Hola me llamo Amanda, tengo 26 años y soy abogada. Mido 1.70, cabello largo y curvas generosas: tetas prominentes, culo firme. No lo digo por vanidad; es algo que he escuchado toda mi vida.

Vivo con mi esposo, Marcos, ingeniero en computación. Para ser honesta, aún no entiendo bien a qué se dedica. Nos conocimos en la universidad, nos casamos jóvenes, convencidos de que éramos el uno para el otro. Somos felices, dentro de lo que cabe. Buen trabajo, estabilidad, una casa bonita justo al lado de la de sus padres. Ellos compraron esa propiedad como inversión y, cuando nos comprometimos, nos la rentaron. Hemos vivido aquí desde antes de la boda.
Pero no todo es perfecto. Hace dos años, sus padres se divorciaron. Abigail, su madre, siempre fue una mujer amable y dulce. Felipe, su padre… es malhumorado, crítico y, la verdad, insoportable. Ella se mudó lejos y ahora se la ve más feliz. Él se quedó solo, sin amigos, prácticamente pudriéndose en su casa. Yo hago lo posible por evitarlo. Critica a las mujeres modernas: nuestras carreras, nuestra independencia, nuestras opiniones. Solo le doy un saludo cortés y sigo de largo. Pero Marcos insiste en invitarlo a cenar de vez en cuando. Dice que la soledad lo ha vuelto amargo. Yo lo apoyo, aunque cada encuentro me confirma que quiero mantener la mayor distancia posible.
Mientras tanto, enfrentamos algo más grave. Queremos formar una familia. Llevamos más de un año intentándolo. Mes tras mes: una nueva prueba de embarazo y un nuevo resultado negativo. La ilusión que teníamos se está convirtiendo en una sombra silenciosa que amenaza con instalarse en nuestro matrimonio.
Una tarde decidimos consultar al médico. La doctora nos dijo que haría unas pruebas sencillas a ambos. Unos días después, los volvió a llamar para darles los resultados. Y fueron malas noticias.
—Marcos tiene un recuento espermático extremadamente bajo —nos explicó con tono serio—. Sus probabilidades de concebir de forma natural son del 1% comparado con una pareja normal.
La buena noticia era que mi sistema reproductivo estaba sano. Si probábamos otro método, yo podría concebir y tener un bebé sano.
El problema es que las opciones eran muy caras. La fertilización in vitro, centrifugar el esperma de Marcos e insertarlo en uno de mis óvulos, costaba una fortuna y ni siquiera tenía garantía de éxito. Terminaríamos endeudados, quizá sin resultado. También consideramos la donación de esperma. Teníamos una cita agendada para la semana siguiente aunque igual saldría bastante caro.
Dos días después, mientras yo guardaba algunas cosas en el coche antes de ir al trabajo, Felipe me llamó desde su cochera. Saludó con la mano, haciendo señas como si quisiera hablar conmigo.
Suspiré. Eran las 8:30 de la mañana. Lo único que quería era subirme al coche, poner música y largarme a la oficina. Pero allí estaba yo: maletín del portátil en mano, vestida con un traje de falda elegante, tacones altos y el cabello recogido. Y sabía muy bien que Felipe odiaba que mujeres como yo tuviéramos “trabajos de oficina elegantes”, usáramos saco, faldas ajustadas y tacones, y encima tuviéramos carreras profesionales.

