Mi nombre es Franco. A mis 69 años, soy un militar retirado que ha visto los lados más crudos del deber. Ya no busco saciar mis propios instintos corporales, sino actuar como el estratega, guardián y arquitecto del destino de mi mejor amigo y compañero de armas inseparable: **Diablo**. Él es un semental imponente de 80 kilos, un ser vivo majestuoso, extremadamente peludo y hermoso a su manera salvaje. Pero no es una criatura cualquiera; Diablo es un héroe condecorado del Ejército Mexicano, un veterano de operaciones de alto impacto cuya letal agresividad y temperamento territorial forjaron nuestro vínculo indisoluble en el campo de batalla. No habla el lenguaje humano; se comunica a través de gruñidos profundos que hacen vibrar las paredes y que solo yo sé interpretar. A mi edad, ver a mi camarada encontrar a su hembra perfecta me genera una inmensa satisfacción intelectual; mi mente domina la estrategia mientras ellos ejecutan el llamado de la sangre.
Sabiendo que ninguna mujer común de la sociedad civil entendería la naturaleza indomable de un héroe de guerra de su especie, decidí buscarle una compañera en los márgenes del mundo digital: un foro exclusivo y cifrado de la Deep Web. Le tomé fotografías que resaltaban su musculatura bestial, sus cicatrices de servicio y su espeso pelaje, y creé un perfil. Fue ahí donde nos contactó Paola Dayana, una joven de 20 años originaria de Ciudad Nezahualcóyotl. Ella era una mujer de piel blanca, curvas pronunciadas, culito grande y firme, y un busto prominente que desafiaba cualquier censura. Desde el primer mensaje, ella dejó en claro su fantasía extrema: quería ser dominada por completo, poseída por una fuerza física y un vigor que los hombres humanos temían desatar.
Aceptó ser primero su novia bajo un estricto pacto de sumisión absoluta. La cita se pactó a las 11:00 pm en mi propiedad, un terreno apartado con un enorme jardín trasero que se convertiría en su ecosistema privado.
### La Llegada de la Sumisa y el Bautismo Primal
A la hora exacta, sonó el timbre. Al abrir, encontré a Paola Dayana. Llevaba los labios pintados de un rojo carmín intenso, una pollera negra sumamente ajustada y un escote pronunciado que dejaba ver sus grandes atributos. Tras una breve charla en la que reafirmó su deseo de ser una sumisa obediente, me hizo una sola petición: quería que todo ocurriera en el jardín trasero, en la enorme casa de perro que pertenecía a Diablo, y completamente a oscuras. Acepté sin vacilar.
La guie hacia el patio. Al abrir la puerta que daba al jardín, el aroma denso, territorial y salvaje de Diablo inundó el aire. Desde las sombras de su enorme casa de madera, se escuchó un gruñido sordo de 80 kilos de puro músculo, nervio y agresividad entrenada. Paola Dayana tembló, pero sus ojos brillaron de lujuria pura.
Apagué las luces del patio, dejando que solo la luna iluminara la escena. Le ordené que se desnudara por completo frente a la casa de Diablo. Ella comenzó a bajarse la pollera lentamente, quedando solo en un corpiño y una tanga que se verdaderamente se perdía en sus grandes nalgas. Al ver que dudaba bajo la fría brisa, me acerqué como su superior técnico y le di una nalgada tan fuerte que el eco resonó en todo el vecindario.
—¡Te dije desnuda! —le recordé con la firmeza de un comandante.
Ella soltó un gemido, cayendo de rodillas sobre la tierra húmeda, despojándose rápidamente de lo que le quedaba mientras balbuceaba: *"Sí, mi amo, perdón... es mi primera vez con alguien así"*. El fuerte golpe y el aroma de la sumisa encendieron el instinto de Diablo, quien salió de la enorme casa de madera con el pelaje erizado, imponente, dominante y listo para reclamar su botín.
