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Nuestra cama, nuestro pecado, nuestro amor

CONTINUACIÓN DEL RELATO ANTERIOR

Si no leíste la parte de anoche, hacelo primero:
https://www.poringa.net/posts/relatos/6414378/Mama-lamiendo-semen-del-piso-como-una-puta-obsesionada.html



La noche del sábado cayó pesada sobre Fisherton. Después de lo del lavadero, María había preparado algo simple: milanesas que habían sobrado y una ensalada. Comieron en silencio la mayor parte del tiempo. No era un silencio incómodo. Era el silencio de dos personas que ya no necesitaban llenar el aire con palabras para no pensar.

Cuando terminaron, María juntó los platos y dijo, sin darse vuelta:

—Esta noche dormís conmigo. Como te dije ayer. No es solo por el frío de la cama.

Lucas asintió.

—Dale.

Se ducharon por separado. Cuando Lucas entró al cuarto de ella, María ya estaba en la cama, desnuda, con el ventilador de techo girando lento. El crucifijo seguía colgado sobre la cabecera. La medalla de la Virgen descansaba sobre la mesita de luz, al lado del rosario.

Él se sacó la remera y el short y se metió al lado de ella. Al principio se quedaron un poco rígidos, como si el simple hecho de compartir la cama fuera más íntimo que todo lo que habían hecho hasta ahora.

María fue la que se acercó primero. Se acomodó de costado y le pasó un brazo por el pecho.

—Venía pensando mientras lavaba los platos —dijo en voz baja—. En todo lo que te dije esta tarde en el lavadero. En lo de que soy tu puta. Y está bien… es verdad. Pero también es mentira.

Lucas giró un poco la cabeza.

—¿Cómo?

—Soy tu puta, sí. Me gusta serlo. Me gusta lamer tu semen del piso y que me mires mientras lo hago. Me gusta que me uses. Pero también soy tu mamá. Y cada vez más… siento que soy tu mujer. Y eso ya no me da tanto miedo como antes.

Se quedó callada un segundo. El ventilador hacía el único ruido de la habitación.

—Anoche te dije que me estaba enamorando de vos de una forma que me destrozaría si se terminaba. Hoy, en el lavadero, cuando te miré después de que te corriste encima mío, pensé otra cosa. Pensé: “y si no se termina”. Pensé: “y si esto, con todo lo enfermo que es, puede ser algo bueno”. Algo nuestro. De verdad.

Lucas la abrazó más fuerte. Le besó el pelo.

—Yo también lo pensé. Mientras comíamos. Me di cuenta de que ya no me odio tanto por quererte así. Que cuando te veo desnuda no solo se me para… también me dan ganas de cuidarte. De que no estés sola. De que alguien te toque con cariño y no solo con ganas de coger. Y que ese alguien sea yo no me parece tan horrible como antes.

María se rio bajito, contra su pecho.

—Somos un desastre, ¿no?

—Un desastre completo.

Ella levantó la cabeza y lo miró a los ojos en la penumbra.

—Quiero intentarlo en serio, Lucas. No solo escondidos en el lavadero o mientras miro TikToks. Quiero… esto. Dormir juntos. Hablar. Que me digas si tuviste un mal día en la facultad. Que yo te diga si me dolió la espalda de tanto limpiar. Y también que me cojas cuando se nos canten las ganas. Sin tener que justificarlo siempre con “somos enfermos”. Porque capaz que sí lo somos. Pero también capaz que seamos dos personas que se encontraron de la forma más torcida posible y que, a pesar de eso, se aman.

La palabra quedó flotando entre los dos.

Lucas la besó. No fue un beso solo de lengua y saliva. Fue lento, profundo, de esos que duelen un poco en el pecho.

—Te amo, mamá —dijo contra su boca—. De las dos formas. Y no quiero que esto se termine.

María cerró los ojos. Una lágrima se le escapó, pero esta vez no era solo de culpa.

—Yo también te amo. Y me aterra. Pero ya no quiero pelear contra esto. Quiero ver hasta dónde podemos llevarlo… sin destruirnos.

Se quedaron abrazados un rato largo. El calor de los cuerpos se mezclaba. Después, sin apuro, las manos empezaron a buscarse. María le acarició la espalda, el culo, la pija que ya estaba dura otra vez. Lucas le besó el cuello, las tetas, el vientre marcado por los años.

Cuando entró en ella fue despacio. María lo recibió con un suspiro largo, enredándole las piernas. No hubo apuro ni golpes fuertes. Fue profundo, constante, mirándose a los ojos la mayor parte del tiempo. Cada tanto se detenían solo para besarse o para decirse algo al oído.

—Así… justo así —susurraba ella.

—No me sueltes —pedía él.

Cuando se corrieron fue casi al mismo tiempo, abrazados fuerte, sin gritos, solo con la respiración entrecortada y el cuerpo temblando. Después se quedaron unidos un rato más, sudados, sin ganas de separarse.

María le acarició el pelo húmedo.

—Mañana es domingo —dijo en voz baja—. Si querés, vamos a misa como siempre. O nos quedamos. Como quieras. Ya no voy a fingir que nada pasa. Pero tampoco voy a gritarlo en la calle. Es nuestro. Y por ahora… quiero que siga siéndolo.

Lucas asintió contra su cuello.

—Vamos a misa. Y después volvemos y te cojo de nuevo. Y después te hago el mate. Y si se te canta, te lamo el culo en el lavadero. Todo. Lo enfermo y lo bueno. Juntos.

María sonrió en la oscuridad.

—Trato hecho, m’hijo.