Me pregunté de qué querría hablar ahora. Y mientras él comenzaba su lento paseo hacia mi coche, ya temía hasta la conversación más breve. Felipe se detuvo frente a mí, a medio metro de distancia. Sus ojos grises me recorrieron de arriba abajo, algo que siempre hacía, pero esta vez con una lentitud que me incomodó.
—Marcos me contó lo del médico, las pruebas y todo eso —dijo, con una voz grave que no solía usar—. Lamento oír eso. Saben que ustedes dos son mi única esperanza de tener nietos algún día.
Parpadeé. Mi mano aún sostenía la manija de la puerta del coche.
—¿Él… te dijo qué? —respondí, forzando una sonrisa que no sentía.
—Sí, me comentó que estaban teniendo problemas y hablamos al respecto —continuó, encogiendo los hombros—. Le dije que haría cualquier cosa por ayudarlos. Entiendo que no soy su persona favorita, ni lo he sido nunca, pero en esta situación quiero estar ahí para ustedes. Después de hablar con Marcos, pueden decirme si necesitan mi ayuda.
Me quedé en blanco unos segundos. Aquella era la conversación más larga y cordial que habíamos tenido en años.
—Bueno, gracias, Felipe. Aprecio mucho tu ofrecimiento, aunque me sorprende un poco, ya que no solemos llevarnos bien —dije, con cuidado—. Pero no quiero que pienses que te odio ni nada por el estilo; simplemente somos personas muy diferentes que vemos el mundo de forma distinta. De todas formas, agradezco tu ayuda con esto. Ojalá que nos acerque más, lo cual sería genial.
Felipe asintió con una lentitud casi teatral.
—Sí, creo que sin duda nos uniremos más durante este tiempo, Amanda —dijo, y su voz se volvió más suave—. Y espero que tú y yo tengamos una relación totalmente diferente cuando termine. Sería genial para mí también, ya que hoy en día casi siempre estoy solo. Sería agradable tener a alguien con quien platicar y pasar tiempo en el futuro.
Hizo una pausa, y sus ojos se posaron en mi pecho por un instante antes de volver a mi rostro.
—Y aunque estoy seguro de que no soy tu tipo —agregó, casi en un susurro—, quiero que sepas que siempre he apreciado lo feliz que me haces sentir y lo amable y hermosa que eres siempre que te veo.
Me quedé sin aire. Mis mejillas se calentaron. No esperaba eso de él, menos después de años de críticas y desprecios.
—Oh… oh, ¿sabes qué, Felipe? —atiné a decir, con una risita nerviosa—. Probablemente sea lo más bonito que me has dicho nunca. ¿Ves? Ya nos llevamos mejor con solo esta conversación.
Él soltó una carcajada, baja y ronca.
—Bueno, Amanda, caramba —dijo, negando con la cabeza—. Quizás debería haberte dicho lo hermosa que eres hace mucho tiempo.
Su risa me hizo soltar la mía, aunque la sentí incómoda, como un eco que no terminaba de encajar. Bajé la mirada y ajusté el maletín contra mi pecho, buscando algo que hacer con las manos.
—Bueno, ya me voy, que llego tarde —dije, y abrí la puerta del coche.
Él dio un paso atrás, con las manos en los bolsillos, y asintió.
—Cuídate, Amanda.
Cerré la puerta y encendí el motor. Mis dedos temblaban ligeramente al ajustar el espejo. Vi su reflejo por el retrovisor: seguía ahí, viéndome partir.
Apenas salí de la entrada, tomé el teléfono y marqué el número de Marcos. Contestó a la segunda llamada.
—¿Qué demonios, Marcos? —le solté, sin siquiera saludar—. ¿Se lo contaste a tu padre? Me dejó boquiabierta con una conversación en la entrada de casa y no sé qué pensar. ¿Por qué no hablaste conmigo primero?
—Lo siento, Amanda —dijo Marcos, con voz apurada—. Mira, cariño, surgió en una conversación ayer. Y esta mañana me llamó y me pidió que fuera a hablar con él. Fui a su casa, me sentó y me dijo que quería ayudarme. Que había estado pensando en ello y que tenía una idea de cómo podía hacerlo.
Apreté el volante. Mi mente aún daba vueltas con el cumplido de Felipe en la entrada.
—Bueno, esa parte son muy buenas noticias —dije, tratando de calmarme—. Entonces, ¿eso significa que nos va a ayudar dándonos dinero para el procedimiento?
Hubo un silencio del otro lado. Demasiado largo.
—Bueno… no. No exactamente —respondió Marcos, con un tono que no me gustó—. El procedimiento sigue siendo muy caro. Y papá me dijo que hay muchos otros gastos de los que tendremos que preocuparnos una vez que tengamos un bebé. Cuestan muchísimo dinero. Entonces, ¿por qué gastaríamos todo eso en el procedimiento cuando hay una forma más fácil de hacerlo sin tener que gastar tanto?
Parpadeé. Una sensación extraña comenzó a formarse en el fondo de mi estómago.
—¿Qué quieres decir con "otra manera"? —pregunté, con la voz más tensa de lo que quería—. ¿De qué estaban hablando ustedes dos?
—Bueno… es mi padre —dijo Marcos, con una risita nerviosa—. Así que compartimos prácticamente el mismo ADN. Y… bueno…
Mi mano apretó el volante con tanta fuerza que los nudillos se me blanquearon. El estómago me dio un vuelco.
—¿Estás diciendo lo que creo que estás diciendo? —alcancé a decir, sintiendo náuseas.
—Mira, yo también lo he pensado mucho —continuó Marcos, con una voz que intentaba sonar razonable—. Pero tiene sentido, cariño. Si usáramos ese procedimiento, costaría muchísimo dinero. No tendría sentido. De esta manera sería totalmente gratis. Además, si usáramos otro donante, no sabríamos quién es y el bebé no estaría emparentado conmigo genéticamente. Así, estaría emparentado con los dos y no costaría nada.
Sentí que la sangre se me subía a la cabeza. O quizá era miedo. O asco. No supe distinguirlo.
—Pero ni siquiera puedo imaginarme que me meta su cosa dentro —dije, con la voz temblorosa—. Es asqueroso. ¿Y no cuesta dinero que él done y que luego me lo metan en la consulta del médico?
Marcos tartamudeó.
—Bueno… cariño… eh, eh… mira, es mi padre. Y sé que no te cae bien y que te parece asqueroso —dijo, con un tono suplicante—. Pero si lo usamos solo durante 30 segundos para que quedes embarazada, y lo único que tienes que hacer es cerrar los ojos e imaginar que soy yo durante un minuto en una habitación oscura… todo habrá terminado. Se habrá acabado. Creo que podemos superar esto. Aunque sé que te resistirías y te daría mucho asco solo de pensarlo. Pero sería muy rápido y, una vez que termine, seremos felices.
Hice una pausa. No podía creer lo que estaba escuchando.
—Mira, Marcos —dije, sintiendo que la garganta se me cerraba—. Voy a tener que pensarlo mucho hoy, porque, sinceramente, solo de pensarlo tuve que detener el coche y sentí que iba a vomitar. Solo pensar que esté "dentro" de mí, aunque sea por un minuto o treinta segundos, es asqueroso. Sabes que lo odio. Odio todo lo que representa. Es un viejo imbécil repugnante.
—Lo sé, cariño —respondió él, con la voz quebrada—. Pero si pudieras imaginarte estar en otro lugar por un minuto y luego todo terminara… ¿Crees que podrías imaginarte haciéndolo de esta manera?
Pensé por un momento. Mi mente se llenó de imágenes que no quería tener. Su cuerpo viejo. Sus manos. Su aliento.
—No lo sé —dije, con voz débil—. ¿No tendría que mirarlo, verdad? O sea… tendría pesadillas con su viejo y arrugado… "penecito" por el resto de mi vida.
Soltó una risita nerviosa.
—No querrías eso, ¿verdad?
Ambos nos reímos, pero fue una risa incómoda, como la de dos personas que no saben si están bromeando o si de verdad están considerando algo terrible.
—Mira, acabo de llegar a la oficina —dije, buscando una salida—. Déjame pensarlo hoy y hablamos cuando llegue a casa, ¿de acuerdo?
Marcos suspiró. Se escuchó cansado.
—Está bien, cariño. Te amo.
—Yo también te amo —respondí, y colgué.
Me quedé unos segundos mirando el teléfono, con el motor encendido y el estacionamiento de la oficina frente a mí. Mi cuerpo aún temblaba. Y en mi cabeza no dejaba de repetirse la imagen de Felipe, en el porche, con sus ojos grises recorriéndome de arriba abajo.
Esa noche, cuando llegué a casa, lo primero que hicimos fue sentarnos a hablar. Había estado dándole vueltas todo el día, y por su cara, él también.
—Empieza tú —dijo Marcos, tendiéndome una copa de vino tinto.
La acepté, di un sorbo largo y dejé la copa sobre la mesa. Me aclaré la garganta.
—Bueno. Mira, Marcos —empecé, con la voz firme pero temblorosa—. Cada parte de mi mente, cuerpo y alma rechaza esta idea por completo. Es tan repugnante que ni siquiera puedo imaginarme haciéndolo. Pero la parte práctica de mi cerebro sí está de acuerdo con lo que dices. Es gratis. Es tu genética. Y solo me llevaría menos de un minuto de pura tortura pensar en el pequeño pene arrugado de ese viejo.
Marcos se sentó lentamente, como si sus piernas no quisieran sostenerlo.
—Ah, vale… —dijo, con cautela—. ¿Entonces debería decirle que sí? ¿Y si es así, cuándo piensas que deberíamos intentarlo?
Suspiré. No podía creer que estuviéramos teniendo esa conversación. Saqué el teléfono y abrí la aplicación que había usado durante los últimos dos años para controlar mis ciclos de ovulación.
—Bueno —dije, deslizando la pantalla—. Cuanto más tenga que pensar en esto antes de que termine, más me voy a torturar. Según mi aplicación, debería ovular entre el jueves y el domingo.
Los ojos de Marcos se abrieron de par en par. Su rostro palideció un poco.
—¿Este… este jueves? —preguntó, con la voz quebrada—. ¿Te refieres a dentro de dos días?
Asentí, apretando el teléfono contra mi pecho.
—Sí. Terminemos con esto de una vez. Pero tienes que decirle algo muy claro —dije, levantando un dedo—. Esto no va a ser divertido. No voy a estar contenta. No me voy a vestir sexy. Va a durar treinta segundos, y más le vale estar preparado. Y cuando termine, no quiero que ninguno de nosotros vuelva a hablar de esto jamás. ¿Puedes hacer eso por mí? ¿Puedes decírselo?
Hice una pausa. Mi voz se volvió más grave.
—Cariño, es importante para mí que tengamos estas reglas básicas. Porque ya es bastante raro y no quiero que lo empeore aún más siendo el idiota que siempre es.
Marcos asintió con rapidez, demasiada rapidez. Su mano buscó la mía sobre la mesa.
—Sí, cariño, me aseguraré —dijo, con un tono que intentaba ser tranquilizador—. Hablaré con él mañana. Haremos que esto sea muy fácil y lo menos desagradable posible para ti.
Sonrió, pero era una sonrisa forzada, como la de alguien que está vendiendo una idea que ni él mismo compra del todo. Me tomó la mano y la apretó con suavidad.
—Te amo —dijo.
—Yo también te amo —respondí, pero esta vez las palabras me supieron a mentira.
Me quedé mirando mi copa de vino, viendo cómo el líquido rojo se mecía lentamente. Dentro de dos días, mi suegro estaría dentro de mí. Y yo tendría que cerrar los ojos y fingir que era mi esposo.
Cerré los ojos. Ya estaba teniendo pesadillas.
El jueves salí del trabajo antes de lo habitual. Llegué a casa a las 4:30 de la tarde. Necesitaba prepararme, aunque no tenía ni idea de qué significaba "prepararse" en una situación tan descabellada.
Me metí a la ducha. El agua caliente cayó sobre mi piel mientras pensaba que, en cuanto esto terminara, volvería a ducharme. Me lavaría hasta sentir que la piel se me caía a pedazos. Pero pronto terminaría. Eso me repetí una y otra vez.
Busqué algo apropiado para ponerme. Algo para caminar hasta la casa de al lado. Me decidí por unos pants holgados y una sudadera amplia. Algo que lo cubriera todo, que no resultara sexy, y que fuera fácil de bajar para que él hiciera lo que tenía que hacer. Un minuto, tal vez menos. Luego me iría, volvería a casa, me ducharía otra vez y tomaría muchísimo vino.
Salí del dormitorio vestida así, con Tenis en los pies. Levanté los brazos en un gesto de resignación.

