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El viejo encargado, Parte 9: Gloryhole

Mario no perdió tiempo en contemplar su obra. Con un movimiento brusco, agarró a Penélope por la nuca y la levantó del suelo como si fuera un saco de ropa sucia. Ella gimió, sus piernas cedieron bajo el peso de su propio cuerpo y la humillación, pero el hombre la sostuvo firme, arrastrándola hacia las puertas corredizas del balcón. Al deslizar el cristal, el ruido del tráfico de la ciudad irrumpió en la habitación con violencia, un rugido constante de motores y sirenas que contrastaba con el silencio tenso del dormitorio. Mario la empujó hacia la barandilla, obligándola a apoyar el abdomen contra el metal frío. La altura y el viento helado hicieron que Penélope temblara, no solo por el frío, sino por la exposición absoluta de su cuerpo desnudo ante los edificios de enfrente.

Sin previo aviso, Mario alineó su miembro, aún semi-erecto pero endureciéndose rápidamente con la visión de ese trasero ofrecido, y se hundió en ella de un golpe seco. Penélope gritó, un sonido agudo que se perdió en el inmenso caos urbano, mientras él la sujetaba de las caderas con una fuerza que dejaba marcas moradas en su piel. Desde el interior de la habitación, Juan se había puesto de pie con el móvil en la mano, capturando cada embestida. El encuadre de la cámara enfocaba el contraste brutal: la cara de placer dolorido de Penélope, iluminada por la luz de la calle, y la silueta de Mario devastándola contra el vacío. Los gemidos de ella, rítmicos y forzados, competían con el claxon de un taxi abajo, creando una banda sonora disonante de depravación urbana. Mario no mostraba piedad; cada golpe resonaba en el pecho de Penélope al aplastarla contra la barandilla, usándola meramente como un objeto para su alivio. Con un guturazo profundo, Mario se tensó y eyaculó dentro de ella por segunda vez, llenándola de su leche caliente hasta que el exceso comenzó a escurrir por sus muslos, goteando hacia el piso del balcón.

Mario se retiró bruscamente, dejando a Penélope desplomada contra la barandilla, jadeando y temblando al borde del colapso. Se abrochó el pantalón con calma, indiferente al espectáculo de debilidad frente a él, y se volvió hacia ella con una mirada calculadora.

—Esta noche —dijo con voz ronca—, ponte tu ropa más de zorra. La que uses cuando quieres que te miren como a lo que eres. Los llevaré a un lugar especial.

Sin esperar respuesta, salió de la habitación, dejando a Juan recogiendo el teléfono y a Penélope luchando por ponerse de pie.

Horas más tarde, la noche había caído por completo sobre la ciudad. Penélope bajó las escaleras del edificio transformada. Llevaba una minifalda de cuero negro que apenas cubría sus nalgas, sin ropa interior alguna, unas medias de red con roturas intencionales y un top escotado que dejaba ver más de lo que ocultaba. Su maquillaje era excesivo, con labios rojos carmesí y ojos delineados hasta parecer una caricatura de lujuria. Subieron al auto de Juan, con Mario en el asiento del copiloto y Penélope en la parte trasera, oliendo a perfume barato y sexo. El viaje fue corto, en silencio, marcado solo por las miradas codiciosas que Mario le dirigía por el retrovisor.

El auto se detuvo frente a una estación de servicio de mala muerte, donde las luces de neón parpadeaban y el asfalto estaba manchado de aceite. No había nadie más que unos pocos camiones aparcados en la penumbra. Mario señaló con la cabeza hacia el edificio de los baños.

—Allí —ordenó.

Los tres bajaron del coche. El aire olía a gasolina y humedad. Entraron en el bloque de servicios, y Mario empujó a Penélope hacia el último cubículo del baño de hombres. El lugar era asqueroso, con olor a orín estancado y grafitis vulgares cubriendo las paredes de azulejos rotos. Pero lo que llamó la atención de Penélope fueron los agujeros ovalados en las paredes laterales, a la altura de la cadera, desgastados por el uso. Era un gloryhole.

Mario cerró la puerta con cerrojo y se volvió hacia Juan.

—Graba todo. Quiero que se vea bien lo puta que es tu esposa.

Juan asintió, apoyándose en una esquina con el móvil listo, mientras Mario desabrochaba su pantalón de nuevo y se acercaba a Penélope, que estaba de pie en el centro del espacio reducido, temblando de anticipación y miedo. Juan también se bajó el cierre, sacando su erección. Mario agarró a Penélope por el pelo y la obligó a arrodillarse sobre el suelo sucio.

—Abre la boca, zorra. Chúpanos a los dos.

Penélope obedeció, tomando las dos vergas en sus manos y alternando entre ellas, lamiendo las cabezas y hundiéndolas en su garganta con un desespero que fingía y que al mismo tiempo sentía en lo más hondo. La cámara de Juan capturaba cómo sus labios se estiraban, cómo la saliva bañaba ambos miembros, el sonido húmedo de su succión resonando en el cubículo.

De repente, una sombra oscureció uno de los agujeros de la derecha. Una verga gruesa y pálida apareció a través del orificio, buscando contacto. Penélope se detuvo un segundo, sorprendida, pero Mario le dio una patada en el muslo.

—No la dejes esperando. Haz lo que sabes, puta.

Penélope se giró y tomó el miembro desconocido con la mano, llevándoselo a la boca con avidez. Casi al mismo tiempo, otro pene, más largo y delgado, surgió del agujero de la izquierda. Era el inicio de la avalancha. Ya no hubo tiempo para pensar. Penélope se movía de un lado a otro como una posesa, atendiendo a las vergas que surgían de las paredes como si fueran maná del cielo.

La escena se convirtió en un torbellino de carne anónima. Penélope chupaba, masturbaba con ambas manos y, cuando alguno de los hombres al otro lado del muro insistía, se colocaba de espaldas para frotar su coño o su ano contra el agujero, dejando que la penetraran desde el otro lado, sintiendo cómo la usaban sin ver sus rostros. Mario y Juan observaban, filmando y participando ocasionalmente, metiendo sus vergas en la boca de ella cuando ella giraba la cabeza buscando aire. Penélope, con el maquillaje corrido por el sudor y el semen de extraños, hacía rusas con sus tetas, apretando los miembros entre sus pechos mientras lamía la punta, sumida en un frenesí de lujuria que la borraba de cualquier otra realidad. Esa noche, en aquel baño asqueroso, Penélope atendió incontables vergas, perdiendo la cuenta de cuántas veces la llenaron de leche, cuántas veces sintió el sabor de desconocidos en su lengua, aceptando su papel de receptáculo de placer para cualquiera que pasara por allí.

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