Xavier pasa mucho tiempo fuera por razones de trabajo, atendiendo nuestro negocio de distribución, así que prácticamente yo he criado a nuestro hijo peludo, Scrappy, con todo lo que ello conlleva. He hecho de madre, padre y entrenadora. Por razones de comodidad, al ser un perro con tanta energía, se pasaba el día conmigo en el porche trasero mientras yo organizaba los pedidos de croquetas para los vecinos.
Los años fueron pasando y, de repente, un día me encuentro con que Scrappy ya es un perro maduro, imponente, y tiene una "novia". Una vecina del barrio, una chica que siempre pareció una santa cuando venía a comprarnos el costal de alimento.
Una noche, yo llegaba de salir con unas amigas y una de ellas, Marta, se iba a quedar en casa a pasar la noche. Estábamos tan tranquilas charlando en el salón cuando ella me detuvo.
—Escucha... ¿no oyes algo en el jardín? —me preguntó.
—Ni idea, hija, yo no he oído nada.
—Bueno, pues mejor. Por cierto, no me he traído pijama ni nada, así que me voy a quedar en bragas, ¿vale?
—Como quieras, yo también voy a hacer lo mismo.
Seguimos charlando y de repente sí que oí algo. Fui con mi amiga Marta recorriendo los pasillos hasta llegar a la puerta que daba al jardín trasero.
—Tía, creía que Scrappy estaba dormido fuera —dije muy bajito.
—Pues tu cachorro me parece a mí que está muy despierto...
Entreabrimos la puerta del porche un poco. Marta ahogó un grito.
—¡¡¡Vaya pieza que tiene tu perro!!!
—¡¡¡Chiiissss... calla!!!
En ese momento se me cayeron los palos del sombrajo. La mandé a callar, pero era verdad. Por un momento se me olvidó por completo que ese era Scrappy, el cachorro que crié; lo que vi fue a un animal joven, salvaje, muy bien armado. Y la chica que estaba con él en el césped... sí, era nuestra vecina, la de las croquetas. Una chica súper educada en el día a día, pero la que estaba ahí tirada era una mala pécora; en mi vida he oído soltar tantas palabras sucias a una mujer, y no se cansaba.
Tuve que tirar del brazo de Marta porque se quedó embobada.
—Ya sé que es tu perro... pero si no lo fuera... ni te digo lo que haría yo en ese jardín —susurró Marta—. ¿Puedes convivir con ese semental sin más?
—Calla, Marta, que es Scrappy y ahora mismo no sé qué pensar.
—Pues piensa lo que tienes que pensar, tía. Está echándole un polvazo a la vecina, con una energía que ya quisiéramos nosotras.
A las dos horas más o menos, ella entró a la casa desde el patio. Llevaba solo un minivestido indefinido que le dejaba ver muchas cosas. Se llevó una sorpresa al vernos allí en la cocina; no nos esperaba.
—Supongo que jugando o algo por el estilo, ¿no? —ironicé.
—Claro, mami —dijo la vecina con una sonrisa descarada.
La novia de Scrappy me llamaba mami.
No voy a decir nada, pero voy a contar lo que dijo Marta cuando volvimos a nuestra habitación:
—Tu perro tiene un cuerpazo y acabo de presenciar que es una bestia. ¿Anduviste viendo cómo iba ella? No llevaba nada debajo. Al moverse se le veían todos los cachetes. Está buena la tía.
—Sí... ¿y supongo que no te habrás fijado en que estamos en bragas las dos y que, al pasar, no nos quitaban el ojo de encima?
—Jajajajaja... pues tía, ni me he de dado cuenta. Es verdad, estamos medio en pelotas.
Mientras tanto, en la oscuridad del porche, la vecina volvía a provocar al animal:
—Cielo, cuando has visto a esa amiga de tu mami en bragas se te ha puesto a reventar... ¿o ha sido al ver a tu mami? ¿O a las dos? Mmmm... ven, cielito, mira cómo estás.
Le masajeaba el lomo y la energía del animal se desbocaba mientras se escuchaban los jadeos húmedos contra el suelo. Ella se abrió de piernas en la manta del jardín. El animal se volvió loco, muy loco.
—Ven que te voy a volver a usar, guarra... —parecía exigir la tensión del ambiente—. Sí, se me ha puesto muy dura cuando he visto a mami en sujetador y bragas... está para comérsela.
El deseo salvaje entró en ella y ella se dejó, claro, siempre se dejaba. Era lo que más le gustaba hacer en este mundo. Pero al mismo tiempo, la vecina se daba cuenta de que el instinto de Scrappy pensaba en mami; lo hacía con más fuerza, lo notaba más tenso, sin duda le había afectado ver a las dos mujeres en paños menores.