—Bueno, supongo que esto está a punto de suceder —dije, con la voz más firme de lo que me sentía—. Y no puedo esperar a volver aquí cuando termine y emborracharme contigo.
Marcos intentó sonreír, pero era una sonrisa tensa. Noté que le temblaban un poco las manos mientras las metía en los bolsillos. No podía creer que le estuviera pidiendo a su esposa que hiciera esto. El día anterior había comprado billetes de lotería con la esperanza de ganar y poder costear el procedimiento. Pero después de revisarlos, supo que no había escapatoria.
—Vale, cariño —dijo, con voz queda—. Mi padre conoce todas las reglas. Hablé con él de todo. Sabe que esto no va a ser divertido y que estás bastante asustada.
Hizo una pausa y dio un paso hacia mí.
—Mira, sé que es muy raro. Es raro para ti y para mí. Pero estoy seguro de que es mucho más raro para ti —agregó, con una risita nerviosa—. Te quiero y gracias por hacer esto. Espero que vuelvas aquí en unos minutos y que no tengas estrés postraumático por lo que pase. Solo mantén los ojos cerrados cuando llegue el momento y recuerda por qué estamos haciendo esto. Si necesitas fingir que soy yo… sabes que me encantaría.
Me quedé paralizada. No sabía cómo dar el primer paso para salir de casa. Mis pies parecían pegados al piso. Entonces lo abracé con fuerza, apretándolo contra mí. Le di un beso en la mejilla y susurré:
—Te quiero, cariño.
Y salí.
Caminé los pocos metros que separaban nuestras casas. El pasto estaba húmedo bajo mis tenis. El aire olía a tierra mojada. Toqué el timbre de la puerta de Felipe y escuché pasos apresurados.
La puerta se abrió de golpe. Felipe apareció frente a mí, con una camisa de botones y pantalones de vestir, como si se hubiera arreglado para la ocasión.
—Mira, Marcos me explicó todas las reglas —dijo de inmediato, con una voz que intentaba sonar tranquilizadora—. Esto va a ser fácil y no te vas a lastimar.
Se inclinó y me abrazó. Al principio mantuve los brazos pegados al cuerpo, rígida como una tabla. Pero luego pensé que quizá era mejor conectar con un abrazo antes de lo que venía. Así que lo rodeé con los brazos por la espalda y nos abrazamos durante unos diez segundos. Fue extraño. Creo que era la primera vez que abrazaba a mi suegro. Olía a colonia barata y a sudor.
—Vale, Amanda —dijo, soltándome y dando un paso atrás—. Sígueme. Tengo las cosas más o menos preparadas en mi habitación.
No supe cómo empezar a caminar. Mis piernas no respondían. Por suerte, Felipe se acercó, me tomó de la mano y me guió escaleras arriba. Su mano era áspera, caliente. A mitad del pasillo, entrelazó sus dedos con los míos. Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. Sabía que era solo un preludio, una forma de acercamiento antes del breve pero íntimo encuentro que estábamos a punto de vivir.
Acababa de oscurecer. Cuando entré a su habitación, noté que había retirado el edredón y la sábana superior a un lado de la cama.
Fue la primera vez que veía su habitación. Era austera, casi vacía. Una cama, una cómoda con esa lámpara cegadora, y las finas cortinas que se movían ligeramente con la corriente de aire. Nada más. Como si la mitad de su vida se hubiera ido con Abigail. Felipe soltó mi mano y se paró junto a la cama.
—Vale, Amanda —dijo Felipe, con las manos en las caderas—. ¿Cómo querías hacerlo?
Señalé la cama.
—Bueno, quería que esto fuera lo más sencillo posible —dije, con la voz más firme de lo que sentía—. Pensé que tal vez me sentaría en el borde de la cama. Luego me recostaría y me bajaría los pantalones hasta las rodillas. Después, simplemente podrías acercarte al borde y hacer lo que tengas que hacer. Y eso es todo, ¿de acuerdo?
Felipe sonrió de forma tranquilizadora, como si intentara que todo pareciera normal.
—Sí, claro. Lo que quieras hacer.
Me senté en el borde de la cama. El colchón era viejo, hundido en el centro. Sentí el resorte bajo mi peso.
—Me quedaré aquí sentada hasta que me digas que estás listo —dije—. Luego me recostaré, me bajaré los pantalones y terminaré con esto de una vez.
Felipe asintió. Se acercó a la cómoda, se quitó los zapatos y empezó a bajarse los pantalones. Los dejó caer al suelo, junto a los zapatos. Ahora estaba allí de pie, solo con unos calzoncillos y una camiseta.
Se quedó mirándome un momento, con las manos en los costados.
—Sabes, entiendo que no querías darle mucha importancia —dijo, con una risita incómoda—. Pero con esos pantalones y esa sudadera tan holgados, y con lo incómoda que es toda esta situación… bueno, no estoy precisamente "listo".
Sonrió y se encogió de hombros. Supe de inmediato a qué se refería. Mi estómago dio un vuelco. Solo quería que se le pusiera dura y que esto terminara de una vez.
—Lo entiendo, Felipe —dije, tragando saliva—. ¿No hay alguna manera de que puedas… prepararte?
Soltó una risita, baja y ronca.
—Sabes que vamos a hacer esto de todas formas —dijo, con un tono que intentaba sonar casual—. Así que me ayudaría mucho si te quitaras los pantalones ahora mismo. Con ver eso, seguro que estaré listo enseguida.
Lo miré con incredulidad. ¿Dios mío —pensé—, ahora sí que se va a excitar mirándome? Me pregunté si eso lo hacía más extraño o quizás más natural. Después de todo, estaba intentando quedarme embarazada. Y tal vez si le gustaba mirarme, sería más amable conmigo. Era la vez que más amable había sido conmigo en años, así que quizás esto aceleraría las cosas.
Asentí. Me puse de pie y me bajé los pantalones de hasta las rodillas. Como esperaba que todo fuera muy rápido, no llevaba bragas.

Los ojos de Felipe se abrieron de par en par. Una sonrisa lenta apareció en su rostro.
—Bueno —dijo, con la voz un poco más ronca—. Eso empieza a ayudar. Creo que ya estoy listo. Pero… ¿podrías hacerme un favor y darte la vuelta una vez?
Parpadeé.
—¿Qué me dé la vuelta? —pregunté, con incredulidad—. ¿Te refieres a que te enseñe el culo?
—Bueno… sí —dijo, encogiéndose de hombros—. No es que no me haya dado cuenta de lo bien que te queda el trasero cuando llevas esas faldas para ir al trabajo, con tacones altos, o cuando usas jeans en casa. O sea, tienes un cuerpo realmente increíble.
Me sonrojé. No podía creer que me estuviera diciendo eso. Hasta ese momento, lo único que había hecho era comportarse como un imbécil conmigo. Era incómodo, muy incómodo. Pero, de alguna manera, me sentí un poco halagada. Que él se hubiera fijado en mi cuerpo todo este tiempo… era extraño, pero también algo que no esperaba.
Decidí terminar con esto de una vez. Así que me di la vuelta rápidamente y luego me giré de nuevo para mirarlo.

—Vaya —dijo Felipe, con una sonrisa amplia—. Esto ha sido incluso mejor de lo que imaginé. Pero, ¿podrías darte la vuelta completamente y quedarte ahí un rato más? Para que pueda… prepararme mejor.
Suspiré. Me giré más despacio y me quedé de pie, de espaldas a él. Ahora estaba frente a la ventana, y pude ver que la luz brillante de la cómoda proyectaba mi silueta con claridad sobre las cortinas transparentes. Mi sombra se recortaba nítida contra la tela fina.

Mientras estaba allí, esperando que aquel viejo preparara su pene para hacer lo que tenía que hacer en un minuto, empecé a pensar: Espero que Marcos no esté mirando por la ventana. Espero que no vea mi sombra, que no vea lo que está pasando aquí. Sería muy incómodo para él… y para mí siquiera tener que pensarlo.
Justo entonces, Felipe dijo:
—Vale, date la vuelta.
Me giré lentamente.
Felipe se había quitado los calzoncillos. Estaba allí de pie, solo con la camiseta. Bajé la mirada y vi algo que jamás habría imaginado.
El pene de Felipe era grande. No solo grande. Era...Guau...ENORME
Todavía no estaba completamente erecto, pero estaba hinchado. Colgaba hacia abajo, pero colgaba tanto que no podía creer su tamaño ni su grosor. No era el pene de un viejo como me lo había imaginado. Era una verga increíble.
Y por un momento, olvidé que estaba ahí. Olvidé que era mi suegro. Solo lo miré, sin poder apartar la vista.
—Amanda —dijo Felipe, con una sonrisa burlona—, creo que me estás mirando mucho.
Parpadeé. Me di cuenta de que, efectivamente, llevaba varios segundos con la mirada clavada en su entrepierna. Me forcé a levantar la vista hacia sus ojos.
—Bueno… —atiné a decir, con la voz temblorosa—. Entonces, ¿estás… eh… casi listo?
—Casi —respondió, y su sonrisa se ensanchó—. Como te puedes imaginar, tarda un poco en que llegue suficiente sangre para que se ponga de pie del todo. ¿Te has dado cuenta de que es un poco más grande que la mayoría?
No supe qué decir. Ni siquiera qué pensar. Sin duda, era el pene más grande que había visto en mi vida. Incluso más grande que en los videos porno que Marcos me incitaba a ver con el. Y era del hombre que más odiaba en el mundo. También caí en cuenta de que esa cosa gigante iba a entrar dentro de mí. Me pregunté cómo se sentiría. Desde luego, no como el viejo pene arrugado que me había imaginado.
—Sinceramente, Felipe… —dije, con una risita nerviosa—. Sí, es muy impresionante. O sea, me gustaría que Marcos hubiera heredado toda tu genética.
Me reí para intentar romper el hielo. Él también se rió.
—Oh, no me había dado cuenta —dijo, con un tono que intentaba sonar modesto—. Supongo que esperaba que lo hiciera. Lo digo por ti.
Hizo una pausa. Su mirada bajó a mi pecho y luego subió de nuevo.
—Pero para subirlo del todo —agregó—, me temo que voy a tener que pedirte que te quites la parte de arriba.
Sentí que la cabeza me daba vueltas. Todo era muy incómodo. Aún más con ese pene gigantesco justo frente a mí. Sin pensarlo dos veces, bajé la mano, agarré la parte inferior de la sudadera y me la subí por encima de la cabeza. Mis pezones ya estaban extremadamente duros. Mis pechos rebotaron un poco cuando la goma elástica de la sudadera los rozó al subirla. Eran perfectos. Y estaban listos.
¿Listos para qué?, pensé. Lo único que sabía era que todo mi cuerpo estaba preparado para ver cómo se veía ese pene cuando estuviera completamente erecto.

Felipe sonrió ampliamente. También se quitó la camisa. Debajo, su cuerpo no era bonito: barriga cervecera, pecho peludo, piel muy pálida. Pero apenas lo noté. Me resultaba tan difícil mantener la vista en cualquier otro lugar de la habitación que no fuera ese enorme pene. ¿Qué me pasa por la cabeza? —pensé—. ¿Cómo es posible que este viejo imbécil tenga algo así que yo desee ver con tanta intensidad?
—Ya casi está —dijo Felipe, interrumpiendo mis pensamientos—. ¿Por qué no te sientas en el borde de la cama y lo preparamos juntos, de acuerdo?
Asentí sin siquiera pensarlo. Él se acercó a mí mientras me sentaba en el borde de la cama.
—Oh, estás un poco lejos así —dijo, negando con la cabeza—. Creo que la única manera de que esté completamente listo para hacerlo rápido es si lo besas. Aquí, retrocede un poco así…
Todo mi cuerpo palpitaba. Sentía cada latido como si fuera a estallar. Ni siquiera pensaba mientras él me guiaba para que me arrodillara en la cama y luego me inclinara hacia adelante. Su pene quedó justo frente a mi cara mientras él permanecía de pie junto a la cama.
—Adelante —dijo, con voz grave—. Para esto hemos venido, ¿no?
Acercó su pene a mi cara. La punta rozó mis labios. Olía a jabón y a algo más, algo masculino y profundo que no pude identificar.
—Dale un beso.
Y lo besé. Sin pensarlo. Solo la punta, suave y cálida contra mis labios. Luego él movió el pene para que besara el costado, y otro beso en el glande, y otro en el borde. Todo mientras su miembro palpitaba, crecía y se ponía cada vez más recto frente a mí.
Justo entonces, sentí la mano de Felipe en la parte posterior de mi cabeza. Me atrajo hacia adelante y me empujó directamente hacia su boca.
No podía creer lo grueso que era. Me llenaba la boca por completo, estirando mis labios hasta el límite. Pero entonces me di cuenta de que él tenía una mano alrededor de la base del miembro, y con la otra me guiaba. Solo había logrado meter la mitad. La otra mitad seguía fuera, gruesa y caliente contra mi barbilla.