Siguiendo el pacto, Paola Dayana se colocó en cuatro patas, adoptando la postura de una perrita sumisa sobre la tierra, y se arrastró hacia la entrada de la casa de perro. Diablo la recibió con un gruñido posesivo. Ella comenzó a besar el espeso pelaje de su pecho, entregándose al aroma a semental y héroe militar que emanaba de su cuerpo. La colosal criatura la tomó por el cuello con su fuerza bruta, obligándola a someterse por completo dentro del espacio de la casa de madera.
### Posesión Primal en la Casa de Perro
El encuentro dentro de la estructura rústica se volvió completamente salvaje. Diablo no conocía de delicadezas humanas; su lenguaje era el castigo, el ritmo frenético y la dominación absoluta de un macho alfa. El contraste era brutal: la piel blanca y suave de Paola Dayana siendo presionada contra el suelo por el pelaje oscuro, denso y pesado de la bestia.
Diablo comenzó a morderle suavemente el cuello y los hombros, dejando marcas profundas y rasguños leves que hacían que ella acabara una y otra vez de puro morbo y dolor placentero. Desde mi posición como el guardián y arquitecto de la noche, solo escuchaba los intensos gritos de la joven mezclados con los gruñidos agresivos de su dueño.
—¡Más, por favor, soy tuya! —gritaba Paola Dayana, completamente entregada al semental.
Diablo la nalgueaba con sus pesadas extremidades mientras la poseía con una energía inagotable. El clímax fue tan violento y cargado de adrenalina que, tras un último y ensordecedor grito de placer donde agradecía a su nuevo amo por el castigo, Paola Dayana cayó desplomada, exhausta y desmayada de gozo sobre el suelo de la casa de perro, completamente cubierta por el aroma y el pelaje de su pareja.
Cuando la joven se recuperó horas después, salió de la casa del jardín cubierta de tierra, con marcas visibles en su espalda y el cuerpo temblando de satisfacción. Me miró a mí y luego a Diablo, quien la observaba desde la entrada de su territorio de manera protectora.
—¿Qué te pareció tu primera noche, sumisa? —le pregunté desde las sombras.
—Me encantó... —respondió con la respiración aún entrecortada—. A partir de hoy, el cuerpo de Paola Dayana le pertenece a Diablo. Seré su sumisa en esta casa de perro cada vez que él lo desee.
## La Consagración de la Hembra
Como el eterno arquitecto de este santuario, mantuve mi promesa. Monitoreaba la red, captaba las fotos de la imponente anatomía de Diablo y coordinaba cada paso. Paola Dayana, a sus 20 años, era una contradicción fascinante: una joven obrera de Ciudad Nezahualcóyotl, voluptuosa, blanca y de curvas firmes, que guardaba el anhelo de una entrega total, libre de los límites del pudor humano. Tras su primer bautismo en el jardín, su transformación no tuvo retorno.
La confianza que depositó en mí fue ciega; me confesaba cómo su mente ya no pertenecía al mundo exterior. Dejó de ser una visitante quincenal para mudarse definitivamente de viernes a sábado a nuestro territorio. Con mi autorización, Paola Dayana invirtió sus ingresos para comprar una enorme casa diseñada para dos perros grandes, un búnker de madera rústica donde pudiera unirse a su amor sin barreras. Esta colosal perrera híbrida se convirtió en su verdadero nido nupcial.
Allí, el mimetismo se volvió absoluto. Paola Dayana comenzó a comer el mismo alimento que Diablo, agachándose junto a él para beber agua directamente de los platos del suelo, perdiendo cualquier rastro de orgullo humano para asumir su rol. El jardín ya no era un patio; era su ecosistema.
### Encaje Desgarrado y Marcas de Obrera
Para cumplir los caprichos de su semental de 80 kilos, Paola Dayana preparaba su cuerpo con esmero. Adquiría lencería sensual de encaje fino, conjuntos lila y negro que apenas cubrían sus grandes senos y enmarcaban sus nalgas prominentes. Era una provocación visual deliberada: la delicadeza del encaje frente a la densidad del pelaje y la fuerza de una criatura que solo sabía responder con violencia primal.