Por la mañana, Marta se fue temprano para llegar a su trabajo y yo dejé preparado el desayuno para cuando se levantasen. En ese momento, mi marido Xavier acababa de llegar de su viaje de trabajo, cansado pero atento. No sabíamos muy bien qué hacer, ni si eso de tener a la vecina viviendo en el jardín con Scrappy iba a ser una excepción o se iba a convertir en la normalidad.
En eso apareció ella por la cocina. Iba descalza, despeinada y llevaba el mismo minivestido de la noche anterior. No llevaba nada debajo, pero se desenvolvía con total naturalidad, como si esa fuera su forma normal de estar y de ser.
Xavier se quedó de piedra al verla entrar desde el patio.
—¿Y tu amiga? —preguntó ella mirándome.
—Se ha ido a su trabajo —respondí.
—Espero que no se haya ido en tanga, ¿no?
—No, se ha ido vestida. Anoche no sabíamos que estabais aquí... Por cierto, tú también deberías vestirte, ¿no crees? Estamos desayunando con Xavier.
—Bueno, mami, no te enfades, que tú sigues en braguitas y tu marido en ropa interior y no os he dicho nada.
—Por lo menos son braguitas... Tú ni eso, creo, ¿no?
Cuando dije que ni eso, con la mayor normalidad del mundo, ella se levantó aquel minivestido delante de Xavier y de mí, dejándonos ver todo lo que había debajo de él.
—No... ni eso. Me gusta llevar mi chochete al aire... y a tu hijo Scrappy también.
—Pues deberías vestirte... ya hablaremos —dijo Xavier carraspeando, con los ojos como platos.
—Sí... después hablamos, mami —dijo ella mientras me cogía la carita con las manos y me daba un beso con lengua. Al tiempo, me cogió de la mano y tiró de mí hacia el jardín, arrastrando también a Xavier con la mirada.
—¿Qué haces? ¿Adónde vamos?
—A terminar con esto de raíz.
Una vez en el césped del jardín, vi cómo ella se subía a la manta andando a gatas. Se le veía todo, perfectamente depilado. Scrappy la esperaba, un semental enorme, duro y dispuesto a trabajar.
—Mmmm... cielito... tengo una sorpresa.
En eso, Scrappy se tensó y Xavier se quedó como si hubiera visto un platillo volante. La vecina comenzó el juego sucio delante de sus dueños.
De repente, ella me dio la vuelta y me plantó un azote seco en el culo. Yo llevaba un tanguita muy pequeño la verdad, de esos de hilo dental.
—¿Te gusta tu mami? ¡Cabrón! —decía ella sin parar de azotarme el culito, mirando al animal y a Xavier.
—Ufff... pero... pero... cómo está... qué culazo tiene Mariana... —soltó Xavier, completamente sobrepasado por la escena, contagiado por el deseo salvaje.
Yo no sabía qué hacer, pero sí sabía lo que sentía: estaba empapada. Solo se me ocurrió decir:
—Esto no puede ser... es Scrappy... nuestro hijo peludo... y tú la vecina...
—No te preocupes, mami —dijo ella—, que tú no lo vas a tocar ni él a ti con las manos... —mientras seguía azotándome sin parar.
Ella me bajó el tanguita y me hizo inclinarme para dejar al aire mi rajita. Me pasó varios dedos hasta estar segura de que estaba bien lubricada.
—Quédate ahí, cielito... con toda tu potencia para pasar revista.
Me llevó hacia atrás. Se puso delante de mí y me pidió que apoyara mis manos en ella; en realidad, al final acabé rodeando su cintura con mis brazos y apoyando mi boca en sus pechos.
—Y tú, Scrappy, ni se te ocurra tocarla... es tu mami... y a la única tía que tocas es a mí.
Ella se fue dejando caer sobre el animal. Aquello estaba bien dentro y bien duro. El instinto se apoderó del jardín; yo en la postura que estaba empecé a notar las piernas cargadas, a la vez que, casi sin querer, estaba lamiendo los pechos de la vecina mientras Xavier miraba la escena devorándonos con los ojos.
—¡¡¡Ahhhhh... qué culazo tienes, mami... hija de puta... cómo se puede estar tan buena a tu edad...!!! ¡¡¡Cómo me gusta!!! ¡¡¡Cómele las tetas a mi guarra...!!! —parecía rugir el ambiente prohibido.
—¡¡¡Estáis locos!!! ¡¡¡Me corroooo... qué barbaridad... me partes en dos... ahhhh...!!! —grité, perdiendo los estribos frente a mi marido y mi mascota.
—¡¡¡Cómo te gusta, zorrita!!! Parecías una mami de libro, de las que solo venden croquetas... ¡te comes mis tetas y con las manos no dejas de magrearme el culito...!
—¿Ya os habéis quedado los dos más tranquilitos? ¿Sí? ¿Cómo estás, Scrappy? ¿Y tu zorrita?