Él seguía guiando mi cabeza arriba y abajo sobre su gran pene. Mi saliva comenzó a escurrir por la comisura de mis labios, empapando su piel. El sonido era húmedo, obsceno: chupadas y jadeos que llenaban la habitación. Y de repente pensé en la ventana y en mi sombra. ¿Qué pasaría si Marcos estuviera mirando hacia esta casa? ¿Por qué demonios vería la sombra de su esposa a cuatro patas, chupándole el pene a su padre?
Pero solo pude pensar en eso un segundo. Él introdujo más profundamente en mi boca, obviamente quitando la mano de la base y dándome más. Sentí la punta golpear el fondo de mi garganta y me atraganté. Mis ojos se llenaron de lágrimas. Pero él no se detuvo.
—Así —gemía Felipe, con la voz entrecortada—. Así, más profundo. Toda.
Su mano en mi nuca apretó. Mi nariz se hundió en su vello púbico. No podía respirar. Solo sentía su pene llenándome, palpitando contra mi lengua, cada vez más duro, cada vez más grande.
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—Voy a venirme —gruñó—. Toma todo. Trágatelo todo.
Y entonces lo hizo. Su pene se tensó, dio una sacudida violenta, y el semen comenzó a salir a borbotones. No fue un chorrito. Fue un torrente. Caliente, espeso, inagotable. Llenó mi boca en segundos, rebosó por los costados, y yo intenté tragar, pero era demasiado. Demasiado líquido, demasiado espeso, demasiado rápido.

Intenté apartarme, pero su mano me mantuvo sujeta. La segunda oleada llegó, y la tercera. Sentí el semen deslizándose por mi garganta a la fuerza, haciéndome toser, atragantándome. Mis ojos lloraban. Mi nariz goteaba. Pero no podía hacer nada más que tragar y tragar, sintiendo cada chorro caliente caer por mi esófago, llenándome el estómago.
Cuando por fin soltó mi nuca, jadeé. Aspiré aire con desesperación, tosiendo, con la boca aún llena de su semen y la barbilla chorreando. Lo miré a la cara, y lo único que se me ocurrió decir fue:
—¡Eso se suponía que iba a ir a otro lado, Felipe!
Sabía que estaba allí para quedar embarazada, no para practicarle sexo oral al padre de mi marido.
—Bueno, Amanda —dijo él, con una sonrisa tranquila, señalando sus testículos—, todavía te queda mucho de eso. Mira qué grandes son mis bolas. Aún están llenas de semen para que te quedes embarazada.
Apenas podía hablar. Mi garganta ardía. Pero lo pensé. Aún necesitaba que su esperma llegara al lugar correcto. No podía irme a casa sin terminar el proyecto. No quería tener que volver a hacer esto nunca más.
—Entonces… —pregunté, con la voz rota y ronca—. ¿Qué hacemos ahora que se te está bajando la erección?
Felipe respondió de inmediato:
—Puedo estar listo de nuevo. Pero tendrás que ayudar a que el esperma se "recargue". Lamiéndome y chupándome los testículos.
No supe qué pensar. O tal vez ni siquiera supe cómo pensar en ese momento. Así que me incliné y comencé a chuparle los testículos. Lamiendo todo su escroto, sintiendo el peso de sus bolas contra mi lengua, el vello áspero contra mi mejilla. Pero después de unos minutos, quedó claro que no iba a tener una erección completa pronto.
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Y yo ya llevaba allí mucho más tiempo del que Marcos y yo esperábamos. Sabía que tenía que irme. O tendría que dar muchas explicaciones incómodas a mi marido cuando volviera a casa.
Se dio cuenta de que teníamos que hablar de alguna estrategia. Todavía necesitaba que me dejara embarazada, pero no podía decirle a Marcos que lo único que había pasado esa noche era que le había chupado la polla a su padre, me había tragado su semen y le había lamido los testículos. Sería un completo desastre.
—Bueno, Felipe —dije, ajustándome la sudadera—. Tengo que irme. Ya llevo aquí mucho más tiempo del que cualquiera de nosotros pensaba que duraría, ¿sabes? Pero no sé qué hacer ahora para terminar el proyecto original…
Felipe asintió y pareció comprender. Se quedó en calzoncillos, con una tranquilidad que me resultaba perturbadora.
—Sí, vete a casa —dijo, con voz serena—. Pensaré en algo que decirle a Marcos para arreglarlo todo y poder terminar el trabajo mañana, ¿de acuerdo?
Asentí mientras terminaba de vestirme. Mis dedos temblaban al subir mis pantalones.
—Todavía tengo uno o dos días libres en mi agenda —dije, sin mirarlo—. Así que si de alguna manera podemos arreglarlo para mañana, al menos espero que todo esto salga bien.
Felipe sonrió. Era una sonrisa confiada, casi arrogante.
—Oh, te garantizo que todo saldrá bien, Amanda —dijo, con seguridad—. Todo saldrá de maravilla. Y para asegurarnos de que no tendremos ningún problema, voy a conseguir una receta de Viagra muy antigua. Así podremos tener dos oportunidades de éxito, ¿de acuerdo?
Asentí con incomodidad y comencé a caminar hacia la puerta. Ya tenía la mano en el picaporte cuando sentí su mano en mi muñeca. Me hizo girar.
—Siento mucho cómo se desarrollaron las cosas esta noche —dijo, con una voz más suave—. Pero estoy seguro de que podemos arreglarlo mañana.
Me abrazó. Y esta vez, cuando le correspondí el abrazo, se sintió diferente. Como si estuviéramos en el mismo equipo. Como si, de alguna manera, hubiéramos creado un vínculo extraño y retorcido. Su cuerpo contra el mío, su aliento en mi oído.
Y entonces me besó. Rápido, inesperado. Sus labios presionaron los míos por un segundo, y no supe qué hacer. Sentí que mis labios le devolvían el beso por un instante, apenas un parpadeo, antes de que mi cerebro reaccionara.
Me giré y salí por la puerta sin mirar atrás.
Cuando llegué a casa, Marcos me esperaba en el sofá. Se levantó de inmediato y se acercó a abrazarme.
—¿Estás… estás bien? —preguntó, con voz tímida, casi temerosa.
Sabía que lo que había sucedido allá arriba, lo que apenas había podido vislumbrar entre las sombras de la cortina, había tomado más tiempo del planeado. Y sin duda, no había sido tan sencillo como ella quería.
Me costó mirarlo a los ojos. Mi mente todavía estaba en esa habitación, en esa boca, en esas manos.
—Bueno, sí, estoy bien —dije, forzando una sonrisa—. Pero… en realidad ni siquiera quiero hablar de eso, cariño. Lo siento. Solo quiero cambiarme de ropa y luego acurrucarme contigo esta noche, ¿está bien?
Desde luego, no quería compartir ningún detalle. No quería dar pie a que supiera que no habíamos hecho lo que se suponía que debíamos hacer para concebir. Y mucho menos que había terminado chupándole la polla a su padre.
—Simplemente no quiero hablar de ello —agregué, con voz más firme—. Quiero que esto termine.
Marcos asintió. Parecía aliviado, casi contento de saber que todo había terminado.
—Está bien, cariño —dijo, y me dio un beso en la frente—. Vete a cambiar.
Esa noche, mientras yacía en la cama, con Marcos profundamente dormido a mi lado, no podía dejar de recordar cada minuto de lo que había pasado en la habitación de al lado.
Y no podía dejar de pensar en ese pene.
Maldita sea, pensé. ¿Cómo pasé de odiar tanto a Felipe a desear su pene de esa manera?
Me di la vuelta en la cama, tratando de encontrar una posición cómoda. Pero las imágenes no se iban. Su mano en mi nuca. Su sabor en mi boca. El peso de sus testículos contra mi lengua.
Qué esposa tan terrible soy, me repetí. Terrible. Y ahora también le estoy mintiendo a Marcos.
Me sentía tan mal que apenas dormí en toda la noche. Cada vez que cerraba los ojos, veía el pene de Felipe. Cada vez que los abría, veía la cara de Marcos, confiado, dormido, sin saber nada.
En un momento dado, no pude más. Me levanté con cuidado, para no despertarlo, y fui al baño. Cerré la puerta, encendí la luz, y me miré al espejo. Tenía los ojos enrojecidos, el cabello despeinado, los labios aún ligeramente hinchados.
Y entonces, sin pensarlo, mi mano bajó. Me toqué. Primero despacio, casi con timidez. Pero luego más rápido, más fuerte, mientras mi mente se llenaba de imágenes prohibidas. La combinación de lo grande que se sentiría dentro de mí, mezclado con lo feo y horrible que era Felipe, y lo mal que siempre me había tratado.
—¿Por qué todo esto me pone tan cachonda? —me susurré a mí misma, mientras mis dedos se movían más rápido, mientras sentía el orgasmo acercarse, inevitable y sucio. Y cuando llegó, me mordí el labio para no hacer ruido. Me apoyé contra la pared del baño, temblando, con la respiración entrecortada.
Continuará...

