Hace un tiempo pudo firmar un contrato para un estudio de abogados, era para ser secretaria personal de Mateo Vargas. Cuando entré a su despacho ese primer día, supe que me estaba mirando como si no pudiera creer lo que tenía delante. Supongo que mis ojos claros, mi cabello negro cayéndome por la espalda, mis enormes pechos apretados bajo la blusa y este culo que se nota incluso de frente, ya decian mucho. Yo sonreí, carismática, segura, y le tendí la mano.
—Señor Vargas. Un placer.
Él me sostuvo la mano un segundo de más. Noté el destello en sus ojos.

Las semanas siguientes fueron un juego lento y delicioso. Empezamos a mirarnos más. A hablar más. A bromear más. Hasta que cada vez que me inclinaba sobre su escritorio para mostrarle contratos, sentía su mirada clavada en mi escote. Y la verdad que yo me demoraba a propósito, dejando que mis pechos se movieran con cada respiración.


Cuando me daba la espalda para guardar carpetas en los estantes altos, sabía que me estaba comiendo con los ojos. Mi culo, mis piernas… todo.

Un martes, al pasar a mi lado, su mano rozó mi cadera y bajó un poco más, rozándome la nalga. Me giré apenas y le regalé una sonrisa pícara, atrevida. Él me la devolvió. El aire cambió.
Los diálogos se volvieron más picantes. Yo lo provocaba sin disimulo.
—¿Siempre tan formal, Mateo? —le dije un día, con la voz suave y sensual.
—Y tú siempre tan peligrosa.

Un jueves me agaché frente a él para recoger unos papeles. La falda se subió lo justo. Sentí su mirada quemándome el culo. Sabía que estaba viendo la pequeña tanga blanca que apenas cubría algo. Me quedé así un segundo más de la cuenta, y cuando me enderezé, le sonreí con malicia.

Él se aclaró la garganta y, a modo de broma, dijo:
—Ese pedacito de tela no cubre nada. Es lo mismo que ir sin nada.
Me miró a los ojos. Yo no dudé. Metí las manos bajo la falda, me bajé la tanga despacio, la enganché con un dedo y se la ofrecí. Él la tomó casi sin poder creerlo y la guardó en el bolsillo. Yo solo sonreí.
Al día siguiente volví a inclinarme frente a él. Esta vez no había nada debajo. Sentí cómo se tensaba. Se acercó por detrás y me habló al oído, con esa voz grave que me hacía mojarme:
—No juegues así conmigo nena… o prometo jugar contigo.
Me giré despacio, con una sonrisa de zorra.

—Es que hace mucho calor aquí.
—Es verdad —contestó—. Yo también me quitaría ropa.
—¿Y qué te detiene? —le susurré, mirándolo fijo—. Es tu oficina.
Lo vi caminar hasta la puerta, girar la llave y darse la vuelta. Se bajó los pantalones y el bóxer. Su verga gruesa y dura saltó libre, pesada, venosa. Yo seguí sonriendo, de pie junto al escritorio, sintiendo cómo mi concha se empapaba solo de verla.
Él se acercó masturbándose con calma, mirándome de arriba abajo.

—Todo este tiempo viniendo en pollera corta, mostrando ese culo… y esas tetas enormes. La verdad ya quiero verlas.
Me mordí el labio y empecé a desabrocharme la camisa botón por botón. Cuando la abrí, el corpiño negro apenas contenía mis senos gigantes. Los pezones ya estaban duros, marcándose a través de la tela. Mateo siguió tocándose mientras avanzaba hacia mí.

Cuando estuvo cerca, me tomó del cuello y me besó con hambre. Su lengua entró en mi boca y yo respondí con la misma intensidad. Me levantó una pierna, la apoyó sobre su cadera y metió la mano bajo la falda. Dos dedos se abrieron paso entre mis labios hinchados. Estaba chorreando.
—Mírate… —gruñó contra mi boca—. Sin tanga y empapada solo de mirarme.
Sus dedos entraron y salieron de mi concha con ritmo profundo, curvándose para rozarme exactamente donde más me volvía loca. Yo gemía entre besos, abriendo más la pierna, empujando la cadera hacia su mano.