Así ocurrió, chispa más o menos, nuestra primera y más salvaje experiencia en el jardín.
Si te gustó no dudes en escribirme a mi correo a:
srnorbertovelazquez@gmail.com
Los años fueron pasando y, de repente, un día me encuentro con que Scrappy ya es un perro maduro, imponente, y tiene una "novia". Una vecina del barrio, una chica que siempre pareció una santa cuando venía a comprarnos el costal de alimento.
Una noche, yo llegaba de salir con unas amigas y una de ellas, Marta, se iba a quedar en casa a pasar la noche. Estábamos tan tranquilas charlando en el salón cuando ella me detuvo.
—Escucha... ¿no oyes algo en el jardín? —me preguntó.
—Ni idea, hija, yo no he oído nada.
—Bueno, pues mejor. Por cierto, no me he traído pijama ni nada, así que me voy a quedar en bragas, ¿vale?
—Como quieras, yo también voy a hacer lo mismo.
Seguimos charlando y de repente sí que oí algo. Fui con mi amiga Marta recorriendo los pasillos hasta llegar a la puerta que daba al jardín trasero.
—Tía, creía que Scrappy estaba dormido fuera —dije muy bajito.
—Pues tu cachorro me parece a mí que está muy despierto...
Entreabrimos la puerta del porche un poco. Marta ahogó un grito.
—¡¡¡Vaya pieza que tiene tu perro!!!
—¡¡¡Chiiissss... calla!!!
En ese momento se me cayeron los palos del sombrajo. La mandé a callar, pero era verdad. Por un momento se me olvidó por completo que ese era Scrappy, el cachorro que crié; lo que vi fue a un animal joven, salvaje, muy bien armado. Y la chica que estaba con él en el césped... sí, era nuestra vecina, la de las croquetas. Una chica súper educada en el día a día, pero la que estaba ahí tirada era una mala pécora; en mi vida he oído soltar tantas palabras sucias a una mujer, y no se cansaba.
Tuve que tirar del brazo de Marta porque se quedó embobada.
—Ya sé que es tu perro... pero si no lo fuera... ni te digo lo que haría yo en ese jardín —susurró Marta—. ¿Puedes convivir con ese semental sin más?
—Calla, Marta, que es Scrappy y ahora mismo no sé qué pensar.
—Pues piensa lo que tienes que pensar, tía. Está echándole un polvazo a la vecina, con una energía que ya quisiéramos nosotras.
A las dos horas más o menos, ella entró a la casa desde el patio. Llevaba solo un minivestido indefinido que le dejaba ver muchas cosas. Se llevó una sorpresa al vernos allí en la cocina; no nos esperaba.
—Supongo que jugando o algo por el estilo, ¿no? —ironicé.
—Claro, mami —dijo la vecina con una sonrisa descarada.
La novia de Scrappy me llamaba mami.
No voy a decir nada, pero voy a contar lo que dijo Marta cuando volvimos a nuestra habitación:
—Tu perro tiene un cuerpazo y acabo de presenciar que es una bestia. ¿Anduviste viendo cómo iba ella? No llevaba nada debajo. Al moverse se le veían todos los cachetes. Está buena la tía.
—Sí... ¿y supongo que no te habrás fijado en que estamos en bragas las dos y que, al pasar, no nos quitaban el ojo de encima?
—Jajajajaja... pues tía, ni me he de dado cuenta. Es verdad, estamos medio en pelotas.
Mientras tanto, en la oscuridad del porche, la vecina volvía a provocar al animal:
—Cielo, cuando has visto a esa amiga de tu mami en bragas se te ha puesto a reventar... ¿o ha sido al ver a tu mami? ¿O a las dos? Mmmm... ven, cielito, mira cómo estás.
Le masajeaba el lomo y la energía del animal se desbocaba mientras se escuchaban los jadeos húmedos contra el suelo. Ella se abrió de piernas en la manta del jardín. El animal se volvió loco, muy loco.
—Ven que te voy a volver a usar, guarra... —parecía exigir la tensión del ambiente—. Sí, se me ha puesto muy dura cuando he visto a mami en sujetador y bragas... está para comérsela.
El deseo salvaje entró en ella y ella se dejó, claro, siempre se dejaba. Era lo que más le gustaba hacer en este mundo. Pero al mismo tiempo, la vecina se daba cuenta de que el instinto de Scrappy pensaba en mami; lo hacía con más fuerza, lo notaba más tenso, sin duda le había afectado ver a las dos mujeres en paños menores.
Por la mañana, Marta se fue temprano para llegar a su trabajo y yo dejé preparado el desayuno para cuando se levantasen. En ese momento, mi marido Xavier acababa de llegar de su viaje de trabajo, cansado pero atento. No sabíamos muy bien qué hacer, ni si eso de tener a la vecina viviendo en el jardín con Scrappy iba a ser una excepción o se iba a convertir en la normalidad.