Vivo con mi esposo, Marcos, ingeniero en computación. Para ser honesta, aún no entiendo bien a qué se dedica. Nos conocimos en la universidad, nos casamos jóvenes, convencidos de que éramos el uno para el otro. Somos felices, dentro de lo que cabe. Buen trabajo, estabilidad, una casa bonita justo al lado de la de sus padres. Ellos compraron esa propiedad como inversión y, cuando nos comprometimos, nos la rentaron. Hemos vivido aquí desde antes de la boda.
Pero no todo es perfecto. Hace dos años, sus padres se divorciaron. Abigail, su madre, siempre fue una mujer amable y dulce. Felipe, su padre… es malhumorado, crítico y, la verdad, insoportable. Ella se mudó lejos y ahora se la ve más feliz. Él se quedó solo, sin amigos, prácticamente pudriéndose en su casa. Yo hago lo posible por evitarlo. Critica a las mujeres modernas: nuestras carreras, nuestra independencia, nuestras opiniones. Solo le doy un saludo cortés y sigo de largo. Pero Marcos insiste en invitarlo a cenar de vez en cuando. Dice que la soledad lo ha vuelto amargo. Yo lo apoyo, aunque cada encuentro me confirma que quiero mantener la mayor distancia posible.
Mientras tanto, enfrentamos algo más grave. Queremos formar una familia. Llevamos más de un año intentándolo. Mes tras mes: una nueva prueba de embarazo y un nuevo resultado negativo. La ilusión que teníamos se está convirtiendo en una sombra silenciosa que amenaza con instalarse en nuestro matrimonio.
Una tarde decidimos consultar al médico. La doctora nos dijo que haría unas pruebas sencillas a ambos. Unos días después, los volvió a llamar para darles los resultados. Y fueron malas noticias.
—Marcos tiene un recuento espermático extremadamente bajo —nos explicó con tono serio—. Sus probabilidades de concebir de forma natural son del 1% comparado con una pareja normal.
La buena noticia era que mi sistema reproductivo estaba sano. Si probábamos otro método, yo podría concebir y tener un bebé sano.
El problema es que las opciones eran muy caras. La fertilización in vitro, centrifugar el esperma de Marcos e insertarlo en uno de mis óvulos, costaba una fortuna y ni siquiera tenía garantía de éxito. Terminaríamos endeudados, quizá sin resultado. También consideramos la donación de esperma. Teníamos una cita agendada para la semana siguiente aunque igual saldría bastante caro.
Dos días después, mientras yo guardaba algunas cosas en el coche antes de ir al trabajo, Felipe me llamó desde su cochera. Saludó con la mano, haciendo señas como si quisiera hablar conmigo.
Suspiré. Eran las 8:30 de la mañana. Lo único que quería era subirme al coche, poner música y largarme a la oficina. Pero allí estaba yo: maletín del portátil en mano, vestida con un traje de falda elegante, tacones altos y el cabello recogido. Y sabía muy bien que Felipe odiaba que mujeres como yo tuviéramos “trabajos de oficina elegantes”, usáramos saco, faldas ajustadas y tacones, y encima tuviéramos carreras profesionales.