Los encuentros dentro de esa gran casa de madera eran brutales y continuos, una emulación salvaje de la luna de miel que la sociedad le negaba. Diablo la tomaba por el cuello, su peso la obligaba a someterse contra el suelo mientras sus garras y dientes dejaban marcas inconfundibles en su piel blanca: rasguños leves, mordidas profundas en los hombros y un espeso aroma a perro impregnado en sus poros.
Al día siguiente, cuando Paola Dayana debía regresar a su exigente y monótono turno como obrera en la fábrica o asistir a eventos en el municipio, se vestía con prendas que apenas disimulaban el castigo de la noche anterior. El contraste entre la rigidez gris de su trabajo y el salvajismo de sus noches era su mayor orgullo. Mientras sus compañeros masculinos en la fábrica la miraban e intentaban cortejarla con torpeza, ella sonreía para sí misma, sintiendo el ardor de las marcas en su espalda y el olor de Diablo en su piel. Se sentía una hembra empoderada, poseída por un macho alfa de una especie superior y héroe de guerra, dejando atrás la insignificancia de los hombres comunes.
### El Sacramento Oculto
El deseo de pertenencia mutua exigía un pacto definitivo. No bastaba con la complicidad del jardín; debían ser un solo ser ante el cosmos. Utilizando mis contactos en los márgenes de la legalidad que obtuve durante mi tiempo en el servicio militar, conseguimos a un sacerdote de dudosa ética, un hombre dispuesto a consagrar lo impensable bajo el cobijo de la midnight.
La boda se celebró en el corazón del jardín trasero, frente a la gran casa de madera. Yo permanecí a un lado, como el testigo y protector de la unión. Paola Dayana había preparado su ajuar con la lencería blanca de encaje que su madre le ayudó a elegir sin conocer el destino final: un brassier de media copa que juntaba sus voluptuosos senos y una panty a juego que dejaba al descubierto sus nalgas. Encima llevaba un baby doll de encaje blanco que dejaba ver su silueta húmeda y palpitante, complementado por un velo traslúcido.
El sacerdote, bajo los efectos del humo y los cánticos prohibidos, realizó el sacramento uniendo a la mujer de 20 años y al semental de 80 kilos. Cuando las palabras finales fueron pronunciadas, Diablo alzó su cabeza hacia el cielo y emitió un gruñido profundo, un rugido territorial de combate que selló el matrimonio. El clérigo se retiró en silencio, cobrando su parte, y yo regresé a la casa principal para observar desde la ventana del piso superior.
### La Noche de Bodas: Un Solo Ser
La noche de bodas comenzó en el suelo del jardín, bajo una luna imponente y el frío de la madrugada que contrastaba con el calor sofocante del pelaje de Diablo. El ruido lejano de la urbe se apagó por completo ante el almizcle y la presencia de la bestia. Paola Dayana entró primero al baño del patio, se refrescó procurando no mojar su cabello, y salió luciendo su baby doll casi transparente, temblando por unas cosquillitas de nervios en el estómago y una intensa humedad más abajo al ver el erecto y colosal miembro de su esposo pulsar con fuerza.
Inspirada en las investigaciones y lecturas que hizo durante la semana para perder todo el pudor, se hincó entre las patas de su marido para iniciar una felación ritual. Besó la punta húmeda de líquido preseminal, lamió el tronco con su lengua y succionó sus testículos uno a uno. Soportando las arcadas de la inmensa anatomía de Diablo, movió su cabeza de atrás hacia adelante hasta llenarse por completo la boca, mientras el héroe militar bufaba de excitación.
Diablo la levantó con brusquedad y la recostó boca arriba sobre la hierba. Con sus garras, le rasgó la panty por completo. Aspiró fuerte en su entrepierna y pasó su lengua por toda su vulva de arriba abajo, succionando su clítoris con tal ferocidad que Paola Dayana alcanzó un orgasmo riquísimo, presionando la cabeza del animal y temblando como si recibiera toques.