En eso apareció ella por la cocina. Iba descalza, despeinada y llevaba el mismo minivestido de la noche anterior. No llevaba nada debajo, pero se desenvolvía con total naturalidad, como si esa fuera su forma normal de estar y de ser.
Xavier se quedó de piedra al verla entrar desde el patio.
—¿Y tu amiga? —preguntó ella mirándome.
—Se ha ido a su trabajo —respondí.
—Espero que no se haya ido en tanga, ¿no?
—No, se ha ido vestida. Anoche no sabíamos que estabais aquí... Por cierto, tú también deberías vestirte, ¿no crees? Estamos desayunando con Xavier.
—Bueno, mami, no te enfades, que tú sigues en braguitas y tu marido en ropa interior y no os he dicho nada.
—Por lo menos son braguitas... Tú ni eso, creo, ¿no?
Cuando dije que ni eso, con la mayor normalidad del mundo, ella se levantó aquel minivestido delante de Xavier y de mí, dejándonos ver todo lo que había debajo de él.
—No... ni eso. Me gusta llevar mi chochete al aire... y a tu hijo Scrappy también.
—Pues deberías vestirte... ya hablaremos —dijo Xavier carraspeando, con los ojos como platos.
—Sí... después hablamos, mami —dijo ella mientras me cogía la carita con las manos y me daba un beso con lengua. Al tiempo, me cogió de la mano y tiró de mí hacia el jardín, arrastrando también a Xavier con la mirada.
—¿Qué haces? ¿Adónde vamos?
—A terminar con esto de raíz.
Una vez en el césped del jardín, vi cómo ella se subía a la manta andando a gatas. Se le veía todo, perfectamente depilado. Scrappy la esperaba, un semental enorme, duro y dispuesto a trabajar.
—Mmmm... cielito... tengo una sorpresa.
En eso, Scrappy se tensó y Xavier se quedó como si hubiera visto un platillo volante. La vecina comenzó el juego sucio delante de sus dueños.
De repente, ella me dio la vuelta y me plantó un azote seco en el culo. Yo llevaba un tanguita muy pequeño la verdad, de esos de hilo dental.
—¿Te gusta tu mami? ¡Cabrón! —decía ella sin parar de azotarme el culito, mirando al animal y a Xavier.
—Ufff... pero... pero... cómo está... qué culazo tiene Mariana... —soltó Xavier, completamente sobrepasado por la escena, contagiado por el deseo salvaje.
Yo no sabía qué hacer, pero sí sabía lo que sentía: estaba empapada. Solo se me ocurrió decir:
—Esto no puede ser... es Scrappy... nuestro hijo peludo... y tú la vecina...
—No te preocupes, mami —dijo ella—, que tú no lo vas a tocar ni él a ti con las manos... —mientras seguía azotándome sin parar.
Ella me bajó el tanguita y me hizo inclinarme para dejar al aire mi rajita. Me pasó varios dedos hasta estar segura de que estaba bien lubricada.
—Quédate ahí, cielito... con toda tu potencia para pasar revista.
Me llevó hacia atrás. Se puso delante de mí y me pidió que apoyara mis manos en ella; en realidad, al final acabé rodeando su cintura con mis brazos y apoyando mi boca en sus pechos.
—Y tú, Scrappy, ni se te ocurra tocarla... es tu mami... y a la única tía que tocas es a mí.
Ella se fue dejando caer sobre el animal. Aquello estaba bien dentro y bien duro. El instinto se apoderó del jardín; yo en la postura que estaba empecé a notar las piernas cargadas, a la vez que, casi sin querer, estaba lamiendo los pechos de la vecina mientras Xavier miraba la escena devorándonos con los ojos.
—¡¡¡Ahhhhh... qué culazo tienes, mami... hija de puta... cómo se puede estar tan buena a tu edad...!!! ¡¡¡Cómo me gusta!!! ¡¡¡Cómele las tetas a mi guarra...!!! —parecía rugir el ambiente prohibido.
—¡¡¡Estáis locos!!! ¡¡¡Me corroooo... qué barbaridad... me partes en dos... ahhhh...!!! —grité, perdiendo los estribos frente a mi marido y mi mascota.
—¡¡¡Cómo te gusta, zorrita!!! Parecías una mami de libro, de las que solo venden croquetas... ¡te comes mis tetas y con las manos no dejas de magrearme el culito...!
—¿Ya os habéis quedado los dos más tranquilitos? ¿Sí? ¿Cómo estás, Scrappy? ¿Y tu zorrita?
Así ocurrió, chispa más o menos, nuestra primera y más salvaje experiencia en el jardín.
Si te gustó no dudes en escribirme a mi correo a:
srnorbertovelazquez@gmail.com
0 comentarios - Xavier y mariana relatan todo lo que han vivido