Me pregunté de qué querría hablar ahora. Y mientras él comenzaba su lento paseo hacia mi coche, ya temía hasta la conversación más breve. Felipe se detuvo frente a mí, a medio metro de distancia. Sus ojos grises me recorrieron de arriba abajo, algo que siempre hacía, pero esta vez con una lentitud que me incomodó.
—Marcos me contó lo del médico, las pruebas y todo eso —dijo, con una voz grave que no solía usar—. Lamento oír eso. Saben que ustedes dos son mi única esperanza de tener nietos algún día.
Parpadeé. Mi mano aún sostenía la manija de la puerta del coche.
—¿Él… te dijo qué? —respondí, forzando una sonrisa que no sentía.
—Sí, me comentó que estaban teniendo problemas y hablamos al respecto —continuó, encogiendo los hombros—. Le dije que haría cualquier cosa por ayudarlos. Entiendo que no soy su persona favorita, ni lo he sido nunca, pero en esta situación quiero estar ahí para ustedes. Después de hablar con Marcos, pueden decirme si necesitan mi ayuda.
Me quedé en blanco unos segundos. Aquella era la conversación más larga y cordial que habíamos tenido en años.
—Bueno, gracias, Felipe. Aprecio mucho tu ofrecimiento, aunque me sorprende un poco, ya que no solemos llevarnos bien —dije, con cuidado—. Pero no quiero que pienses que te odio ni nada por el estilo; simplemente somos personas muy diferentes que vemos el mundo de forma distinta. De todas formas, agradezco tu ayuda con esto. Ojalá que nos acerque más, lo cual sería genial.
Felipe asintió con una lentitud casi teatral.
—Sí, creo que sin duda nos uniremos más durante este tiempo, Amanda —dijo, y su voz se volvió más suave—. Y espero que tú y yo tengamos una relación totalmente diferente cuando termine. Sería genial para mí también, ya que hoy en día casi siempre estoy solo. Sería agradable tener a alguien con quien platicar y pasar tiempo en el futuro.
Hizo una pausa, y sus ojos se posaron en mi pecho por un instante antes de volver a mi rostro.
—Y aunque estoy seguro de que no soy tu tipo —agregó, casi en un susurro—, quiero que sepas que siempre he apreciado lo feliz que me haces sentir y lo amable y hermosa que eres siempre que te veo.
Me quedé sin aire. Mis mejillas se calentaron. No esperaba eso de él, menos después de años de críticas y desprecios.
—Oh… oh, ¿sabes qué, Felipe? —atiné a decir, con una risita nerviosa—. Probablemente sea lo más bonito que me has dicho nunca. ¿Ves? Ya nos llevamos mejor con solo esta conversación.
Él soltó una carcajada, baja y ronca.
—Bueno, Amanda, caramba —dijo, negando con la cabeza—. Quizás debería haberte dicho lo hermosa que eres hace mucho tiempo.
Su risa me hizo soltar la mía, aunque la sentí incómoda, como un eco que no terminaba de encajar. Bajé la mirada y ajusté el maletín contra mi pecho, buscando algo que hacer con las manos.
—Bueno, ya me voy, que llego tarde —dije, y abrí la puerta del coche.
Él dio un paso atrás, con las manos en los bolsillos, y asintió.
—Cuídate, Amanda.
Cerré la puerta y encendí el motor. Mis dedos temblaban ligeramente al ajustar el espejo. Vi su reflejo por el retrovisor: seguía ahí, viéndome partir.
Apenas salí de la entrada, tomé el teléfono y marqué el número de Marcos. Contestó a la segunda llamada.
—¿Qué demonios, Marcos? —le solté, sin siquiera saludar—. ¿Se lo contaste a tu padre? Me dejó boquiabierta con una conversación en la entrada de casa y no sé qué pensar. ¿Por qué no hablaste conmigo primero?
—Lo siento, Amanda —dijo Marcos, con voz apurada—. Mira, cariño, surgió en una conversación ayer. Y esta mañana me llamó y me pidió que fuera a hablar con él. Fui a su casa, me sentó y me dijo que quería ayudarme. Que había estado pensando en ello y que tenía una idea de cómo podía hacerlo.
Apreté el volante. Mi mente aún daba vueltas con el cumplido de Felipe en la entrada.
—Bueno, esa parte son muy buenas noticias —dije, tratando de calmarme—. Entonces, ¿eso significa que nos va a ayudar dándonos dinero para el procedimiento?
Hubo un silencio del otro lado. Demasiado largo.
—Bueno… no. No exactamente —respondió Marcos, con un tono que no me gustó—. El procedimiento sigue siendo muy caro. Y papá me dijo que hay muchos otros gastos de los que tendremos que preocuparnos una vez que tengamos un bebé. Cuestan muchísimo dinero. Entonces, ¿por qué gastaríamos todo eso en el procedimiento cuando hay una forma más fácil de hacerlo sin tener que gastar tanto?
Parpadeé. Una sensación extraña comenzó a formarse en el fondo de mi estómago.
—¿Qué quieres decir con "otra manera"? —pregunté, con la voz más tensa de lo que quería—. ¿De qué estaban hablando ustedes dos?
—Bueno… es mi padre —dijo Marcos, con una risita nerviosa—. Así que compartimos prácticamente el mismo ADN. Y… bueno…
Mi mano apretó el volante con tanta fuerza que los nudillos se me blanquearon. El estómago me dio un vuelco.
—¿Estás diciendo lo que creo que estás diciendo? —alcancé a decir, sintiendo náuseas.
—Mira, yo también lo he pensado mucho —continuó Marcos, con una voz que intentaba sonar razonable—. Pero tiene sentido, cariño. Si usáramos ese procedimiento, costaría muchísimo dinero. No tendría sentido. De esta manera sería totalmente gratis. Además, si usáramos otro donante, no sabríamos quién es y el bebé no estaría emparentado conmigo genéticamente. Así, estaría emparentado con los dos y no costaría nada.
Sentí que la sangre se me subía a la cabeza. O quizá era miedo. O asco. No supe distinguirlo.
—Pero ni siquiera puedo imaginarme que me meta su cosa dentro —dije, con la voz temblorosa—. Es asqueroso. ¿Y no cuesta dinero que él done y que luego me lo metan en la consulta del médico?
Marcos tartamudeó.
—Bueno… cariño… eh, eh… mira, es mi padre. Y sé que no te cae bien y que te parece asqueroso —dijo, con un tono suplicante—. Pero si lo usamos solo durante 30 segundos para que quedes embarazada, y lo único que tienes que hacer es cerrar los ojos e imaginar que soy yo durante un minuto en una habitación oscura… todo habrá terminado. Se habrá acabado. Creo que podemos superar esto. Aunque sé que te resistirías y te daría mucho asco solo de pensarlo. Pero sería muy rápido y, una vez que termine, seremos felices.
Hice una pausa. No podía creer lo que estaba escuchando.
—Mira, Marcos —dije, sintiendo que la garganta se me cerraba—. Voy a tener que pensarlo mucho hoy, porque, sinceramente, solo de pensarlo tuve que detener el coche y sentí que iba a vomitar. Solo pensar que esté "dentro" de mí, aunque sea por un minuto o treinta segundos, es asqueroso. Sabes que lo odio. Odio todo lo que representa. Es un viejo imbécil repugnante.
—Lo sé, cariño —respondió él, con la voz quebrada—. Pero si pudieras imaginarte estar en otro lugar por un minuto y luego todo terminara… ¿Crees que podrías imaginarte haciéndolo de esta manera?
Pensé por un momento. Mi mente se llenó de imágenes que no quería tener. Su cuerpo viejo. Sus manos. Su aliento.
—No lo sé —dije, con voz débil—. ¿No tendría que mirarlo, verdad? O sea… tendría pesadillas con su viejo y arrugado… "penecito" por el resto de mi vida.
Soltó una risita nerviosa.
—No querrías eso, ¿verdad?
Ambos nos reímos, pero fue una risa incómoda, como la de dos personas que no saben si están bromeando o si de verdad están considerando algo terrible.
—Mira, acabo de llegar a la oficina —dije, buscando una salida—. Déjame pensarlo hoy y hablamos cuando llegue a casa, ¿de acuerdo?
Marcos suspiró. Se escuchó cansado.
—Está bien, cariño. Te amo.
—Yo también te amo —respondí, y colgué.
Me quedé unos segundos mirando el teléfono, con el motor encendido y el estacionamiento de la oficina frente a mí. Mi cuerpo aún temblaba. Y en mi cabeza no dejaba de repetirse la imagen de Felipe, en el porche, con sus ojos grises recorriéndome de arriba abajo.
Esa noche, cuando llegué a casa, lo primero que hicimos fue sentarnos a hablar. Había estado dándole vueltas todo el día, y por su cara, él también.
—Empieza tú —dijo Marcos, tendiéndome una copa de vino tinto.
La acepté, di un sorbo largo y dejé la copa sobre la mesa. Me aclaré la garganta.
—Bueno. Mira, Marcos —empecé, con la voz firme pero temblorosa—. Cada parte de mi mente, cuerpo y alma rechaza esta idea por completo. Es tan repugnante que ni siquiera puedo imaginarme haciéndolo. Pero la parte práctica de mi cerebro sí está de acuerdo con lo que dices. Es gratis. Es tu genética. Y solo me llevaría menos de un minuto de pura tortura pensar en el pequeño pene arrugado de ese viejo.
Marcos se sentó lentamente, como si sus piernas no quisieran sostenerlo.
—Ah, vale… —dijo, con cautela—. ¿Entonces debería decirle que sí? ¿Y si es así, cuándo piensas que deberíamos intentarlo?
Suspiré. No podía creer que estuviéramos teniendo esa conversación. Saqué el teléfono y abrí la aplicación que había usado durante los últimos dos años para controlar mis ciclos de ovulación.
—Bueno —dije, deslizando la pantalla—. Cuanto más tenga que pensar en esto antes de que termine, más me voy a torturar. Según mi aplicación, debería ovular entre el jueves y el domingo.
Los ojos de Marcos se abrieron de par en par. Su rostro palideció un poco.
—¿Este… este jueves? —preguntó, con la voz quebrada—. ¿Te refieres a dentro de dos días?
Asentí, apretando el teléfono contra mi pecho.
—Sí. Terminemos con esto de una vez. Pero tienes que decirle algo muy claro —dije, levantando un dedo—. Esto no va a ser divertido. No voy a estar contenta. No me voy a vestir sexy. Va a durar treinta segundos, y más le vale estar preparado. Y cuando termine, no quiero que ninguno de nosotros vuelva a hablar de esto jamás. ¿Puedes hacer eso por mí? ¿Puedes decírselo?
Hice una pausa. Mi voz se volvió más grave.
—Cariño, es importante para mí que tengamos estas reglas básicas. Porque ya es bastante raro y no quiero que lo empeore aún más siendo el idiota que siempre es.
Marcos asintió con rapidez, demasiada rapidez. Su mano buscó la mía sobre la mesa.
—Sí, cariño, me aseguraré —dijo, con un tono que intentaba ser tranquilizador—. Hablaré con él mañana. Haremos que esto sea muy fácil y lo menos desagradable posible para ti.
Sonrió, pero era una sonrisa forzada, como la de alguien que está vendiendo una idea que ni él mismo compra del todo. Me tomó la mano y la apretó con suavidad.
—Te amo —dijo.
—Yo también te amo —respondí, pero esta vez las palabras me supieron a mentira.
Me quedé mirando mi copa de vino, viendo cómo el líquido rojo se mecía lentamente. Dentro de dos días, mi suegro estaría dentro de mí. Y yo tendría que cerrar los ojos y fingir que era mi esposo.
Cerré los ojos. Ya estaba teniendo pesadillas.
El jueves salí del trabajo antes de lo habitual. Llegué a casa a las 4:30 de la tarde. Necesitaba prepararme, aunque no tenía ni idea de qué significaba "prepararse" en una situación tan descabellada.
Me metí a la ducha. El agua caliente cayó sobre mi piel mientras pensaba que, en cuanto esto terminara, volvería a ducharme. Me lavaría hasta sentir que la piel se me caía a pedazos. Pero pronto terminaría. Eso me repetí una y otra vez.
Busqué algo apropiado para ponerme. Algo para caminar hasta la casa de al lado. Me decidí por unos pants holgados y una sudadera amplia. Algo que lo cubriera todo, que no resultara sexy, y que fuera fácil de bajar para que él hiciera lo que tenía que hacer. Un minuto, tal vez menos. Luego me iría, volvería a casa, me ducharía otra vez y tomaría muchísimo vino.
Salí del dormitorio vestida así, con Tenis en los pies. Levanté los brazos en un gesto de resignación.

—Bueno, supongo que esto está a punto de suceder —dije, con la voz más firme de lo que me sentía—. Y no puedo esperar a volver aquí cuando termine y emborracharme contigo.
Marcos intentó sonreír, pero era una sonrisa tensa. Noté que le temblaban un poco las manos mientras las metía en los bolsillos. No podía creer que le estuviera pidiendo a su esposa que hiciera esto. El día anterior había comprado billetes de lotería con la esperanza de ganar y poder costear el procedimiento. Pero después de revisarlos, supo que no había escapatoria.
—Vale, cariño —dijo, con voz queda—. Mi padre conoce todas las reglas. Hablé con él de todo. Sabe que esto no va a ser divertido y que estás bastante asustada.
Hizo una pausa y dio un paso hacia mí.
—Mira, sé que es muy raro. Es raro para ti y para mí. Pero estoy seguro de que es mucho más raro para ti —agregó, con una risita nerviosa—. Te quiero y gracias por hacer esto. Espero que vuelvas aquí en unos minutos y que no tengas estrés postraumático por lo que pase. Solo mantén los ojos cerrados cuando llegue el momento y recuerda por qué estamos haciendo esto. Si necesitas fingir que soy yo… sabes que me encantaría.
Me quedé paralizada. No sabía cómo dar el primer paso para salir de casa. Mis pies parecían pegados al piso. Entonces lo abracé con fuerza, apretándolo contra mí. Le di un beso en la mejilla y susurré:
—Te quiero, cariño.
Y salí.
Caminé los pocos metros que separaban nuestras casas. El pasto estaba húmedo bajo mis tenis. El aire olía a tierra mojada. Toqué el timbre de la puerta de Felipe y escuché pasos apresurados.
La puerta se abrió de golpe. Felipe apareció frente a mí, con una camisa de botones y pantalones de vestir, como si se hubiera arreglado para la ocasión.
—Mira, Marcos me explicó todas las reglas —dijo de inmediato, con una voz que intentaba sonar tranquilizadora—. Esto va a ser fácil y no te vas a lastimar.
Se inclinó y me abrazó. Al principio mantuve los brazos pegados al cuerpo, rígida como una tabla. Pero luego pensé que quizá era mejor conectar con un abrazo antes de lo que venía. Así que lo rodeé con los brazos por la espalda y nos abrazamos durante unos diez segundos. Fue extraño. Creo que era la primera vez que abrazaba a mi suegro. Olía a colonia barata y a sudor.
—Vale, Amanda —dijo, soltándome y dando un paso atrás—. Sígueme. Tengo las cosas más o menos preparadas en mi habitación.
No supe cómo empezar a caminar. Mis piernas no respondían. Por suerte, Felipe se acercó, me tomó de la mano y me guió escaleras arriba. Su mano era áspera, caliente. A mitad del pasillo, entrelazó sus dedos con los míos. Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. Sabía que era solo un preludio, una forma de acercamiento antes del breve pero íntimo encuentro que estábamos a punto de vivir.
Acababa de oscurecer. Cuando entré a su habitación, noté que había retirado el edredón y la sábana superior a un lado de la cama.
Fue la primera vez que veía su habitación. Era austera, casi vacía. Una cama, una cómoda con esa lámpara cegadora, y las finas cortinas que se movían ligeramente con la corriente de aire. Nada más. Como si la mitad de su vida se hubiera ido con Abigail. Felipe soltó mi mano y se paró junto a la cama.
—Vale, Amanda —dijo Felipe, con las manos en las caderas—. ¿Cómo querías hacerlo?
Señalé la cama.
—Bueno, quería que esto fuera lo más sencillo posible —dije, con la voz más firme de lo que sentía—. Pensé que tal vez me sentaría en el borde de la cama. Luego me recostaría y me bajaría los pantalones hasta las rodillas. Después, simplemente podrías acercarte al borde y hacer lo que tengas que hacer. Y eso es todo, ¿de acuerdo?
Felipe sonrió de forma tranquilizadora, como si intentara que todo pareciera normal.
—Sí, claro. Lo que quieras hacer.
Me senté en el borde de la cama. El colchón era viejo, hundido en el centro. Sentí el resorte bajo mi peso.
—Me quedaré aquí sentada hasta que me digas que estás listo —dije—. Luego me recostaré, me bajaré los pantalones y terminaré con esto de una vez.
Felipe asintió. Se acercó a la cómoda, se quitó los zapatos y empezó a bajarse los pantalones. Los dejó caer al suelo, junto a los zapatos. Ahora estaba allí de pie, solo con unos calzoncillos y una camiseta.
Se quedó mirándome un momento, con las manos en los costados.
—Sabes, entiendo que no querías darle mucha importancia —dijo, con una risita incómoda—. Pero con esos pantalones y esa sudadera tan holgados, y con lo incómoda que es toda esta situación… bueno, no estoy precisamente "listo".
Sonrió y se encogió de hombros. Supe de inmediato a qué se refería. Mi estómago dio un vuelco. Solo quería que se le pusiera dura y que esto terminara de una vez.
—Lo entiendo, Felipe —dije, tragando saliva—. ¿No hay alguna manera de que puedas… prepararte?
Soltó una risita, baja y ronca.
—Sabes que vamos a hacer esto de todas formas —dijo, con un tono que intentaba sonar casual—. Así que me ayudaría mucho si te quitaras los pantalones ahora mismo. Con ver eso, seguro que estaré listo enseguida.
Lo miré con incredulidad. ¿Dios mío —pensé—, ahora sí que se va a excitar mirándome? Me pregunté si eso lo hacía más extraño o quizás más natural. Después de todo, estaba intentando quedarme embarazada. Y tal vez si le gustaba mirarme, sería más amable conmigo. Era la vez que más amable había sido conmigo en años, así que quizás esto aceleraría las cosas.
Asentí. Me puse de pie y me bajé los pantalones de hasta las rodillas. Como esperaba que todo fuera muy rápido, no llevaba bragas.