Aprovechando la lubricación y el flujo, Diablo buscó la entrada y comenzó la penetración directa y carente de vacilación. El glande entró rompiendo por completo su himen con un fuerte empujón. Paola Dayana emitió un grito de dolor y gozo mezclados que se ahogó en el viento, mientras un líquido caliente y rojo brotó manchando sus muslos. El semental la embistió por detrás con una potencia descomunal, rompiendo cualquier resistencia física y mental, sacudiéndola con movimientos rítmicos y salvajes bajo las hojas secas.
El vaivén no se detuvo en horas. Se colocaron de lado en posición de "cucharita", con el denso pelaje de Diablo pegado a la espalda de ella, penetrándola profundamente mientras succionaba sus pezones y le daba cuatro fuertes disparos de semen caliente que inundaron su canal vaginal. Luego, en la penumbra, el miembro de Diablo volvió a crecer, punteando su ano de forma extraña pero placentera. Paola Dayana levantó la cadera y permitió que la penetrara de nuevo desde atrás hasta sentir los testículos de la bestia golpear su trasero. Finalmente, la obligó a ponerse boca abajo con una almohada bajo su vientre, acelerando las embestidas y estrujando sus nalgas continuamente, haciéndola asimilar por completo el ritmo de un animal.
Hacia el amanecer, el sol iluminó el jardín. Diablo la despertó lamiendo su clítoris hasta hacerla alcanzar un nuevo orgasmo. De una sola estocada, la penetró por completo y subió las piernas de Paola Dayana sobre sus propios hombros peludos en un frenético vaivén que chocaba directamente con su matriz, abriéndola al máximo. Para el cierre, la giró quedando ella encima de él, obligándola a subir y bajar, controlando la profundidad mientras se apoyaba en su pecho. Tras una última serie de estocadas potentes que la hicieron arquear el cuerpo por completo, Diablo eyaculó con fuerza en su interior, inundándola y dejando que el fluido se deslizara por sus piernas hasta las sábanas de la gran casa de madera.
Paola Dayana cayó desplomada sobre el pelaje de su marido, exhausta, despojada de su humanidad y consagrada como la orgullosa hembra de la manada. Desde mi ventana, cerré las cortinas sabiendo que mi labor había concluido: dos especies distintas, unidas para siempre en un solo ser indomable bajo el amparo de mi santuario.
Así ya van 15 años desde que diablo y Dayana se casaron una mujer y un perro copulando como si fueran dos seres de la misma especie. Un perro y una humana.
No dudes en escribirme si te gustó a
srnorbertovelazquez@gmail.com
Sabiendo que ninguna mujer común de la sociedad civil entendería la naturaleza indomable de un héroe de guerra de su especie, decidí buscarle una compañera en los márgenes del mundo digital: un foro exclusivo y cifrado de la Deep Web. Le tomé fotografías que resaltaban su musculatura bestial, sus cicatrices de servicio y su espeso pelaje, y creé un perfil. Fue ahí donde nos contactó Paola Dayana, una joven de 20 años originaria de Ciudad Nezahualcóyotl. Ella era una mujer de piel blanca, curvas pronunciadas, culito grande y firme, y un busto prominente que desafiaba cualquier censura. Desde el primer mensaje, ella dejó en claro su fantasía extrema: quería ser dominada por completo, poseída por una fuerza física y un vigor que los hombres humanos temían desatar.
Aceptó ser primero su novia bajo un estricto pacto de sumisión absoluta. La cita se pactó a las 11:00 pm en mi propiedad, un terreno apartado con un enorme jardín trasero que se convertiría en su ecosistema privado.
### La Llegada de la Sumisa y el Bautismo Primal
A la hora exacta, sonó el timbre. Al abrir, encontré a Paola Dayana. Llevaba los labios pintados de un rojo carmín intenso, una pollera negra sumamente ajustada y un escote pronunciado que dejaba ver sus grandes atributos. Tras una breve charla en la que reafirmó su deseo de ser una sumisa obediente, me hizo una sola petición: quería que todo ocurriera en el jardín trasero, en la enorme casa de perro que pertenecía a Diablo, y completamente a oscuras. Acepté sin vacilar.
