajándose mientras él la agarraba del pelo y la follaba la boca con fuerza.
—Así, zorra, trágala toda —gruñó él.
Sofía gimoteó, sus manos bajándose hasta su coño donde se masturbaba frenéticamente. El sonido de sus dedos chapoteando en su humedad se mezclaba con los sonidos de asfixia mientras Marcos la usaba.
Yo me había bajado los pantalones sin darme cuenta, masturbándome al ritmo que él follaba su boca. Cada vez que ella se ahogaba en su pija, mi mano se apretaba más alrededor de la mía.
—Ven aquí —ordenó Marcos de repente, tirando de su pelo.
Ella obedeció, subiendo sobre él y guiando esa pija monumental hacia su coño. Me quedé helado cuando vi cómo se abría para recibirla, sus labios estirándose hasta el límite mientras descendía lentamente.
—Ahhh, sí —gemía ella, moviendo sus caderas—. Así, lléname toda.
Marcos comenzó a moverse, levantándola y dejándola caer sobre su pija con fuerza. Cada embestida la hacía gritar, sus tetas rebotando salvajemente. Yo me había acercado más, ahora de pie junto al sofá, masturbándome mientras observaba.
—Mírame —me ordenó Sofía de repente, su voz rota por los placeres—. Mírame mientras él me folla mejor que tú.
Esas palabras me golpearon como una descarga eléctrica. Debería haber sentido rabia, humillación, pero solo sentía una excitación intensa que me recorría todo el cuerpo. Mi mano se movía más rápido sobre mi pija.
—Cógeme más fuerte —suplicaba ella—. Hazme tuya.
Marcos la giró, poniéndola a cuatro patas. Desde mi posición tenía una vista perfecta de su culo mientras él entraba en ella desde atrás. Su pija desaparecía y reaparecía, cubierta de la crema de Sofía, sus testículos golpeando su clítoris con cada embestida.
—Toca tu pija mientras me miras —dijo ella, volviendo la cabeza hacia mí—. Acaríciala pensando en cómo mi coño se siente lleno de una pija de verdad.
No pude resistirme. Mi mano volvió a moverse, más rápido esta vez. Los sonidos de sus cuerpos chocando, sus gemidos, los gruñidos de Marcos... todo se mezclaba en una sinfonía pornográfica que me tenía al borde del colapso.
—Estoy a punto de correrme —avisó Marcos.
—Dentro, dentro mío —gritó Sofía—. Quiero sentir toda tu leche en mi coño.
Él la agarró de las caderas con fuerza y la embistió unas cuantas veces más antes de gemir profundamente. Vi cómo sus testículos se contraían mientras la llenaba con su semen. Eso fue suficiente para mí. Con un grito, comencé a eyacular, mi semen salpicando el suelo mientras mi cuerpo se sacudía en el orgasmo más intenso de mi vida.
Cuando terminamos, los tres quedamos en silencio, respirando pesadamente. Sofía se giró y me miró, su coño todavía goteando el semen de Marcos.
—¿Lo viste? —preguntó con una sonrisa pícara—. ¿Viste cómo me folló?
Asentí, todavía temblando.
—Bueno —dijo ella, extendiendo la mano hacia mí—. Esto es solo el principio.
La tomé de la mano, sabiendo que mi vida nunca volvería a ser la misma. Y, para mi sorpresa, no sentía arrepentimiento, solo una anticipación febril por lo que vendría después.
Yo fingí no darme cuenta, pero mi estómago se encogía con una mezcla de celos y una extraña excitación que no quería admitir. Marcos era todo lo que yo no era: alto, musculoso, con esa confianza arrogante que las mujeres parecen adorar. Y según los rumores, estaba increíblemente dotado.
—¿Te pasa algo, cariño? —le pregunté a Sofía cuando volvíamos a casa.
Ella se sobresaltó, como si la hubiera pillado en algo. —No, nada. Solo un poco cansada.
Pero esa noche, en la cama, fue diferente. Más salvaje, más exigente. Me montó con una ferocidad que nunca había mostrado, sus caderas golpeando las mías con fuerza mientras gemía mi nombre. O eso creí hasta que, en el clímax de su orgasmo, susurró algo que heló mi sangre: "Marcos".
Al día siguiente, decidí ponerla a prueba. Llamé a Marcos para que viniera a ver un partido de fútbol. Sofía se vistió de manera provocadora, un vestido corto que apenas cubría su culo y un escote que dejaba ver más de la cuenta. Cuando Marcos llegó, sus ojos se abrieron de par en par al verla.
—Qué bella estás, Sofía —dijo él, con esa sonrisa de pícaro que tanto le gustaba a las mujeres.
Ella se ruborizó, pero sus ojos brillaban con orgullo. Durante el partido, me senté en un sillón mientras ellos se acomodaban en el sofá. No pasó mucho tiempo antes de que notara que su mano descansaba peligrosamente cerca de la pierna de él. Cada vez que había una jugada emocionante, ella "accidentalmente" rozaba su muslo.
