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Un desconocido embaraza a mi novia

El bajo de la música sacudía las tablas del suelo con una violencia casi física, un latido sordo y constante que vibraba en las suelas de los zapatos de Lucía y subía por sus pantorrillas hasta alojarse en el pecho. El aire dentro del club 'Neón' era espeso, una mezcla tangible de vapor de alcohol, sudor dulzón y el aroma acre de la testosterona y el deseo desinhibido. Lucía se movía en el centro de la pista, sus caderas describiendo círculos lentos y provocativos, separada de Omar por unos metros. Él estaba en la barra, sujetando una cerveza tibia con ambas manos, los ojos clavados en ella, observando cómo la luz estroboscópica fragmentaba la figura de su novia en destellos intermitentes de piel expuesta y seda roja.

El vestido de Lucía no era más que un suspiro de tela, ajustado a su torso como una segunda piel y terminando bruscamente en el muslo, dejando al descubierto unas piernas largas y tonificadas que se retorcían al compás de la música. Un hombre, un completo desconocido que había estado observando la escena desde un rincón oscuro, vio su oportunidad. No hubo cortesía, ni presentaciones torpes; simplemente se acercó, cortando el espacio vacío entre ellos como un tiburón, y posó sus manos grandes y ásperas sobre la cintura de Lucía.

Ella no se retiró. Al contrario, su movimiento se sincronizó instantáneamente con el de él. Omar apretó el vaso de cerveza hasta que sus nudillos se pusieron blancos, pero no se movió. El desconocido, alto y con una barba de varios días que prometía una rugosidad intensa contra la piel, giró a Lucía para que quedara de espaldas a él, presionando su cuerpo contra el de ella. Era imposible ignorar la protuberancia dura y masiva que crecía en la entrepierna del tipo, frotándose deliberadamente contra las nalgas de Lucía a través de la fina tela del vestido.

La mano del desconocido descendió. Sin preguntar, sin buscar permiso con la mirada, deslizó sus dedos por el muslo de ella, levantando el borde del vestido. Lucía arqueó la espalda, exhalando un jadeo que se perdió en el estruendo de la música, y separó ligeramente las piernas, invitando a la intrusión. Los dedos del hombre encontraron el borde de la ropa interior de encaje, o quizás no encontraron resistencia alguna, porque al momento la mano estaba bajo la tela, explorando la humedad que ya manchaba el encaje negro. El hombre llevó los dedos a la nariz, oliendo el aroma a sexo de la novia de otro hombre, y luego sonrió, mostrando unos dientes blanquísimos bajo las luces violetas.

—Vamos —gruñó el desconocido cerca de la oreja de ella, con una voz ronca que sonó a grava y tabaco.

No dio opciones. La agarró de la muñeca y la arrastró lejos de la pista, hacia los pasillos traseros que conducían a los baños. Omar se levantó bruscamente, volcando parte de su cerveza sobre la barra, y los siguió, manteniendo una distancia de unos pasos, su corazón golpeando contra las costillas como un pájaro enjaulado.

El baño de caballeros era un lugar de azulejos blancos manchados y olor a orines y limpiadores baratos. El desconocido empujó a Lucía hacia el interior del último cubículo, el más grande, y antes de que la puerta se cerrara del todo, Omar ya estaba allí, mirando por la rendija de la puerta que no llegaba a cerrarse por completo. El desconocido no se molestó en verificar si estaban solos; su atención estaba completamente centrada en la mujer que tenía delante.

Con un movimiento brusco, levantó a Lucía y la sentó sobre el lavamanos de porcelana fría. El golpe de sus nalgas contra la cerámica hizo un sonido sordo y húmedo. El hombre levantó el vestido de Lucía hasta la cintura, revelando un coño totalmente depilado, brillando y hinchado por la excitación, los labios mayores entreabiertos mostrando el interior rosado y sediento. No había tiempo para preliminares suaves. El desconocido desabrochó el cinturón de cuero, el sonido metálico de la hebilla cortando el aire pesado, y bajó la cremallera de sus vaqueros.

Su polla saltó fuera, gruesa, venosa y ya goteando preseminal. Era un arma de carne, más grande y gruesa que cualquier cosa que Lucía hubiera experimentado antes, y la simple vista de ese miembro ajeno hizo que las piernas de ella temblaran, abriéndose más aún en un gesto de rendición total.