La guie hacia el patio. Al abrir la puerta que daba al jardín, el aroma denso, territorial y salvaje de Diablo inundó el aire. Desde las sombras de su enorme casa de madera, se escuchó un gruñido sordo de 80 kilos de puro músculo, nervio y agresividad entrenada. Paola Dayana tembló, pero sus ojos brillaron de lujuria pura.
Apagué las luces del patio, dejando que solo la luna iluminara la escena. Le ordené que se desnudara por completo frente a la casa de Diablo. Ella comenzó a bajarse la pollera lentamente, quedando solo en un corpiño y una tanga que se verdaderamente se perdía en sus grandes nalgas. Al ver que dudaba bajo la fría brisa, me acerqué como su superior técnico y le di una nalgada tan fuerte que el eco resonó en todo el vecindario.
—¡Te dije desnuda! —le recordé con la firmeza de un comandante.
Ella soltó un gemido, cayendo de rodillas sobre la tierra húmeda, despojándose rápidamente de lo que le quedaba mientras balbuceaba: *"Sí, mi amo, perdón... es mi primera vez con alguien así"*. El fuerte golpe y el aroma de la sumisa encendieron el instinto de Diablo, quien salió de la enorme casa de madera con el pelaje erizado, imponente, dominante y listo para reclamar su botín.
Siguiendo el pacto, Paola Dayana se colocó en cuatro patas, adoptando la postura de una perrita sumisa sobre la tierra, y se arrastró hacia la entrada de la casa de perro. Diablo la recibió con un gruñido posesivo. Ella comenzó a besar el espeso pelaje de su pecho, entregándose al aroma a semental y héroe militar que emanaba de su cuerpo. La colosal criatura la tomó por el cuello con su fuerza bruta, obligándola a someterse por completo dentro del espacio de la casa de madera.
### Posesión Primal en la Casa de Perro
El encuentro dentro de la estructura rústica se volvió completamente salvaje. Diablo no conocía de delicadezas humanas; su lenguaje era el castigo, el ritmo frenético y la dominación absoluta de un macho alfa. El contraste era brutal: la piel blanca y suave de Paola Dayana siendo presionada contra el suelo por el pelaje oscuro, denso y pesado de la bestia.
Diablo comenzó a morderle suavemente el cuello y los hombros, dejando marcas profundas y rasguños leves que hacían que ella acabara una y otra vez de puro morbo y dolor placentero. Desde mi posición como el guardián y arquitecto de la noche, solo escuchaba los intensos gritos de la joven mezclados con los gruñidos agresivos de su dueño.
—¡Más, por favor, soy tuya! —gritaba Paola Dayana, completamente entregada al semental.
Diablo la nalgueaba con sus pesadas extremidades mientras la poseía con una energía inagotable. El clímax fue tan violento y cargado de adrenalina que, tras un último y ensordecedor grito de placer donde agradecía a su nuevo amo por el castigo, Paola Dayana cayó desplomada, exhausta y desmayada de gozo sobre el suelo de la casa de perro, completamente cubierta por el aroma y el pelaje de su pareja.
Cuando la joven se recuperó horas después, salió de la casa del jardín cubierta de tierra, con marcas visibles en su espalda y el cuerpo temblando de satisfacción. Me miró a mí y luego a Diablo, quien la observaba desde la entrada de su territorio de manera protectora.
—¿Qué te pareció tu primera noche, sumisa? —le pregunté desde las sombras.
—Me encantó... —respondió con la respiración aún entrecortada—. A partir de hoy, el cuerpo de Paola Dayana le pertenece a Diablo. Seré su sumisa en esta casa de perro cada vez que él lo desee.