Los ojos de Felipe se abrieron de par en par. Una sonrisa lenta apareció en su rostro.
—Bueno —dijo, con la voz un poco más ronca—. Eso empieza a ayudar. Creo que ya estoy listo. Pero… ¿podrías hacerme un favor y darte la vuelta una vez?
Parpadeé.
—¿Qué me dé la vuelta? —pregunté, con incredulidad—. ¿Te refieres a que te enseñe el culo?
—Bueno… sí —dijo, encogiéndose de hombros—. No es que no me haya dado cuenta de lo bien que te queda el trasero cuando llevas esas faldas para ir al trabajo, con tacones altos, o cuando usas jeans en casa. O sea, tienes un cuerpo realmente increíble.
Me sonrojé. No podía creer que me estuviera diciendo eso. Hasta ese momento, lo único que había hecho era comportarse como un imbécil conmigo. Era incómodo, muy incómodo. Pero, de alguna manera, me sentí un poco halagada. Que él se hubiera fijado en mi cuerpo todo este tiempo… era extraño, pero también algo que no esperaba.
Decidí terminar con esto de una vez. Así que me di la vuelta rápidamente y luego me giré de nuevo para mirarlo.

—Vaya —dijo Felipe, con una sonrisa amplia—. Esto ha sido incluso mejor de lo que imaginé. Pero, ¿podrías darte la vuelta completamente y quedarte ahí un rato más? Para que pueda… prepararme mejor.
Suspiré. Me giré más despacio y me quedé de pie, de espaldas a él. Ahora estaba frente a la ventana, y pude ver que la luz brillante de la cómoda proyectaba mi silueta con claridad sobre las cortinas transparentes. Mi sombra se recortaba nítida contra la tela fina.

Mientras estaba allí, esperando que aquel viejo preparara su pene para hacer lo que tenía que hacer en un minuto, empecé a pensar: Espero que Marcos no esté mirando por la ventana. Espero que no vea mi sombra, que no vea lo que está pasando aquí. Sería muy incómodo para él… y para mí siquiera tener que pensarlo.
Justo entonces, Felipe dijo:
—Vale, date la vuelta.
Me giré lentamente.
Felipe se había quitado los calzoncillos. Estaba allí de pie, solo con la camiseta. Bajé la mirada y vi algo que jamás habría imaginado.
El pene de Felipe era grande. No solo grande. Era...Guau...ENORME
Todavía no estaba completamente erecto, pero estaba hinchado. Colgaba hacia abajo, pero colgaba tanto que no podía creer su tamaño ni su grosor. No era el pene de un viejo como me lo había imaginado. Era una verga increíble.
Y por un momento, olvidé que estaba ahí. Olvidé que era mi suegro. Solo lo miré, sin poder apartar la vista.
—Amanda —dijo Felipe, con una sonrisa burlona—, creo que me estás mirando mucho.
Parpadeé. Me di cuenta de que, efectivamente, llevaba varios segundos con la mirada clavada en su entrepierna. Me forcé a levantar la vista hacia sus ojos.
—Bueno… —atiné a decir, con la voz temblorosa—. Entonces, ¿estás… eh… casi listo?
—Casi —respondió, y su sonrisa se ensanchó—. Como te puedes imaginar, tarda un poco en que llegue suficiente sangre para que se ponga de pie del todo. ¿Te has dado cuenta de que es un poco más grande que la mayoría?
No supe qué decir. Ni siquiera qué pensar. Sin duda, era el pene más grande que había visto en mi vida. Incluso más grande que en los videos porno que Marcos me incitaba a ver con el. Y era del hombre que más odiaba en el mundo. También caí en cuenta de que esa cosa gigante iba a entrar dentro de mí. Me pregunté cómo se sentiría. Desde luego, no como el viejo pene arrugado que me había imaginado.
—Sinceramente, Felipe… —dije, con una risita nerviosa—. Sí, es muy impresionante. O sea, me gustaría que Marcos hubiera heredado toda tu genética.
Me reí para intentar romper el hielo. Él también se rió.
—Oh, no me había dado cuenta —dijo, con un tono que intentaba sonar modesto—. Supongo que esperaba que lo hiciera. Lo digo por ti.
Hizo una pausa. Su mirada bajó a mi pecho y luego subió de nuevo.
—Pero para subirlo del todo —agregó—, me temo que voy a tener que pedirte que te quites la parte de arriba.
Sentí que la cabeza me daba vueltas. Todo era muy incómodo. Aún más con ese pene gigantesco justo frente a mí. Sin pensarlo dos veces, bajé la mano, agarré la parte inferior de la sudadera y me la subí por encima de la cabeza. Mis pezones ya estaban extremadamente duros. Mis pechos rebotaron un poco cuando la goma elástica de la sudadera los rozó al subirla. Eran perfectos. Y estaban listos.
¿Listos para qué?, pensé. Lo único que sabía era que todo mi cuerpo estaba preparado para ver cómo se veía ese pene cuando estuviera completamente erecto.

Felipe sonrió ampliamente. También se quitó la camisa. Debajo, su cuerpo no era bonito: barriga cervecera, pecho peludo, piel muy pálida. Pero apenas lo noté. Me resultaba tan difícil mantener la vista en cualquier otro lugar de la habitación que no fuera ese enorme pene. ¿Qué me pasa por la cabeza? —pensé—. ¿Cómo es posible que este viejo imbécil tenga algo así que yo desee ver con tanta intensidad?
—Ya casi está —dijo Felipe, interrumpiendo mis pensamientos—. ¿Por qué no te sientas en el borde de la cama y lo preparamos juntos, de acuerdo?
Asentí sin siquiera pensarlo. Él se acercó a mí mientras me sentaba en el borde de la cama.
—Oh, estás un poco lejos así —dijo, negando con la cabeza—. Creo que la única manera de que esté completamente listo para hacerlo rápido es si lo besas. Aquí, retrocede un poco así…
Todo mi cuerpo palpitaba. Sentía cada latido como si fuera a estallar. Ni siquiera pensaba mientras él me guiaba para que me arrodillara en la cama y luego me inclinara hacia adelante. Su pene quedó justo frente a mi cara mientras él permanecía de pie junto a la cama.
—Adelante —dijo, con voz grave—. Para esto hemos venido, ¿no?
Acercó su pene a mi cara. La punta rozó mis labios. Olía a jabón y a algo más, algo masculino y profundo que no pude identificar.
—Dale un beso.
Y lo besé. Sin pensarlo. Solo la punta, suave y cálida contra mis labios. Luego él movió el pene para que besara el costado, y otro beso en el glande, y otro en el borde. Todo mientras su miembro palpitaba, crecía y se ponía cada vez más recto frente a mí.
Justo entonces, sentí la mano de Felipe en la parte posterior de mi cabeza. Me atrajo hacia adelante y me empujó directamente hacia su boca.
No podía creer lo grueso que era. Me llenaba la boca por completo, estirando mis labios hasta el límite. Pero entonces me di cuenta de que él tenía una mano alrededor de la base del miembro, y con la otra me guiaba. Solo había logrado meter la mitad. La otra mitad seguía fuera, gruesa y caliente contra mi barbilla.

