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Un viejo se coge a mi esposa el día de bodas

La música de la banda de mariachis retumbaba con un eco amortiguado desde el salón principal, pero aquí, en el pasillo de servicio que conducía a las oficinas del dueño del banquet, el aire estaba pesado y quieto. Javier ajustó el nudo de la corbata, que ya sentía como una soga apretada alrededor de su cuello, y miró su reloj. Faltaban cuarenta minutos para el vals de los novios, pero Lucía no estaba en el salón, ni en el baño de señoras, ni en la terraza. Su madre le había dicho que la había visto salir con Don Eusebio, el propietario del lugar, un hombre de setenta y tantos años cuya la piel parecía pergamino arrugado y cuya el aliento siempre olía a tabaco barato y coñac.

Javier se acercó a la puerta de roble al final del pasillo. No estaba cerrada por completo; dejaba escapar un resquicio de luz tenue y un sonido que hizo que el corazón de Javier diera un vuelto y se le atascara en la garganta. No era una conversación. Era un gemido húmedo, profundo, seguido de un golpe sordo y rítmico contra madera. Con las manos sudorosas, empujó la puerta suavemente, solo unos centímetros, suficiente para que su ojo izquierdo capturara la escena que se desarrollaba en la penumbra de la oficina.

Don Eusebio estaba sentado en el gran escritorio de caoba, con las piernas abiertas y el cuerpo recostado, exponiendo un vientre hinchado que sobresalía por encima de su pantalón de vestir desabrochado. Entre sus piernas, arrodillada sobre la alfombra oriental, estaba Lucía. Su vestido de novia, un deslumbrante conjunto de encaje blanco y seda que había costado una fortuna, estaba arrugado y manchado de polvo en el dobladillo. El velo, que debería haber cubierto su rostro con inocencia, yacía en el suelo como un trapo olvidado.

Lucía tenía la boca llena. Sus labios, pintados de un rojo carmesí intenso para la ocasión, estaban estirados alrededor del miembro de Don Eusebio, una herramienta gruesa, verrugosa y de un color grisáceo que contrastaba violentamente con la palidez perfecta de su piel. El viejo tenía una mano enterrada en el cabello rubio de ella, guiando su cabeza con un movimiento brutal, obligándola a tragar más de lo que parecía posible. Los sonidos de succión eran obscenos, unos chasquidos húmedos que resonaban en la pequeña oficina, interrumpidos solo por los gruñidos guturales del anciano.

—Mírala, cornudo —gritó Don Eusebio sin apartar la vista de la cabeza de la mujer, como si hubiera olido la presencia de Javier en la puerta—. Tu esposa tenía sed. Una sed que tú, con tu polla de niña, no puedes quitarle.

Javier no pudo moverse. Sus pies estaban clavados en el suelo, pero lo que más le horrorizaba no era la traición en sí, sino la reacción de su propio cuerpo. Mientras miraba cómo la lengua de Lucía serpentaba alrededor de la glande del viejo, sintió una erección dolorosa y repentina que presionaba contra el tejido de sus pantalones de vestir. La vergüenza le quemó las mejillas, pero sus ojos se negaron a cerrarse.

Don Eusebio empujó a Lucía hacia atrás, liberándola de su boca con un "pop" audible. Un hilo de saliva y baba conectaba los labios de ella con la punta de su miembro por un segundo antes de romperse. Lucía jadeaba, su maquillaje corrido, los ojos vidriosos y desenfocados, pero había una sonrisa en su rostro, una expresión de hambre animal que Javier nunca había visto en sus cuatro años de noviazgo.

—Acércate, marido —siseó el viejo, señalando con un dedo nudoso—. Ven a ver cómo se rompe a tu esposa en su noche de bodas.

Javier, como poseído por un forcejeo invisible, dio un paso adelante, luego otro, hasta que estuvo al lado del escritorio. Don Eusebio se levantó con dificultad, sus articulaciones crujían, pero su erección no flaqueaba. Giró a Lucía, que se puso a cuatro patas sobre la alfombra como una perra en celo, levantando la parte trasera de la voluminosa falda del vestido. No llevaba ropa interior. Su coño, completamente depilado y brillando por la humedad, estaba expuesto a la luz de la lámpara del escritorio.

—Mira ese regalo —dijo Don Eusebio, acariciando una de las nalgas de Lucía con tal fuerza que dejó la marca de sus dedos—. Apretado, virgen... bueno, casi. Listo para ser sembrado.