## La Consagración de la Hembra
Como el eterno arquitecto de este santuario, mantuve mi promesa. Monitoreaba la red, captaba las fotos de la imponente anatomía de Diablo y coordinaba cada paso. Paola Dayana, a sus 20 años, era una contradicción fascinante: una joven obrera de Ciudad Nezahualcóyotl, voluptuosa, blanca y de curvas firmes, que guardaba el anhelo de una entrega total, libre de los límites del pudor humano. Tras su primer bautismo en el jardín, su transformación no tuvo retorno.
La confianza que depositó en mí fue ciega; me confesaba cómo su mente ya no pertenecía al mundo exterior. Dejó de ser una visitante quincenal para mudarse definitivamente de viernes a sábado a nuestro territorio. Con mi autorización, Paola Dayana invirtió sus ingresos para comprar una enorme casa diseñada para dos perros grandes, un búnker de madera rústica donde pudiera unirse a su amor sin barreras. Esta colosal perrera híbrida se convirtió en su verdadero nido nupcial.
Allí, el mimetismo se volvió absoluto. Paola Dayana comenzó a comer el mismo alimento que Diablo, agachándose junto a él para beber agua directamente de los platos del suelo, perdiendo cualquier rastro de orgullo humano para asumir su rol. El jardín ya no era un patio; era su ecosistema.
### Encaje Desgarrado y Marcas de Obrera
Para cumplir los caprichos de su semental de 80 kilos, Paola Dayana preparaba su cuerpo con esmero. Adquiría lencería sensual de encaje fino, conjuntos lila y negro que apenas cubrían sus grandes senos y enmarcaban sus nalgas prominentes. Era una provocación visual deliberada: la delicadeza del encaje frente a la densidad del pelaje y la fuerza de una criatura que solo sabía responder con violencia primal.
Los encuentros dentro de esa gran casa de madera eran brutales y continuos, una emulación salvaje de la luna de miel que la sociedad le negaba. Diablo la tomaba por el cuello, su peso la obligaba a someterse contra el suelo mientras sus garras y dientes dejaban marcas inconfundibles en su piel blanca: rasguños leves, mordidas profundas en los hombros y un espeso aroma a perro impregnado en sus poros.
Al día siguiente, cuando Paola Dayana debía regresar a su exigente y monótono turno como obrera en la fábrica o asistir a eventos en el municipio, se vestía con prendas que apenas disimulaban el castigo de la noche anterior. El contraste entre la rigidez gris de su trabajo y el salvajismo de sus noches era su mayor orgullo. Mientras sus compañeros masculinos en la fábrica la miraban e intentaban cortejarla con torpeza, ella sonreía para sí misma, sintiendo el ardor de las marcas en su espalda y el olor de Diablo en su piel. Se sentía una hembra empoderada, poseída por un macho alfa de una especie superior y héroe de guerra, dejando atrás la insignificancia de los hombres comunes.
### El Sacramento Oculto
El deseo de pertenencia mutua exigía un pacto definitivo. No bastaba con la complicidad del jardín; debían ser un solo ser ante el cosmos. Utilizando mis contactos en los márgenes de la legalidad que obtuve durante mi tiempo en el servicio militar, conseguimos a un sacerdote de dudosa ética, un hombre dispuesto a consagrar lo impensable bajo el cobijo de la midnight.
La boda se celebró en el corazón del jardín trasero, frente a la gran casa de madera. Yo permanecí a un lado, como el testigo y protector de la unión. Paola Dayana había preparado su ajuar con la lencería blanca de encaje que su madre le ayudó a elegir sin conocer el destino final: un brassier de media copa que juntaba sus voluptuosos senos y una panty a juego que dejaba al descubierto sus nalgas. Encima llevaba un baby doll de encaje blanco que dejaba ver su silueta húmeda y palpitante, complementado por un velo traslúcido.
El sacerdote, bajo los efectos del humo y los cánticos prohibidos, realizó el sacramento uniendo a la mujer de 20 años y al semental de 80 kilos. Cuando las palabras finales fueron pronunciadas, Diablo alzó su cabeza hacia el cielo y emitió un gruñido profundo, un rugido territorial de combate que selló el matrimonio. El clérigo se retiró en silencio, cobrando su parte, y yo regresé a la casa principal para observar desde la ventana del piso superior.