No aguanté más. Me arrodillé frente a él. Agarré su verga gruesa con la mano y comence a masturbarlo mientras con mi boca succionaba su glande. Luego la chupé con ganas, lamiendo desde la base hasta la punta, tragándomela lo más profundo que pude.

Lo miré desde abajo con cara de diabla, mis ojos fijos en los suyos mientras le chupaba la verga con hambre, babas escurriéndome por la barbilla, la lengua girando alrededor de la cabeza hinchada. Él estaba perdido. Gemía, me empujaba más profundo, y yo solo sonreía con la boca llena, saboreándolo.
Mateo soltó un gemido gutural y se agarró de mi cabello.
—Por favooor nena... que delicia … qué bien lo haces…

Después de un rato no resistió más. Me levantó de un tirón, me giró y me empujó contra el escritorio. Me inclinó, me abrió las piernas y, sin esfuerzo, metió su verga entera dentro de mi concha empapada de un solo empujón. Grité de placer. Estaba tan mojada que entró hasta el fondo sin resistencia.

Empezó a cojerme sin parar. Fuerte. Bruto. Como un animal. Sus caderas golpeaban contra mi culo con fuerza, el sonido húmedo de su polla entrando y saliendo de mí llenaba la oficina. Mis enormes tetas rebotaban con cada embestida, chocando una contra otra, el ruido de la carne resonando junto a mis gemidos. Yo me aferraba al borde del escritorio, empujando el culo hacia atrás para tomarlo más profundo.
—Así… más fuerte… fóllame como quieras…
Mateo gruñía, me sujetaba de las caderas con fuerza y me embestía sin piedad. Cada embestida me hacía gemir más alto. El choque de nuestros cuerpos, el chapoteo de mi concha chorreando alrededor de su verga, el sonido de mis tetas rebotando… todo era obsceno y delicioso.

Sentí cómo se tensaba. Aceleró aún más, follándome como si quisiera romperme. Yo me corrí primero, gritando su nombre, el concha apretándose alrededor de él en espasmos violentos. Él no paró. Me siguió cojiendo fuerte hasta que, con un gruñido animal, se hundió hasta el fondo y se corrió dentro de mí, llenándome con chorros calientes y espesos que me escurrieron por los muslos.

Me quedé temblando sobre el escritorio, la respiración agitada, su semen caliente resbalándome entre las piernas, y una sonrisa de diabla todavía en la cara.
Había empezado como su secretaria.
Ahora era su puta personal.
FIN
—Señor Vargas. Un placer.
Él me sostuvo la mano un segundo de más. Noté el destello en sus ojos.

Las semanas siguientes fueron un juego lento y delicioso. Empezamos a mirarnos más. A hablar más. A bromear más. Hasta que cada vez que me inclinaba sobre su escritorio para mostrarle contratos, sentía su mirada clavada en mi escote. Y la verdad que yo me demoraba a propósito, dejando que mis pechos se movieran con cada respiración.


Cuando me daba la espalda para guardar carpetas en los estantes altos, sabía que me estaba comiendo con los ojos. Mi culo, mis piernas… todo.

Un martes, al pasar a mi lado, su mano rozó mi cadera y bajó un poco más, rozándome la nalga. Me giré apenas y le regalé una sonrisa pícara, atrevida. Él me la devolvió. El aire cambió.
Los diálogos se volvieron más picantes. Yo lo provocaba sin disimulo.
—¿Siempre tan formal, Mateo? —le dije un día, con la voz suave y sensual.
—Y tú siempre tan peligrosa.

Un jueves me agaché frente a él para recoger unos papeles. La falda se subió lo justo. Sentí su mirada quemándome el culo. Sabía que estaba viendo la pequeña tanga blanca que apenas cubría algo. Me quedé así un segundo más de la cuenta, y cuando me enderezé, le sonreí con malicia.

Él se aclaró la garganta y, a modo de broma, dijo:
—Ese pedacito de tela no cubre nada. Es lo mismo que ir sin nada.
Me miró a los ojos. Yo no dudé. Metí las manos bajo la falda, me bajé la tanga despacio, la enganché con un dedo y se la ofrecí. Él la tomó casi sin poder creerlo y la guardó en el bolsillo. Yo solo sonreí.
Al día siguiente volví a inclinarme frente a él. Esta vez no había nada debajo. Sentí cómo se tensaba. Se acercó por detrás y me habló al oído, con esa voz grave que me hacía mojarme:
—No juegues así conmigo nena… o prometo jugar contigo.
Me giré despacio, con una sonrisa de zorra.