El viejo se arrodilló detrás de ella. No hubo preliminares, ni ternura, ni palabras de amor. Agarró sus caderas con huesudas manos y, con un empujón seco y brutal, se hundió hasta el fondo. Lucía gritó, un sonido agudo que se transformó en un gemido grave y prolongado a medida que el viejo comenzaba a moverse.

—¡Sí! ¡Dámelo, Don Eusebio! —gritó ella, clavando las uñas en la alfombra—. ¡Más fuerte que mi marido!

Javier observó, hipnotizado, cómo el miembro del anciano desaparecía y reaparecía con violencia en el interior de su esposa. El viejo no tenía piedad; cada embestida hacía que las caderas de Lucía chocaran contra su pelvis con un sonido seco y pegajoso. El olor a sexo, a sudor y a la musgosa humedad del viejo llenaba la habitación, un aroma denso y casi asfixiante que hacía girar la cabeza de Javier.

—¿Ves eso, pendejo? —bufó Don Eusebio entre embestidas, su respiración sibilante y agitada—. Ella está apretándome. Está exprimiendome la leche. Tu esposa está hecha para ser usada por hombres de verdad, no por niños como tú.

El viejo escupió en su mano y la llevó al ano de Lucía, introduciendo un dedo sin previo aviso. Ella arqueó la espalda, empujando hacia atrás para recibir más, más dolor, más placer. La doble penetración, aunque solo con un dedo, parecía empujarla al borde de la locura. Sus gemidos eran ininteligibles ahora, una mezcla de súplicas y blasfemias.

—Hoy voy a llenar este vientre —gruñó Don Eusebio, acelerando el ritmo, sus testículos golpeando el clítoris de ella con cada golpe seco—. Voy a ponerle un bebé en el útero el mismo día que se casa contigo. ¿Te gusta esa idea, maricón? ¿Ver cómo mi semilla vieja y potente se apodera de tu esposa?

Javier sintió que las rodillas le temblaban. La imagen del vientre de Lucía hinchado, creciendo con el hijo de ese hombre repugnante, se grabó en su cerebro con una claridad aterradora. En lugar de revuelta, una ola de calor recorrió su cuerpo. Se llevó la mano a la entrepierna y se frotó a través del pantalón, incapaz de contener el deseo que le corroía las entrañas.

—Dile lo que quieres, puta —ordenó Don Eusebio, dándole una bofetada en la nalga a Lucía que dejó una huella roja brillante—. Dile que quieres mi leche.

—¡Quiero tu leche, Don Eusebio! —chilló Lucía, mirando a Javier a los ojos por primera vez desde que entró—. ¡Quiero que me embaraces! ¡Él no puede hacerlo, es inútil! ¡Dame tu hijo!

El viejo soltó un rugido animal, agarró a Lucía de los hombros y la clavó contra él con una fuerza final, inmisericorde. Su cuerpo se convulsionó, las venas del cuello se le hincharon como gusanos pálidos. Javier vio cómo el ano del viejo se contraía, cómo sus testículos se subían, y supo que estaba eyaculando dentro de su esposa, chorros tras chorros de semen espeso y caliente, bombeando directamente contra su cuello uterino.

Lucía se estremeció bajo él, alcanzando su propio clímax con un grito ahogado, sus músculos internos apretando el miembro del anciano para extraer hasta la última gota de su esencia. El silencio que siguió fue roto solo por los jadeos agotados de Don Eusebio y los sollozos post-orgásmicos de Lucía.

El viejo se retiró lentamente, su miembro flácido y brillante saliendo del cuerpo de ella con un sonido húmedo y sucio. Inmediatamente, un chorro de semen blanco y espeso comenzó a brotar del coño abierto de Lucía, manchando la alfombra y el encaje de su vestido de novia.

—Límpialo —dijo Don Eusebio, señalando el desastre entre las piernas de ella, y luego miró a Javier—. O quizás tú quieres hacerlo, cónyuge. Después de todo, es tu boda.

Javier se quedó allí, paralizado, mirando el semen de otro hombre correr por los muslos de su esposa, sabiendo que, en ese mismo instante, la vida de ambos había cambiado irrevocablemente, y que él no había hecho nada para detenerlo, porque en el fondo, sabía que esto era exactamente lo que ambos querían.

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