### La Noche de Bodas: Un Solo Ser
La noche de bodas comenzó en el suelo del jardín, bajo una luna imponente y el frío de la madrugada que contrastaba con el calor sofocante del pelaje de Diablo. El ruido lejano de la urbe se apagó por completo ante el almizcle y la presencia de la bestia. Paola Dayana entró primero al baño del patio, se refrescó procurando no mojar su cabello, y salió luciendo su baby doll casi transparente, temblando por unas cosquillitas de nervios en el estómago y una intensa humedad más abajo al ver el erecto y colosal miembro de su esposo pulsar con fuerza.
Inspirada en las investigaciones y lecturas que hizo durante la semana para perder todo el pudor, se hincó entre las patas de su marido para iniciar una felación ritual. Besó la punta húmeda de líquido preseminal, lamió el tronco con su lengua y succionó sus testículos uno a uno. Soportando las arcadas de la inmensa anatomía de Diablo, movió su cabeza de atrás hacia adelante hasta llenarse por completo la boca, mientras el héroe militar bufaba de excitación.
Diablo la levantó con brusquedad y la recostó boca arriba sobre la hierba. Con sus garras, le rasgó la panty por completo. Aspiró fuerte en su entrepierna y pasó su lengua por toda su vulva de arriba abajo, succionando su clítoris con tal ferocidad que Paola Dayana alcanzó un orgasmo riquísimo, presionando la cabeza del animal y temblando como si recibiera toques.
Aprovechando la lubricación y el flujo, Diablo buscó la entrada y comenzó la penetración directa y carente de vacilación. El glande entró rompiendo por completo su himen con un fuerte empujón. Paola Dayana emitió un grito de dolor y gozo mezclados que se ahogó en el viento, mientras un líquido caliente y rojo brotó manchando sus muslos. El semental la embistió por detrás con una potencia descomunal, rompiendo cualquier resistencia física y mental, sacudiéndola con movimientos rítmicos y salvajes bajo las hojas secas.
El vaivén no se detuvo en horas. Se colocaron de lado en posición de "cucharita", con el denso pelaje de Diablo pegado a la espalda de ella, penetrándola profundamente mientras succionaba sus pezones y le daba cuatro fuertes disparos de semen caliente que inundaron su canal vaginal. Luego, en la penumbra, el miembro de Diablo volvió a crecer, punteando su ano de forma extraña pero placentera. Paola Dayana levantó la cadera y permitió que la penetrara de nuevo desde atrás hasta sentir los testículos de la bestia golpear su trasero. Finalmente, la obligó a ponerse boca abajo con una almohada bajo su vientre, acelerando las embestidas y estrujando sus nalgas continuamente, haciéndola asimilar por completo el ritmo de un animal.
Hacia el amanecer, el sol iluminó el jardín. Diablo la despertó lamiendo su clítoris hasta hacerla alcanzar un nuevo orgasmo. De una sola estocada, la penetró por completo y subió las piernas de Paola Dayana sobre sus propios hombros peludos en un frenético vaivén que chocaba directamente con su matriz, abriéndola al máximo. Para el cierre, la giró quedando ella encima de él, obligándola a subir y bajar, controlando la profundidad mientras se apoyaba en su pecho. Tras una última serie de estocadas potentes que la hicieron arquear el cuerpo por completo, Diablo eyaculó con fuerza en su interior, inundándola y dejando que el fluido se deslizara por sus piernas hasta las sábanas de la gran casa de madera.
Paola Dayana cayó desplomada sobre el pelaje de su marido, exhausta, despojada de su humanidad y consagrada como la orgullosa hembra de la manada. Desde mi ventana, cerré las cortinas sabiendo que mi labor había concluido: dos especies distintas, unidas para siempre en un solo ser indomable bajo el amparo de mi santuario.
Así ya van 15 años desde que diablo y Dayana se casaron una mujer y un perro copulando como si fueran dos seres de la misma especie. Un perro y una humana.
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