—Es que hace mucho calor aquí.
—Es verdad —contestó—. Yo también me quitaría ropa.
—¿Y qué te detiene? —le susurré, mirándolo fijo—. Es tu oficina.
Lo vi caminar hasta la puerta, girar la llave y darse la vuelta. Se bajó los pantalones y el bóxer. Su verga gruesa y dura saltó libre, pesada, venosa. Yo seguí sonriendo, de pie junto al escritorio, sintiendo cómo mi concha se empapaba solo de verla.
Él se acercó masturbándose con calma, mirándome de arriba abajo.

—Todo este tiempo viniendo en pollera corta, mostrando ese culo… y esas tetas enormes. La verdad ya quiero verlas.
Me mordí el labio y empecé a desabrocharme la camisa botón por botón. Cuando la abrí, el corpiño negro apenas contenía mis senos gigantes. Los pezones ya estaban duros, marcándose a través de la tela. Mateo siguió tocándose mientras avanzaba hacia mí.

Cuando estuvo cerca, me tomó del cuello y me besó con hambre. Su lengua entró en mi boca y yo respondí con la misma intensidad. Me levantó una pierna, la apoyó sobre su cadera y metió la mano bajo la falda. Dos dedos se abrieron paso entre mis labios hinchados. Estaba chorreando.
—Mírate… —gruñó contra mi boca—. Sin tanga y empapada solo de mirarme.
Sus dedos entraron y salieron de mi concha con ritmo profundo, curvándose para rozarme exactamente donde más me volvía loca. Yo gemía entre besos, abriendo más la pierna, empujando la cadera hacia su mano.

No aguanté más. Me arrodillé frente a él. Agarré su verga gruesa con la mano y comence a masturbarlo mientras con mi boca succionaba su glande. Luego la chupé con ganas, lamiendo desde la base hasta la punta, tragándomela lo más profundo que pude.

Lo miré desde abajo con cara de diabla, mis ojos fijos en los suyos mientras le chupaba la verga con hambre, babas escurriéndome por la barbilla, la lengua girando alrededor de la cabeza hinchada. Él estaba perdido. Gemía, me empujaba más profundo, y yo solo sonreía con la boca llena, saboreándolo.
Mateo soltó un gemido gutural y se agarró de mi cabello.
—Por favooor nena... que delicia … qué bien lo haces…

Después de un rato no resistió más. Me levantó de un tirón, me giró y me empujó contra el escritorio. Me inclinó, me abrió las piernas y, sin esfuerzo, metió su verga entera dentro de mi concha empapada de un solo empujón. Grité de placer. Estaba tan mojada que entró hasta el fondo sin resistencia.

Empezó a cojerme sin parar. Fuerte. Bruto. Como un animal. Sus caderas golpeaban contra mi culo con fuerza, el sonido húmedo de su polla entrando y saliendo de mí llenaba la oficina. Mis enormes tetas rebotaban con cada embestida, chocando una contra otra, el ruido de la carne resonando junto a mis gemidos. Yo me aferraba al borde del escritorio, empujando el culo hacia atrás para tomarlo más profundo.
—Así… más fuerte… fóllame como quieras…
Mateo gruñía, me sujetaba de las caderas con fuerza y me embestía sin piedad. Cada embestida me hacía gemir más alto. El choque de nuestros cuerpos, el chapoteo de mi concha chorreando alrededor de su verga, el sonido de mis tetas rebotando… todo era obsceno y delicioso.

Sentí cómo se tensaba. Aceleró aún más, follándome como si quisiera romperme. Yo me corrí primero, gritando su nombre, el concha apretándose alrededor de él en espasmos violentos. Él no paró. Me siguió cojiendo fuerte hasta que, con un gruñido animal, se hundió hasta el fondo y se corrió dentro de mí, llenándome con chorros calientes y espesos que me escurrieron por los muslos.

Me quedé temblando sobre el escritorio, la respiración agitada, su semen caliente resbalándome entre las piernas, y una sonrisa de diabla todavía en la cara.
Había empezado como su secretaria.
Ahora era su puta personal.
FIN
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