—Mírame —ordenó él, agarrándose la base y guiando la cabeza hacia la entrada de su coño—. Voy a llenarte hasta que te duela.

Lucía miró a Omar a través de la rendija de la puerta. Sus ojos estaban vidriosos, la boca abierta, pero no dijo nada. No pidió ayuda. El desconocido no esperó más. Con un empujón de caderas brutal, hundió su polla dentro de ella en un solo golpe profundo. Lucía lanzó un grito agudo que resonó contra las paredes de azulejos, una mezcla de dolor y placer absoluto. El hombre comenzó a follarla sin piedad, sin ritmo, solo con fuerza bruta. Cada embestida hacía que el lavamanos golpeara contra la pared, y las nalgas de Lucía rebotaran contra la porcelana, dejando una mancha de sus fluidos en la superficie blanca.

El sonido de los cuerpos chocando era obsceno, un chapoteo húmedo y rítmico —plap, plap, plap— que se sumaba a los gemidos guturales de él y los sollozos de ella. Desde su escondite, Omar veía cómo la polla del desconocido desaparecía y reaparecía, cubierta cada vez más en la crema blanca y espesa del coño de su novia, un testimonio visual de su excitación incontrolable.

—Sí, puta, tómalo toda —siseó el desconocido, mordiéndole el cuello con fuerza, dejando una marca roja y oscura que reclamaría propiedad sobre ella—. Tu novio está ahí fuera escuchando cómo te la meto de verdad.

El hombre aceleró el ritmo, sus pelvis golpeando el clítoris hinchado de Lucía con cada embestida. Ella se aferró a sus hombros, las uñas clavándose en la camisa de él, sus ojos rodando hacia atrás mientras una ola de orgasmos sacudía su cuerpo. El desconocido sintió cómo las paredes de su coño se contraían, masajeando su polla, intentando exprimirle la leche.

—Te voy a preñar —gruñó él, acelerando aún más, convirtiéndose en una máquina de sexo desatada—. Voy a dejar mi semilla profundo en tu vientre. Voy a hacerte madre de un desconocido.

Esas palabras, sucias y prohibidas, actuaron como un detonante. Lucía envolvió sus piernas alrededor de la cintura de él, tirándolo hacia dentro, cruzando los tobillos para atraparlo, para asegurar que no pudiera salirse. Quería eso. Quería sentir el calor hirviendo de su semen inyectándose en su interior, cruzando el riesgo, rompiendo todos los tabúes.

El desconocido aulló, un sonido animal, y hundió su polla hasta el fondo, hasta que sus testigos golpearon contra el perineo de ella. Su cuerpo se tensó, sus músculos se pusieron rígidos como rocas, y entonces comenzó el eyaculado. Omar vio cómo las venas del cuello del hombre se distendían mientras bombeaba carga tras carga de semen espeso y caliente directamente en el útero de Lucía. Fue una inundación interminable, un torrente de esperma que llenó cada espacio disponible, derramándose por los lados de la polla y corriendo por el muslo de ella, mezclándose con sus propios jugos.

El desconocido se quedó quieto un momento, disfrutando las últimas contracciones espasmódicas del coño de ella que exprimían los últimos restos de su leche. Luego, con un movimiento brusco, se retiró. Su polla, ahora flácida pero todavía impresionante, salió con un sonido audible y húmedo, seguida inmediatamente por un torrente de semen blanco y lechoso que se derramó del coño abierto y rojo de Lucía, cayendo sobre el lavamanos y el suelo del baño.

Lucía seguía sentada en el lavamanos, jadeando, las piernas abiertas, el coño pulsando y babeando la prueba de la violación consensuada que acababa de ocurrir. El desconocido se subió los pantalones, se abrochó el cinturón y, sin mirarla a los ojos ni a Omar, salió del cubículo, dejando la puerta abierta.

Omar entró entonces. El olor a sexo, a semen y a sudor era abrumador. Se acercó a Lucía, mirando el desastre entre sus piernas, la evidencia viscosa y brillante de que otro hombre había marcado su territorio, había depositado su semilla en lo que supuestamente era propiedad de Omar. Lucía lo miró, con una sonrisa perezosa y satisfecha en los labios, y bajó la mano hasta su coño hinchado, recogiendo un poco de la mezcla de fluidos con los dedos y llevándoselos a la boca para saborearlo.

—Está lleno —susurró ella, pasando la lengua por sus dedos sucios—. Y no pienso limpiarlo.

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