La tensión en la habitación era palpable. Podía oler el deseo emanando de ellos, un aroma denso y casi tangible. Mi pija se endureció contra mi voluntad, una traición de mi propio cuerpo que me llenó de vergüenza y excitación.
—¿Por qué no nos ponemos más cómodos? —sugirió Sofía de repente, levantándose.
Se quitó el vestido de un tirón, revelando que no llevaba nada debajo. Su cuerpo era perfecto: tetas firmes y erguidas, un coño afeitado que brillaba con humedad, y esas caderas que invitaban a ser agarradas con fuerza.
Marcos me miró, buscando mi aprobación. Yo solo asentí, incapaz de hablar. Él se levantó y se deshizo de su ropa, y entonces la vi. Su pija era enorme, mucho más grande que la mía, gruesa y ya semi-erguida. Era un monstruo. Sofía lanzó un pequeño gemido al verla.
—Dios mío —murmuró, acercándose—. Es más impresionante de lo que imaginaba.
Se arrodilló frente a él y tomó su pija con ambas manos, y sobraba casi la mitad aún. Sus dedos apenas podían rodearla. Con movimientos lentos y deliberados, comenzó a masturbarlo, su lengua asomando entre sus labios. Yo observaba desde mi sillón, mi propia pija ahora completamente dura y goteando.
—¿Puedo? —preguntó ella, mirándome a los ojos.
No pude decir nada, solo asentí de nuevo. Con eso, se llevó la cabeza de Marcos a la boca. Me quedé boquiabierto al ver cómo se tragaba casi toda esa pija gigante, su garganta trabajándose mientras él la agarraba del pelo y la follaba la boca con fuerza.
—Así, zorra, trágala toda —gruñó él.
Sofía gimoteó, sus manos bajándose hasta su coño donde se masturbaba frenéticamente. El sonido de sus dedos chapoteando en su humedad se mezclaba con los sonidos de asfixia mientras Marcos la usaba.
Yo me había bajado los pantalones sin darme cuenta, masturbándome al ritmo que él follaba su boca. Cada vez que ella se ahogaba en su pija, mi mano se apretaba más alrededor de la mía.
—Ven aquí —ordenó Marcos de repente, tirando de su pelo.
Ella obedeció, subiendo sobre él y guiando esa pija monumental hacia su coño. Me quedé helado cuando vi cómo se abría para recibirla, sus labios estirándose hasta el límite mientras descendía lentamente.
—Ahhh, sí —gemía ella, moviendo sus caderas—. Así, lléname toda.
Marcos comenzó a moverse, levantándola y dejándola caer sobre su pija con fuerza. Cada embestida la hacía gritar, sus tetas rebotando salvajemente. Yo me había acercado más, ahora de pie junto al sofá, masturbándome mientras observaba.
—Mírame —me ordenó Sofía de repente, su voz rota por los placeres—. Mírame mientras él me folla mejor que tú.
Esas palabras me golpearon como una descarga eléctrica. Debería haber sentido rabia, humillación, pero solo sentía una excitación intensa que me recorría todo el cuerpo. Mi mano se movía más rápido sobre mi pija.
—Cógeme más fuerte —suplicaba ella—. Hazme tuya.
Marcos la giró, poniéndola a cuatro patas. Desde mi posición tenía una vista perfecta de su culo mientras él entraba en ella desde atrás. Su pija desaparecía y reaparecía, cubierta de la crema de Sofía, sus testículos golpeando su clítoris con cada embestida.
—Toca tu pija mientras me miras —dijo ella, volviendo la cabeza hacia mí—. Acaríciala pensando en cómo mi coño se siente lleno de una pija de verdad.
No pude resistirme. Mi mano volvió a moverse, más rápido esta vez. Los sonidos de sus cuerpos chocando, sus gemidos, los gruñidos de Marcos... todo se mezclaba en una sinfonía pornográfica que me tenía al borde del colapso.
—Estoy a punto de correrme —avisó Marcos.
—Dentro, dentro mío —gritó Sofía—. Quiero sentir toda tu leche en mi coño.
Él la agarró de las caderas con fuerza y la embistió unas cuantas veces más antes de gemir profundamente. Vi cómo sus testículos se contraían mientras la llenaba con su semen. Eso fue suficiente para mí. Con un grito, comencé a eyacular, mi semen salpicando el suelo mientras mi cuerpo se sacudía en el orgasmo más intenso de mi vida.
Cuando terminamos, los tres quedamos en silencio, respirando pesadamente. Sofía se giró y me miró, su coño todavía goteando el semen de Marcos.
—¿Lo viste? —preguntó con una sonrisa pícara—. ¿Viste cómo me folló?
Asentí, todavía temblando.
—Bueno —dijo ella, extendiendo la mano hacia mí—. Esto es solo el principio.
La tomé de la mano, sabiendo que mi vida nunca volvería a ser la misma. Y, para mi sorpresa, no sentía arrepentimiento, solo una anticipación febril por lo que vendría después.
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