Él seguía guiando mi cabeza arriba y abajo sobre su gran pene. Mi saliva comenzó a escurrir por la comisura de mis labios, empapando su piel. El sonido era húmedo, obsceno: chupadas y jadeos que llenaban la habitación. Y de repente pensé en la ventana y en mi sombra. ¿Qué pasaría si Marcos estuviera mirando hacia esta casa? ¿Por qué demonios vería la sombra de su esposa a cuatro patas, chupándole el pene a su padre?
Pero solo pude pensar en eso un segundo. Él introdujo más profundamente en mi boca, obviamente quitando la mano de la base y dándome más. Sentí la punta golpear el fondo de mi garganta y me atraganté. Mis ojos se llenaron de lágrimas. Pero él no se detuvo.
—Así —gemía Felipe, con la voz entrecortada—. Así, más profundo. Toda.
Su mano en mi nuca apretó. Mi nariz se hundió en su vello púbico. No podía respirar. Solo sentía su pene llenándome, palpitando contra mi lengua, cada vez más duro, cada vez más grande.
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—Voy a venirme —gruñó—. Toma todo. Trágatelo todo.
Y entonces lo hizo. Su pene se tensó, dio una sacudida violenta, y el semen comenzó a salir a borbotones. No fue un chorrito. Fue un torrente. Caliente, espeso, inagotable. Llenó mi boca en segundos, rebosó por los costados, y yo intenté tragar, pero era demasiado. Demasiado líquido, demasiado espeso, demasiado rápido.

Intenté apartarme, pero su mano me mantuvo sujeta. La segunda oleada llegó, y la tercera. Sentí el semen deslizándose por mi garganta a la fuerza, haciéndome toser, atragantándome. Mis ojos lloraban. Mi nariz goteaba. Pero no podía hacer nada más que tragar y tragar, sintiendo cada chorro caliente caer por mi esófago, llenándome el estómago.
Cuando por fin soltó mi nuca, jadeé. Aspiré aire con desesperación, tosiendo, con la boca aún llena de su semen y la barbilla chorreando. Lo miré a la cara, y lo único que se me ocurrió decir fue:
—¡Eso se suponía que iba a ir a otro lado, Felipe!
Sabía que estaba allí para quedar embarazada, no para practicarle sexo oral al padre de mi marido.
—Bueno, Amanda —dijo él, con una sonrisa tranquila, señalando sus testículos—, todavía te queda mucho de eso. Mira qué grandes son mis bolas. Aún están llenas de semen para que te quedes embarazada.
Apenas podía hablar. Mi garganta ardía. Pero lo pensé. Aún necesitaba que su esperma llegara al lugar correcto. No podía irme a casa sin terminar el proyecto. No quería tener que volver a hacer esto nunca más.
—Entonces… —pregunté, con la voz rota y ronca—. ¿Qué hacemos ahora que se te está bajando la erección?
Felipe respondió de inmediato:
—Puedo estar listo de nuevo. Pero tendrás que ayudar a que el esperma se "recargue". Lamiéndome y chupándome los testículos.
No supe qué pensar. O tal vez ni siquiera supe cómo pensar en ese momento. Así que me incliné y comencé a chuparle los testículos. Lamiendo todo su escroto, sintiendo el peso de sus bolas contra mi lengua, el vello áspero contra mi mejilla. Pero después de unos minutos, quedó claro que no iba a tener una erección completa pronto.
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Y yo ya llevaba allí mucho más tiempo del que Marcos y yo esperábamos. Sabía que tenía que irme. O tendría que dar muchas explicaciones incómodas a mi marido cuando volviera a casa.
Se dio cuenta de que teníamos que hablar de alguna estrategia. Todavía necesitaba que me dejara embarazada, pero no podía decirle a Marcos que lo único que había pasado esa noche era que le había chupado la polla a su padre, me había tragado su semen y le había lamido los testículos. Sería un completo desastre.
—Bueno, Felipe —dije, ajustándome la sudadera—. Tengo que irme. Ya llevo aquí mucho más tiempo del que cualquiera de nosotros pensaba que duraría, ¿sabes? Pero no sé qué hacer ahora para terminar el proyecto original…
Felipe asintió y pareció comprender. Se quedó en calzoncillos, con una tranquilidad que me resultaba perturbadora.
—Sí, vete a casa —dijo, con voz serena—. Pensaré en algo que decirle a Marcos para arreglarlo todo y poder terminar el trabajo mañana, ¿de acuerdo?
Asentí mientras terminaba de vestirme. Mis dedos temblaban al subir mis pantalones.
—Todavía tengo uno o dos días libres en mi agenda —dije, sin mirarlo—. Así que si de alguna manera podemos arreglarlo para mañana, al menos espero que todo esto salga bien.
Felipe sonrió. Era una sonrisa confiada, casi arrogante.
—Oh, te garantizo que todo saldrá bien, Amanda —dijo, con seguridad—. Todo saldrá de maravilla. Y para asegurarnos de que no tendremos ningún problema, voy a conseguir una receta de Viagra muy antigua. Así podremos tener dos oportunidades de éxito, ¿de acuerdo?
Asentí con incomodidad y comencé a caminar hacia la puerta. Ya tenía la mano en el picaporte cuando sentí su mano en mi muñeca. Me hizo girar.
—Siento mucho cómo se desarrollaron las cosas esta noche —dijo, con una voz más suave—. Pero estoy seguro de que podemos arreglarlo mañana.
Me abrazó. Y esta vez, cuando le correspondí el abrazo, se sintió diferente. Como si estuviéramos en el mismo equipo. Como si, de alguna manera, hubiéramos creado un vínculo extraño y retorcido. Su cuerpo contra el mío, su aliento en mi oído.
Y entonces me besó. Rápido, inesperado. Sus labios presionaron los míos por un segundo, y no supe qué hacer. Sentí que mis labios le devolvían el beso por un instante, apenas un parpadeo, antes de que mi cerebro reaccionara.
Me giré y salí por la puerta sin mirar atrás.
Cuando llegué a casa, Marcos me esperaba en el sofá. Se levantó de inmediato y se acercó a abrazarme.
—¿Estás… estás bien? —preguntó, con voz tímida, casi temerosa.
Sabía que lo que había sucedido allá arriba, lo que apenas había podido vislumbrar entre las sombras de la cortina, había tomado más tiempo del planeado. Y sin duda, no había sido tan sencillo como ella quería.
Me costó mirarlo a los ojos. Mi mente todavía estaba en esa habitación, en esa boca, en esas manos.
—Bueno, sí, estoy bien —dije, forzando una sonrisa—. Pero… en realidad ni siquiera quiero hablar de eso, cariño. Lo siento. Solo quiero cambiarme de ropa y luego acurrucarme contigo esta noche, ¿está bien?
Desde luego, no quería compartir ningún detalle. No quería dar pie a que supiera que no habíamos hecho lo que se suponía que debíamos hacer para concebir. Y mucho menos que había terminado chupándole la polla a su padre.
—Simplemente no quiero hablar de ello —agregué, con voz más firme—. Quiero que esto termine.
Marcos asintió. Parecía aliviado, casi contento de saber que todo había terminado.
—Está bien, cariño —dijo, y me dio un beso en la frente—. Vete a cambiar.
Esa noche, mientras yacía en la cama, con Marcos profundamente dormido a mi lado, no podía dejar de recordar cada minuto de lo que había pasado en la habitación de al lado.
Y no podía dejar de pensar en ese pene.
Maldita sea, pensé. ¿Cómo pasé de odiar tanto a Felipe a desear su pene de esa manera?
Me di la vuelta en la cama, tratando de encontrar una posición cómoda. Pero las imágenes no se iban. Su mano en mi nuca. Su sabor en mi boca. El peso de sus testículos contra mi lengua.
Qué esposa tan terrible soy, me repetí. Terrible. Y ahora también le estoy mintiendo a Marcos.
Me sentía tan mal que apenas dormí en toda la noche. Cada vez que cerraba los ojos, veía el pene de Felipe. Cada vez que los abría, veía la cara de Marcos, confiado, dormido, sin saber nada.
En un momento dado, no pude más. Me levanté con cuidado, para no despertarlo, y fui al baño. Cerré la puerta, encendí la luz, y me miré al espejo. Tenía los ojos enrojecidos, el cabello despeinado, los labios aún ligeramente hinchados.
Y entonces, sin pensarlo, mi mano bajó. Me toqué. Primero despacio, casi con timidez. Pero luego más rápido, más fuerte, mientras mi mente se llenaba de imágenes prohibidas. La combinación de lo grande que se sentiría dentro de mí, mezclado con lo feo y horrible que era Felipe, y lo mal que siempre me había tratado.
—¿Por qué todo esto me pone tan cachonda? —me susurré a mí misma, mientras mis dedos se movían más rápido, mientras sentía el orgasmo acercarse, inevitable y sucio. Y cuando llegó, me mordí el labio para no hacer ruido. Me apoyé contra la pared del baño, temblando, con la respiración entrecortada.
Continuará...
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