Se acomodaron mejor. Ella le dio la espalda y él se pegó atrás, abrazándola, con una mano apoyada en su panza. El ventilador seguía girando. El crucifijo seguía mirando desde arriba. Pero por primera vez en mucho tiempo, ninguno de los dos sintió que tuviera que pedir perdón en ese preciso momento.

Afuera, Rosario dormía su sueño de sábado a domingo. Adentro, en esa cama matrimonial de Fisherton, madre e hijo habían dado un paso que ya no tenían cómo deshacer. Y, por primera vez, los dos pensaron que quizás no querían deshacerlo.

Domingo a la mañana.

El sol entraba sesgado por la ventana del cuarto. María se despertó primero, como casi siempre. Esta vez no estaba sola. Tenía el brazo de Lucas cruzado sobre su panza y la pija de él, medio dura, apoyada contra su culo. El ventilador de techo seguía girando flojo. El crucifijo miraba desde arriba, igual que siempre.

Se quedó quieta un rato, sintiendo el peso del cuerpo de su hijo detrás. Ya no era solo el calor de haber cogido. Era otra cosa. Más quieta. Más peligrosa. Más buena.

Lucas se removió.

—¿Mamá…?

—Sí.

—¿Qué hora es?

—Casi las nueve.

Él apretó un poco más el abrazo y le besó el hombro, despacio.

—¿Vamos a misa?

María pensó un segundo. Antes hubiera dicho que sí sin dudar, aunque estuviera llena de semen y de culpa. Ahora se tomó el tiempo.

—Si vos querés, vamos. Si no… nos quedamos. Ya no voy a fingir que vengo limpia de espíritu. Pero tampoco me voy a esconder en la casa como si fuéramos criminales. Es nuestro. Y por ahora quiero tratarlo como algo nuestro.

Lucas se incorporó un poco y la miró.

—Vamos. Pero después de la misa quiero volver y estar con vos sin apuro. Como… no sé. Como si fuéramos una pareja normal que comparte el domingo.

María se rio bajito.

—Pareja normal. Con una diferencia de treinta y pico de años y el detalle de que te parí. Sí, re normal.

—Ya sé. Pero me gusta pensarlo así un rato.

Se levantaron. María se puso el vestido negro de misa, esta vez con bombacha y corpiño. Lucas se puso un jean y una camisa. Antes de salir, ella le hizo la señal de la cruz en la frente, igual que cuando era chico. Después, en un gesto nuevo, le acomodó el cuello de la camisa y le dio un beso corto en la boca.

—Listo. Andá a lavarte los dientes que tenés aliento a dormido.

En la iglesia se sentaron en el mismo banco de siempre. Doña Hilda los saludó con el mismo entusiasmo de siempre. María contestó con la misma sonrisa de siempre. Pero cuando se arrodillaron, Lucas le rozó el dorso de la mano con los dedos, apenas un segundo. Ella no lo apartó.

Durante la homilía, María se quedó mirando el altar y pensó, con una claridad que le daba un poco de miedo: *Esto que siento por él ya no es solo pecado. Es amor. Sucio, torcido, pero amor.* Y por primera vez en meses no le pidió perdón a Dios por pensarlo.

Cuando volvieron a casa, el calor ya apretaba. María se sacó el vestido en el pasillo y se quedó en corpiño y bombacha. Lucas la miró desde la puerta de la cocina.

—¿Querés que prepare el mate o preferís que te coja primero?

María se rio de verdad esta vez.

—Qué caballero. Primero el mate. Después vemos.

Se sentaron en el sillón del living, los dos semidesnudos, compartiendo el mismo mate. María le pasaba la bombilla y de vez en cuando le acariciaba el muslo sin pensarlo demasiado. Lucas le secaba una gota de yerba del labio con el pulgar. Eran gestos chicos, domésticos, de pareja. Y al mismo tiempo seguían siendo madre e hijo.

Después del segundo mate, María dejó el termo sobre la mesa y se subió encima de él, a horcajadas.

—Ahora sí —dijo, bajándole el jean—. Ahora te quiero adentro.

No hubo apuro ni teatro. Se besaron mientras ella se acomodaba y lo iba metiendo despacio. Cuando estuvo completo, se quedaron quietos un momento, frente a frente, respirando juntos.

—Te amo —dijo ella, sin rodeos.

—Yo también —contestó él—. De las dos formas. Y no me arrepiento.

Se movieron lento al principio, después un poco más fuerte. María le sujetaba la cara con las dos manos mientras cabalgaba, mirándolo a los ojos. Lucas le apretaba las caderas y de vez en cuando le subía el corpiño para chuparle las tetas. No era el sexo desesperado del lavadero ni el de las mañanas de culpa. Era otra cosa. Más cercana a hacer el amor, aunque los dos supieran que la palabra les quedaba grande y peligrosa.

Cuando se corrieron, se quedaron abrazados en el sillón, sudados, sin ganas de separarse.

María le acarició el pelo.

—Mañana limpio en Constitución. Salgo temprano. Dejo la comida hecha. Si querés, a la noche vemos una película juntos. Como… una pareja.

Lucas asintió contra su cuello.

—Dale. Y si se te canta, después de la película te chupo el culo hasta que tiembles. También como una pareja.

Ella se rio y le dio un cachetito suave en la nuca.

—Sos incorregible.

—Y vos me amás igual.

—Sí —admitió ella, más seria—. Te amo igual. Y eso es lo que más me asusta y lo que más me calma al mismo tiempo.

Se quedaron así un rato largo, el ventilador girando, el olor a sexo y a mate mezclado en el living. Afuera, Rosario seguía con su domingo de siempre. Adentro, madre e hijo estaban aprendiendo, torpemente y con miedo, a ser también otra cosa.

Una pareja.

Sucia.

Secreta.

Y, por primera vez, un poco esperanzada.

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